Durante
mucho tiempo, estuve persiguiendo una tristeza. Yo era un cazador de
recuerdos prácticamente profesional pero no dominaba el arte
de atrapar tristezas. Sabía que había una técnica,
un método, como lo había a la hora de tenderle trampas
a la memoria, pero la búsqueda resultaba siempre inútil.
Un día descubrí que era posible cazar las tristezas utilizando
la imaginación. El método era el siguiente: primero imaginabas
una escena en la que te gustaría participar, ser protagonista
o testigo. Podía ser algo artístico, de aventura, sexual.
Yo prefería las escenas del último tipo. Esta podía
ser realista o simbólica, dadaísta o parnasiana (por entonces
yo conocía muy poco de escuelas literarias y por lo tanto me
resultaba particularmente difícil clasificar mi escena), lo más
importante consistía en fijar bien los detalles. Por ejemplo
una sexual. Yo podía estar escribiendo, me aburría, sentía
la pérdida del tiempo y me sabía en falta por no estar
produciendo algo realmente útil para la sociedad. Entonces venía
la escena: ¿y si llamo a una mujer para que venga a hacerme compañía?
Pensarlo era fácil, ¿pero cómo pedírselo?
Y además, ¿cuánta tristeza me podría dar
una desconocida?
La cabeza mía funcionaba más o menos del siguiente modo
-era una especie de ritual-: la chica que viniera debía ser no
muy alta pero muy linda; llamarse de una manera pero tener un apodo
de batalla; vestir con sencillez provinciana pero con un toque moderno;
sonreír y tener un gusto para las cosas del arte -eso era fundamental-
más bien ecléctico. Después, cuando leyera el cuento
que yo habría estado escribiendo para ella antes de su llegada,
preguntaría por el significado de esa palabra: "ecléctico";
yo le diría:
—Ecléctico
quiere decir amplio, variado.
Luego,
ya sentados uno frente al otro (yo un poco asombrado por su peinado
nuevo) hablaríamos un poco. Para ella, yo sería una especie
de artista. Para mí, ella sería la alegre posibilidad
de experimentar algo nunca hecho.
En
medio de la pequeña conversación se me ocurriría
mostrarle otro cuento que había estado escribiendo más
o menos un mes antes de que ella llegara. A diferencia del anterior,
ese sería un cuento narrado en tercera persona, no necesariamente
con los personajes de éste, aunque tal vez parecido, sobre todo
en el tono, un poco moroso, lindante con lo periodístico, o lo
autobiográfico. En fin, le gustaría. Y mucho. Lo que más,
más le gustaría sería la posibilidad de haberme
inspirado ella, Dionisia, un cuento tan lindo. Aunque un poco triste.
En ese momento sencillamente yo conseguía mi doble objetivo:
me preparaba para cazar mi tristeza (más bien para clasificarla)
y además para disfrutar de un alegre juego sexual: aunque discreta,
Dionisia estaba súper buena.
Pero la realidad siempre se entrometía en mis deseos. El día
que ahora cuento, la chica tardaba en llegar. Yo seguía escribiendo
para no pensar en lo que estaba por hacer. ¿Sentía culpa?
¿Miedo? ¿Vergüenza? ¿Era yo un corrompido?
¿Y si la vecina nos oía gemir de placer y me acusaba de
degenerado? ¿Y si el portero no dejaba pasar a la chica porque
aparecía después de la hora en que se cerraban con llave
las puertas del edificio?
Si hay algo de lo que carezco, me temo, es de una imaginación
valiente. Si fuera un escritor hecho y derecho ya hace rato que hubiera
salido a esperar abajo. Pero no sé a qué clase de escritores
pertenezco. Y de repente, cuando ya no la espero, viene ella, que ahora
empieza a leer por sobre mi hombro, un poco sonriente, fumando.
1983
PICASSO
1
En
la puerta del taller un candado redondo indicaba el número del
departamento. El interior estaba decorado como el salón de una
adivina. Para entrar, debíamos recorrer un pequeño pasillo
con ilustraciones de sotas colgadas en la pared. Mazos de naipes desperdigados
sobre los tableros de dibujos, envueltos o no en celofán según
el nivel de los alumnos del día; un balde lleno de porotos y
planillas personales (tantas como tipos de cartas), que Picasso llenaba
con calificaciones del 0 al 50 o del 0 al 108, ya se tratara de castillos
hechos con cartas españolas o francesas, respectivamente; completaban
la escueta decoración.
Frente
a cada tablero nosotros esperábamos el momento de iniciar la
tarea. Alguno apuraba trabajos atrasados hasta que llegara Picasso,
otros mascaban porotos blancos hurgados en el balde, los más,
aguardábamos, tranquilos, con las manos en la falda y las piernas
encogidas, por la obligada posición que imponían los travesaños
de los bancos de madera.
Apenas
murmurando los nombres de las cartas, sin mirarnos para no perder la
concentración, repetíamos en voz baja: "uno de espadas;
uno de bastos, uno de copas, as de oros... ¿as de oros? No. Las
definiciones de los naipes debían ser coherentes, había
dicho Picasso en clase, nombra mal los naipes pero siempre igual. Y
mentalmente reiniciábamos la cuenta: "...as de oro, as de
copas, as de bastos..."
Como
no nos habíamos visto la cara sino el primer día (Picasso
había recomendado que evitáramos las relaciones personales
fuera del taller), ya había olvidado el rostro de mis compañeros.
Sólo conservaba ecos lejanos de sus sonrisas y taras al escucharlos
nombrar. Pero a esa altura, las relaciones se habían limitado
a asociar libremente sus nombres con una figura más de mi baraja.
Picasso
nos había sugerido que, para nuestro mejor desenvolvimiento,
no apartáramos la vista del tablero y que nos concentráramos
en percibir las fallas de equilibrio de nuestros respectivos castillos.
En
ese sentido, él era muy exigente. No soportaba la inestabilidad
y sus cachetazos llegaban de cualquier lado en cuanto colocábamos
mal una carta sobre otra. Sin embargo, también era un gran psicólogo.
Sabía quién, de cada uno de nosotros, llegaría
al final del curso. Nos conocía perfectamente y, en cierta forma,
tenía un trato distinto para con cada uno.
A
Picasso lo conocí en el obelisco, donde dormía. Yo había
eludido el compromiso de ir al colegio esa mañana y preferí
salir a caminar por el centro cuando y se me dio por entrar a curiosear
en la piecita de abajo del obelisco. Hasta entonces para mí el
obelisco sólo era un monumento nacional sobre el la Davel nos
había hecho escribir algo (yo había puesto apenas tres
ideas robadas del manual de Historia porque todo el tiempo me venía
a la mente el chiste del gatito que quería coger, y por supuesto
me llevé un visto de birome verde, cuando otros con mucha menos
imaginación que yo, por ejemplo Fuchansky, se habían sacado
un muy bien diez felicitado). Picasso vivía adentro del obelisco,
que por un motivo extrañamente misterioso para mí esa
mañana tenía la puertita de abajo abierta. Estaba en un
rincón, sobre el colchoncito que trajeron los ingleses, mirando
el techo.
Roncaba.
Su
aire desprotegido me sedujo de inmediato y pensé que era raro,
sumamente extraño en verdad: "un hombre que duerme solo
y no dice ni una palabra dormido".
Picasso
abrió un ojo redondo y lleno de venitas y me lo clavó
sin que yo pudiera esconderme.
—El
taller no es acá —dijo y masculló la dirección
del departamento (también me tiró los horarios).
Cuando
llegué al taller mis prejuicios se desaparecieron totalmente.
La tranquilidad de su sueño se veía ampliamente compensada
con los puñetazos y patadas que desparramaba por el taller cuando
levantábamos castillos torcidos.
Los cursos duraban un año y empezaban con cartas viejas (todo
el mundo sabe que es mucho más fácil construir un castillo
con cartas viejas). A los seis meses pasábamos a la técnica
de las recién compradas. Pero en realidad, fuimos muy pocos los
que llegamos al nivel superior; la mayoría desertó en
los tres primeros meses.
Como en esa época yo era bastante inteligente, el colegio me
resultaba fácil y me quedaba toda la tarde libre para esta clase
de actividades especiales. A mis padres, que trabajaban de noche, les
vino muy bien que yo no estuviera en casa cuando ellos querían
dormir la siesta.
Pronto
mi gran orgullo fue el de convertirme en uno de los discípulos
preferidos, lo que me obligaba a exigirme todavía más
de lo que era necesario. Había comprendido que la única
forma de adelantar mis conocimientos era prolongando las horas de taller
en casa. Por eso, sin hacer el menor comentario, empecé a llevarme
ejercicios para completar en mi habitación.
Al
principio tuve problemas. Salía del taller al finalizar la clase,
alzaba el castillo del día con suma delicadeza y lo ponía,
suavemente, en la valija que tenía preparada. Después
corría a parar el colectivo y procuraba subir sin que se cayeran
las cartas. Lamentablemente a esa hora iba repleto y siempre llegaba
a casa con el castillo desparramado en el fondo de la valija.
Al tiempo, fija mi atención en los diseños que edificaba
en los estantes de la biblioteca, dejé de ver definitivamente
a mis padres. El día me alcanzaba a duras penas para hacer tantas
cosas a la vez.
Una tarde descubrí que los fideos "munición"
de la sopa de los martes eran mucho más efectivos que los porotos
blancos. Desde entonces, pedí a la mucama (una linda mujer joven
paraguaya, que usaba un delantal negro a lunares blancos que me resultaba
encantador) que sirviera esa sopa todos los días. Luego, metódicamente,
me encerraba en mi cuarto después de almorzar, para bombardear
a gusto las construcciones. Escupiéndolos con fuerza mientras
batía la lengua contra el paladar, los fideos eran de una eficacia
extraordinaria. Era un placer ver como caían las cartas una a
una cuando empezaba a desperdigar fideos munición por arriba,
o como se desmoronaban de golpe si acertaba en los naipes la base. Me
llenaba la boca con una gran cucharada y lanzaba toda mi carga moviendo
la cabeza en semicírculo. Hasta hubo algunas veces en que, después,
con algo de culpa por la distracción, me reía bajito mientras
una gota de caldo me chorreaba por la pera.
A
la mucama le hacía mucha gracia, y con su estímulo silencioso
y mucha práctica, no tardé en progresar. Sin embargo,
mis adelantos con los naipes fueron acompañados por mi expulsión
de casa. Cuánto más me felicitaba Picasso (felicitaciones
traducidas en una mayor cantidad de porrazos sobre mi tablero de dibujo),
menos me comprendían en casa. Lo que ocurrió fue que hacia
el comienzo de la primavera suspendieron la sopa en el almuerzo con
la excusa de que ya hacía mucho calor, no lo soporté y
los insulté de arriba abajo.
Mi
padre y mi padre hicieron eco y cruzados de brazos (es decir, cruzada
ella y él con el brazo estirado) ordenaron:
—¡A
tus aposentos!
Me
retiré de la mesa humillado. Entendí en ese momento el
significado real de las penurias del artista. Esa misma noche cargué
mi mochila con algunos libros (David Cooperfield, el Decameron y Leyendas
de los derviches, de Idri Shah) y un poco de ropa y me escabullí
para siempre por la puerta de servicio. Antes de irme me apropié
de todos los paquetes de fideos que encontré. Tuve ganas de entrar
a darle un beso de despedida a la mucama pero me contuve. Pero le robé
su delantal negro a lunares blancos, no sé porqué. Al
menos yo, pensé mientras bajaba por las escaleras del departamento,
no pasaría hambre: siempre tendría algo para llevarme
a la boca.
Para
dormir, me metí en una casilla vacía que había
en la plaza de la vuelta; se veía que en otros tiempos habría
pertenecido a un sereno pero ahora estaba totalmente abandonada y mugrienta.
No me importó porque, pensé, sería una vivienda
temporal.
Al
día siguiente falté al colegio y pasé toda la mañana
practicando. Tanta dedicación le puse que creí llegado
el momento de rendir mi examen final. Cuando se lo pedí, Picasso
no quiso contestarme. Esperé paciente… pasaron días,
meses... años… cambiaban las estaciones… y Picasso
todavía no me respondía. Finalmente, cansado, tomé
coraje y lo encaré:
—Picasso,
¡creo que estoy listo para rendir el examen! —dije.
—Bueno,
venme a buscar después de las vacaciones, contestó enseguida.
La prontitud de su respuesta me dejó asombrado.
El cuatro de febrero me reencontré en forma oficial con Picasso
junto al mástil de la plazoleta del obelisco. Eran las siete
de la mañana. Yo apretaba las cartas en el bolsillo de la mochila,
nervioso, pronto a rendir el ansiado examen. El mástil no tenía
bandera y sólo se le notaban marcas de manos. Picasso se acercó
con cara de sueño. Recién se levantaba y todavía
olía como su cuartito del obelisco (y como el mío de la
plaza, debo decir).
Del
obelisco fuimos a instalarnos a un barcito de Cerrito. Semivacío
a esa hora, en el bar podíamos trabajar tranquilos. El mozo,
atento, nos trajo dos cocas salpicadas con gotitas de agua helada. Picasso
se sentó de espaldas a la ventana y esperó a que las destapara
y nos quedáramos solos. No tardó demasiado en darme los
temas: "castillo tipo C, naipes franceses, ojo no copiarse, treinta
minutos, ya." Después se estiró en la mesa y se quedó
dormido.
Despacio,
respirando por la nariz con un mismo ritmo, por un agujero primero y
por otro después, abrí la mochila, busqué el mazo
indicado y empecé a pensar: "Tipo C, tipo C". ¿Cuál
era?" Me acordé de pronto. Aliviado, la emprendí
con el trabajo. El resto del bar estaba en penumbras, era muy temprano
y hacía mucho calor. Yo no había tocado la coca y construía
mi castillo de cartas en silencio. Carta sobre carta, bases sólidas
y equilibradas, correcto el nivel de jerarquías entre un número
y otro.
Hasta
que Picasso se estiró en un mal movimiento y me tiró el
castillo por primera vez. "Tranquilo", me dije recordando
mis lecturas, "el examen no podía ser tan sencillo";
me obligué a tener calma y reinicié mi labor. Pronto llegué
a completar la base de la nueva edificación. Usaba cartas nuevas
y tenía que tener sumo cuidado al colocarlas: una a una, con
delicadeza; juntas pero mal colocadas sabía que constituirían
un peligroso tobogán.
Al
ratito tuve que extenderme a la mesa de al lado. El cajero puso mala
cara y, desde atrás del mostrador miró las cartas y al
mozo significativamente. Me sentí mal, como observado.
La
señora que llegó se sentó justo en la mesa de al
lado. Pidió un desayuno completo, permiso y me derrumbó
lo que llevaba pacientemente construido. Una carta (me pareció
ver que era un cuatro de espadas) entró planeando en la taza
de café con leche, flotó un momento y se hundió
con el azúcar. Miré a la señora con odio y saqué
del bolso un mazo nuevo. Mientras ella untaba el cuatro de espadas con
manteca, me sonrió y miró lo que hacía cómplice
y divertida.
Picasso
seguía durmiendo. De vez en cuando murmuraba algo entre ronquidos
y agregaba nuevas complicaciones al examen. Parecía como si hubiera
querido que me fuera mal a propósito. Yo, bien preparado, iba
resolviendo al pie de la letra cada una de las nuevas dificultades.
El
mozo del bar se rascó la pared en la puerta del baño.
Por tercera vez el castillo progresaba. Ya había levantado dos
pisos y me empeñaba en la edificación del tercero.
El
cajero miró sin comprender hacia nuestra mesa. De reojo pude
captar la boca abierta, abochornada. No podía creer lo que veía.
Ni yo ni él. Llamó al mozo y le dijo algo al oído.
Se acercó y nos explicó que no podíamos seguir
estando si no consumíamos. Toqué con el dorso de la mano
las dos botellas intactas mientras levantaba las tres cartas del segundo
piso que se me habían caído y como se hizo el indiferente
le pedí dos bebidas más, resignado. No me importó.
La cosa iba tomando forma. "Ah, si tan sólo Picasso despertara..."
El
golpe que dio el mozo al apoyar las botellas nuevas sobre la mesa me
tiró el castillo por tercera vez.
Picasso
despertó, dio un gritito y en ese momento supe que el examen
había terminado.
Picasso
se incorporó, dijo “perdón, es muy cierto, ¡claro!”;
el mozo no habló y aceptamos la realidad: los juegos de azar
(mis cartas), en lugares públicos, estaban terminantemente prohibidos
por la ley.
Me levanté yo también, y nos fuimos.
1976
PICASSO
2
Antes,
antes del golpe, o del sobresalto, el silencio reinaba en el taller
de Picasso. Ni Dolores, ni Fabio, ni mucho menos yo, nos animábamos
a respirar. Mis dos dedos índices(1) y mis dos pulgares trataron
de colocar las dos últimas cartas en el cuarto piso del castillo
de naipes que estaba construyendo. Una gotita de saliva se deslizó
peligrosamente por mi pera, amenazando caer sobre la frágil estructura
de cartón, vaya a saberse con qué intenciones dañinas.
Pero el desastre vino de donde menos lo esperábamos. Picasso,
nuestro maestro, apareció corriendo desde el fondo(2), en donde
(solía) se instalaba para vernos trabajar sin influirnos
con su presencia, y sin emitir un solo ruido, apenas estirando el brazo
por encima de mi hombro, barrió con el dorso de su mano las cuarenta(3)
cartas españolas que yo ya había acomodado.
Ni Fabio, ni Dolores, ni mucho menos yo, que me quedé sosteniendo
la sota(4) de espadas y un caballo(5) de copas con la boca abierta,
atinamos a decir nada. Picasso no se preocupó por dar explicaciones
de inmediato. Caminó hacia atrás, como admirando los efectos
que su pedagogía había desparramado sobre mi tablero,
y volvió a encaramarse en la escalera. Una vez sentado y con
las piernas encogidas(6), evitando golpear la bombita que colgaba del
techo con su cabeza casi pelada(7), dijo: “No te podés
cambiar de caballo a mitad del río, Alejandrito. ¿Cómo
vas a poner un caballo de copas junto a un diez de espadas? ”.
Picasso era muy exigente. Si cuando llegábamos a su taller no
nos sentábamos los tres enseguida al frente de nuestros respectivos
tableros, y por ejemplo se nos ocurría llevar a la cocina unos
bizcochitos de grasa para el mate, sin consultarlo, ponía el
grito en el cielo. ¡Ni se nos ocurriera levantarnos para ir al
baño durante una explicación! ¡Picasso nos haría
caer una lluvia de porotos sobre la cabeza por haberlo desconcentrado!
Era un maestro peculiar, sin duda. Pero lo queríamos(8).
Antes, antes del golpe, o de la cachetada, reinó el silencio.
Ni Dolores, ni Fabio, ni mucho menos yo, nos animamos a respirar. Antes,
antes del susto, o del sobresalto, mis dos dedos índices y mis
dos pulgares trataron de colocar las dos últimas cartas en el
cuarto piso del castillo de naipes que en ese momento yo estaba construyendo.
Ni yo, ni Fabio, ni mucho menos Dolores, nos animábamos a respirar,
a pesar de que una gotita de saliva se estaba deslizando peligrosamente
por mi pera amenazando caer sobre la frágil estructura de mi
construcción. Pero el desastre vino de donde menos lo esperábamos.
Picasso, nuestro maestro, nuestro líder, apareció corriendo
desde el fondo del taller y sin emitir un solo ruido barrió con
el dorso de su mano derecha las cuarenta y ocho cartas españolas,
barajas de mi casi terminado castillo.
Ni
Fabio, ni Dolores, ni yo, que aún sostenía con mi par
de índices y mi par de pulgares una sota de espadas y un caballo
de copas, atinamos a decir nada. Sentado cada uno de nosotros frente
a su respectivo tablero de dibujo(9), nos quedamos boquiabiertos. Los
tableros de dibujo en los que trabajábamos cada uno habían
sido colocados de tal manera que podíamos vernos las caras, pero
no ver lo que sucedía a nuestras espaldas. En el medio del pequeño
triángulo que quedaba libre entre los tableros estaba el modelo:
un castillo de cartas metálicas, pegadas entre sí con
poxipol, que Picasso ponía todas las clases arriba de un taburete
para que copiáramos.
De
tanto que me concentré de repente me vino un recuerdo de mi época
de la escuela, de cuando tuve ese problemita con la señorita
María. Me vino a la memoria junto con la figura de mi primo el
músico, para quien el tiempo siempre había sido apenas
un espacio en blanco entre una nota y otra. Su duración nunca
era establecida por el compositor sino determinada por el clima. Así
en los días húmedos debían utilizarse tiempos cortos
y secos; y en los días secos, tiempos mojados, casi pegajosos.
El
compás lo determinaba entonces el director de orquesta, según
la necesidad de movimiento que imprimía a su batuta.
Mi primo el músico prefería no entrar en detalles con
respecto al temperamento o vitalidad que requerían los silencios:
se quedaba cuando surgía el tema sencillamente mudo, y a lo sumo
si abría la boca para pronunciarse un convencido de la obligatoriedad
de la música en los programas oficiales de enseñanza.
En
cuanto a mis padres, que eran algo así como guerreros de la liberación
y ahora estaban presos, su vínculo con el arte jamás había
excedido de la lectura milimétrica, semana a semana, de los boletines
que un señor Perón enviaba del Exilio (nunca supe dónde
quedaba ese hospital).
Toda
la familia había sido advertida del peligro que supondría
seguir el ejemplo de mis padres después de los sucesos escolares.
Cuando mi primo se enteró lo que había hecho yo con la
señorita María -el bongó terminó arruinado,
en un canasto de alambre tejido- no tuvo mejor ocurrencia que demandarla
por abuso. No sirvió de mucho que yo la defendiera explicando
que todo había sido por mi culpa: mis padres fueron por su parte
de armas tomar y así estaban ahora, desaparecidos en algún
lugar.
—Yo
le dije que me dejara… —decía yo mientras mi primo
el músico elevaba a ocho octavos su indignación verbal.
—¡Esa
perra!
—No,
primo, de verdad… Te juro que le pedí mil veces que me
dejara desabrocharle el guardapolvo de a poquito…
Cuando a mi primo el músico se le metía una idea en la
cabeza solamente una persona era capaz de hacérsela sacar. Pero
para ese entonces Nadia Nuritsky, la célebre escapista, estaba
de gira por el medio del oriente y no hubo modo de localizarla. Así
que en la primer semana de ese otoño inolvidable y pegajosos
del setenta y seis la familia en pleno (o lo que quedaba de ella) cerró
podría decirse filas a mi alrededor y apoyaron la gestión
de mi primo el músico en la primer carta documento –amarilla,
rosa y azul- que había visto en mi vida.
Cierto
fue que el empleado del correo advirtió con intuición,
trágica intuición, la inadecuada presencia de todos esos
nombres y apellidos al pie del breve texto; cierto también que
la señorita María mantenía una relación
estrecha con el comandante de la zona. A mi familia (a lo que quedaba
de ella) no le importó. Aquella tarde en que el noble escrito
fue redactado formalmente se reunieron todos alrededor mío alrededor
de la mesa oval; es decir, yo estaba sentado en la cabecera y era como
si todos estuvieran pendientes de mis reacciones, tanto se daban vuelta
o giraban las cabezas para apuntarme con las frentes mientras discutían
los pasos a seguir.
Muy
quieto, jugando con los dedos (parecían salchichitas) conté
cada detalle nuevamente: que la señorita hizo que me quedara
castigado después de clase por haber estado tocando el bongó
más de la cuenta; el cuidado con que ella entró luego
al aula vacía con las mejillas encendidas, el crujido de la puerta
que cerró detrás de sí delicadamente. Mi primo
alentaba las palabras que brotaban de mi boca mientras regulaba con
las cejas los intentos que yo hacía para organizar los hechos.
Porque
para mí era muy claro que todo había sido culpa mía.
La rebeldía infantil de tocar tanto el bongó donde no
estaba permitido, en cualquier parte menos en el escritorio de la señorita,
que por algo, dijo mi primo el músico haciendo un falsete con
la garganta como el que hacen los detectives cuando descubren una pista
clave, ella te lo puso sobre el suyo y mientras se sentaba en el primer
banco de dijo:
—Empezá.
En
efecto así había ocurrido, y yo empecé a tocarlo,
a las cinco de la tarde y con la escuela vacía, porque no tenía
nada que decir sino tocar…y así lo hice acercándome
al bongó en el escritorio y tamborileándolo tímidamente.
Y mientras lo recordaba volví a ver a la señorita María
entrecerrando los ojos y poniendo la misma cara que yo le había
visto a mi mamá cuando tocaba el piano sin ropa interior abajo.
Una fuerza inmanejable, venida de alguna tradición teutónica,
instaló mis suaves manos en la superficie de la mesa oval donde
toda la familia (lo que quedaba de ella) escuchaba atentamente mi relato
(volvía a escuchar) y como si el vidrio ahora fuera la superficie
de vejiga color crudo del instrumento que había puesto la señorita
María sobre su escritorio, mis suaves manos empezaron a palmetear
la superficie.
Había
por fin tomado coraje y tocaba con fuerza. Tocaba y tocaba y en ese
momento me acordé que mi futuro siempre había estado en
la Música. En eso (en mi relato frente a mi familia) la señorita
María se tapó (volvió a taparse) la cara con las
manos y empezó a cabecear como si estuviera llorando.
Yo
me sentí otra vez culpable y tuve miedo de haber molestado ahora
a los que me escuchaban.
Dejé
de tocar y me acerqué a ella. Pero cuando llegué a su
lado sacó las manos de la cara y se las bajó arrastrándolas
por el guardapolvo hasta la pollera, las apretó un largo silencio
de redonda ahí y antes de ordenarme que volviera a ponerme junto
al escritorio para seguir tocando el bongó, antes de que yo la
viera tan enojada que tuve ganas se hacerme encima, pegó un grito
agudo que me alucinó:
—¡Da
caaapo!
En
el recuerdo de la escuela, frente a la mesa oval y ante los tableros
de cartas de Picasso, el grito resonó rebotando como un aullido
espeluznante. No había querido yo molestar a la señorita
en lo más mínimo: a mí el timbre de su voz siempre
me había llenado de admiración y respeto, lo mismo que
la contemplación de su pelo negro recogido hacia arriba, en delicado
equilibrio. La señorita María dejó de cabecear
y, con la lengua medio afuera y los cachetes de la cara ardidos como
cuando su esposo, el de cuarto grado, se los inflamaba a las cachetadas,
me puso las manos en el cuello del guardapolvo y tiró de mí
hasta apretarme la cara entre sus tetas. Me soltó con una mano
y con la otra se empezó a desabrochar los botones del guardapolvo;
se agacchó y me acarició la oreja con los labios; dijo
(volvió a decir):
—¡Sacame
la ropa! Pero despacito…
La
familia entera (lo que quedaba de ella) hizo un murmullo de reprobación
cuando llegué a ese punto del cuento. Pero en vez de sentirme
otra vez avergonzado por haberme hecho encima como me había ocurrido
entonces, no sé porqué me acordé de la emoción
solemne con que todos, mis compañeritos y yo, oíamos las
virtudes patrióticas de los jerarcas de una junta militar que,
recién llegados al gobierno para librarnos por fin de la anarquía
y el caos, se habían instalado en nuestra aula convocados heroicamente
por los labios abrillantados de la señorita María. Había
dibujado en el pizarrón el contorno de la patria en rojo, para
simbolizar precisamente ese caos del que los militares patrióticos
nos salvaban; a la altura de la casita de la independencia había
figurado en pocas líneas el vértice de un triángulo
perfectamente escaleno y celeste, cubierto a su vez por otro igual en
todo pero blanco, como un símbolo de la nueva era que vivíamos,
y que a mí me inspiró, recién ahora puedo decirlo,
a entrarle todavía más duro y parejo al bongó,
a la mesa oval y a mi tablero.
Palabras
excitantes como proceso, reorganización y subversión salían
de la boca de la señorita María (estaba hermosa, la cara
toda sonrosada, el pecho tembloroso) y flotaban en el aire húmedo
del aula directamente hacia mis oídos. Yo podía entender
el mensaje oculto en esas frases con una emoción contagiosa;
poco a poco podía sentir cómo se hinchaba mi pedacito
de orgullo con pasión. Entre las palabras de la señorita
María y yo se había formado un puente invisible, que desde
sus labios pintados creaban ahora una especie de arcoiris luminoso,
todo flanqueado de banderas ondulantes y pródigas, con soles
amarillos sonrientes en el medio, tras las cuales los soldados de la
patria se apostaban en larga y recta fila, con los brazos respetuosamente
en alto, haciendo la venia. Yo no podía entender porqué
los otros chicos del grado permanecían indiferentes al discurso
de la maestra; o tal vez no era indiferencia sino sorpresa, como cuando
vemos una película no apta para menores que nos fascina pero
sin llegar a entenderla (ridiculez de los que las califican, obviamente,
porque a esta edad uno siempre termina entendiendo todo sólo
que mejor que no se enteren que uno sabe).
Las
uñas de la señorita eran largas y bien pulidas y estaban
llenas de tiza celeste y blanca. Yo no conseguía dejar de mirárselas
imaginando cómo sería sentirlas en la cabeza (todo esto
había ocurrido antes de que me hiciera quedar después
de hora para tocar el bongó con ella a solas), y también
el guardapolvo, más impecable que nunca con los bolsillos llenos
de misterios, se le iba independizando hasta flamear en el aire del
aula y transmitir su mensaje directa y exclusivamente para mí,
con su lenguaje de ojalillos y botones nacarados.
¿Y
qué me decía a mí, que no me llamaba Oscar ni Gunter
ni Christa sino Alexito, qué me decía a mí, que
a los siete u ocho años ya era un dechado de puro instinto criminal?
La
áurea tela me decía:
—Ejecútame,
ejecútame con tus manos.
A
mí se me inflamaban incestuosamente las encías y moría
por cumplir su pedido: despojarla con lentitud del sudario de rectitud
y prolijidad con que se cubría; es decir, poner manos a la obra
en lo único importante.
—Vos
tocaste lo que tenías que tocar —dijo mi primo el músico—.
Lógico. Fue ella la que se propasó.
El
bongó vibró en el aula justo cuando la señorita
María estaba nombrando a la viuda derrocada. ¿Era el poder
una roca? ¿Era acaso pariente de nuestro director, que se llamaba
justamente así, Roca, y que tenía un cuadro de un pariente
suyo de la historia frente a un montón de soldados mal vestido
que festejaban haber conquistado a los indios del desierto que para
mí no era más que un pajonal? Las manos piensan muchas
veces más y más rápido y mejor que el cerebro.
Van a otra velocidad, casi creería que tienen otra escala de
valores. A lo que me refiero es a que las mías ya habían
iniciado entonces su viaje sin regreso, mucho antes quiero decir de
que me familia (lo que quedaba de ella) se reuniera para defenderme
o de que Picasso me sacudiera sus enseñanzas por la cabeza, la
señorita María había insertado en mí el
hondo respeto a los trascendentes cambios institucionales que, por fin,
traerían aires de progreso y orden a nuestra mortificada nación.
1982
ESTO
NO ES CUENTO(10)
Ay,
país, te están sacando los ojos. Ay, Argentina, te corren
contra la pared del cementerio y te vejan. Ay, me da miedo estar de
tu lado.
“Querido, esto ya pasó antes. Vamos a tener que volver
a avisarnos en donde estamos si a la noche no volvemos.”(11)
Ay,
país, si a la noche no vuelvo es que me fui a gritar por vos
y a romper banderas. Me fui a la Plaza de Mayo y me desnuqué
contra los cascos de la cana. Ay, país, si me demoro esta noche
es porque me tiré delante de un soldado y le pedí que
no dispare. Y si no vuelvo es porque el soldado disparó.
Pablo
está adentro todavía. No me animo a imaginarlo.
Ay, país, me dejás igual que a María Elena. Ahora
entiendo la canción, ahora me duele más.(12)
(13)En
el 73 mamá nos había dicho que si nos encontrábamos
casualmente en medio de un tiroteo nos arrojáramos al suelo.
Yo pensaba que sería lindo (lindo, pensaba) tirarse debajo de
un auto o esconderse en el umbral de una casa para refugiarse de las
balas. Me parecía romántico, aventurero. ¿Sabés
por qué? Porque(14) también el Capitán Veneno se
había escondido en el umbral de una casa. Eran otras balas, claro.
Eran las armas criollas que seguramente se cargaban por la boca, como
los trabucos naranjeros(15). Además el Capitán Veneno
estaba herido; una esquirla de fierro le había besado el hombro.
Y por supuesto, el Capitán Veneno se encontraba con la chica
en el umbral. Por eso yo creía que sería lindo aparecer
en medio de un tiroteo a la salida del colegio, o cuando bajara a reclamar
por la leche cortada en el supermercado.
Esto
no es un cuento(16).
Ay,
país, tengo miedo. El martes hubo represión, salió
en todos lados. A la tía Carmen la levantaron en vilo cuatro
policías en Cerrito y Lavalle. Le pegaron tanto que ahora ella
está asustada y grita que quiere irse, que quiere irse, que ya
no le importa nada de nada.
Eso
fue el martes. Y hoy, a los tres días, todo el mundo iba a la
plaza de nuevo, pro esta vez va feliz, con banderas argentinas, porque
recuperamos las Malvinas. “¡Dale, Leo!”, gritaban,
país. “¡Galtieri corazón!”. Ay, país,
va a haber guerra, dicen todos, y me da todavía más miedo.(17)
Esto
no es un cuento. Es un melodrama.
—(18)Te
digo, vienen comprando armamento desde hace cinco años. El otro
día llegaron cajas y cajas. Claro, los pedidos vienen atrasados.
Son tan estúpidos que ni siquiera saben para qué sirve
cada cosa. Te juro. Mirá, con el asunto de Chile enterraron una
cantidad increíble de armas y arsenal de guerra en el sur, en
Santa Cruz o en Chubut, creo. ¿Podés creer que ahora no
saben dónde lo escondieron? Va a haber guerra, estoy seguro.
Si ya no saben qué carajo hacer. Si no, ¿me querés
decir cómo los paran ahora? Y la gente va a ir. Ah, sí,
van a ir todos, te lo aseguro. Vos y yo vivimos en un mundo muy especial,
no te olvidés. Muy lindo: escribimos, estudiamos... pero salí
afuera. Andá a Solano, andá a Burzaco, salí de
la Capital un cachito y mirá. Esto no dá más. Y
van a ir, vas a ver que van. Con el asunto de Chile la gente venía
desde Chaco para ofrecerse de(19) voluntarios. Venían para matar
chilenos. “¡A matar chilotes!”, decían. ¿Qué
podés hacer con un pueblo así? Los milicos están
desesperados. O hacen una guerra o, no sé, nos meten a todos
en la cancha de River y nos hacen lo que hizo Pinochet en Chile...
(20)Me
da miedo. Los Ford Falcon blancos pasaron tocando bocina y tirando volantes
por la avenida Santa Fe. En el colectivo, dos señoras se persignaron
cuando pasamos frente a San Nicolás de Bari; casi las imito,
pero soy judío. En la financiera discutían sobre el asunto:
“Es una cuestión de sentimientos, señor, ¡de
sentimientos! Usted las siente o no las siente, ¿entiende?”.
En la televisión decían: “¡Argentinos! ¿Juráis
defender la bandera y la patria con su sangre?”
-
¡Sí, juro! ¡Sí, juro! ¡Sí, juro!
¡Sí, juro!
Ay,
país, están locos y desbocados. Y lo que es peor: piden
a gritos que alguien les rompa los dientes con un freno.
En
el 73 empezamos a tocar los tres timbres en casa para avisar que llegábamos.
La idea me gustaba menos, sobre todo porque prefería usar las
llaves nuevas. Un día se murió Perón y en el colegio
hicimos un minuto de silencio. Algunos murmuraron: “¡Viejo,
hijo de puta!”. “Nos dejó pagando y todavía
lo lloran!”. “¡Andá a cagar, nazi!”.
Aunque no, creo que lo de nazi vino después, con Imperiale, el
interventor.
Imperiale
era desagradable. Hablaba siempre de nosotros como los alumnos de su
escuelita. Paseaba por las aulas y se ofrecía al diálogo(21).
Eso decía: “diálogo”. ¡Qué palabra
tan importante!, pensaba yo. Porque en esos días recién
se ponía de moda. Aunque no, tampoco. Recién unos años
después la escucharíamos por todos lados.
“¡Los
milicos al cuartel! ¡Los milicos al cuartel!”, decíamos
todos cuando confabulábamos nuestra revoluta en el sótano
de Filosofía. Habíamos quedado solos. Los muchachos habían
sido secuestrados y Shirley hablaba con Cecilia de ir a juntar firmas
para Luján.
Esto
no es un cuento. Es un panfleto lastimoso que jadea.
Repetíamos
muchas veces: “¡Basta de represión!”. “¡Basta
de asesinatos cobardes!” Aunque no, el control policial lo soportamos
siempre, pese a que yo pensara que era algo nuevo.
A
Pablo lo detuvieron porque llevaba barba. Lo hicieron desnudar cerca
de las vías viejas la noche que volvía de San Fernando
con el(22) bolso de lona y el(23) agua dulzona del río todavía
pegada(24) a las axilas. Lo iluminaron con una linterna y le dijeron
que apoyara las manos en la pared, de espaldas(25), y que separara bien
las piernas.
“¿Qué
tenés ahí?”
“Un
forúnculo.”
“¡Mentiras!
¡Es un pinchazo!”
“Mirá,
flaco(26), lo mejor va a ser que cantés todo. Yo no quiero que
estos te lastimen, ¿entendés? Sos muy lindo para que te
me arruinen. Decínos todo y te largamos.”
“Pero
no sé de qué me hablan…”.
“¿Por
qué usás bolsito, eh?”
“Porque
me gusta”
“Ah,
sos marica. Barbudo y marica. Flaco(27), me dás asco”.
“A
ver si te gusta esto”
“Flaco,
(28)va a ser mejor que hablés todo.”
“Me
caés simpático”.
“Bueno...
parece que el marica es medio cabezón, ¿no? Y a mí
no me gustan los maricas cabezones...”(29)
“Necesito
ir al baño”
“¿Pero
qué te creíste que es esto, una broma, vos? ¿Sabés
donde estás?”
“Dejalo,
che”.
“Bueno,
dale nene, queremos ver como te lavás las manos”.(30)
“No”.
“¿Querías
mear? ¡Meá! ¡Puto de mierda!”(31)
“¿Qué
te pensabas? ¿Qué nos chupábamos el dedo nosotros?”.(32)
“Ja, ja...! Ah, muy bien... ¿A ver cómo te chupás
los deditos ahora?”
“Muy
bien, muy bien... ¿Viste que si te portás bien nadie te
va a hacer nada(33), flaco?”.
“¡Bueno,
y ahora(34) basta de joda! Estoy aburrido. O hablás todo o ni
tu vieja te va a reconocer!”
“Muchachos,
¿vamos a jugar a la ruleta rusa un rato?(35)
“Yo
primero”.
“Me
parece que perdieron”(36)
“¡Esperá!
¿No ves que el pobre flaco(37) está temblando? Pobrecito...
Bueno, bueno(38), es un segundo nomás, lindo. Después
de ésta dejamos que te vayás tranquilo”.
“¡Qué
macana! ”(39)
“Ahora
yo...”
“Bueno,
basta, che. Estoy medio cansado. (40)Éste no sabe nada.”
“¡Andate,
flaco! Ya oíste(41). Agarrá tus cosas y rajá de
acá!”
“Ay,
disculpame, lindo... Fue sin querer...”
“¡Rajá
de acá!”
(42)(Afuera
las vías brillaban con el reflejo de la mañana. El aire
caliente lo envolvió como una sábana. Pablo(43) estuvo
a punto de correr pero recordó que su padre le había aconsejado
que no corriera nunca(44) en esos casos. Así no les daba la excusa
para que lo mataran de un tiro.(45)
1998(46)
PICASSO
3
Es más el recuerdo de Picasso que otra cosa, lo que me perturba
ahora. Picasso con su estilo tan particular para enseñarnos a
construir los castillos de naipes, Picasso con la costumbre de tumbarlos
moviendo subrepticiamente la mesa o –si se enojaba de pronto–
con algún trompadón arriba de uno. Estaba yo hace un rato
leyendo unos libros que él escribió para enseñarnos,
y la casualidad hizo que, desde el departamento de enfrente, saliera
una música conocida: era un música verdaderamente suave,
no tendría porqué haberme sacado de mi concentración;
sin embargo desde que empezó a sonar (no digo desde que empezó
a secas, porque no puedo asegurar si había estado viniendo desde
el otro lado de la calle hasta éste desde mucho tiempo antes)
ya no me la pude sacar de los oídos. Tuve que hacer un esfuerzo
sobrehumano para echarla. Me dije: esa es una música de Otro.
No le hagas caso. Vos tenés tu propio estilo, acordate de quién
sos hijo, che.
Fue
una pelea despareja porque la lectura de las lecciones de Picasso me
había sumido en un estado melancólico; al estar más
débil, no podía huir de las influencias. Tenía
entonces que hacer que las influencias creyeran resbalar por mis ideas,
para engañarlas. O tal vez las influencias no existían
realmente, tal vez todo se trataba de una feroz resistencia a tomar
lo bueno de los otros, o mejor, de dejarse llevar por lo bueno de los
otros que también existía en uno. De todas formas eso
yo no lo pude pensar así, al menos no en ese momento. En ese
momento a mí la música ajena se me venía a la mente
interrumpiendo la lectura de aquellas enseñanzas de mi maestro,
y eso me puso muy nervioso.
En
el libro leí esta frase: “El equilibrio de un Artista no
es el de un Esposo. Un Esposo debe velar por la seguridad del hogar
y hacer lo posible para que los Suyos se encuentre bien provistos: lo
cual es como decir: legislados”. Confieso que a mí me tenía
muy mal una pelea horrible y muy reciente, que no era la pelea contra
la música que venía del edificio vecino. En mi pelea -me
lo reprochaba todo el tiempo- el que había estado mal, muy mal,
re mal, había sido yo; entonces era lógico que expiara
mi s culpas viviendo solo. (No era muy feo el lugar que elegí,
pero bueno). Haber vuelto a las enseñanzas de Picasso era como
un atajo o una excusa para seguir vivo.
Yo
tenía tres mazos de cartas en el escritorio. Había francesas,
españolas y unas muy divertidas, de mujeres desnudas. Estas últimas
me venían al pelo, porque estaban bastante ajadas (todo el mundo
sabe que es mucho más fácil levantar un castillo con cartas
un poco arrugaditas que con las más nuevas. Empecé a trabajar
con entusiasmo. Abrí el mazo de las españolas. No, primero
abrí en mazo de las francesas. Saqué todas las cartas
de un solo movimiento y me dio gusto comprobar, apenas al tacto, que
aún conservaba mi mano de siempre. Las pasé de una palma
a la otra, como un tahúr. Hice abanico y acordeón. Después
las dejé en un piloncito junto a su caja rosada, que me hacía
pensar fuertemente en un ataúd de cartón.
La
música se metió de nuevo. Me propuse aceptarla. Un violín,
varios violines, pero tan leves que el ruido que hacían los de
la rotisería de abajo los tapaba casi por completo. ¿Cómo
había llegado yo a esa percepción? ¿Era que me
gustaba dispersarme del trabajo? Lo curioso es que los de la rotisería
iban mintiendo cada vez más: primero dijeron que pondrían
unos tacos de madera para evitar la vibración, después
que ya estaban por hacerlo. Así me seguían engañando
desde el primer momento en que les hablé. Pero como yo estaba
casi siempre triste pensando en mi inutilidad para construir castillos
sanos, el bochinche no paraba ni ahí: ni ahí tenía
visos de desaparecer.
Lo
que a pesar de mi “disociación instrumental” no podía
sacarme de la cabeza era la sensación de estar profanando algo.
Era un hecho que si Picasso había escrito tres libros con sus
tesis, no lo había estado haciendo para que nadie los leyera.
Luego era razonable que yo, uno de sus discípulos más
comprometidos con la tarea, volviese a estudiarlo mucho tiempo después.
Me pregunté si la sensación de morbo era porque le habíamos
perdido el rastro en los años en que acá se mataba gente
a rolete. Me contesté que no, que eso era una taradez. ¿O
acaso no habían triunfado en Nueva York varios de mis condiscípulos?
Uno de ellos, medio rubión, llegó a decir en una entrevista
para un periódico especializado que Picasso seguía construyendo
cada vez mejor.
Pero lo cierto es que, por más que los triunfos de otros ratificaran
la fuerza de la doctrina, a mí me tenía paralizado la
lectura. Probé con el mazo de cartas españolas. Saqué
con parsimonia el celofán(47)
COMO
UN ANIMALITO(48)
Mañana va a ser tu primer noche sin ella. No querés pensar
en el tiempo que vas a tener que estar solo. No querés pensar
en el lugar a donde ella se va a ir. Estás acostado en la cama
y ella aún duerme dándote la espalda. Si estirás
la mano derecha podés sentir la tibieza de la piel de sus muslos.
No sabés bien qué es lo que te preocupa y tratás
de razonar. Creés que esa sensación que te da vueltas
en la cabeza es curiosidad, como cuando eras chico y te preguntaba qué
figuras podían aparecer en la oscuridad de tu cuarto cuando papá
y mamá salían. Pero vos y yo sabemos que esa curiosidad
en realidad es miedo. El miedo de volver a sentir cosas olvidadas. Ahora
te horroriza, por ejemplo, la idea de querer refregarte contra ella.
Por eso preferís seguir acostado boca arriba, con los ojos abiertos,
queriendo que el tiempo no pase, que no llegue nunca la luz de la mañana.
Pero no podés evitar sentir vergüenza ante lo que acabás
de imaginar. Presentís que ella puede enojarse si la despertás
haciendo una cosa así. Peor aún que si quisieras hacerle
el amor: sería como ofenderla. El recuerdo de un libro de Alberto
Moravia que alguna vez leíste viene a tu cabeza. Se llamaba “Dos”.
En ese libro había un personaje con el que, en su momento, te
sentiste muy identificado. Un hombre era dominado por su sexo, al que
había puesto el nombre de “Rex”. Ahora te sentís
así. También te sentiste así cuando encontraste
el diario íntimo de tu mamá, después de haber revuelto
papeles y papeles de su escritorio. Estabas solo en casa ese día
y tuviste el deseo de bajarte los pantalones y refregarte en la almohada
de su cama. Lo hiciste. Y al mismo tiempo leías su diario buscando
las partes más eróticas. Ahora no podés recordar
ninguna escena, apenas registrás en tu memoria la cara de sorpresa,
primero, y de desagrado, después, que puso tu mamá cuando
le contaste que habías leído su diario. No le contaste,
es cierto, la travesura completa, lo que sucedió con el polyester
que revestía la almohada cuando quisiste calentarlo con la bombita
del velador. Aunque tenías trece años y siempre habían
sido muy compinches en todo con tu mamá te hubiera gustado hacerlo.
Es probable que el miedo a la reacción de tu papá haya
inhibido tu necesidad de contarlo. Además, a tu mamá no
le causó ninguna gracia que hubieras leído su diario,
y si no te prohibió volver a entrar al cuarto de ellos en lo
sucesivo, fue porque pensó que quizás eso había
ocurrido porque te dejaban demasiado tiempo solo. Digamos –es
bueno que alguien te lo diga con todas las letras– que se sintió
culpable. Te has dado vuelta en la cama y estás boca abajo. Ella
sigue durmiendo como si nada estuviera pasando al lado suyo. El recuerdo
del diario de tu mamá te perturbó y quisieras despertarla
para hacerle el amor. Pero alguna vez intentaste hacerlo a una hora
insólita de la noche y ella te miró con tan mala cara
cuando la despertaste que preferiste no volver a intentarlo. Sólo
que la idea de apoyar tu sexo en sus nalgas te está empezando
a obsesionar. Te movés contra la sábana. De pronto el
viaje de ella se instala otra vez en tu cabeza. ¿Por qué
se va? Dejás de moverte. ¿Por cuánto tiempo? En
un rincón de tu conciencia algo te dice que estas dos preguntas
tienen una respuesta muy sencilla; sale de viaje por un motivo que ella
misma te dijo y vos entendiste enseguida, sin hacerle ningún
tipo de planteo, cosa que, al margen de que no es tu costumbre de proceder,
en este caso –de eso estás seguro– no se justificaba
absolutamente. Pero es como si después de hacer tantos esfuerzos
por no pensar en el viaje de ella, por no pensar en que te ibas a quedar
solo, la razón de esa partida inesperada se hubiera borrado de
tu memoria. Y te da rabia. No el hecho de no recordar el sentido del
viaje de ella sino el viaje en sí. No podés entender que
te deje cuando vos tanto la necesitás. Te ponés de costado,
mirando hacia hacia el lado de ella, y estirás la mano. Le acariciás
el culo. Te encanta hacerlo, sentir su piel suave y caliente, y no te
preocupa despertarla, ni ofenderla. Con un solo movimiento la abrazas
y apoyás tu sexo en su piel. Los dos están desnudos y
el contacto te reconforta. Le apretás los pechos y te movés
contra ella como un animalito. Y mientras te estás masturbando
de esa manera volvés a pensar en el diario de tu mamá.
Hacés un esfuerzo para recordar alguna escena erótica,
pero es como si la misma piedra que te impide recordar la razón
del viaje de ella también te taponara eso. Entonces revivís
la situación en que lo leíste, aquella travesura que después
habría de quedar en tu memoria como una anécdota divertida.
Y, mientras tanto, ahora sin siquiera tocarle los pechos, apenas rozándote
ahora contra la piel de su culo, muy suavemente, seguís dándote
placer con el cuerpo inmóvil. Habías llegado a leer unas
diez páginas –de las cuales apenas recordás el color
amarillento del papel y el color azul casi negro de la tinta con que
estaban escritas las palabras-, y te dabas cuenta que, si seguías
así, ibas a manchar la almohada. Solo en casa, nadie podía
interrumpirte. Así que, sin ningún apuro, abriste el cajón
de la mesa de luz de tu mamá, en el que guardaba los pañuelos
de tu papá y sacaste uno. Era un pañuelo blanco, con una
especie de flor de lis en negro, o un par de anclas cruzadas, bordadas
muy finamente, en uno de los ángulos. Lo recordás como
si le hubieras tomado una fotografía cuyo negativo hubiera sido
guardado en tu memoria. Pusiste el pañuelo en el centro de la
almohada y después apoyaste arriba la bombita de la lámpara
que estaba en la mesa de luz durante unos minutos. Tuviste miedo de
quemar la tela, pero no pasó nada. Entonces te tendiste desnudo
de la cintura para abajo y durante un rato que no se te hizo largo te
quedaste así, sin moverte, hojeando el diario íntimo de
tu mamá. Ella se ha despertado. Adormilada, te mira por sobre
el hombro. Vos cerrás los ojos y te hacés el dormido.
“¿Qué te pasa?”, pregunta. Pero vos no te
movés ni decís una sola palabra. Quisieras que ella, sin
hacer comentarios, contribuyera a tu placer moviendo las caderas. Pero
ella se da vuelta y se acurruca junto a vos. “Abrazame”,
murmura. Le tapás los hombros con la sábana, ella se acomoda
mejor, y quedás recostado boca arriba, con la cabeza de ella
sobre un hombro, inmovilizándote el brazo derecho. Lejos de tranquilizarte,
el contacto con su cuerpo despierto te fastidió. Ahora no sabés
qué hacer. Te tocás el sexo con la otra mano y lo sentís
muerto. Aún faltan varias horas para que sea de mañana.
De pronto una frase del diario viene a tu memoria: “Quiero ser
una mujer independiente...”, pero no podés seguir pensando.
Intentás recordar el final de tu travesura adolescente, pero
la piedra se ha corrido y ahora te oculta esa historia. Sin embargo,
ha quedado un hueco. Aquel que antes tratabas de entender con respecto
al viaje de ella. Desfilan por tu mente palabras suel-(49)
EL
BEBÉ DEL AÑO(50)
Meses atrás tuve oportunidad de trabajar en un programa de televisión
“ómnibus”. Lo conducían dos animadores a quienes
la prensa les atribuía un romance que ellos no habían
confirmado ni desmentido. En ese tiempo yo trabajaba como redactor en
uno de los diarios más importantes de la ciudad y aunque mi madre
y mi padre comentaban mis notas cada vez que aparecían publicadas,
ganaba muy poco y eso me impedía cumplir con un deseo inexplicable
pero muy fuerte. A la vuelta de casa había una mueblería
donde exhibían una cuna de cedro enorme. Yo pasaba todas las
mañanas por enfrente y me quedaba unos minutos mirándola
en la vidriera. Pero como cobraba poco sueldo no podía comprarla.
Eso me tenía obsesionado: sentía vergüenza de pedirla
de regalo a mis padres y tampoco creía poder comprarla en cuotas.
La
posibilidad de trabajar en la televisión era interesante. Además,
pensé mientras iba a la cita con la jefa de producción,
un lunes a la mañana, tal vez querrían contratarme para
hacer cámara junto a los conductores. Pensé que como era
un programa dominguero para toda la familia quizás querrían
dar la imagen de una familia unida en las figuras del conductor hombre,
la animadora y un muchacho. La jefa de producción me recibió
en una habitación grande pero sin ventanas, que me hizo pensar
en la sala de espera de una maternidad. No sé por qué,
puesto que ella no tenía el tipo maternal: era muy flaca, sin
curvas, de voz gruesa y con una cabecita con el pelo corto y la piel
oscura. Toda ella parecía un fósforo después de
haber sido usado.
Dijo
que me sentara frente a su escritorio mientras iba a controlar algo
que había surgido de improviso. Me quedé esperando en
la habitación, con la espalda cómodamente apoyada en el
respaldo de la silla. Noté con agrado que había alguna
de mis notas arriba del escritorio. Me había afeitado y puesto
saco y corbata, cosa que nunca hacía, para causar mejor impresión.
Cuando Fosforito volvió me senté más derecho. Se
disculpó explicando que ese día tenían un barullo
infernal con el asunto ese del bebé del año. Yo nunca
había visto el programa y en vez de preguntarle de qué
se trataba, me limité a alzar las cejas y asentir con la cabeza.
A continuación Fosforito acomodó mis notas en una carpeta
(era un artículo donde yo trataba el tema de los padres ancianos
abandonados por sus hijos) y dijo:
—Siempre
te leo... Pero pensé que eras más grande...
—Bueno
—dije ya para resaltar simpático–. Yo también.
Ella
sonrió, sin entender y me apresuré a aclarar:
—Pero
en general me siento mucho más chico de lo que soy, ¿eh?
Si su idea era proponerme conducir el programa adoptando el lugar del
hijo de la familia, lo mejor era que pensara que yo podía dar
menos edad de la que tenía.
—Necesitamos
un periodista que haga investigación periodística —dijo
ella-—. Que investigue, fundamentalmente, cómo fue la infancia
de nuestros invitados especiales. Te habrás fijado que tenemos
un bloque destinado a homenajes. Viste el programa del domingo con Aguilucho
Gálvez, bueno algo así. Hay que invitar a sus amigos,
o a la primera maestra, o a una antigua novia, conseguir objetos que
le traigan recuerdos lindos, ¿entendés?
—Como
una fiesta sorpresa —dije.
—Un
volver a vivir —dijo ella—. ¿Te interesa?
Empecé
a decirle que quería pensarlo un poco, pero entonces me dijo
que necesitaba una respuesta urgente, y que sino tendría que
buscar otra persona. Me acordé de la cuna de cedro y acepté.
Antes de irme, Fosforito me presentó al resto del equipo de producción.
Pero como todos estaban muy ocupados con ese asunto del bebé
del año no llegué a darle la mano a ninguno. Mientras
esperaba el ascensor pensando que ya habría otra oportunidad
para hacer cámara, una señora que llevaba su hijo metido
en un cochecito empezó a regañarlo.
—Siempre
lo mismo con vos —le decía—, ¿no podías
haber esperado para ponerte a llorar?
Cuando
me descubrió creyó que yo ya trabajaba en el equipo de
producción porque dejó de regañar al niño
y, con una sonrisa impresionante, meliflua, sorprendente dijo:
—Ay,
¿usted cree que podremos ganar?.
—Mire,
no sé... —, dije yo, pero ya el nene estaba llorando de
nuevo
y además había llegado el ascensor. Abajo me crucé
con tres mujeres más que cargaban o llevaban de la mano a sus
hijitos muy bien vestidos y peinados.
Triste
y más que triste como iba estando yo con tanto esfuerzo, poco
a poco tomé conciencia de que la clave de mi trabajo, si quería
llegar a ser un verdadero profesional de la pena, iba siendo hallar
lo contrario de lo que perseguía. Y es que paradójicamente,
cuanto más empeñosamente buscaba yo atrapar el momento
melancólico más alegre terminaba sintiéndose mi
espíritu un tiempo después. Lo mío se iba pareciendo
al oficio del faquir al que las almas caritativas quieren ayudar sin
darse cuenta de que ayudándolo lo único que consiguen
es prolongar indefinidamente su calvario voluntario.
Eso
me trajo muchas peleas en mi casa y hasta una advertencia severa de
mi madre: si no empezaba a ser dichoso como todo el mundo me iban a
mandar a trabajar en serio. De nada sirvió que intentase explicar
que mi trabajo yo ya lo había empezado hace mucho tiempo, y que
los éxitos del mismo no se podían medir en un sentido
convencional; que cuanto más repetidas eran mis vivencias de
derrota más me acercaba yo a un plano superior. Después
de estar refugiado mucho tiempo en mi habitación, opté
por adoptar una máscara de felicidad para cuando salía
al mundo. El resultado fue notable. Enseguida en mi casa se sintieron
satisfechos y hasta personas que nunca se hubieran fijado en mí
me demostraron interés.
Por
esos días comencé a dirigir una revista literaria. Con
la edición de poemas de Gustavo Adolfo Bequer y del conde de
Lautremont (aunque de éste no demasiado) logré disimular
durante un buen tiempo mi labor secreta. Gracias a esa actividad conocí
a una mujer amable y sensata, amiga de mis tíos, por la que sentí
una gran admiración. Ella escribía pero no se consideraba
una escritora. Su seguridad al hablar de literatura y lo acertado de
su elección al prestarme tesoros como “El cazador oculto”
de J.D. Salinger y “Otras voces, otros ámbitos”,
de Truman Capote, porque eran libros que alguien como yo “no podía
dejar de leer”, ganaron si todavía hacía falto algo
mi confianza.
La
amiga de mis tíos vivía con su marido y sus hijos en un
departamento bien amueblado de un barrio elegante. Pero ella era sencilla
en sus maneras; hasta me atrevería a decir que se sentía
un poco avergonzada por el bienestar social que la rodeaba. De todos
sus atributos el que más me atrajo fue la concepción de
la vida como una manifestación que obligatoriamente implicaba
la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer. La naturalidad con
que ella conciliaba su rol de madre de familia con el de mujer independiente
me pareció la mejor de todas las actitudes posible. Cuando estaba
con ella yo no podía dejar de comparar eso con los pobres intentos
que hacía mi madre por criarme sin descuidar el mantenimiento
de la casa, cuya responsabilidad se había visto obligada a asumir
desde que mi padre nos había abandonado.
Pronto
mi admiración comenzó a convertirse en un cariño
teñido de cosas nuevas que me alarmaban porque venían
junto con un enorme placer. En una de las oportunidades en que la visité
para mostrarle la revista literaria la encontré sola, con los
ojos irritados por el llanto y deduje que se había estado peleando
con su marido; presentí que pronto se separarían. Cuando
me llevó junto a un escritorio y sacó una carpeta de poesías
del primer cajón ese presentimiento se volvió algo físico.
Antes de que empezara a leerlos yo sentí en mi pecho el golpeteo
de una vieja herida, en el mismo lugar donde ella estaba lastimada.
Era como el hombre aquel del cuento que siente que otro se acerca y
le dice a sus hijos: “Mirad alrededor por si veis al abuelo, pues
parece que el abuelo se acerca. Por eso tengo una sensación en
el lugar de su vieja herida”.
Los
niños miran alrededor; los niños ven al hombre que se
aproxima, y le dicen a su padre: “A lo lejos viene un hombre”.
Y el padre les dice: “Es el abuelo, que se acerca. Sabía
que venía a verme. Sentí su llegada en el lugar donde
tiene la herida. Quería que vierais con vuestros propios ojos
que es cierto que viene, ya que dudáis de mi presentimiento,
que dice la verdad”.
Por
eso esperé tranquilamente. Yo tenía esa sensación
por la tristeza ajena en el pecho y un poco en los ojos, que me empezaron
a arder, y me sentí el único ser en el mundo capaz de
comprenderla. “Yo nunca —así dijo la mujer abriendo
la carpeta— se las había mostrado a nadie”. Pero
yo ya había sentido todo lo que había para sentir desde
antes que ella empezar a leer, porque había aprendido a reconocer
en mí la fuerza del presentimiento. Me fui de su casa varias
horas después, con el ritmo de esos versos clásicos resonando
en mi cabeza y un hondo sentimiento de pena en el corazón, y
sabiendo que mi amiga estaba inminentemente condenada, aún joven,
a la soledad.
©Alejandro
Margulis
NOTAS
por
Laura Gottero
(1)Reemplazado
por “mayores”.
(2)“el
fondo” está tachado en birome azul; en su lugar el autor
escribió “la escalera”.
(3)Reemplazado por “treinta mil”.
(4)Reemplazado por “caballo”.
(5)Reemplazado por “rey”.
(6)“y
con las piernas encogidas” tachado en el original.
(7)Este calificativo fue tachado y rectificado luego con birome azul.
(8)Reemplazado por “precisábamos para venir a poner un
poco de orden en medio del caos”.
(9)Desde el comienzo de la oración, una línea ondulante
en birome azul atraviesa las palabras. Un círculo levemente acorazonado
encierra gran parte de este párrafo final.
(10)Cuatro páginas tamaño oficio, papel de oficina, prendidas
con abrochadora.
(11)Esta oración es tachada con una línea ondulante.
(12)Toda la oración está tachada con birome negra.
(13)Todo el párrafo está resaltado con un corchete, escrito
en lápiz naranja. Las tachaduras en el mismo fueron hechas por
la misma mina (Chiste de Autor).
(14)Tachado desde el inicio de la oración: queda “También”
como primera palabra.
(15)Toda la oración fue tachada.
(16)Tachado con una línea ondulante; una flecha en el margen
izquierdo de la hoja señala el comienzo del párrafo siguiente.
(17)Desde “¡Dale, Leo!”, tachado con una línea
ondulante en birome azul. Todo el párrafo está atravesado
por un arabesco similar a una L mayúscula, escrito con lápiz
negro.
(18)Agregado de comillas.
(19)Reemplazado por “como”.
(20)Agregado de “Ay, país” que finalmente es tachado,
siendo el inicio del párrafo el término “Me”.
(21)“se
ofrecía al diálogo” tachado en el original.
(22)“con
el” reemplazado por “y un”.
(23)“y
el” reemplazado por “. El...”.
(24)Cambiado por “le molestaba en”.
(25)“de
espaldas” tachado en el original.
(26)Reemplazado por “nene”.
(27)Cambiado por “Nene”, luego tachado; el autor vuelve
a escribir “Flaco”.
(28)“Flaco”
fue tachado; queda “Va a...” como inicio de oración.
(29)Toda la oración fue tachada.
(30)Agregado de “dijo el gordo”.
(31)Con los cambios hechos en birome azul, la oración quedó
así: “¿Querías mear, vos? Eh! ¿Querías
mear? ¡Meá, (puto de mierda)! ¿A ver cómo
(hacés pichín) meás ahora?
(32)Toda la oración fue tachada.
(33)Agregado de puntos suspensivos y cierre de interrogación.
Todo el resto de la oración fue tachada.
(34)“y
ahora” fue tachado.
(35)Esta pregunta es tachada y cambiada por “¿Jugamos?”
(36)“dijo
el gordo”, dice.
(37)“pobre
flaco” es reemplazado por “nene”.
(38)Este inicio de oración es tachado; queda “Es un segundo...”
como comienzo.
(39)“...,che!”
es tachado.
(40)Agregado de “dijo el gordo”.
(41)“¡Andate,
flaco!” es tachado. La oración queda así: “Ya
oíste al jefe – dijo -...”
(42)Agregado de “Pablo se vistió y salió.”
(43)“Pablo”
es tachado; queda “Estuvo” como primera palabra.
(44)“no
corriera nunca” es reemplazado por “nunca corriera”.
(45)Esta oración fue tachada en el original.
(46)La fecha de este cuento, en realidad, fue escrita en birome azul
al final de su último párrafo, sobre el margen derecho
de la hoja, la cual está membretada con el nombre del autor,
es de tamaño carta y no es completamente mate, ya que presenta
muchísimas casi imperceptibles líneas celestes. Las dos
páginas fueron varias veces dobladas, y la primera tiene manchones
de pintura blanca y gris.
(47)El autor no escribió el punto final en este cuento, a simple
vista inconcluso.
(48)Hoja color mate, tamaño carta. Cinco páginas que no
están abrochadas, escritas con interlineado doble. En el ángulo
superior izquierdo, la inscripción “V.2”. El título
fue escrito con birome negra.
(49)Hay un fragmento agregado en letra manuscrita: “Ahora no sabés
que hacer. No recordás el diario de tu mamá ni la causa
del viaje. No vale la pena acariciarte con la mano, en cualquier momento
vas a cerrar los ojos y probablemente tengas un sueño que tampoco
vas a recordar mañana. El cuerpo de ella se interpone entre vos
y el pasado, te priva del placer que produce el miedo por las cosas
olvidadas. Querrías empujarla, asesinarla. Tal vez mañana
a la noche, cuando estés solo, se te ocurra algo mejor.”
(50)Hoja tamaño oficio, blanca originariamente pero amarillenta
con el tiempo. El título fue escrito con birome azul, en imprenta
mayúscula.