Almorcé
con un amigo del que no pude seguir escapando. Su tercer llamado
me agarró con la guardia baja y acepté el encuentro. Resultó
como me lo había imaginado, terrible. Haber ido en bicicleta
me salva de tener que caminar con él unas ocho cuadras.
En
casa me baño, me visto y salgo con mi guitarra a dar unas clases.
Mis alumnos de hoy son tres hermanos. Me gusta enseñar. Tomo
un colectivo y el viaje es de media hora.
Termino
las clases y me duele un poco la cabeza. La madre me paga. Siempre me
molesta un poco la parte en la que aparece el dinero. Conversamos sobre
los hijos y hago algún comentario que la hace reír. Me
doy cuenta de que se ríe igual a mi tía, se lo digo, y
vuelve a reír. Nos despedimos y camino hasta la avenida. Es de
noche y hace un poco de frío.
El
colectivo está vacío. Me siento en el último asiento
de la fila de uno. En la parada siguiente sube un gordito de unos veinte
años y se sienta adelante mío. No lo puedo creer, tiene
el mismo olor que el viejo del otro día. ¿Qué pasa
en esta ciudad? Me paro y camino hasta el segundo asiento de la fila
de uno. Se respira mejor. Miro a través de la ventana. Van apareciendo
carteles con publicidades muy estúpidas. Vino Syrah. Enigmático
y misterioso. Como ese amigo que vive afuera. La luna está
llena y grande. Me imagino que estoy volando en el espacio y esquivo
asteroides y La Tierra está lejos. A veces, quisiera estar lejos.
4/05/04
Estoy
a punto de salir de casa cuando me penetra una ola de mal olor. Lo primero
que se me ocurre es que hay algo podrido en la cocina. Voy y me agacho
para revisar el tacho de basura. El olor no sale de de ahí. Sale
de mi remera. Es olor a humedad. En el cuarto me cambio y salgo en la
bici a ver a un amigo.
Después
de dar unas vueltas, entramos en un bar como los de antes.
Las paredes están manchadas y vuelan algunas moscas. El mozo
tiene los dedos sucios y parecen mordidos. Nos ofrece el menú
que tiene los distintos platos del día. Preferimos pedir directamente
un sándwich para cada uno. Es menos arriesgado. El mozo de dedos
sucios y mordidos se ofende. Mi amigo pide una Coca y yo, un vaso de
tinto con soda.
Mientras
peleamos con el pan de nuestros sándwiches, el mozo pasa al lado
nuestro llevando un plato de carne con papas. Tengo la sensación
de que nos quiere decir: “Miren lo que se perdieron”. Mi
amigo percibe algo por el estilo porque comenta en voz alta: “Nos
equivocamos. Tendríamos que haber pedido la carne esa. Mirá
que pinta que tiene”. Yo afirmo con la cabeza (en un gesto que
me resulta medio patético) y el mozo, al fin, sonríe.
Después
del almuerzo, vuelvo a casa, me quiero lavar las manos y descubro que
no hay agua. Al rato voy con la bici a pagar unas cuentas y además
alquilo una película para ver a la tarde con mi mujer. Poco después,
estoy otra vez cruzando la puerta de entrada de nuestro edificio. Hay
olor feo. Estoy empezando a odiar a los perros. Pongo la cadena en la
rueda de la bici…El olor se hace más fuerte, y es que el
olor está saliendo de la rueda. No tardo en ver unas líneas
marrones en mi campera. Entro a casa de malhumor, quiero lavar las manchas
y poner la campera en remojo. No hay agua. Algo está pasando
con los olores de los últimos días. Pueden ser señales.
Saludo a mi mujer y ponemos la película. Aparece una propaganda
de la compañía de agua. La película es un bodrio.
Una de las escenas es de un casamiento. Mi mujer, ¿Y si nos casamos?
Hacemos una fiesta íntima, nos hacen regalos, bailoteamos, No
me aburras, por favor, vivimos juntos hace seis años, hasta tenemos
certificado de convivencia, Sí, pero yo nunca tuve mi vestido,
Cortála que está la película.
Mi
mujer es una optimista sin remedio.
5/05/04
Mi
mujer necesita (para una de sus múltiples actividades) que me
vaya de casa. Salgo en bicicleta. En este último tiempo mi bicicleta
es importante.
Quedé
en encontrarme con un amigo a eso de las siete. Faltan tres horas y
media y no sé qué hacer. Doy unas vueltas hasta que aterrizo
en el cine de nuestro barrio. En la caja pregunto por la de un director
italiano (aunque creo que no debe ser gran cosa). El tipo me dice que
no está más en cartel. Miro rápido otras opciones
y pregunto por una argentina en la que tampoco confío. Una por
favor, Son diez con veinticinco, ¿Cuánto?, Diez con veinticinco,
¿Cómo? ¿Qué hora es?, Son las cuatro menos
veinte…Las entradas baratas son hasta las quince, Está
bien, gracias, vuelvo otro día. Diez con veinticinco es una cifra
ridícula. ¿Por qué diez con veinticinco y no diez
redondo?
Pedaleo
hasta otro cine que está a unas treinta cuadras. Dan la del italiano.
Saco la entrada ($7,50) y me apuro a entrar. El cine es de los viejos,
el cajero no me ofrece ninguna promoción. Una acomodadora me
acompaña iluminando con una linterna que tiene pocas pilas. Me
da un programa y le doy unas monedas. La película está
empezando. Me gusta sentarme al lado del pasillo. Por suerte estos cines
no tienen pochoclo y esas cosas. Tampoco tienen sistema Dolby (o como
se llame). Esto es una desventaja. La sala es enorme y se oye mal. Los
parlantes están explotados. Camino hasta la puerta y encuentro
a la acomodadora. Se escucha mal, Lo están solucionando, contesta.
Vuelvo a mi asiento, o a otro, porque esta vez no me acompaña
con la linterna de pocas pilas. Al rato no hay mejoras en el sonido
y voy hasta la caja. Con la entrada en la mano le explico la situación
al cajero. El tipo pone cara de no puedo hacer nada. Quiero
que me devuelvan la plata, Eso no se puede, ¿Cómo qué
no se puede? Se escucha mal. Poco después, aparece la acomodadora
y le dice al tipo que me devuelva la plata. Doy las gracias y me voy.
Hay un shopping cerca que tiene dos cines, pero no dan nada pasable
y, además odio los shoppings. Camino por una peatonal donde hay
un tipo sin piernas que toca la guitarra, vendedores ambulantes, un
gitano que insulta a la gente que pasa, náufragos que revuelven
los tachos de basura, turistas haciendo compras y promotoras con pantalones
ajustados repartiendo volantes. Me meto en trescientas librerías
donde pregunto precios de libros que no voy a comprar. Las horas pasan.
Me
encuentro con mi amigo y me pide que lo acompañe (justo) a una
librería a comprarle un regalo al hijo. Compra unos comics. Después
vamos a un café y tomamos unas cervezas. Conversamos durante
una hora. Nos despedimos.
Estoy
cansado y todavía tengo que ir a comer con un grupo de amigos.
Pedaleo hasta el bodegón. Mi plan del momento es, mientras
como un bife de chorizo jugoso con tortilla de papas, lo que les intento
explicar. No tengo éxito. Vuelvo a casa agotado. Me meto en la
cama y mi mujer me abraza. Te quiero mucho, me dice, Gracias, gracias,
contesto después de un rato, aunque estoy seguro de que duerme.
6/05/04
©Martín
Llambi