Bajo
la oscura madrugada, un criminal.
El cuchillo cae al suelo de baldosas y la muchacha percibe un sonido
seco. Alguien se asoma al balcón. Pero la muchacha ya se agachó
a tocar lo que oyó. Y desde el balcón, se profiere la
condena. Él, que minutos antes de ir a sacudir las migas del
mantel comía el pastel de papa frío, habla. La muchacha
toca el cuchillo y lo contempla. No obstante en el balcón, una
virgen lejana o su madre dictan flacas palabras de perdón. Y
sólo Dios perdona. El Hombre condena. El Acto –como el
de Edipo– ha sido involuntario. El Hombre (esa palabra) condena.
Un balcón oscuro, como la madrugada de Boedo, reclama ser el
terreno del Acto. Donde una muchacha intersecta su paso. Y oye al azaroso
metal caer desde el Alto. Retrocede unas baldosas y sin dilación
toma el cuchillo. Rechaza unas flacas palabras y casi con desidia lo
mete adentro de una puerta.
El balcón queda vacío y ya adentro alguien dobla el mantel
mientras cruza unas palabras de desconcierto con quien, quizás,
le haya dictado silenciosamente las palabras de perdón. El criminal
cruza un largo pasillo tras el cual encuentra la cocina con los platos
sucios, los mismos que ha levantado poco antes de salir al balcón.
Engañador mantel. Repasa los platos con una Presencia.
Y va a buscar el sueño (o la pesadilla) allí, en su luminoso
santuario de la literatura, donde le esperan el poder absurdo de la
palabra y el remordimiento; el terror a la justicia del Estado y su
prospección de vejámenes ineludibles; la imagen de un
crimen involuntario junto con el deber de olvidarlo.
El lento transcurrir del tiempo en la impaciencia.
©Martín
Yuchak