Y
bueno, al final estabas sola. Al final del día estabas sola.
El anillo retroactivo de la traición te estranguló el
aire, te dobló las venas. Entonces te sentaste en el fondo del
subsuelo a leer un texto que te hablara claro. Que te hablara. Y te
habló. En él descubriste que tu culpa se parecía
al vacío del otro, que tu angustia era el dolor del que tenías
cerca, que tu fantasma estaba medio muerto, medio abandonado en la escena
de la honestidad. Te quedaste muda, fría, sintiendo que el libro
elegido se te escapaba de las manos como un conejo salvaje. Te congelaste:
en él las palabras corrían demasiado blancas, demasiado
veloces, demasiado justas. Te oíste a vos misma hablando de algo
que sabías quieto pero que a un tiempo intuías vivo, hinchándose
como un globo malsano en el interior del poema. Sí, el libro
te dijo que al final del verso estabas sola. Y que mejor te arremangaras
la camisa. Que mejor dejaras de chorrear tinta, de remojarte en lo anticuado.
Tenías que volver a lo mundano, tenías que trotar con
la corriente. Vos venías queriendo rellenar el lago de la vida
frágil con tus piedras medio huecas, tus cantos azucarados desprovistos
de conciencia. Aunque ese lago había estado tan ausente como
el agua en un desierto. Y por supuesto que el agua de la base no subía.
Cada vez más piedras...cada vez más formas... como apilando
dureza sobre dureza. Pensaste que de pronto alguien libre te
estaba amando por dentro, te estaba humedeciendo los labios. Y justo
ahí, justo en donde no tenías que frenarte, abriste los
ojos. Te inventaste un maquillaje, te viste mujer en el reflejo del
fondo. Te abriste por completo, entregaste hasta el culo. ¿Seguiste?
Quedaste pálida y fantasma. Te castigaron: chas-chas
en la colita. Así como de noche naciste por la boca, de día
fuiste aborto en menos de un segundo. Te borraron del atlas del sentido.
Te pintaste sola sabiendo que lo hacías mal, que tu cara en el
charco estaba cada vez más cocoliche. Sentiste vergüenza
antes y después, sentiste la culpa por adelantado. Aunque sí
sabías lo del cachetazo a corto plazo, y sí sabías
que el sol te iba a fumar toda el agua, lentamente, circunspecto. No
te supiste cuidar, querida. No te supiste ubicar. Enfocaste mal,
confundiste todo, te quedaste seca. Entonces te brotaste el cuerpo:
la coherencia tenía que escurrir por algún filtro, colar
por algún hueco. Y en tu piel dio con el paño justo, mosquita
muerta, santurrona. Quedaste un poco sarnosa. Más tarde, a falta
de símbolos, también te disecaste la mente: viste sólo
una traición, no viste la del otro. Ni siquiera viste la del
que estaba más cerca. Completamente aislada en tu chorro a propulsión
te diste a conocer en los términos más ingenuos, más
infantiles e histéricos de la pasión. No te importó
nada de nada. Tenías que regar el narciso para poder creerte
la vida del puro presente, del puro riesgo. Claro que esa vida la encontraste
en el reflejo simétrico de un espejo que, naturalmente, estaba
roto. Te embalaste el alma en la fábrica de un fóbico
usurero indiferente. Sabías lo que hacías, esa industria
era la tuya. Otear el horizonte desde arriba, flotar en la marea aterciopelada
de las imágenes no compartibles, continuas, infranqueables...creer
en la espiritualidad de los días. Habiendo perdido la sensibilidad,
habiendo abandonado, habiendo castigado...te volviste una nena patética,
celosa. Te doblegaste ahí, con la mitad del cuerpo dentro de
la cuenca, metida y abnegada la cabeza. Te creíste la novia virgen
de una línea azul, preferiste comerte las cuentas, atragantarte
con los rezos, atorarte... En realidad estabas siendo tan puta y tan
negra como un cuervo. El cuervo con sus uvas, el cuervo con sus plumas...Invertiste
todo y sin embargo nada se dio vuelta. Vos nunca fuiste vos, vos jamás
sedujiste. El poder siempre estuvo en las manos del que giraba la cara,
del que no tenía rasgos pero, ay, olía como un ángel.
Nunca fuiste vos con vos, nunca del todo. Y vamos... que traición
rima con ficción. ¿Y vamos? Sí, que después
de las piruetas, la carpa te quedó vacía y oscura, silenciosa
por demás. La charla oblicua de tu mini-show o la comunicación
diferida de tu meta odre: o esto pero también esto. Todo efectos
de vía muerta. De vía muerta. ¿Seguimos? De ser
un campo de juego, tu cuerpo pasó a ser un campo de concentración
de un dolor que no te sabías capaz de infligir. Esa clase de
reviente que jamás operaría un exorcismo real, pero que
estaba desovando en el lugar más justo. Sigamos. Que lo reversible,
entonces, cumplió con su destreza. Que tu fuerza volvió
con más fuerza a estrellarse en la fuente de la entrega. Que
el amor del otro brilló por su ausencia (frase de vieja sabia).
Que encarnaste la proyección del macho, que te empotraste como
una yegua en celo. ¿Pagaste tus culpas? No. ¿Apagaste
la sed? No. ¿Creciste? No. Una sucesión penosa de puertas
cerradas, de preguntas sin respuesta, de molestias al pedo. Eso, de
molestias al reverendo pedo. Y el silencio a tu silencio, y el miedo
a tu miedo, y la duda por todo. Cartas habituales de lo femenino. Vivir
en un estado de perpetuo vaciamiento de la razón, de tensión
ante la violencia de ser rellenada, completada, empernada. Y vos sentada
ahí, en el subsuelo, leyendo con ganas de llorar, por una vez,
como la gente, de pronto descubriste un término que
te llamó mucho la atención: anima-women. ¿Jung
o Lacán? La memoria te falla, como siempre. Pero en aquel momento
sentiste que anima-women era un nombre peligrosamente dulce, aunque
un poco dramático también. O peor, solemne. Mujer fantasma,
mujer zombie, mujer del limbo. Anima-women: dícese
de aquella mujer diminuta cuya voluntad electiva se encuentra un tanto
hipertrofiada.// Junckie perdida en las imágenes del amor.//
Organizadora profesional de fiestas infantiles.// Instalación
maldita// Performance que narra el conflicto de un cuerpo que no puede
mantenerse decentemente erguido.//
Pensando
en Dalí y en su teoría sexual fagocitóxica, se
te antojó la idea de que, quizás, lo que la mantis milagrosa
desea cuando inclina la cabeza -inquietante suspensión de hacha
mental- es abrir un ring de boxeo para luchar consigo misma. Hundida
en su propio tórax, petrificada y como rezándole al otro
para no masticarse las manos, la mantis se corrompe de a poquito con
su furia.
Quizás
la bestia no siempre tenga ganas de ser madre.
©Camila
Flynn