“El
futuro era pasado. Vivirlo hubiera sido morir”
Juan Leotta, Luster.
“Un
solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra.
Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición
imposible.”
Jorge
Luis Borges, Tú.
“El
progreso de las naciones y los pueblos se realiza a través de
monstruosas infamias, de todo genero de injusticias y brutalidades (...)
Lo irremediable no está hoy en los males mismos sino en no verlos”
Ezequiel
Martínez Estrada, Sarmiento.
“Tampoco
olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en
la calle y ese hombre no dijo `Viva la patria´, sino que dijo:
`No me dejen solos, hijos de puta´.”
Rodolfo
Walsh, Operación masacre.
“HORA
CLAVE
MATAR O MORIR
Cada día más, los delincuentes atacan a mansalva a policías
y ciudadanos, que también cada día más les responden
a tiros. Matar o morir, ¿es nuestra única alternativa?
¿Cuál es la salida?”
Propaganda
del programa de Mariano Grondona, en el Diario de la Argentina,
el jueves 24 de mayo de 2001.
“Los
hombres y el mundo. Tres hombres, dos mundos. Mundo del bien, mundo
del mal. Hombres locos, boludos, y hombres hijos de puta. En el mundo
del mal los locos se vuelven más locos, los boludos más
boludos y los hijos de puta más hijos de puta. En el mundo del
bien no se puede pensar, porque ya se fue lejos de nuestro alcance.”
Fogwill,
Vivir afuera.
“¿Puede
alguien decirme “¡Me voy a comer tu dolor!”?
Y repetirme “¡Voy a salvarte esta noche!”...”
El Indio Solari, El infierno está encantador esta
noche.
“La
muerte no habla en lunfardo ni exhibe populismos ni complicidades. Es
que no practica vueltas atrás ni “como si” y mucho
menos connivencias.”
David Viñas, Las “Aguafuertes” como autobiografismo
y colección.
Vivo
a pocas cuadras, unas quince o veinte, no lo sé, de la escena
de un crimen que sucedió hace 49 años. Sobre la mesa de
la cocina, sobre la que escribo esto, tengo apilados una serie de libros
y revistas: Antigonas, Severino di Giovanni, el
idealista de la violencia, Si esto es un hombre, El
hombre ante la muerte, Séneca y el estoicismo,
las Obras completas de Borges, Confines 11 donde está
el ensayo de Casullo Relámpagos, El ojo mocho 11
donde hay una extensa entrevista a Fogwill, Operación masacre,
Walter Benjamin y el problema del mal, Los fulgores del
simulacro, Infancia e historia... Pero no creo que lo
que me aproxime y me aleje de forma definitiva de la escena de aquel
crimen, de aquella noche, de aquel basural, de esos fusilados que “viven”,
sea otra que la que me permite alargar el brazo y separar el libro de
Walsh de entre el resto de los libros que tengo frente a mí.
De
hecho, desde aquel junio de 1956 a hoy, acá, en el partido de
San Martín, han sucedido tantos crímenes tan aberrantes
como ese, que no estaría mal preguntarse por qué los fusilamientos
clandestinos de Suárez hoy siguen teniendo vigencia mientras
el resto de los asesinatos –de todo orden– son parte de
una cotidianidad (lógica) que los condena al olvido.
La
respuesta, creo entender, es la siguiente: es el relato de Walsh, sobre
un tiempo, unos hechos y una geografía muy precisa de mi barrio,
el que ha permitido que aquello hoy pueda seguir significando algo.
Sin el relato de Walsh aquel hecho criminal nunca hubiera existido,
como nunca existió, por ejemplo, el asesinato de mi vecino de
al lado, al que mataron unos pibes en el andén de la estación
Chilavert cuando lo fueron a asaltar y descubrieron que era policía.
Hace
varios meses que sabía que este debate en torno a la carta de
Oscar del Barco existía. Pero hará cosa de un mes me llegó
por medio de uno de los chicos de la revista la carta de Oscar. Cuando
la leí, no sé qué fibra interna en mí tocó,
pero me puse como loca a tirar mails para todos lados para conseguir
lo que ahora publicamos en el interpretador.
Creo
que lo central acá es la carta de Oscar, si bien es la entrevista
a Jouvé la que desencadena aquella. De la misma forma que el
basural de Suárez nunca hubiera existido –de hecho ya no
existe– sin Operación masacre. O mejor, como en
La carta robada de Poe-Lacan, lo que ordena el relato, las
diferentes posiciones en la estructura de ficción, es la carta
que falta, el sentido “que” es lo que falta en su lugar.
Pero
qué hago yo escribiendo sobre temas que me exceden. Que me involucran
y me exceden. Un amigo al que le pase el material que publicamos al
enterarse que iba a escribir sobre el tema me preguntó: “No
se por què arajo te querès meter en esta poléica
de reventados. Me refiero con eso a la antiguedad de esos cuerpos, y
a la antiguedad de los conceptos y los horizontes que manejan (...)
Ocupate de lo sabès: ag+lgo de letras, algo de paja. NBada de
psicoanàlisis y nada de Historia. Empezà leyendo Revolucion
y Guerra de tulio Halperin. y hasta que aprendas, quedate callada, pelotuda.
No abras la boca en esto hasta que puedas meter adentro de tu discurso
las nociones de lucha de clases, clase, naciòn, imperialismo
y guerra y sin copiarlas de un manual del PC o de la librarìa
liberarte, forra.”
Sospecho
con incomodidad que tiene razón. Pero desde que leí la
carta de Oscar no hago otra cosa que pensar en ella y ver qué
puedo decir al respecto.
Lo
primero que se me ocurre decir es que todo lo que se discute acá
me resulta algo remoto y que sólo aceptando esa lejanía
que me extraña y me toca, desde ahí, y desde ninguna otra
parte, puedo hablar(1).
Durante
mucho tiempo me asumí como una hija del proceso –nací
un mes antes del Golpe– y no hice otra cosa que hablar mal de
mis padres, mis tíos, y los amigos de todos ellos, porque en
cada “reunión”, en cada fiesta en que los veía
y sacaba el tema –estoy hablando de todas personas de clase media
para abajo– me hacían callar con el siguiente argumento:
vos no podés hablar porque vos no lo viviste... mirá,
yo nunca tuve tanto laburo como en esa época ni camine tan tranquilo
por la calle. Al escuchar estas afirmaciones yo me enroscaba en discusiones
absurdas, patéticas.
Hoy
ya no discuto con ellos, ni acepto sus argumentos, claro, pero tampoco
creo que aquellos que tomaba por héroes para oponerlos a la miserabilidad
de mis viejos que se dedicaron a criarnos y laburar para que mis hermanas
y yo creciéramos lo mejor posible, sean un ejemplo de nada.
Lo
que sucedió en Argentina desde los 70 para acá es horrible,
pero el relato que se ha construido sobre toda esta época no
es menos triste. Acaso mi generación no se ha sentido interpelada
más de una vez por reventados setentosos que le han bajado línea.
Nosotros éramos promiscuos, banales, drogones, estúpidos
y funcionales al sistema, no como ellos que lucharon por un mundo mejor.
Para no hablar que el relato sobre el horror y las víctimas del
proceso opero como una golosina que los poderes en la Argentina le concedieron
a intelectuales, izquierdistas y progres para que se engolosinen con
ella mientras a su alrededor el horror seguía y sigue operando.
La
carta de Oscar del Barco me toca, me inquieta, me formula preguntas
que no sé cómo resolver. Oscar del Barco no es Sábato(2).
Oscar del Barco cuando habla del no matarás no está
diciendo lo que escuchan los izquierdistas profesionales –o si
se quiere lo que van a escuchar bien pero argumentar para llevar agua
para su molino los poderes de turno–. Creo entender que de lo
que habla Oscar del Barco es que mitos modernos como Historia, Revolución
no operaron –ni de alguna forma operan– en su lógica
de crear condiciones de ser en el mundo diferentes a Capitalismo, Ideología,
Progreso, es decir, de crear ruina sobre ruina. No creo que esté
impugnando un hecho preciso sino una forma de ser en el mundo que generó
hechos puntuales. Creo oír ahí los ecos de Ernst Jünger
y Martín Heidegger cuando piensan a la técnica moderna
como un artefacto que emplaza dispositivos interpeladores del hombre,
la naturaleza, y las palabras como puro objetos, cosas, piezas contables,
descartables de una máquina cuyo último sentido es producir
“energía” (“es preciso entender las formas
en que se administran las energías corporales y la memoria biográfica,
que también es una forma de energía – aunque por
energía no hay que entender nada místico, sino la forma
en que el cuerpo se vincula con las normas y con el “mundo”-;
forma que alude a una organización administrativa del cuerpo,
que imponía a la mente racionalizadora como dato organizador
de los demás sentidos, como principio jerárquico de relación
con el principio de realidad”). Esa forma de ser del mundo es
la que reformatea a diario a todo lo que nos rodea y nos hace y atraviesa
a todo el espectro ideológico de la modernidad, haciendo del
mundo puro dato cuantificable. Lo cito a del Barco: “Sé,
por otra parte, que el principio de no matar, así como el de
amar al prójimo, son principios imposibles. Sé que la
historia es en gran parte historia de dolor y muerte. Pero también
sé que sostener ese principio imposible es lo único posible.
Sin él no podría existir la sociedad humana. Asumir lo
imposible como posible es sostener lo absoluto de cada hombre, desde
el primero al último.” Ese principio imposible es lo que
constituiría a la comunidad antes de la comunidad misma. Es decir,
no matarás y la comunidad surgen de un mismo golpe de
dados “que constituyen nuestra inconcebible e inaudita inmanencia”.
Ya
lo dije, pero lo repito, escribo esto desde la carencia, con palabras
escritas a ciegas, con agujeros teóricos, desde la pura intuición
y pertrechada de libros que la intuición me sugiere volver a
releer, pero no olvidando que parto de la carta de Oscar del Barco.
Los
que acusan a Oscar de que su carta está equivocada, es probable
que tengan razón, siempre y cuando concedan que lo que ellos
mismos y yo argumentamos también es erróneo. Es que frente
a la muerte las palabras siempre sobran o faltan, pero nunca están
ahí, justo ahí, donde deberían estar.
Yo
lo único que sé es que aquel mundo remoto de los 60 y
70 era desigual e injusto, pero este inmediato y cotidiano en el que
estoy inmersa lo es tanto o más que aquel. Y sin embargo, no
se me ocurre empuñar un arma ni matar a nadie.
Quisiera
terminar esta columna transcribiendo algo que le escribí a mi
prima Pamela como dedicatoria cuando le regalé para un cumpleaños
Si esto es un hombre.
Pame:
¿Qué
decir de este libro?
¿Qué
es una novela de non-fiction como Operación masacre
o A sangre fría? ¿Qué es un ensayo que
explora la memoria del pasado y los dramas biográficos que en
él se han dado para poder reflexionar de qué somos capaces
hoy hacer con aquello que la historia nos ha hecho? ¿Las memorias
de alguien que descendió al penúltimo subsuelo del infierno?
¿Un documento que denuncia los aspectos más siniestros
de la trama medular y siempre misteriosa de lo humano? ¿Un híbrido
que atraviesa diversos géneros?
Primo
Levi define de forma precisa y abierta a su libro: un estudio sereno
de algunos aspectos del alma humana.
Walter
Benjamin en 1940 se vuela la cabeza cercado por los nazis, en Port-Bou.
Primo Levi en 1987 también se suicida. Ahora, mientras para Walter
Benjamin en pleno auge y despliegue del nazismo sólo pudo optar
por el suicidio como único acto de autonomía que afirmara
su vida y su muerte, el caso de Levi fue “distinto”. En
1987 Primo Levi gozaba de prestigio como escritor y los Lager eran algo
que habían quedado “atrás”. En verdad, todo
suicida se lleva consigo el misterio de su vida, y sin embargo, “existe
una cita secreta entre las generaciones pasadas y la nuestra”.
No se si Levi leyó a Benjamin, pero en todo caso Si esto
es un hombre se lo podría poner en sintonía con las
Tesis de filosofía de la historia, que Benjamin escribe
poco antes de suicidarse y donde se puede leer que todo documento
de cultura es a la vez un documento de barbarie. Y donde está
el archiconocido y releído hasta el vómito famoso capítulo
9, donde escribe:
“Hay
un cuadro de Klee que se llama Ángelus Novus. En el se representa
a un ángel que parece como si estuviera a punto de alejarse de
algo que lo tiene aterrorizado. Sus ojos están desmesuradamente
abiertos, la boca abierta, y extendidas las alas. Y éste deberá
ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro
hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos,
él ve una catástrofe única que amontona incansablemente
ruina sobre ruina, arrojándola a sus pies. Bien quisiera él
detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero
desde el paraíso sopla un huracán que se a enredado en
sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas.
Este huracán lo empuja inevitablemente hacia el futuro, al cual
da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él
hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.”
Primo
Levi supo decir que si no hubiera sido por su “experiencia”
en el Lager nunca se hubiera puesto a escribir. Que cuando volvió
a su casa luego de sobrevivir a Auschwitz he incluso allí mismo,
lo único que le permitió seguir fue la convicción
de que tenía que contar qué había sido de él
y de los otros en el Lager y cómo fueron reducidos sus cuerpos
a cosas y sus almas a conceptos, por no decir a nada.
A
Primo Levi se lo podría pensar como una Scherezade moderna. Ya
que la gran alegoría que encierra Las mil y una noches
es la siguiente, que la única manera de poner a raya a la muerte
es contando historias, que no cancelan “la muerte como dato radical”
(para decirlo con palabras de Macedonio Fernández), pero al menos
la suspenden o postergan para habilitar las condiciones de posibilidad
que permitan cierta autonomía respecto de una realidad concreta
que amenaza con destruirnos.
Es
probable que cuando el siglo XX sea en el futuro algo tan remoto como
lo es para nosotras la Paideia griega o el Imperio romano, este libro
les permita a esos hombres que aun no existen acercarse a lo que fue
la geografía espiritual de nuestra época y entender mínimamente
cuáles fueron los problemas y dilemas fundamentales de la experiencia
que tensionaban la vida de los hombres del siglo XX.
Escribe
Borges (que no era creyente pero gustaba de los temas teológicos
tanto como de la literatura inglesa): “El infierno (...) es el
nombre humano blasfematorio del olvido de Dios”. Primo Levi, que
tampoco era creyente, diría –imagino– de esta línea,
no, Borges se “equivoca”. Dios no existe, la prueba de ello
es que existió Auschwitz. Por lo tanto, el infierno es el nombre
humano que se le da al olvido de la banalidad del mal humano.
Este
es un libro que no intenta esquivar las ambigüedades y contradicciones
de la psique (el alma para los griegos) humana sino que las incorpora
al pulso narrativo de lo que se cuenta, y ese es su gran logro. También
es notable que el texto intenta todo el tiempo pensar lo impensable,
el terror. Y lo logra, no porque llegue a explicarlo sino porque lo
muestra en su despliegue operando sobre cuerpos y almas sin caer en
el error de sacar conclusiones o verdades.
Nuevamente
¿qué podría decir de este libro que es bellísimo?
Ahora, ¿cómo entender que un libro atravesado por el horror
pueda ser bello? Quizá, podría arriesgar, sólo
aquellas manifestaciones que son capaces de mirar a la cara al dolor
y la locura humana como algo constitutivo he inseparable de la vida
de los hombres, se pueden señalar como formas bellas, es decir,
como las únicas formas del pensar filosófico, estético
y ético que pueden afirmarse en la vida y en la muerte con todas
sus contradicciones irresolubles frente al horror del sin sentido, y
a la vez, sin renunciar a los peligros y abismos a los que se enfrentan
en el acto mismo de querer expresar una verdad tan frágil como
lo es el cuerpo y el alma de un hombre.
Un
recuerdo.
Una
imagen de un tiempo perdido que irrumpe mientras escribo como un relámpago
en un instante de peligro:
Es
un día de semana, de algún año indefinido de los
80. Una abuela de ojos claros y hermosos almuerza en la cocina con su
nieta. Ella es polaca y vino de Europa hace décadas huyendo del
hambre y la guerra; y su nieta es una chica que nació un mes
antes del Golpe de Estado del 76 y según las palabras de su abuela
cuando sea grande va a ser una gran mujer porque lo ha visto en su mirada.
Mientras comen milanesas con papas fritas, la abuela le explica a su
nieta por qué los alemanes tuvieron que hacer lo que hicieron
con los judíos. Es que los judíos se habían apropiado
de todo como si fueran ellos los verdaderos dueños del país,
y es por eso que Hitler tuvo que tomar medidas para que los alemanes
no fueran extranjeros en su propia tierra.
Esa
abuela de ojos inolvidables era nuestra abuela, y esa nieta a la que
le explicaba lo inexplicable era yo.
La
historia es el nombre de un crimen...
La
muerte es el sello de todo lo que el narrador puede relatar. Su autoridad
ha sido tomada en préstamo a la muerte.
Feliz
cumple Pame.
Elsa
23.8.03
NOTAS
(1)Quisiera
decir algo más de esa lejanía en relación con la
experiencia de la muerte. Varias veces he sentido el terror de sentir
a la muerte trabajándome las tripas. Algunos casos puntuales.
Escuchar que del otro lado de la puerta de mi casa se estaban cagando
a tiros. Que me arrinconen en el portal de una casa y me pongan el caño
de una pistola en el cuello; o que la policía federal en la Plaza
de Mayo me apunte a mí junto a un grupo de amigos con una escopeta
–en enero del 2002– durante unos segundos que fueron eternos,
mientras nosotros llorando de terror y por los gases lacrimógenos
nos abrazábamos y pedíamos por favor que no disparen.
Pero no creo que estas experiencias me habiliten a nada por sí
mismas ni me permitan tener una relación menos lejana con la
muerte.
Quisiera
contar algo con respecto a esto, a ver si logro explicarme. Días
después de lo de Cromañón estábamos con
Moni y mi prima Pame mirando por la tele la cobertura de aquella noche
trágica que había hecho Crónica TV. Estábamos
viendo un espectáculo que nos causaba gracia y haciendo chistes.
En eso llego el Beto, mi primo y hermano de Pame, y al ver que nos estábamos
divirtiendo viendo la tragedia de Cromañón por la tele
nos increpó como enfermitas. Eso me quedó dando vueltas
en la cabeza y llegué a la siguiente conclusión. En parte
tenía razón mi primo al escandalizarse por nuestra actitud
frente a semejantes hechos. Pero en parte también teníamos
razón nosotras en mirar eso como un entretenimiento, así
llegaba la muerte a nuestros ojos, como una primicia, como un dolor
que se regodeaba en la morbosidad. Quiero decir, ¿desde dónde
hoy se podría sentir el dolor ajeno sin que esto no sea pura
lástima por “esa pobre gente”, desde dónde
se podría hacer carne la tragedia cuando todo es pura mediación
mediática o no es nada? No tengo la respuesta, claro, pero siento
que palabras como tragedia, dolor, muerte, sólo las puedo aprehender,
incorporar a mí, sin hacer de eso una farsa, desde una lejanía
que me roza desde una extrañeza que me habla en una lengua que
no entiendo y me incomoda –me incomoda porque sospecho que son
esas palabras que no entiendo lo medular y monstruoso de la propia existencia.
(2)Ni
tampoco es Juan Gelman, entre otras cosas porque es capaz de escribir
una carta como la que escribió y no lo veo en el programa de
Mirta Legrand llorando su pena de poeta-mártir, como sí
al revolucionario Gelman. Parte de lo central que se puede leer en la
carta de Oscar del Barco ya lo había leído en la entrevista
que le hace El Ojo Mocho a Fogwill en 1997. Ahora bien, con
respecto a Gelman quisiera arriesgar una hipótesis. Hasta hoy
creí que Sábato por algún pacto con el diablo seguía
vivo para llegar al 2010 y transformarse en el poeta del segundo centenario.
Pero viendo las coordenadas políticas actuales y pensando en
lo que del Barco y Fogwill dicen de Gelman me resulta arto probable
que el poeta del segundo centenario pueda ser Juan Gelman. Digo, arriesgo,
así como Leopoldo Lugones se transformó en el poeta del
centenario, Gelman, con su cruz de poeta mártir, por qué
no, será el poeta que le cante a la gloria del segundo centenario
de la Patria. Como diría Viñas, si bien la Historia Argentina
cambia, si uno se aleja unos pasos y puede ver en perspectiva, también
puede ver sus constantes.
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“...entonces
agrega el extraterraquio: necesitamos mucho ruido para valorar el silencio”
José Narozky, contando un cuento de Stevenson en Radio Nacional.