Que
el ayer es un territorio inhóspito no lo discute nadie, ni siquiera
los nuevos poetas de cibercafé, esos que elucubran sus versos
utilizando mecanismos electrónicos implantados en la glotis,
mientras avanzan a los tropezones entre toneladas de basura tecnológica.
Pero antes de eso lo habían explicado los conductores mediáticos
desde las pantallas de plasma de los televisores. Y también lo
escribieron en los muros suburbanos los adictos perdidos, rociando las
ruinas con ácidos y gel y lo cantaron los viejos programas piratas,
carcomidos por la herrumbre. Nada de eso importa, o es otra historia.
Aquí,
ahora, el ayer es tema preferido de unos mesiánicos patéticos,
unos tipos de dos por cuatro, muy viejos, viejísimos, aturdidos
por el café, la nicotina y otras hierbas en el famoso bar de
la calle Corrientes, donde sobreviven de puro guapos y hastiados.
—Recuerdo
—dijo Fermín, borracho de fármacos genéricos
comprados en puestos callejeros— cuando lloraron las orquestas
por última vez. Yo tendría... déjenme ver... menos
de veinte. Las nubes de ácido gris todavía no se habían
descolgado por las paredes descascaradas de los edificios y en las terrazas
podían divisarse las noches suaves, alejándose como ruidos
de estática, arañándote la mente por dentro, reacias,
eso lo digo yo, reacias a morir por completo.
—Eso
digo yo también —apoyó Lauría mirándose
con asco los implantes que le habían encajado en el Argerich;
implantes de segunda, como siempre, conseguidos clandestinamente—.
Mis días de romántico terminaron, carcomidos sin querer
por la electrónica y los nuevos saberes, ¿entienden? No
sé qué día maldito la bohemia se disolvió
entre las imágenes de cristal de fósforo que nos herían
las retinas y esos residuos de plástico negro, pero les aseguro
que algo se rompió para siempre. La puta que lo parió.
Morían matando, los viejos esos. Nada quedaba de la frágil
juventud que habían ostentado en la época anterior al
software y las redes, pero no estaban dispuestos a entregarse. Mientras
apuraban copas de ginebra reciclada con gusto a resina y sorbían
lentamente el líquido oscuro destilado de escoria de alubias
negras, imaginaban cómo fugarse a un universo alternativo.
—Nos
queda la fantasía —dijo Becerra. Becerra creía que
toda la realidad estaba aprisionada en el espacio comprendido entre
sus labios y los de Mimí, un encanto de mujer. Pero Mimí
había entrado en el pasado y le resultaría muy difícil
sacarla de donde estaba.
—Con
la fantasía no se viaja —objetó Wilson. Era, de
lejos el más refractario a las búsquedas, el más
escéptico. Le decían Wilson porque había vivido
en el Gran País del Norte o porque había trabajado en
el frigorífico homónimo, no estaba del todo claro. Su
verdadero nombre le daba vergüenza y los demás eran muy
respetuosos de esas cosas.
—Lo
que quebró los sueños —dijo Lauría, más
para ayudar a Becerra que para refutar a Wilson— es que dejamos
de creer en ellos. Pensamos que las imágenes electrónicas
eran un buen sustituto, el método que venía a reemplazar
a los sueños, que tantas veces son pesadillas, y nos cansamos
de luchar. Ahora somos demasiado viejos para tomar las armas de nuevo.
—En
el bar del barrio sur, ya saben, el de Boedo y San Juan —dijo
Fermín, como si no los hubiera escuchado—, Morovic y sus
amigos están quemando la ilusión con sueños sintéticos.
Se conectan a la red de psicóticos del Borda con terminales térmicas
que sacaron de la Quema y alucinan coágulos de oscuridad, herramientas
fractales, buzones rojos y taitas muriendo su canción.
—¡Qué
poético, che! —dijo Lauría.
Alentado
por las palabras de Lauría, Becerra cantó:
—"Mujer
de mi poema mejor... Mujer, yo nunca tuve un amor... Perdón,
si eres mi gloria ideal... Perdón, serás mi verso inicial..."
La
voz de Fermín, reptando en la atmósfera viciada por las
drogas sintéticas que el gallego Mouriño mezclaba en la
trastienda del bar para agregar a los restos de coñac que exprimía
de las botellas casi vacías, sonó para siempre, pegó
la vuelta en el codo de Dorrego y se metió de cabeza en una madrugada
de agosto, fría como la nariz de un esquimal, sesenta años
atrás.
—¿Funcionó?
—Wilson estaba perplejo. La calle Corrientes lucía como
en la época de Illia, cuando el brillo de las películas
de Fellini apagó por un rato la rabia de la derecha demente.
—Funcionó,
por supuesto —dijo Becerra—. Aquí tienen el motivo
por el cual nunca perdí las esperanzas.
Para
corroborar la afirmación, Mimí entró al bar, con
su manera sin par de mover las caderas. El cabello rubio le caía
sobre los hombros y una sonrisa pícara le bailaba en la boca.
—¿Fuimos
nosotros o vino ella? —Lauría tocó las protuberancias
que sobresalían de los implantes en dos o tres lugares; no tenía
eso sesenta años atrás.
—¿No
les dije que al amor hay que darle alas de fantasía? ¿Les
dije o no les dije? —Becerra estaba eufórico; fue al encuentro
de la mujer y la abrazó y la besó en la boca y los ojos.
—¿Dijiste
eso? No me acuerdo. —Wilson le hizo una seña a Mouriño
para que le trajera un vaso de agua; tenía que tragar algunas
gotas de hiadizina para estar seguro de que no se había metido
en una nueva alucinación polimórfica.
—Ocurrió
cuando él cantó —dijo Lauría señalando
a Becerra—. Rubia y dulce Mimí, ¿adónde te
habías metido?
La
mujer se separó de Becerra sin dejar de sonreír y dijo
con toda seriedad: —Estuve muerta, todo el tiempo.
—¡Al
carajo! —gritó Wilson. Barrió los pocillos y las
copas con el brazo y los arrojó al piso, lo que obligó
a levantar la vista a otros parroquianos, inmersos en sus propios asuntos.
La zona liberada crecía como una mancha de polietileno derretido
y espirales de hilo negro se elevaban hacia el techo formando una intrincada
red de reflejos por efectos del neón de la vidriera.
—¡Pará,
loco! —dijo Fermín. No se podía levantar de la silla,
pero le resultaba perfectamente claro que lo que estaba sucediendo ya
lo había soñando en París, en la época que
era un refugiado político.
—Tranquilos
—dijo Mimí—. Les puedo explicar todo.
Si
la bruma ácida era capaz de recrear sin errores el cuerpo y el
alma de los muertos, la nueva pesadilla artificial los tenía
agarrados del cogote; una sensación de agobio los cubrió
por completo.
Wilson
se serenó, levantó la silla y le hizo una seña
para que se detuviera a un negro enorme que se había desplegado
en etapas hasta ocupar todo el horizonte. El negro parecía dispuesto
a desarmarlo pieza por pieza. Wilson estaba construido con más
de cien mil piezas.
—Si
te llevara afuera de este lugar —dijo Becerra con los ojos llenos
de lágrimas—, ¿seguirías existiendo?
Mimí
no contestó de inmediato. Se acercó a la mesa, retiró
una silla y se sentó, anticipándose al gesto galante de
Lauría. En sus pasos se adivinaba cierto cansancio, como si hubiera
caminado años y años sin parar. Wilson y Lauría
también se sentaron.
—Si
les digo que la gloria del pasado es un fármaco sintético,
urdido por un virus creado de apuro, por aquellos muchachos del viejo
café...
—¡Ni
digas esas cosas, Mimí! —gimió Becerra—. No
puedo pensar que tu existencia depende de la ingeniería química,
o de un simulacro creado por los diseñadores de sueños...
y menos por los caprichos de esos... de esos...
—¿Por
qué no? ¿Sería mejor si les dijera que funcionó
como un conjuro, a la vieja usanza?
Hasta
Mouriño alzó las cejas al oír la palabra que vinculaba
el mundo de los sentidos, el mundo que podía manipularse con
sustancias de síntesis y el software adecuado, con el impredecible
y ambiguo mundo mágico.
—¡No
estás hablando en serio! —Fermín buscó con
la mirada y halló lo único que cabía en el escenario
que habían creado: un elemento disruptor, un factor aleatorio
e inesperado que abortara el avance incontenible de una falsa realidad.
Recortadas en la puerta del bar, las odiadas figuras de Morovic y sus
amigos proyectaban sombras sobre la tenue fosforescencia. Llevaban,
como siempre, los cascos de conexión a la red de psicóticos
del Borda, aunque a Becerra le parecieron los fantasmas de los drugos
de Burgess, con bastos de madera en las manos, listos para hacer un
desastre.
Becerra
fue el primero que advirtió lo que ocurría. Extendió
el brazo para retener a Mimí, pero la mano atravesó el
cuerpo de la mujer, quien sin dejar de sonreír empezaba a despedirse.
—Fue
hermoso, muchachos —alcanzó a decir. Antes de que Morovic
y sus amigos llegaran a la mesa se había desvanecido en el aire;
una formación de reflejos de neón cromático y chisporroteos
azules se entrelazaron, ocupando el espacio que un instante antes pertenecía
a su cuerpo.
Lauría,
con los ojos fuera de las órbitas, advirtió de inmediato
que el arabesco de fluidos acuosos que quedó grabado en la bruma
era el nombre de la mujer: un nombre escrito por la mano del pasado.
—En
la vieja mesa del café del barrio sur, en Boedo —dijo Morovic
sin pestañear— hemos grabado los nombres de todas las mujeres
que conocimos, ¿se dan cuenta de lo que significa?
Becerra
dejó colgar los brazos, vencido. ¿La había perdido?
¿Acaso alguna vez la había recuperado? No tenía
fuerzas para pelear con Morovic, como había hecho tantas veces.
Combate dialéctico. ¿Para qué? Ambos estaban demasiado
viejos para seguir esa guerra.
—Váyanse
—dijo Wilson—, déjenlo en paz.
Morovic
y sus amigos giraron al unísono, como maniquíes montados
sobre ejes de cromo, y se perdieron entre las sombras de Corrientes.
—Se
van por donde vinieron —dijo Fermín.
—Anoche
—dijo Becerra apesadumbrado—, el mismo demonio, en otro
lugar. Es una sombra que me persigue.
—Hay
que correr algunos riesgos —dijo Lauría—, si uno
se empeña en recuperar el pasado.
—Mouriño
—dijo Fermín—: traiga algo fuerte, que nos reviente
el coco, por favor, gallego. —Mouriño se encogió
de hombros. Eran buenos clientes los viejos; siempre pagaban, y ni siquiera
discutían el precio. Mezcló un poco de Pernod, que siempre
guardaba para las ocasiones especiales, con el contenido de un sobre
de novizone. ¿Querían volarse el coco? Les daría
con qué. Cubrió la distancia que lo separaba de la mesa
y sirvió la mezcla en los mismos vasos sucios de mil sustancias.
Por lo que podía importar...
—Al
volver... al volver al lugar en el que estaba... —Becerra se atragantó
con el Pernod; todavía faltaba mucho para que el novizone le
hiciera efecto.
—No
estaba en ninguna parte —dijo Lauría—. Tendrás
que acostumbrarte a vivir con el recuerdo, como hasta ahora.
—¿Se
dieron cuenta de su apariencia frágil, de su tersa juventud,
incorrupta? —Becerra estaba a punto de caer al abismo. Fermín
lo instó a que bebiera el Pernod con novizone hasta el final
y tuvo éxito. La voluntad debilitada por la nueva realidad que
empezaba a construirse puertas afuera del bar, evocaba los perfumes
y las formas del pasado. Fermín le guiñó el ojo
a Lauría y una mueca, lo más parecido a una sonrisa que
cabía en los labios del viejo, se dibujó durante un instante.
—De un olvido pueden sacarse varios recuerdos —dijo Wilson,
ni más ni menos áspero que otras veces.
—De
una mujer que se durmió sin querer pueden sacarse varias vidas
vírgenes, sin usar —dijo Becerra, como si estuviera de
regreso, victorioso. El novizone estaba haciendo un buen trabajo, aunque
casi con seguridad no le permitiría ver la luz del día
siguiente.
En
el espacio vacío, sobre listones de metal opaco, entre cables
retorcidos y programas de estímulo sintético múltiple,
los mesiánicos barbudos cantan sus últimos poemas. Están
casi ciegos y casi no se dan cuenta cuando el café de ayer naufraga
miserablemente en el mañana. Pero doy fe de que naufraga. Puntualmente.
Todos los días. A la misma hora.
©Sergio
Gaut vel Hartman - 2004