Sí
que nos gustaba ir de vacaciones al pueblo donde vivían mis abuelos.
Muchas veces papá y mamá nos mandaban en colectivo. Si
no se pinchaba una goma eran como siete horas, pero dormíamos
y mi abuelo nos esperaba, siempre fumando, a eso de las seis de la mañana.
Bajábamos y todavía faltaban unos ochenta kilómetros
de viaje. No había colectivo directo. Mi abuelo nos buscaba en
un auto con olor a nuevo. Él era el dueño de la agencia
Ford de la zona.
Mi
abuela nos esperaba en la cocina. Nos preparaba un nesquik y como la
leche a veces tenía nata, le pedíamos que la colase. También
nos daba unos pedazos de pan, muy grandes, que comíamos con manteca
y dulce casero. Mi abuela sabía cocinar. Preparaba helado de
limón y la mejor tortilla de papas del mundo. Primero freía
las papas en cubos chicos y después tiraba los huevos batidos
y cocinaba todo de un solo lado. Me gustaba ver como pasaba la tortilla
de la sartén a una fuente verde sin que se le rompiera. Pero
en verdad, el cocinero experto era mi abuelo. Usaba para algunas carnes
una olla a presión que tenía un pituto que daba vueltas
y largaba vapor. También hacía perdices en escabeche y
comidas con hongos que juntaba en el campo. Creo que era en semana santa
cuando preparaba bañacauda, una salsa hecha con mucho ajo, anchoas
y crema para acompañar verduras y pollo hervido.
Para
nosotros esas vacaciones eran lo máximo. Tomábamos el
desayuno y dábamos unas vueltas porque éramos madrugadores
y nuestros amigos no tanto. Cuando no aguantábamos más,
íbamos a su casa que quedaba a la vuelta, y los despertábamos.
Nos movíamos en bicicleta. Les sacábamos los guardabarros
para que parecieran de cross, y las sabíamos arreglar, cambiar
las gomas, ajustar los frenos, esas cosas. Siempre andábamos
en patas y sin remera.
Nuestros amigos nos enseñaron en esa época a tirar con
gomera y a elegir las piedras buenas, a hacer un carro con rulemanes
(no había bajadas en el pueblo y empujar era bastante cansador),
a jugar a las bolitas, a robar naranjas, limones y nísperos que
usábamos como granadas cuando jugábamos a la guerra, también
a robar almanaques de los negocios, a jugar al ajedrez, a leer Nippur,
El Tony y Dartagnan, a andar en moto, a jugar al ping pong, a espiar
a las mujeres cuando se duchaban en el club, a pescar anguilas en un
zanjón, a enviciarnos con los flippers y el Space Invaders, y
a jugar al voley, aunque nunca fuimos buenos.
Papá
y mamá nos querían mucho pero nuestros abuelos eran más
buenos. Mi abuelo nos mandaba a comprar todos los días dos paquetes
de Jockey Suaves Largos. Nos regalaba el vuelto y corríamos a
los flippers o al club. En el club había una pileta enorme con
trampolín, una mesa de ping pong (ganador quedaba en cancha),
una despensa donde vendían jarras de Coca Cola y sándwiches,
y también una cancha de voley con piso de tierra. El lugar era
grande y tenía muchos árboles, unas parrillas y al lado
había una pista de aterrizaje que era de pasto. A veces, nos
metíamos en el hangar para ver las avionetas. Había un
olor fuerte, mezcla de veneno para fumigar, nafta y encierro.
En
navidad preparaban una mesa para los chicos. En otra, ponían
la comida: tartas, fiambres, ensaladas, vitel toné y pavo. Todos
comían como chanchos. Yo prefería las tortillas de mi
abuela. Ver el árbol repleto de regalos era demasiado. Para matar
la ansiedad tirábamos miles de petardos que nos regalaba una
tía. A las doce en punto, los bomberos prendían una sirena
y nos abalanzábamos a abrir los paquetes que ya teníamos
identificados. Después salíamos a seguir tirando petardos
y mi tía trataba de hacer despegar un globo de papel que siempre
terminaba prendido fuego.
Otra
de las cosas del pueblo era que mis abuelos tenían hermanos que
vivían cerca. Teníamos mil primos. Las comilonas duraban
horas. También estaba mi tío Daniel. Él viajaba
seguido a la ciudad. Era mi preferido porque no nos trataba como si
fuéramos chicos. Mi mamá decía que era medio loco,
decía que era un poeta loco. Yo no sabía lo que era un
poeta. Daniel nos mostró una vez unos cuadros que había
pintado. Uno tenía un dibujo de un señor que se parecía
mucho a él. De la cara le salían manchas rojas, parecían
sangre. No le preguntamos qué eran porque el cuadro nos gustaba
igual. Un día nos llevó a una laguna a pescar. Quedaba
medio lejos pero fue divertido. Sacamos como cincuenta pejerreyes, y
a la noche mi abuelo los hizo fritos, a la milanesa. Daniel y mi abuelo
no se llevaban muy bien. Me acuerdo que una vez yo estaba en el patio
y los escuché discutiendo en la cocina. Se gritaban. Pero a Daniel
nunca le importaba nada. Cuando mi abuelo se daba vuelta, le hacía
burlas y nosotros teníamos que aguantar la risa. Lo bueno de
Daniel era que nos llevaba al cine. El cine no era como los de Buenos
Aires. Pasaban dos películas y todos gritaban y los grandes se
daban besos y fumaban. También me acuerdo que mi abuela iba mucho
a misa y nos pedía que la acompañáramos. Nosotros
nos sentábamos al fondo para poder rajar. Los días pasaban
y nunca eran iguales.
El
día que Daniel se fue no me lo olvido más. Habíamos
ido al club. Fue la primera vez que Elisa, una chica un poco más
grande que nosotros, nos mostró la rayita. Sólo podíamos
mirar, esa era la condición que puso. Nos pareció rara
porque tenía como un pito chiquito. Le pedimos que hiciera pipí
para ver por donde salía. No nos pareció gran cosa eso
de verle la rayita. Daniel nos había dicho, que cuando fuésemos
más grandes, las mujeres nos iban a gustar mucho. La cuestión
es que, cuando nos aburrimos de Elisa, fuimos a nadar un rato y uno
de los pibes casi se ahoga porque se le enganchó la cadena en
la rejilla del fondo de la pileta. Lo sacaron entre dos señores
y el pibe primero vomitó agua y al final un poco de comida masticada.
A la tardecita llegamos a la casa y estaban preparando las comidas para
la noche. Era el día de año nuevo. Corrimos al cuarto
de Daniel y vimos ropa tirada arriba de su cama y todo desordenado.
Después mi abuelo nos dijo que ayudáramos a mi abuela
a poner la mesa. Le pregunté donde estaba Daniel y contestó
que se había ido a la ciudad. Me pareció raro. Pasaron
unos días y Daniel no volvía y pensé que tenía
que ver con la discusión que había escuchado desde el
patio.
Los
pibes del barrio nos miraron por un tiempo con cara de lástima
y a nosotros nos daba bronca. Uno me preguntó varias veces si
sabía por qué se había ido Daniel. La última
vez me cansó y le metí una trompada en la nariz. Se puso
a llorar y se fue sangrando a la casa. Después la mamá
vino a hablar con mi abuela y a la noche mi abuelo me puso en penitencia.
Las
cosas fueron cambiando. Mi abuelo me mandaba a comprar los Jockey pero
no me daba el vuelto. Tampoco se afeitaba muy seguido ni le hablaba
a mi abuela. Cada tanto la encontrábamos en el patio, triste,
y se apuraba a entrar a la casa. Mi abuelo cocinaba menos y nos parecía
que la comida no le salía tan rica.
Primero fue lo de mi abuelo. Yo estaba en primer año en una clase
de geografía y un celador me dijo que tenía que ir a planta
baja, que mi mamá me estaba esperando. Fue la primera vez que
la veía llorando. Mamá me dijo que mi abuelo había
tenido un ataque al corazón. Me dijo que de ahí se iba
volando en auto para el pueblo. No supe bien qué decir, ni qué
hacer. Era época de exámenes y me había llevado
todas las materias. Le di un beso y volví a la clase.
Lo
de mi abuela fue diferente. Fue más o menos un año después.
Estuvo internada unos veinte días. Mamá viajó para
estar con ella. Nos llamaba todos los días para contarnos las
novedades. La tarde que atendí el teléfono y me lo dijo,
no me sorprendió. Le dije que íbamos a viajar esa misma
noche. Llegamos a la mañana, fuimos al velatorio y a la tarde
al entierro. Daniel no apareció. A mamá le dimos besos
y la abrazamos mucho.
Al
otro día cargamos un montón de cosas en el auto. A mi
me gustaba ir de copiloto. Mi hermano iba atrás, con muchas valijas
encima. Mamá manejaba despacio y cuando pasamos al lado del club,
había una avioneta despegando y tuve que taparme la cara para
que no viesen que me había largado a llorar.
©Martín
Llambí