Hace
ya varios meses, una vez, conversando de paso en la barra de un café
frente a la facultad un amigo recordaba “aquel libro de Fogwill
en que uno de sus cuentos era el aleph al revés”.
“¿A sí?”, le decía yo —aún
no lo había oído y ya tenía ese libro en mi poder.
“Sí —me decía—, ese que se titula con
unas palabras como campo, ciudad, etc”. Algo así había
sido. Ese día, justo en ese momento yo estaba por ir a exponer
el trabajo con dos chicas sobre Fogwill al seminario de Saítta.
Esta persona justo estaba yendo a una clase de Teoría y análisis
donde los de la cátedra frente a la clase conversarían
sobre Aira. Algo así era. Charlamos de esto dos minutos, él
decía que pensaba a Aira y a Fogwill como escritores del estilo.
A mí esto me dejó pensando: varias veces me pregunté
qué es lo que pudiera emparentarlos de alguna manera. En el momento
yo le decía que a mí más bien me parecían
de estilos contrarios, que el punto que los separaba irreconciliablemente
era que entre el lenguaje y el referente en Aira había una distancia
y una relación que era siempre la misma y que en Fogwill esa
relación estaba siempre en permanente tensión y cambio:
el léxico, la construcción de la frase, los ritmos, etc,
etc. dependían y variaban de acuerdo a y en tensión con,
los personajes, lo narrrado, la situación histórica, la
clase social, etc, etc, etc.
En
Aira da igual si se trata de cumbia villera, chetitas de Palermo, o
fantasmas de un edificio en construcción. Ahí quedó
eso, pero sin embargo quedaba el porqué pudieran pensarse como
escritores a la par: será la generación, será
esa cierta marginalidad que ambos ocupan incluso estando ya en lugares
más o menos centrales, será esa filiación desplazada
de la tradición nacional, tal vez más por el lado de Copi.
¿Pero
qué más se puede decir de esto? Aira escribe siempre en
línea recta, sin regresos, sin correcciones, sin reediciones;
Fogwill revisa, corrige, recorrige, y reedita. Reedita sin parar, republica
sin parar. Rearma antologías con cuentos actuales y cuentos ya
publicados tres veces y modificados cada vez. Modifica palabras, pequeños
detalles. Fijaos por ejemplo en la antología Ejércitos
imaginarios (1983) y en Muchacha Punk (1998): “Muchacha
Punk” está en ambos, la dedicatoria a Mariana Domich Rovshenko
(a quién estoy seguro que todos quisiéramos conocer y
de quién pensamos que fue esa punk por quién Fogwill pudo
escribir: “En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha
punk”) ya no está. Y en el 98 la frase que abría
el segundo párrafo del 83 (“Primera decepción del
lector: en este relato soy varón”) está cambiada
por otra que ahora cierra el primer párrafo (“Primera decepción
del lector: en este relato yo soy yo”). En el 83 “La larga
risa de todos estos años” abría el libro y precedía
a “Muchacha punk”, allí el narrador resulta ser,
nos damos cuenta al finalizar el relato, una mujer y la relación
sobre la que construía el relato, una relación lesbiana
(si mal no recuerdo). En el 98 este relato pasa a cerrar el libro, quedando
antes de “Muchacha punk” dos relatos, reeditados también
pero en este caso de Música japonesa (1982) (“Dos
hilitos de sangre” y “Japonés”). Si no me equivoco
el único relato “nuevo” de la edición del
98 es “Cantos de marineros en las pampas”.
El
cuento aquel acerca del que se dice que es el aleph al revés
es “Help a él”, editado en Pájaros de
la cabeza en cuyo libro están también los cuentos
“Sobre el arte de la novela” y “Camino, campo, lo
que sucede, gente”. Por la enumeración y por el tipo de
título recordando aquella charla de la que hablé al ir
a leer el libro creí que el cuento que aludía al aleph
era este último. Claro que me interesó qué relación
Fogwill podría proponer con tal clásico de Borges o con
el clásico Borges en sí mismo. El cuento no me gustó
tanto como otros y me dejó cierta incertidumbre o decepción:
carecía —me pareció— de aquello que Speranza
al reseñar La experiencia sensible llamó “las
obsesiones de Fogwill”. La cito: “Es cierto que reaparecen
aquí sus obsesiones más recurrentes pero no alcanzan a
sofocar esta vez su inteligencia y su sensibilidad para observar, pensar
y narrar el mundo”.
Pues
justamente era eso lo que echaba de menos en este cuento: más
obsesiones, más sofocación. Sin embargo el cuento algo
tiene, sin dudas. No lo releí y no voy a hacerlo para hablar
de él ahora: lo que puedo decir es que lo leí hace un
tiempo, no volví a pensar ni a hablar de él, pero ahora
que lo hago veo que recuerdo el cuento sensorialmente: es decir,
en el modo de: impresiones: espaciales, temporales y hasta táctiles
diría; lo que —entiendo— es indicio de una narración
que funciona.
Pero
lo cierto es que al leer “Help a él” me encontré
nuevamente con esas obsesiones que todo lector de Fogwill debe esperar
ansiosamente y que tan bien le hacen “narrar el mundo”.
En el momento hablé de este cuento con una chica (no te voy a
nombrar), y en respuesta a que ella me había regalado Trópico
de Capricornio (el día que la conocí yo le hablaba
de Fogwill y ella de Miller) yo le regalé Pájaros
de la cabeza. Casi no nos conocíamos. Recuerdo que ella
quedó totalmente impresionada por el cuento y que incluso le
había producido una depresión fuerte. Intentamos hablar
del tema, y yo tenía curiosidad acerca de porqué podría
haberle producido aquel efecto. Me hacía la pregunta de si era
una literatura que una mujer pudiera leer, o en todo caso entender,
o en todo caso qué es lo que entendería. Bueno, ¿porqué
la impresionó así?, y primero ¿de qué modo
la había impresionado? A mí el relato me parecía
increíble y me había hecho reír terriblemente;
a ella le había parecido, en cambio, simplemente terrible.
Pero
bueno, recién meses después, luego de una cena en que
al lado de una bilbioteca teníamos el libro en la mano y mirábamos
el índice, Juan Pablo comentó que “Help a él”
era “El aleph” al revés. Ahí, vimos que “Help
a él” era un anagrama de “El aleph”. Lo que
me intriga, sin embargo, es el hecho de que se diga siempre que a esto
se alude: el aleph al revés. Efectivamente no es al
revés, sino sólo un anagrama. ¿Pero quién
vio esto, quién lo asegura tanto, y porqué todos, incluso
los que no lo vieron o los que lo dicen al referirse a otro cuento hablan
de el aleph al revés?
Por
otro lado, a menos que yo me haya perdido de algo importante, la referencia
no es ni tan directa ni tan evidente en el cuento. Se abre la posibilidad
de pensarla y tal vez dé para bastante pero si el cuento señala
esa relación no lo hace más que por su título.
Una vez marcada esa relación puede decirse que el objeto aleph
se reemplaza por unos hongos: es decir se ingiere: no es que uno se
ve en el aleph sino que el aleph entra en uno. En vez de estar
en un subsuelo está en un primer piso. La mina igual que en Borges,
que en Dante y que siempre, no está. Pero acá aparece
no sólo para la vista sino para todo el cuerpo: no se la ve de
lejos, iluminada, sino acá, al lado, garchando, metiéndote
una pija sostenida por un arnés desde su vientre en el otro.
La cosa es diferente: pero es al revés?
Yo
buscaba eso, algo al revés cuando buscaba en Camino,
campo, etc. No encontraba nada que me hiciera ver la evidencia
de aquel intertexto pero lo mejor de todo es que guiado por ese comentario
buscaba... y encontraba algunas relaciones. Ya no recuerdo ahora exactamente
cuáles pero las encontraba.
Hace
tiempo ya que hablo y escucho hablar mucho de Fogwill. Una cena, era
en ocasión del cumpleaños de mi prima nos entretuvo gran
parte de la noche. Muchos ni siquiera lo habían leído
pero estaban totalmente interesados en la discusión y a medida
que escuchaban y se iban informando se hacían de una opinión.
La discusión giraba en torno a si Fogwill sería o no un
buen padre, discusión que ha vuelto en varias ocasiones. En primera
instancia puede parecer obsoleta, y de hecho nunca faltó quién
lo comentara: “a quién importa que sea una cosa o que sea
la otra, o qué tiene eso que ver con su literatura”. Marcela
se había divertido mucho y llamó a esto “la teoría
del buen padre”. No es tan fácil discutir esa objeción
pero sí en defensa del problema planteado se puede decir que
tiene buen raiting, que interesa y que hace pasar horas en una charla
entretenida y que por algún motivo evoca recuerdos de cosas leídas,
asociaciones y comentarios de lo más inusitados. Es decir: es
productiva. Por algún motivo la pregunta pega y nos
ponemos a pensar en tal o cual otro escritor y su paternidad.
Eso
me parece lo primero y después en todo caso cabe preguntarse
por el porqué de esa productividad. A mí se me ocurre
que es una discusión totalmente pertinente a la literatura de
Fogwill porque, por ejemplo, es una pregunta que involucra y pone en
conflicto los problemas de la conservación y su contrario: puede
ser destrucción, puede ser gasto, puede ser fluidez, puede ser
“viaje”, etc.
La
familia involucra la conservación, y el lenguaje en primera instancia
se diría que también pero qué pasa con la literatura,
y con cada una en particular. La literatura de Fogwill, podríamos
decir, es totalmente explosiva, disrruptiva: es todo lo anti conservación
que (opino) la literatura puede ser (esto igual habría que ponerlo
a prueba).
Por
ejemplo: se puede decir de sus primeras personas, las coincidencias
con el autor y el viaje hacia los extremos por el que se van esas voces
—personajes: la merca, las posiciones—, opiniones, el sexo,
las fantasías (“Help a él” es un buen ejemplo).
Puede mencionarse también “Luz mala”, relato extraordinario
de iniciación sexual del narrador con la hermana (y con el que
muchos habremos de habernos hecho pajas). Habría que, de decidirse
a hacerlo, constatar fechas y datos geográficos y cronológicos
pero en primera instancia pareciera poder afirmarse la existencia de
coincidencias importantes entre el narrador y Fogwill.
Pero,
¿nos importa mucho la persona Fogwill? En principio no tanto
mientras no deje de escribir, pero por algún motivo todos volvemos
a hablar de él, en las mesas, en los pasillos y en las reseñas.
En general se dice si está loco, si es un hijo de puta, si es
punk o si es simplemente un boludo o un viejo verde o alguna otra cosa.
Hay
por cierto una reseña genial titulada “Fogwill punk”
o algo por el estilo. Habla de Fogwill como de un No andante. Su negatividad
y su movilidad son tan fuertes que no puede ser asimilado y
entonces se habla de él como de un loco. Fíjense que se
trata del par movilidad-asimilación. Es decir movilidad-inmovibilidad
solapado en rebeldía punk-asimilación o disrrupción-conservación.
Lo
cierto es que muchas veces se dice de Fogwill como de un loco pero nunca
como de un pobre loco, o de un pobrecito. Esto es lo que dice Elsa Kalish
al compararlo con Viñas y hablar de sendas potencias: diferentes
en forma, más para un lado o más para el otro, pero similares
en intensidad. (1)
Pero
volvamos a la pregunta. Todo esto nos lleva a Fogwill como a un quilombo,
pero ¿qué nos podría permitir imaginarlo como un
buen padre y en qué medida esto nos incumbe?
En
el número pasado de el interpretador, Gandolfo
(escritor por cierto sobre el que Fogwill habla mucho y muy bien) responde
que efectivamente ha dejado de escribir cosas para cuidar a gentes y
comenta que nunca se llega hasta el fondo, o algo parecido a esto(2).
¿Qué pasa en este sentido con Fogwill y qué podría
responder él?
Hace
unas pocas semanas A. en un café en Corrientes me decía
que Fogwill gasta. Que derrocha, permanentemente. Gasta todo
lo que tiene, todo el tiempo: las palabras, el dinero, y se podría
extender: el cuerpo, las palabras escritas, los libros editados, etc.,
etc., etc. Digamos por ejemplo de esa alusión permanente a la
merca o en el mail de Kalish esa pijita arrugadita.
Claramente
el gasto es lo contrario de la conservación. Ahí entra
el problema de la familia. Lógicamente habría que cuestionarse
—lo que no se hará— varias cosas acerca de sus características:
cómo se juegan en ella estos dos polos de gasto y conservación,
la ley, la prohibición, sus rupturas, etc, etc.
Pero
recordemos por ejemplo aquel cuento, “Restos diurnos”, en
que el narrador amanece tomando merca y recibe el llamado de una mina
que le dice que su marido no está y que se vaya para allá
a echar un polvo. Que “no” le dice, y ella insiste. Finalmente
sube a sus nene y nena al auto y se los lleva para allí, San
Isidro. Llegan, los chicos van al cuarto de chicos y ellos al entre
piso, a garchar. El cuento viaja, empieza a viajar y se va
indefinidamente por el camino de los sueños.
Nuevamente
comienza en esas coincidencias biográficas entre el narrador
y Fogwill, arranca de ahí, anclado ahí. Es como un puerto
desde el que por medio de la escritura se empieza a navegar. La imaginación
parece ser el elemento corrosivo, aquel que desintegra todas esas referencias
o, mejor dicho, las transforma.
Se
puede decir que los cuentos de Fogwill y tal vez todo lo suyo empiezan
en casa. El tema es luego dónde terminan. Y cuál
o cómo, es el camino ese por el que se van. Los referentes son
siempre fuertes y mucho de lo que los ata a la representación
se mantiene inmutable (este sea tal vez el principio de su realismo)
pero una vez allí, puestos en la escritura empiezan a reaccionar
entre ellos. Esto está perfectamente descripto en la Experiencia
sensible: allí se dice “poner en movimiento natural
y vigilar”. Este es el naturalismo de Fogwill.
Piénsese
por ejemplo en esa escena extraordinaria de Vivir afuera en
donde en torno a la mesa de un bar cualunque frente al hospital el médico
judío, el gato, la enfermera y Wolff conversan. ¿No son
elementos extraídos de la realidad y puestos a jugar ahí,
en esa mesa, diciendo cada uno lo que puede decir y viendo
lo que puede ver, e inclusive pensando, imaginando, deseando,
etc, etc. aquello que su con-formación le permite?
Y
el juego, a diferencia de lo que Gandolfo parece querer decir, no parece
tener límites más que los de los condicionamientos materiales
de los personajes y el contexto donde actúan. Eso es lo que los
limita, la casa, y lo que los mueve parece ser la imaginación.
Hagámonos
junto a Elsa otra pregunta: ¿es Fogwill antisemita? Y rápidamente
junto a ella digamos que esta pregunta a diferencia de la otra es totalmente
estúpida y obsoleta, por todo lo que ya se dijo.
Por
otro lado, con respecto al intercambio de mails Fogwill-Elsa: primero
el tono pedante de Elsa en el mail (“todos en la facultad piensan
que sos malo y antisemita, menos yo que estoy desplazada del canon”)
y el contarle de su columna donde las chicas se masturban así
daba ya para esa respuesta, y segundo: esa respuesta daba también
para esa publicación.
Sin embargo, la respuesta es particular. A uno que te escribe así
lo mandás a la concha de su hermana (aquella del cuento claro
está), pero a Fogwill no. ¿Porqué? ¿Porque
está loco? No. Yo diría más bien que es un tipo
que está navegando, para utilizar la misma metáfora de
antes. Pero no navegando de locura. Su sentido de lo real es demasiado,
y demasiado en serio, como para afirmar semejante boludez.
En todo caso arriesgo la idea de una coherencia extrema, de una coherencia
hasta las últimas consecuencias, corrosiva. Y la risa que viene
detrás, o el horror, o lo terrible, volviendo a las impresiones
que nos produjo “Help a él”. Se trata de ese navegar
y sus complicaciones de los que dan pocas cosas por sentado.
En
todo caso a Fogwill también se lo puede mandar a la concha de
su hermana y se lo debe haber mandado bastante. Él mismo parece
irse en ese viaje a esa concha y más lejos bastante seguido.
Pero sí, se trata pienso de un viaje. Quien ve así las
cosas parece verlas como se las ve en la escena de un teatro o
como en sus mismos relatos. Y es ahí cuando puede empezarse a
jugar y a probar: causas y efectos, acciones y reacciones, cuando puede
decirse cualquier cosa frente a lo absurdo en la cara
de quienes te miran tan serio, para un lado, la derecha, o para el otro.
©Martín
Glozman
NOTAS
(1)Elsa
Kalish - Las chicas de Letras se masturban así III
(2)Caminando
alrededor. Entrevista a Elvio Gandolfo, por Ariel Bermani, Daniela Allerbon
y Zulema Lázaro.