“La
tensión indica que un pensamiento se dirige hacia un afuera de
sí. Pero también que ese afuera lo lleva en su matriz.
Esta vibración o este alboroto, la inquietud, es el nervio de
la idea. El otro de un pensamiento es otro pensamiento.
La tensión es juego y desafío, está en los orígenes
mismos de la filosofía. La dialéctica platónica
tenía una base polémica, una batalla oral en la que la
destreza argumentativa enlazaba y separaba a los contendientes. Pero
mas allá de todas las ocasiones en que la enunciación
filosófica se dirige a otro (...), es recomendable hacerle a
un texto la siguiente pregunta: ¿contra quién? Los discursos
culturales, aquellos que tienen que ver con las acciones y con los valores
de los hombres, se despliegan sobre un fondo polémico.”
Tomás Abraham, en Tensiones filosóficas
“Le
pedí a papá que me tratara como a una compañera
de trabajo y no como a su hija.”
María Paz, hija de Carlos Monti, en Revista Pronto
“Por
la plata baila el mono, y estos gatos ni te cuento...”
Marcela Tauro, en Quién es quien
¿Tensiones
filosóficas? ¿Puterío barato –que me encanta–
o una discusión en torno a algo concreto y real? ¿Miserias
mar“x”cianas en el Planeta de los simios? En estos textos
que reproduzco a continuación, mas allá de quién
tenga razón –¿Nielsen?, ¿Piglia?, ¿Fogwill?,
¿todos un poquito o ninguno nada?– lo que importa es lo
que surge del conjunto de los ellos: un relampagueo que permite vislumbrar
el mismo lodo en el que estamos todos manoseados y verificar cómo
en torno a ese manoseo se articulan diferentes posiciones. Porque, precisamente,
de ese lodo y de ese manoseo, surgen las condiciones de posibilidad
en que se escribe, se debate, se gana plata, se ve pasar a la suerte
desde el costado de la ruta mientras se revuelve la basura, se pierde
–aunque perder siempre sea perder, no es lo mismo perder de un
lado que del otro de la General Paz–, se gana mandando una novela
al Premio Planeta o una cartita al programa de Susana Giménez,
se ama, se odia, y también se muere, acá, ahí,
justo ahí, en esta dulce tierra, Argentina. Un país increíble
y cruel, donde por alguna misteriosa razón los escritores se
reproducen como hongos, y no descarto que más de uno pueda ser
un pitufo.
En La cabeza de Goliat, Ezequiel Martínez Estrada, a mediados
de la década del 30, se preguntaba: por qué acá
hay tanta producción artística, tantos teatros, recitales
de poesía, de música, exposiciones de cuadros, conferencias,
cines, etcétera; y don Ezequiel, que era tan impiadoso como lúcido,
a esa respuesta la resolvió de un plumazo conciso y notable:
porque se coge poco, porque como no se coge se sublima por medio del
arte.
Elsa Kalish
elsakalish@yahoo.com.ar
TENSIONES...
1.
Carta de Gustavo Nielsen (Publicado en Revista de Libros de El Mercurio,
Santiago de Chile, el 11/03/05)
(Según
Nielsen, en la semana anterior, Pagina/12 había declinado la
posibilidad de difundirla por tratarse de un caso cerrado.)
Soy el ganador del juicio a Editorial Planeta, Schaveltzon y Piglia
por el Concurso de Novela Planeta 1997. La Cámara, como es de
público conocimiento, entendió que dicho concurso estaba
viciado por falta de transparencia y de buena fe, y condenó a
los tres demandados a pagarme una cifra de dinero por chance perdida
y otra por daños y perjuicios.
No tengo nada personal contra Piglia o Schaveltzon, a quienes conocí
personalmente durante el juicio. Al momento del pleito, había
leído solamente “Respiración artificial”:
lo considero un gran libro.
Tampoco tengo nada personal contra la Editorial Planeta, ni la gente
que la conforma. Me consta que Díaz y Nacho Iraola son grandes
personas. Publiqué mi primera novela en ese sello, recuerdo que
todo el personal que en ese momento era parte de la editorial fue muy
amable conmigo.
El motivo que me llevó a emprender el juicio es otro: la búsqueda
de transparencia en los concursos literarios.
Como escritor, surgí de un concurso literario. Como escritor,
sigo dependiendo de los concursos literarios, el único instante
de la literatura Argentina en el que se puede encontrar una recompensa
monetaria. Esta situación le ocurre a casi la totalidad de los
escritores, que muchas veces se ven confinados a trabajar de noteros,
críticos, talleristas o lectores de editoriales para poder mantener
a sus familias.
Sigo participando y creyendo en los concursos como el primer día.
Corrijo mis libros y hago las fotocopias y los anillados con la misma
fe del primer día. Los entrego con esa misma fe. Y considero
que esto es una suerte, no una condena o un pecado de ingenuidad.
Del “Concurso Planeta 1997” participaron 264 escritores.
Estaba contento por haber quedado entre los diez finalistas con mi novela
“El amor enfermo”, que después de dos años
se terminó publicando en Alfaguara. Ganó un libro, “Plata
quemada”, que estaba comprometido con uno de los sellos del
Grupo Editorial que organizaba el concurso. El dato no es menor, y fue
denunciado oportunamente por la revista “Tres Puntos” y
por “Radar Libros”. La periodista Claudia Acuña,
autora de la investigación inicial, sostuvo sus verdades con
decisión durante su testimonio judicial.
Mi abogado se llama Gabriel Len. Tiene mi edad, poco más de cuarenta
años. Es un profesional que se desempeña con honestidad
y valentía. También es mi amigo. Durante siete años
trabajamos juntos en el juicio. Codo a codo, como se dice en la calle.
Fui a todas las audiencias. Escuché mentiras y verdades, suposiciones
y contradicciones. Vi como huían de mí los otros escritores,
como si yo pudiera contagiarlos de viruela. Vi temblar a unos cuantos
boxeadores de las letras, a los que había equivocadamente considerado
como la imagen misma de la anticorrupción. Los vi vencidos en
su afán de venderle la obra al Gran Mercado. No los juzgo: los
contendientes eran importantes. Para colmo, tres. Tampoco me quejo:
me la busqué. La única contención verdadera y desinteresada
proveniente del medio, me la dieron los escritores Rodolfo Fogwill,
Carlos Chernov, Elvio Gandolfo, Jorge Accame, Elena Bossi, Edgardo González
Amer, Damián Tabarosky y Ana María Shua. La contención
tuvo a veces la forma de un viaje a Cariló, un asado, una paella,
un discurso contra las instituciones, una ensalada de tomates, una receta
de Lexotaniles, un abrazo, un consejo, unos vinitos, un partido de ping
pong.
También me apoyaron mi mamá, doña Josefina Scellatto,
de oficio poeta; mi hermana Machi; mi sobrina Sofi; mi socia, la arquitecta
Viviana Miglioli y una buena compañera que tuve que se llama
Lorena Boldt, diseñadora gráfica y fotógrafa, que
se bancó gran parte de las levantadas temprano para ir a Tribunales.
También me apoyó la editorial Alfaguara, publicándome,
soportándome, y haciéndome creer en todo momento que no
sabían que yo andaba (y ando) sin otras opciones editoriales,
como si fuera un escritor que pudiera pasarme a otro sello simplemente
por pura especulación de mercado. Nunca me hicieron sentir que
estaba solo; nunca se aprovecharon del monopolio que yo mismo había
fabricado. Si no fuera por Alfaguara, y especialmente por su director
Fernando Esteves - el uruguayo más tozudo que conozco - no habría
podido publicar nada.
Escribo esta carta para agradecer a mis lectores, a todas las personas
que creyeron en el juicio, a todos los que creen que los concursos deben
ser transparentes, a mi abogado el doctor Len y al doctor Marcelo San
Martín, que hicieron que este resultado fuera posible. Y para
decirles a los escritores que empiezan: sigan concursando. Esta fue
la excepción, no la norma. Lo sé. Hice un juicio para
exigir respeto por las ilusiones. Ojalá la lucha sirva para que
la gente conozca a los otros finalistas de este premio mal otorgado
de 1997, que aún tengan sus libros sin publicar. Otros que también
creyeron que estaba todo bien y terminaron participando involuntariamente
del marketing de un objeto vendido.
A esas personas que “perdieron” conmigo en el concurso cuestionado,
que este justo fallo reivindica, les deseo una pronta publicación
y les mando mi abrazo.
2. Texto de Ricardo Piglia (Publicado en Radar-Página/12
el 13-03-2005)
EL
CASO PLATA QUEMADA. RICARDO PIGLIA ROMPE EL SILENCIO
A CASI DOS SEMANAS DE CONOCIDO EL FALLO JUDICIAL SOBRE EL CASO PLATA
QUEMADA, LA NOVELA CON LA QUE GANÓ EL PREMIO PLANETA 1997, EL
ESCRITOR RICARDO PIGLIA ESCRIBE POR PRIMERA VEZ SOBRE LA TRAMA QUE CASI
LO LLEVA A LAS PÁGINAS POLICIALES DE LOS DIARIOS.
La lógica de los hechos
por Ricardo Piglia
La rivalidad entre escritores y las sórdidas luchas por los premios
literarios ya la narró Borges en El Aleph. Lo increíble
es que ahora esa historia se ha repetido en la realidad. En esta nueva
versión, Carlos Argentino Daneri, el típico escritor arribista
retratado por Borges, es quien ha perdido el concurso y como un maniático
se ha dedicado a denunciar al que ganó y a denigrarlo. Que la
Justicia haya perdido su tiempo en una ridícula rencilla literaria
me parece un simpático signo de los tiempos que corren.
Sabemos desde Kafka que la clave de un proceso es que cualquier cosa
que diga el acusado parece una justificación o una coartada.
Por eso, cuando hace unos días el fallo del tribunal se hizo
público, pensé que lo mejor era no decir nada, pero la
dimensión que ha tomado el asunto me ha decidido a intervenir.
Las líneas que siguen son un intento de esclarecer –en
lo posible– la lógica que ha regido la misteriosa serie
de hechos literarios que me ha llevado casi a la página policial
de los diarios.
Como el personaje de Borges, el nuevo Carlos Argentino Daneri piensa
que la justicia literaria sólo es justa si es él quien
gana el concurso, porque cualquier otro resultado es prueba de una manipulación
y de un fraude. Denunció entonces que, contra las posibilidades
de todos los participantes y aparte de mis posibles méritos,
de antemano se había decidido que yo iba a ser el ganador del
concurso de novelas organizado por la editorial Planeta en 1997. Según
esa insinuación, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Tomás
Eloy Martínez y María Esther de Miguel –que formaron
parte del jurado y premiaron mi novela por unanimidad– se habrían
dejado manipular por la editorial. Pero como esa presunción es
irracional, el jurado jamás aparece mencionado en la acusación
y soy yo quien es acusado. Su denuncia no sólo desató
una ola de rumores y de sospechas sino que sirvió para llevarme
a los tribunales y enredarme en un proceso que duró ocho años.
Lo increíble es que la razón que Daneri usó para
acusarme se fundó en la lectura delirante de una cláusula
del concurso. Según las bases que el fallo cita, la novela “debía
ser inédita, sin haber cedido o prometido respecto de ella los
derechos de edición y/o reproducción en cualquier forma
con terceros”.
Es obvio que el objeto de esa cláusula es proteger al editor
de la posibilidad de que un escritor firme con anterioridad un contrato
con una editora que no sea Planeta. La cláusula impide que el
escritor que gane el concurso pueda publicar luego la novela con otro
editor. Aunque parezca imposible, en la interpretación irracional
de esa cláusula se fundamentó la denuncia.
Daneri
insinúa que mi novela Plata quemada estaba contratada porque
yo había firmado años atrás un contrato con Planeta
por la edición de toda mi obra. Pero mi novela Plata quemada
no estaba contratada, no estaba contemplada ni incluida en ese contrato
porque todavía no existía, y nunca se firmó un
contrato previo al concurso por esa novela.
De todos modos –como si esto fuera un relato policial–,
vamos a considerar por un momento los hechos tal cual los presenta Daneri.
1.
Si la novela ya hubiera estado contratada, eso no garantizaba que pudiera
ganar el concurso, ya que esa decisión dependía del jurado.
2.
Si la novela ya hubiera estado contratada por la editorial que organizaba
el concurso, ese hecho no hubiera alterado ninguna de las bases del
premio, ya que la cláusula impedía el contrato con terceros
(como cita el mismo fallo), esto es, con otra editorial.
La suposición de que Plata quemada ya estaba contratada generó
un desdoblamiento que podríamos considerar típico de un
cuento de fantasmas de Henry James. Sucede que en el razonamiento de
Daneri yo aparezco presentando al concurso dos novelas distintas. Permítanme
hacer un poco de historia. Terminé de escribir la novela a fines
de julio y la presenté el 20 de agosto, mucho tiempo antes de
la terminación del plazo del concurso (el manuscrito recibió
el número 111 sobre un total de 264 novelas presentadas). La
envié con el pseudónimo de Roberto Luminari y con el título
de Por amor al arte para proteger mi anonimato y el del libro.
Las bases me permitían presentarme con mi nombre, y muchos escritores
lo han hecho en ese y en otros concursos anteriores. Pero si usé
un pseudónimo y la presenté con un título distinto
fue porque pensé que podía no ganar el concurso. No soy
Daneri, no pienso que deba ganar cualquier concurso al que me presente.
Como pensé que era posible que no ganara el concurso y que mi
novela podía quedar entre los finalistas, preferí (como
han hecho antes que yo muchos otros escritores) que mi nombre y el título
de mi libro no aparecieran en las listas que se dan a conocer antes
del fallo.
Esta decisión fue presentada por Daneri como una prueba de mi
culpabilidad. Cito del fallo: “De todas maneras, [María
Esther] De Miguel conoció la identidad del autor de Plata quemada
por aparecer un personaje reiterado en las obras de Piglia (Emilio Renzi),
circunstancia que comunicó a la editorial organizadora, mas las
condiciones no se modificaron respecto a la preselección efectuada
por lectores amigos o especializados”.
No entiendo la sintaxis de ese párrafo, ni de qué soy
acusado.
Desde luego, esto sólo prueba que los jurados no sabían
que había una novela mía en el concurso y la leyeron igual
que a cualquier otra, y sólo lo supieron gracias al conocimiento
literario de uno de ellos que le permitió identificar a mi personaje.
Pero las confusiones kafkianas no terminan ahí. Me permito citar
otro párrafo del fallo: “También viene a cuento
señalar que el codemandado Piglia admite que la novela que presentara
al concurso Por amor al arte, bajo el pseudónimo de Roberto Luminari,
corresponde al título que después fue cambiado, supuestamente
con anterioridad a la edición, aunque para ser exacta esta aseveración,
debió acreditarse la identidad del contenido entre la novela
presentada y Plata Quemada, circunstancia que no ha tenido lugar en
tanto no se ha acompañado el texto de la primera de estas obras
a fines comparativos”.
No entiendo. Parece que había dos novelas distintas. Parece que
nadie comprobó que las dos novelas eran una sola. Parece que
los escritores del jurado no se dieron cuenta de que habían premiado
una novela y que después se había publicado otra distinta.
Carlos Argentino Daneri ve fantasmas. Intenta insinuar que Plata quemada
fue introducida a último momento en el concurso para sustituir
a Por amor al arte y cree que eran dos novelas distintas. Es decir,
sugiere que yo gané con una novela pero luego se publicó
otra porque la editorial lo quería así.
Aunque no resuelva el enigma, sería bueno preguntarse cuáles
son las razones por las cuales se produjeron estas oscuras y fantasmales
sustituciones. La conclusión de Daneri implica el ejercicio simultáneo
del resentimiento literario y del anacronismo deliberado. Dice (y cito
del fallo) que la editorial se aseguraba así que mi novela “le
diera ganancias con las sucesivas ediciones, la realización de
una película, etc.”
No hace falta aclarar que en ese momento nadie sabía que tres
años después se iba a filmar una película basada
en el libro. ¿O Daneri cree que la filmación de una película
es el resultado natural de un premio? Y además, ¿quién,
salvo Daneri, puede asegurar que toda novela que gane el premio Planeta
va a recibir sucesivas ediciones? Estas han sido las razones y los argumentos
por los que he sido acusado y calumniado. Más allá de
lo que yo pueda decir o explicar, el daño ya está hecho
y es irreparable.
Los premios literarios han sido siempre objeto de controversia y de
polémica. En un sentido, la literatura argentina empezó
con el debate sobre un premio. En el Certamen Literario que se realizó
en Montevideo en 1841 con motivo del aniversario de la revolución
de mayo, una obra de Juan María Gutiérrez se impuso sobre
un texto de José Mármol y esto desató de inmediato
una gran controversia en la que varios escritores (entre ellos Alberdi)
se opusieron al fallo y hubo debates y discusiones en los diarios. Desde
entonces ha habido disidencias y discrepancias por los concursos. Los
resultados siempre se pueden discutir, pero hay que ser muy arrogante
para imaginar que se comete un delito si una obra nuestra no obtiene
el éxito que esperamos.
En la literatura argentina las diferencias literarias las han dilucidado
siempre los escritores mismos. Todos esperamos que esa tradición
persista. ¿O vamos a empezar a llamar a la policía cada
vez que alguien no valore lo que escribimos?
3.Comentario de Fogwill
Piglia
es un gran escritor y un pésimo polemista. Es uno de los veinte
mejores escritores vivos de la Argentina: es decir, tiene esas excepcionales
condiciones poéticas y narrativas que se manifiestan en apenas
uno de cada dos millones de ciudadanos.
Pésimo polemista, elige siempre tan mal a su enemigo como a la
manera de enfrentarlo. Y no se resiste a aprender de la experiencia.
A cualquiera le hubiese bastado con el balance de su patética
intervención de hace más de diez años en Diario
de Poesía para corregir su estrategia equivocada. Pero él
persevera en sus errores. Un polemista debe, ante todo, borrar cualquier
huella de mala fe y nunca trasuntar que argumenta para un lector desprevenido,
ignorante del tema, o discapacitado para evaluarlo.
Piglia acaba de ser condenado por la justicia en un proceso que habría
podido eludir diciendo la verdad y cargando las culpas en su agente,
que fue quien lo involucró en la causa. Pero entre la verdad
y la fidelidad hacia quien maneja sus intereses literarios, optó
por esta última.
En su artículo publicado en Página/12 del 13
de marzo de 2005 manifiesta descreer en la justicia, y, en eso, coincidimos
plenamente. Pero en cambio, él simula creer en la justicia de
las justas literarias. Esto es curioso: él -como yo- carece de
formación jurídica, pero tiene un sólida formación
literaria, no sólo en cuanto a los aspectos teóricos y
documentales del arte de escribir, sino también en lo que respecta
al conocimiento de los procederes de editores, jurados, comentaristas
y agentes en el campo de lo que es la política y los negocios
que se articulan en torno a la industria del libro.
En ese artículo ataca al denunciante y ganador del proceso judicial,
como si ignorase cómo se falla en estas instancias y como si
el público ignorase que, los testimonios y el fallo del tribunal
corroboran, no ha juzgado el valor literario de su obra y la de Nielsen,
sino la defraudación a la buena fe de lectores y participantes
en que incurrieron los organizadores del certamen.
El ataque es personal: identifica a Nielsen con el ridículo Carlos
Argentino Daneri, arquetipo del escritor naive y mediocre argentino.
Presenta a Nielsen como a "maniático dedicado
a denunciarlo y denigrarlo", a él, a Piglia.
En eso transparenta su mala fe: Piglia sabe que Nielsen es un brillante
arquitecto que se dedica a muchas cosas, y que ha escrito relatos, que,
calificados entre los mejores de nuestra literatura, podrían
sustituir a cualquiera de los suyos (¡y hasta de los míos!)
en cualquier antología de la lengua española. (Me refiero
a Marvin, Playa Quemada. Adentro y Afuera,
y podría citar otros y, en otro contexto, efectuar odiosas comparaciones
que darían cuenta de lo que afirmo.)
Tal vez por recomendación de sus abogados, en su relato de "la
trama policial" del proceso publicado en Página/12
del 13 de marzo de 2005, Piglia no nombra a Nielsen sustituyendo su
nombre por el de Daneri. Esto es como si nosotros, ahora, sustituyésemos
el apellido Piglia por "De La Rúa", que es otro que
cada vez que rinde cuentas de sus actos queda peor parado. Prefiero
nombrar directamente a Piglia, y hago notar a los lectores de este burdo
descargo, que, junto al de Nielsen, omite otro nombre. No sé
qué pensarán mis abogados, pero yo lo nombraré:
en el jurado, junto a María Esther de Miguel, Augusto Roa Bastos,
Tomas Eloy Martínez y Mario Benedetti, que Piglia menciona, figuraba
como presidente Guillermo Schavelzon, funcionario de la editorial auspiciante
y agente literario del autor.
Este nombre, y no el del imaginario Carlos Argentino Daneri, debió
ser el eje de la rendición de cuentas de Piglia en Página/12.
Su participación es tan plausible, como lo prueba su despido
de la editorial ante la primer denuncia pública del fraude. Piglia
lo oculta, y en ese texto en que se burla de la justicia, simula creer
en el valor de los fallos de este tipo comitivas que sólo toman
contacto con una breve selección de finalistas, y deben debatir
sus pareceres con un miembro que, a la vez es gerente de la empresa
que los remunera y se hace cargo de sus viajes y viáticos.
Piglia falta a la verdad y apela al sentido común de los lectores.
Burlándose del juez y de la cámara que corroboró
su fallo, escribe, por ejemplo, "que la justicia haya perdido
su tiempo en una ridícula rencilla literaria es signo de los
tiempos que corren", fingiendo que pertenece a la clase de
gente que cree que los tiempos que corren son peores (¿y más
corruptos, tal vez?) que los tiempos de nuestros mayores. Con esto trata
de convertir el acto de justicia, reparadora de un fraude, en "una
rencilla literaria", como si no supiera que la indemnización
a Nielsen es, a la vez que una reparación económica a
uno de los cientos de damnificados, un señalamiento sobre la
moralidad de su proceder.
Al respecto, me consta que no fueron Nielsen ni su abogado, quienes
involucraron a Piglia en esta demanda, sino el funcionario que ahora
es su agente. También me consta que en momento alguno Nielsen
obró por impulso de competitividad literaria, porque no es los
de los que creen que la justicia puede dirimir cuestiones estéticas.
Nielsen sabe bien que la obra del Piglia de "Plata Quemada"
es mejor elección que su "El amor enfermo"
para alcanzar la lista de best sellers y atraer al público de
cine comercial, pero a la vez, respeta la obra del otro Piglia tanto
como ha de sentirse indignado ante el que ha escrito esta falsa trama
judicial, que tal vez sea el mismo que, a instancias de su agente, se
involucró en un proceso, que, aún después de concluido,
sigue damnificándolo.
...Y
CONTENCIONES
1.Solicitada
que se hizo circular sobre la figura de Piglia.
ACUSADO
DE SER RICARDO PIGLIA
Con cuarenta años de presencia en la literatura argentina, con
la producción de una obra cuya solidez no está en discusión,
con una decidida intervención en los debates cruciales de la
cultura y una activa presencia intelectual en tiempos difíciles
de la historia argentina, Ricardo Piglia es objeto de una campaña
de difamación que empezó en 1997, cuando la decisión
unánime de un jurado compuesto por los escritores Mario Benedetti,
Maria Esther de Miguel, Tomás Eloy Martínez y Augusto
Roa Bastos le otorgó el Premio Planeta a su novela Plata
Quemada.
Porque el silencio favorece esta campaña que no merece, decimos
que la infundada acusación contra la probidad de Ricardo Piglia
responde a una sola causa: se lo acusa de ser quien es en nuestra literatura,
en la cultura nacional y en el plano internacional y académico.
Como ciudadanos, como colegas y como amigos, expresamos nuestra solidaridad
con Ricardo Piglia.
Carlos Altamirano
Cristina Banegas
Osvaldo Bayer
Arnaldo Calveyra
Arturo Carrera
Tito Cossa
Washington Cucurto
León Ferrari
Aníbal Ford
Gerardo Gandini |
Germán García
Daniel García Helder
Norberto Gómez
Horacio González
Flora Guzmán
Emilio de Ipola
Roberto Jacoby
Leónidas Lamborghini
Daniel Link
José L. Mangieri |
Juan Molina y Vedia
Federico Monjeau
Luis Felipe Noé
Alan Pauls
Nicolás Peyceré
Alfredo Prior
Roberto Raschella
Juan C. Romero
León Rozitchner
Guillermo Saavedra |
Juan José Saer
José Sazbón
Daniel Samoilovich
Horacio Tarcus
Osvaldo Tcherkaski
Vivi Tellas
Héctor Tizón |
acusadodeserricardopiglia@yahoo.com
2.
Comentario de Fogwill sobre la solicitada:
Hace días que circula la solicitada que transcribo. He sido convocado
para firmar, y lo he rechazado. Ahora me consta que entre los firmantes,
figuran personas que no están de acuerdo con lo que el escrito
manifiesta. Más adelante transcribo un mail que lo confirma,
enviado por uno de los que aparecen firmando. La solicitada llama "campaña"
a la difusión que en Pagina/12, Clarín, Nación,
La voz del Interior y El Mercurio dieron a la sentencia de la Cámara
Civil. Esto no fue una campaña sino una noticia de actualidad.
También es inexacta la solicitada cuando habla de la decisión
unánime del jurado, omitiendo el nombre de su presidente y agente
literario de Piglia. Es evidente que muchos han firmado de buena fe,
movidos por su amistad o por la admiración a Piglia. No advierten
que lo que aquí está en juego es la mala fe y, ellos mismos,
han incurrido en la mala fe.
Rodolfo
Enrique Fogwill
3.
Cruce de mails de Fogwill y un Firmante:
Un firmante, escribe diciendo:
Quique, no pasó nada... Obviamente la gente está pirando
mal con este asunto. Sigo pensando lo mismo de siempre: Ricardo hizo
un pacto con el diablo y de ésa no se sale fácil.. Lo
último que yo había hablado era que la solicitada no se
hacía, pero después apareció circulando, con mi
firma. ¿Qué iba a hacer? Decir que "yo no sabía
nada" me parecía una forrada. Si Piglia reacciona, puede
salir algo bueno de todo. Si no reacciona, al menos yo no voy a sentirme
culpable de no haber intentado ayudarlo.
Si
leyó tu texto, debería estar pensando en esa dirección.
Yo ya no me acuerdo quiénes firmaron aquella solicitada en favor
de los Premios Municipales (estaba Sarlo, seguro, porque lo discutí
con ella), pero eso me pareció mucho más vergonzoso que
decir que Piglia es el boludo del asunto...Abrazo
Respuesta de Fogwill a “Firmante”:
Estimado "firmante"
Yo
tendría que estar escribiendo y laburando, y a cada rato me interpelan
con novedades. ¿Qué es esto de los Premios Municipales
y la Sarlo? Al margen: es grave lo que decís. ¿Es cierto
que la solicitada circuló con tu firma sin tu autorización?
La socilicitada miente, y vos lo sabés tanto como que en ella
figuran firmas que, tal vez agregadas de buena voluntad, corresponden
a personas embaucadas.
Atte:
Fogwill