Fernando
Vallejo se acercó, el veintiocho de abril, a Puán a dar
una charla de la mano de la invitación del rebozante y sonrojado
chanchito Celina Manzoni -y no se tome esto por burdo insulto: es apenas
una metáfora descriptiva para poder así asir con mayor
fidelidad la realidad en este texto.
Fernando
Vallejo, decía, dio, una charla en Puán 480, en el aula
324 de la Facultad de Filosofía y Letras, en la que abordó
temas como cómo ser un buen escritor, la poesía hispanoamericana,
el cuento y la novela como formas, la lengua española, el cine
como basofia no artística y algún recoveco más
de su supuestamente “políticamente incorrecta” y
nunca puesta en discusión enciclopedia personal.
Para
escribir -dijo- es necesario tener experiencia de vida y saber escribirla:
por eso los jóvenes no pueden escribir. Dijo, también,
que la buena poesía en lengua castellana entra en tres carillas,
varios versos de Manrique y nada de García Lorca. Dijo también
que el cuento -en contraposición a la novela- es artificioso.
Dijo que el Quijote tiene una prosa pésima pero es de los
mejores libros de la historia, dijo que -y acá se le cayó
la roja manzana de la boca al chanchito Manzoni- Bolaño es
un mal prosista, aunque apenas haya leído unas pocas carillas
suyas, que Cortázar era un mal escritor, aunque ni de él
ni de nadie del boom latinoamericano haya mucho leído. Que el
cuentito ese del embotellamiento era lamentable. Que si le alcanzábamos
alguno de los libros que estaba defenestrando él nos mostraba
que tenía razón. Dijo que Borges, el cuentista, era
-viene una hipótesis novedosa: atención- un escritor
traducido del inglés. Que El Aleph es un buen cuento,
pero a mí me gustaría que no fuese en Buenos Aires, que
fuese en Londres. Dijo que Borges despreciaba el español.
Dijo que él se daba cuenta que cada vez más pensábamos,
los latinos, en inglés. Dijo que no leía nada
hacía 20 años pero que sabía que la prosa era cada
vez más pobre y lamentable. Y de la oralidad, ni hablar.
Dijo una sarta exuberante de boludeces. Dijo idioteces sobre la poesía
sintiéndose el primero en darse cuenta de que el verso de rima
vocal es algo demodé. Dijo idioteces sobre cine intentando demostrar
que la literatura es superior porque para decir que pasaron dos
meses en literatura se dice “Dos meses después” y
en cine no hay forma de hacerlo. Dijo todas las pelotudeces intercalando
frase de por medio su nueva muletilla: Mujica Láinez sí
me gusta, es muy bueno.
Dijo
tal cantidad de idioteces el muchacho éste que en el rincón
hueco que algunos amigos me reservaron para escuchar la charla se me
caían las lágrimas por todas las razones posibles.
Llegó,
luego -cuarenta minutos después, podríamos decir
agradeciendo que esto no sea cine-, el tiempo de las preguntas.
Llovieron
las preguntas boludas cual si fuera ya el día de la charla en
la Feria del Libro: una cinéfila frustrada lloriquea: “¿en
serio no te gusta el cine?”, un niño desde la segunda
fila ruega: “¿snif, snif, yo tengo 20 años y
me gustaba escribir, ahora no puedo más?”, una recauchutada
feminista escupe la vulgata: “dijiste que escribiste novelas
sobre tus hermanos, ¿para cuándo una sobre una hermana?”,
etc, etc.
Yo
no sé, no creo ya, pero supuse que sus respuestas evasivas a
cualquier pregunta eran para darle algún interés a sus
palabras, pero cuando sus respuestas se repetían entre una soberbia
exagerada para hablar mal de otros, una búsqueda de captatio
benevolentiae con chistes fáciles, su repetida muletilla
mujicalainesca, sus clases de secundario sobre el Quijote y su repertorio
de moralina gramatical, decidí, entonces, que era hora de irse.
Justo
ahí Manzoni tiró su vademecum de la hipocresía
clásica de despedida de cualquier coordinador de mesa -yo
no querría interrumpir, pero ésta es la última
pregunta-, aplaudimos todos plap plap plap agradeciendo la velada
y terminé yéndome con los que más rápido
salieron del auditorio.