EL
MONSTRUO DE LA MINA
En el paraje más profundo y alejado de la mina, donde se detuvo
el tiempo en un tiempo sin tiempo, habita un monstruo de dos cabezas,
cuatro piernas y cuatro brazos.
Los
mineros que lo vieron de lejos, entre la pálida luz de las lámparas
y las cortinas de la oscuridad impenetrable, cuentan que el monstruo
se alimenta con el cadáver de quienes perdieron la vida en los
buzones de la galería.
Dicen
también que el monstruo, de cuernos retorcidos y ojos rutilantes,
llora como un niño abandonado y da vueltas sobre sí mismo,
mordiéndose la cola que a veces restalla como látigo de
fuego.
Los
mineros, conocedores de los secretos escondidos en el seno de la montaña,
aseveran que el monstruo es la criatura que el Tío* tuvo con
una chola, a quien le quitó el honor y la embarazó en
un solo acto de amor.
El
monstruo de la mina, hijo legítimo del Tío y heredero
único de las riquezas minerales, se les aparece sólo a
los mineros que pierden la razón de tanto haber pijchado
y bebido.
LA
FURIA DEL TÍO
El Tío es un ser misterioso, tan misterioso que en la noche mágica
de San Juan, mientras el frío revienta las piedras y el viento
silba en los penachos de la paja brava, emerge de la montaña
en un estallido de humo y fuego. Lanza un bramido infernal en la bocamina
y libera la furia contenida durante años de encierro.
En
la noche tendida como un gato negro, el Tío ronda por el campamento
minero en busca de un amor perdido. Recorre por los ríos y los
cerros desnudando a los borrachos desprevenidos, y se pasea por las
plazas y las calles haciendo diabluras con las cholas del pueblo.
Al rayar el alba, ni bien se oye el quiquiriquí de un gallo blanco
y el lejano tañido de una campana solitaria, el Tío se
envuelve en su manto de humo y fuego, y como Drácula, después
de beber la sangre de los mineros, como ellos beben la chicha en las
tutumas de la desgracia, retorna a las tenebrosas profundidades
de su reino.
LA
PICARDÍA DEL TÍO
El viernes de Carnaval, cuando todos podían ingresar al interior
de la mina, incluso las esposas y las guaguas de los mineros, entró
en la galería del Tío una mujer que no podía tener
hijos.
La
mujer, hermosa de cara y de cuerpo, se hincó ante el Tío.
Le ofreció una botella de alcohol y una ch’uspa de
coca. Le encendió dos velas y le dijo:
—Tiíto,
quiero que conviertas a mi marido en un toro, para que así se
acabe el infierno en que me hace vivir este maldito pueblo, donde una
mujer casada y sin hijos está vista como una perra sin dueño.
El
Tío, nada acostumbrado a este tipo de pedidos, esbozó
una sonrisa pícara y pensó que para una mujer joven debía
ser más fácil acostarse sobre un lecho de víboras
y cobijarse bajo un manto de fuego, que convivir con un impotente que
no podía cumplir con su deber de macho.
—¿Así
que quieres un marido convertido en toro? —le preguntó
el Tío, bañándola con su mirada de diablo.
—Sí,
Tiíto —respondió la mujer.
—Está
bien. Haré lo que me pides, pero primero desvístete.
—¿Y
para qué, pues? —preguntó ella.
—Para
comenzar por los cuernos del toro —contestó el Tío.
Glosario
Ch’uspa:
Bolsa pequeña de lana, sirve para llevar coca, cigarrillos y
otros.
Pijchando:
Mascado coca.
Tío:
Dios y diablo de la mitología andina. Los mineros lo temen y
le rinde pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos
y aguardiente.
Tutuma:
Calabaza usada como recipiente.
©Víctor
Montoya