el interpretador en discusión

 

R.C. (no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy)

Alejandra Esteso

 

 

 

 

¿Qué decir a dos meses de la tragedia? ¿Qué decir sobre los jóvenes y el rock después de Cromagnon? ¿Qué decir de los Pibes de Cromagnon? ¿Qué decir de toda esta generación?

Ante todo, creo supuesta la sensación que nos recorrió a todos el 31 de diciembre de 2004, al ver por TV y por los diarios las ambulancias, los médicos, al sobreexpuesto Ibarra, a los cuerpos, los nenes, los jóvenes, los pibes, hasta el Papa, convaleciente, enviando condolencias, y también al que una vez más brillaba por su ausencia, es decir, “K”, de que-digo- esto iba a pasar. Y pasó. Todos los elementos estaban dados. Explotó incendiado el negocio del aparato del Estado de la Ciudad de Buenos Aires. Tuvo que venir a barrer cenizas el duhaldismo, con el flamante Secretario de Seguridad Juan José Álvarez.

Detonaronse también la lista de elementos que se vienen gestando desde hace casi 30 años en la Argentina, que tuvieron su más perversa simbolización y representación en la tragicomedia de los ´90 y que, a pesar del otro estallido, social aquél, de diciembre de 2001, con sus intentos de reconstrucción, todavía no se han podido reestablecer los lazos de solidaridad que dan sentido a las sociedades. Son estos elementos que tienen que ver con el prejuicio, a mi modo de ver, que existe hacia la música local respecto a la música extranjera, esto más allá de lo universal de la música y más allá de la música, me refiero al filicidio típico argentino. El prejuicio, insisto, así como también la denigración de la cultura joven: no es difícil imaginar a la clase media comadreando a los pibes de cromagnon por drogarse, por tomar alcohol, por identificarse con el rock (serie de elementos que también podrían ser asociados al mundo del fútbol), cuando el muerto recordado en el mundo del rock no fue muerto por el rock sino por la policía. Me refiero a Bulacio. Y sin embargo sobreviene que en la República Cromagnon, el Estado, supuestamente Republicano, que promulga la cosa pública, valga la redundancia, hace estallar el prejuicio, la exclusión de los jóvenes y la “idiotización” de los mismos (quién piensa en dejar a sus bebés y niños por $2,5 en una guardería improvisada en un baño-sólo se me ocurre como respuesta una madre adolescente tal vez, sólo en tiempos donde debatir en la Legislatura Porteña un proyecto sobre educación sexual se presenta como una herejía, quién piensa en tirar una bengala en un lugar cerrado) con casi 200 muertos.

El Estado, ausente y los jóvenes, perdidos en la búsqueda de un sentido de pertenencia, encuentran en el rock respuestas en una escena que es casi un ritual, con los músicos, los que tocan, hacen esas letras, fieles como sus seguidores. Pibes, adolescentes, que ante la anomia, establecen con el rock un contrato social implícito. Basta pensar, en ese sentido, lo que fueron Los Redondos, a mediados de los ´80 y en los ´90, y la efectiva conexión religiosa que compusieron con sus asiduos seguidores. No me olvido de, sí ya entrados en los ´90, la nueva camada de grupos que, cual Los Redondos, cargan con un discurso contra lo institucional. Allí es donde resulta interesante rescatar tres casos que en la Argentina son un paradigma que da cuenta y que fortalece ese discurso anti-institucional, me refiero, al ya mencionado caso Bulacio, el caso María Soledad Morales y el caso Carrasco, jóvenes los tres. Este contrato, entiendo, resulta diferente en forma a aquél que en los ´70 daba ese sentido de pertenencia, digo, las que fueron las desaparecidas de escena organizaciones políticas. Hoy el joven argentino carga contra lo institucional pero resiente de la política y de las formas de llevarla a cabo por presentarse ésta de la mano de la corrupción y bajo el velo de la hipocresía. Por significar, en definitiva, aquello que no quiere ser.

De la coyuntura, ¿Quiénes son los responsables? ¿Qué pasa con la cuestión política detrás de la tragedia?

Responsables concretos de la tragedia concreta que tuvo lugar el 30 de diciembre. Allí, si se quiere, todos tenemos cierto grado de responsabilidad más allá de la que deben asumir el Jefe de Gobierno, el empresario y la banda de rock. Ibarra, como dijo una madre dolorida en la Legislatura en ese acto que se llamó “interpelación” al Jefe de Gobierno, que no fue más que un echar culpas de los legisladores-atentos los diversos sectores del macrismo a ver de dónde se podían colgar para obtener una cuota de rédito de la tragedia-típico de la derecha: utilizar el dolor ajeno-, “Esto le pasaba a Grosso, a De la Rua, o hasta el propio Macri, pero le ocurrió a ud., Ibarra”. Él, no pudo más que repetir su texto aceptando responsabilidades, apelando a la Legislatura a que comparta tales responsabilidades, pidiendo disculpas a padres, quienes cargan con el mayor dolor de todo esto que para ellos no tiene nombre. Con dotes de orador, supo defenderse de los dardos de los legisladores opositores (en una Legislatura que cuenta con 60 bancas y a la vez con 40 partidos políticos). Sin embargo, no pudo con las espaldas y demás indiferencias de los padres. Chabán, hasta la tragedia era el prototipo del empresario progre -quién no recuerda aquellas épocas de Cemento-, hoy prototipo del empresario inescrupuloso quien para ver incrementadas sus rentabilidades lo último que considera es invertir en prevención, quien cierra salidas de emergencia para que no haya colados. Callejeros, me pregunto, quién sabe la responsabilidad que tienen respecto de la seguridad en sus shows. Al día de hoy esto será decidido por lo que la Justicia interprete, pero seguro son quienes deberían haber interrumpido el espectáculo, cual han hecho Los Redondos en determinadas ocasiones. Al margen de lo que se juzgue, resulta un punto de conflicto el hecho de que la banda tenga el papel de víctima legítima a pesar de que también le quepan responsabilidades de lo sucedido. Aquél que tiró la bengala, aquél que faltó en su inspección (sí, sí, sí, la corrupción), los Medios Masivos de Comunicación. Éstos, no sólo por lo que habría ocurrido si recital se hubiese prohibido con antelación –efectivamente la reacción habría sido putear “Quieren prohibir el rock”-, sino también por lo que hoy acontece con el seguimiento de la prensa respecto a habilitaciones y/o proyectos-leyes del poder legislativo nacional y local referidos a estos temas (aquella tapa de Clarín del 31 ya pasó). Finalmente, la sociedad entera.

Antes me referí al escepticismo con que los jóvenes perciben a la política, la anomia y la ausencia de referentes (desde el Estado a través de la escuela hasta la familia, institución en crisis, entre otros factores, debido a la falta de trabajo). Ahora digo, la tragedia tuvo su significación política porque el pedido de la sociedad de “que la paguen”, quienes sean, el pedido de “que no se repita” implica un accionar judicial y político, por lo tanto, pide reformas. Reformas, y ahí es donde encuentro el sentido político de esto, que tienen que ver con cómo es que aquellos que suponemos representantes nuestros interpretan la escala de valores de una sociedad con jóvenes que cuentan con pocos valores. Padres y compañeros de los Pibes de Cromagnon se movilizan, necesitan verse representados, necesitan actuar políticamente. Necesitan ocuparse de la política porque en parte, no maduro, han naturalizado por experiencia en carne viva (como Blumberg, como las Madres y tantos otros) que si no la política se ocupará (ocupó) de ellos.

 

©Alejandra Esteso

 

 

 
 
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Alejandra Esteso

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Número 2: mayo 2004 - JCB (artículo)

   
   
   
   
   
 
 
 
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