No
voy a justificar mi lectura, lo que intento es “dibujar”
las líneas de su desplazamiento. Lo cual supone, en principio,
explicarlas. La causa puede atribuirse a cierta proximidad familiar
con el autor, ¿fraternalmente política? podría
ser. Por ese entonces, ya no recuerdo si fue en el 2001 o en el 2002,
leí por primera vez el texto “Rosas enamorado”. No
sé si fui yo quien lo leyó primero, lo cierto es que empecé
a buscar y armar una cadena de proximidades con otros textos, como todo
lector que se precie. Ahora, si la memoria no me falla, me parece que
fue en el 2001. Entonces, las líneas fueron históricas
y coyunturales (Uds. recordarán los hechos de diciembre). Hoy,
en retrospectiva, volví a releer el cuento y mi primera lectura
sobre él (descubrí que se intercambiaron algunos papeles
en la “nueva versión”). El interés por este
relato en particular, frente a otros de la misma autoría, implica
una forma “personal” de abordar la trama que se despliega
entre la literatura y lo “real” o entre “la ficción
en y sobre la política”.
La
publicación funciona como un regalo de cumpleaños (anticipado
o tardío) y también como una forma de “poner en
movimiento” las líneas oscuras de “textos-dinamita”.
La oscuridad de quien firma el cuento es compartida por muchos de los
que conocimos “la casita” donde festejó sus 26. Ese
día, todos recordamos una frase en un texto, que suscitó
tantas lecturas (cifradas) como in-contables e in-con-mensurables contextos:
“no importan tanto los muertos como qué hacer con sus restos”,
pronunciada por una dama a quien conozco; y, evaluada -la frase, la
invitación y su sombra- por la voz autorizada de un académico
como “un problema de registro”. Hago memoria: si el referente
es la Argentina, real o imaginaria, el problema se convierte en un asunto
político. Y, en todo caso, cada lector sabrá que hacer
con el resto y la falta. Como dice Piglia, todo puede ficcionalizarse
al fin y al cabo y cada uno puede leer cualquier cosa en cualquier lado
y producir “como” pueda y con lo que “se” pueda.
Bastante represión hay en la sociedad como para que uno se ande
cuidando también en la literatura. “La especificidad
de la ficción –declara Piglia- es su relación específica
(zona indeterminada) con la verdad; (la ficción) no pretende
ser ni verdadera ni falsa. Y en ese matiz indecidible entre la verdad
y la falsedad se juega todo el efecto de la ficción”.
Hay
un mal-estar que incita a la lectura, el mismo que produce la escritura:
la violencia de una cultura oficial genera siempre su fuerza contraria:
las “formas de resistencia” necesarias para el lector que
sabe accionar sobre aquello que se le presenta y se hace presente.
“No se trata de temer o de esperar –dice Deleuze-, sino
de buscar nuevas armas”. Las “dinamitas caseras” sólo
pueden ser re-creadas por quienes todavía se con-mueven con los
sueños y las imágenes utópicas de la libertad.
Alejado el lector de un bovarismo absurdo, iniciará el camino.
¿Será una aventura quijotesca o el proyecto de un Astrólogo
loco? ¿Será la voz de Macedonio en una “novela eterna”?.
Vaya a saber uno las cosas que se le ocurren a la gente cuando lee...
Tantas cosas recurren al lector cuando hace su lectura.
¿Y
“la crítica” qué? Acaso no es ella quien sustenta,
privilegia y (se) sostiene (en) “ficciones”. “La crítica
–asegura, otra vez, Piglia- trabaja con la verdad de otro modo
(...) Todo el trabajo de la crítica, se podría decir,
consiste en borrar la incertidumbre que define a la ficción.
El crítico trata de hacer oír su voz como verdadera”.
Vamos a recordar la nuestra, la nacional: primero fue Martín
Fierro y Sur, paredón (’55). ¿Y después?
El mejor Contorno que se supo hacer (aún no superado).
Pero luego todo se transformó en Literal (“sin
agregado y sin plusvalía”, se redujo todo a un “precio
neto”). Luego, una manera de contar la Argentina en pedazos.
A posteriori, se fijó un viejo Punto de vista “saussuriano”,
que como sabrán Uds. nunca existió; y, además “desapareció”
recientemente. Así las cosas: El ojo mocho se instaló
hace rato y quizá sea una buena invitación para volver
a El Matadero. ¿Para qué? Uds. sabrán:
hacer y deleitar.
“para
que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo, preciso es hacer un
croquis”
Esteban Echeverría, El Matadero.
Si
acordamos en que la literatura y el arte en general se producen en la
medianera de un límite problemático, Rosas enamorado
saca provecho de esto por la singularidad de su construcción
narrativa y también porque sus modos de lectura evidencian una
zona de constantes e irresolubles conflictos. Problemas que se generan
a partir de la representación de la figura de Rosas en la ficción
nacional: ¿Quién representa a Rosas o qué representa
Rosas en la literatura argentina? ¿Cómo se construye su
figura a partir de la ficción y qué significa esto
de la realidad histórica nacional? Interrogantes que se asientan
en otra pugna: ficción versus representación. El funcionamiento
de la trama(1) sitúa un eje a partir del cual Rosas enamorado
se afirma: un “cómo-si” (antes que un “qué”
o un “quién”) de la literatura dentro de la “ficción-histórica”.
Como
si fuera una película se presenta el cuento. ¿Quién
mira al tirano y cómo se hace un Rosas enamorado?
Esta parece ser la cuestión central de lo que podríamos
llamar: “inter-textualidad-ficcional”. Una sección
entre el espacio y el tiempo que va tejiendo esta intriga en una metaficcionalidad.
Y todo sirve al juego y a su a-puesta en esta ficción: el cine,
el teatro, la literatura, la historia, etc. Pero el lector pregunta:
¿de quién o de qué se enamora el personaje y viceversa?.
Si “la Encarnación” está muerta o es un fantasma,
cuál es “el objeto de la ficción amorosa”.
Pienso: el espacio femenino en relación con el poder. Recuerdo
y pregunta: ¿Por qué “Esa mujer” no está
en “El fiord”? ¿Habrá que re-poner ahí
la ejecución “terrorista” del Poder en contexto?.
Porque son muchas las preguntas y las maneras de mirar y recorrer a
“vuelo de pájaro”(2) la cartografía de la
literatura nacional. El espacio que se cruza está entre lo íntimo-privado
y el espacio público-político. Novela y Estado. La literatura
y la política siempre hablan de lo que “es posible”(3).
El “viraje”(4) en este texto podría ser: Rosas está
enamorado del poder que él mismo detenta, el mismo que seduce
a todos los que han escrito sobre él. El recorrido nos conduce
y dibuja otro espacio central: “el nuevo Restaurador”. Y
entonces se arma otra red en la que “la fiesta monstruosa”
se produce cerca de “Las puertas del cielo”. El viaje también
incluye toda la novela del peronismo y su relación con el general(5).
Formas “románticas” que (se) construye (en)
el poder. Ésta es la ironía que sirve para construir figuras
“heroicas” dentro del panteón privilegiado de la
epicidad nacional. “Rosas enamorado” desterritorializa porque,
a diferencia del narrador (de) Echeverría, la ironía acá
no sirve para construir un poder sino para des-armarlo. Y aquí
cabe otra pregunta: ¿Cómo es esa falicidad de
Poder?. La fuga, en todo caso, propone la destrucción y la creación
de lo u-tópico(6).
Rosas
enamorado es un texto literario porque se realiza con otros: lo
fílmico dentro del cuento por momentos se vuelve teatral, pero
también literatura en la segunda escena que transcribe el texto
de Echeverría, donde el episodio final del unitario vuelve a
situar a El Matadero en tensión con la historia y la
literatura argentinas. Si el matadero representa un “espacio fronterizo”,
en Rosas enamorado los límites se pierden y se funden
en su ficción como un intento por deshacer “la republiqueta
rosada”. En la lectura que Piglia hace sobre el cuento inaugural
de la literatura nacional, observa cómo el relato se va construyendo
sobre el enfrentamiento entre cuerpos y lenguajes: la violencia es el
motor que impulsa el relato de Echeverría. La violencia sostiene
el espacio y el exceso del régimen rosista “recae implícitamente
sobre el lector visual”(7).
Como
si fueran tres pequeños relatos aparecen dentro del cuento las
tres escenas que va construyendo el director. La sintaxis es el montaje
que hila y tensa el desarrollo narrativo(8). Primera imagen que (se)
re-presenta en Rosas enamorado: la “india”, la
“indiecita” ó “la indiada” inspira al
actor y sale una copla en la que se auto-nombra en tercera persona como
a un “Otro”. Pero de pronto se presenta la irrupción
violenta de esta “actuación”: Manuelita ha sido herida
y el instrumento que antes sirvió a la composición lírica,
se transforma en arma. Si en el texto de Echeverría la oposición
se establecía entre dos bandos, en este texto el ¿antagónico
par? amor-odio se concentra en el papel “protagónico”.
La próxima escena reproduce el final de El Matadero
(el juez que legitima se hace presente en el territorio del
tirano) pero cobra aquí un nuevo sentido, espectacular y fantástico,
cinematográfico y literario: “El espectador espera
sangre a borbotones. Sin embargo, lo que nace de sus entrañas
es fuego. Los hombres de Rosas retroceden. La llama se extiende y se
apodera de la pantalla”. La violencia del tirano, que hace
nacer la literatura argentina como resultado de una violación
que produce víctimas, se quiebra. La sofocación llega
a quienes sostienen la tiranía en la mirada(9). El poder del
cuerpo violentado es subvertido hacia quienes están detrás
de la pantalla, frontera entre “los que ven” y “lo
que sucede”.
El
final del cuento concentra en el director un modo de producción
que evidencia la escasez de recursos para “armar” el film.
La representación del relato fílmico corre un riesgo desde
el comienzo: faltan maquilladoras y vestuaristas, actores y ayudantes
de cámara. Al principio “los que se juntaron no eran más
de cuarenta”; al final, “no había todavía
ni diez personas”. La insistencia del director por realizar se
ve amenazada ante la falta recurrente de todo aquello que se necesita
para hacer “rodar” la película; y esto hace que los
personajes construyan su propia imagen o que los técnicos terminen
siendo actores. Como consecuencia se producen ciertas zonas difíciles
de delimitar: los personajes salen de la escena fílmica para
pasar a la literaria y viceversa. “Esto no es Hollywood”
llega a decir el director evidenciando así un modo marginal de
con-formar “el argumento general de la obra” frente al exceso
material de la gran industria cultural cinematográfica(10). Hasta
que en la última escena el lector/espectador “debe”
tomar el lugar que deja el director (un narrador-protagonista que está
fuera de escena como constructor-testigo) para actuar de Rosas.
La
mirada de esa especie de “ojo constructor” que caracteriza
al director se traslada inevitablemente al lector. Hay un “vacío
de poder” o un “poder vacío” (el poder que
tiene la imagen de Rosas se reduce ante la cámara-Lavalle y desaparece.
Lavalle ¿será un estratega o una estratagema?). Hay que
cubrir y “una hoja de papel alcanza”. Sólo la voluntad
del director sigue moviendo el relato a pesar de la imposibilidad de
seguir. Pero éste queda frente a “los otros” como
punto inmóvil o referente necesario que luego se borra de la
escena. Y todo el movimiento que rodea la última imagen se traslada
al “otro-lector”. Hay un pasaje en la mirada que se vuelca
sobre el texto, el lector “mira el texto”: ahora es él
quien “debe” construir la última imagen sobre Rosas.
Y
el “bufón” aparece y parece que se ríe de
lo “teatral”, se ubica ante el público y junto al
“Rey muerto”, pero esa “risa” (broma o chiste
en la historia) esconde lo trágico. El bufón cual Tiresias
“presagia su derrota”: el caballo, que servía para
recorrer el espacio de Poder del héroe, “está viejo.
Le cuesta levantar las patas. Ya no quiere sufrir más”.
firma
en MDCV.
NOTAS
(1)Leo
“Rosas enamorado” a partir de las ideas que sobre la construcción
del relato supo caracterizar Piglia en: “Tesis sobre el cuento”,
publicado en Formas breves, y en las entrevistas que conforman
Crítica y ficción. Cf.:www.abanico.edu.ar/0904/tesis.htm
(2)David
Viñas, “Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra”. Cf.:
www.literatura.org/Vinas/dvwalsh.html
(3)Dice
Piglia: “la conclusión debería ser que la mejor
novela de la dictadura está por escribirse. La van a escribir
los jóvenes que no la vivieron”. “Yo apostaría
a eso -dijo antes Viñas- (...) Apostaría a una resolución
literaria en el futuro”. Ambos dijeron “casi lo mismo”
en Terrorismo de Estado y Literatura, entrevista realizada
por Silvia Silberstein. Cf.:www.wamani.apc.org/info/arte/literatura.html
Silvia Silberstein
(4)Me
hace acordar a un tema de Charly García antes de que se convierta
en SNM. Digo, el viaje de una “Pasajera en trance”.
(5)Hay
un artículo de Iván de la Torre que explica muy bien esa
relación: “Peronismo versus escritores: entre el amor y
el espanto”. Cf.: www.lainsignia.org/2001/febrero/cul_011.htm
(6)“¿Qué
va a ser de ti?” dice Piglia en la Conferencia que dio en el 2000
en La Habana y que se llama “Tres propuestas para el próximo
milenio (y cinco dificultades)”.Cf.: www.catedras.fsoc.uba.ar/alabarces/Textos_disponibles.htm
(7)Esta frase es de Ricardo Piglia, ya no recuerdo si lo dijo en “Echeverría
y el lugar de la ficción” o entre texto.
(8)Einsenstein
decía que el montaje-sintaxis es el “nervio y motor de
explosión del film”.
(9)El
plano “real”, si es que existe tal cosa, siempre es una
catástrofe. Como diría un tal Monsieur Le Can: “C’est
la putain vie!”.
(10)El
cine se basa en la representación de imágenes en movimiento
y necesita de una técnica y una industria. La técnica
del cinematógrafo establecía una “grafía
del movimiento”, lo cual implicó un gran paso en la captación
de lo real respecto de la fotografía, reducida a la “grafía
de las figuras” que se destacan en la luz. Pero sólo con
la cinematografía se logró el pasaje de la “representación
objetiva” del cinematógrafo al instrumento de “expresión
subjetiva” ó “creación artística del
cine”. La producción de un film implica la división
del relato “imaginado” en planos y secuencias y, luego,
gracias al montaje las imágenes se encadenan de acuerdo a un
orden estético (o) ideológico que anima al realizador-autor;
lo importante no es ya la imagen en movimiento sino el “movimiento
de las imágenes”. El cinematógrafo dibuja y graba:
el espectador no ve una serie discontinua de imágenes sino la
“apariencia” de “una imagen continua en movimiento”.
El cine hizo “estallar” el viejo invento del cinerama (movimiento-espectáculo)
que daba una apariencia de profundidad y creaba en el espectador la
sensación de “estar participando de la acción”.
Si pensamos cómo se produce hoy cine, hablar de las “nuevas
ténicas fílmicas”, sería un problema porque
siempre estaremos retrasados frente a la velocidad con que se generan
los adelantos tecnológicos. Pero la verdad es que podría
pensarse que el “proyector”, hasta mediados -más
o menos- del SXX, tenía sólo cuatro elementos básicos:
el lector de sonido óptico (reproduce el sonido y consiste en
una lámpara excitadora y una célula fotoeléctrica);
la cabeza de proyección (proyecta la imagen sobre la pantalla
y tiene un objetivo de proyección y un cursor, situado frente
a la linterna entre la abertura y la pantalla); la linterna (fuente
luminosa del proyector); y, el obturador (situado en la cabeza de proyección,
cierra el paso de la luz a la pantalla en el momento de transición
de un fotograma al siguiente). Ahora, toda esta explicación ¿para
qué?, para una pregunta: “Hollywood”, ¿será
el gran cinerama del futurama?. Recomiendo, “interpretadores”,
una entrevista a Derrida que se publicó en Cahiers du cinéma
y que se titula “El cine y sus fantasmas”. Jacques Derrida
personales.ciudad.com.ar/derrida/cine.htm
Y, como recordarán, hay un cuento de Cortázar que habla
del “fantoma”, realmente fabuloso. Lo mejor de lo mejor
es “Proposicones sobre el cine (Bergson)” de Gilles Deleuze.
Cf.: DELEUZE, Gilles, La imagen-movimiento: Estudios sobre cine 1 (Barcelona:
Paidós, 1984) Tr. Irene Agoff. DELEUZE, Gilles, La imagen-tiempo:
Estudios sobre cine 2 (Barcelona: Paidós, 1986) Tr. Irene Agoff.
©María
del Carmen Velazquez