Acerca
de Marcos Herrera
por
Sebastián Hernaiz
Marcos
Herrera es un poeta narrador. Tiene publicados tres libros de poesía,
uno de cuentos y una novela. Sus poesías son tajos de lucidez
nocturna, su prosa, una narración extra brut de los rincones
desplazados del centro financiero oficinezco de la city. En su prosa,
sus personajes viven con ropas de fuego. Sus bandas de sonidos rondan
el punk, los Redondos y los Doors. Versos suyos son hielos de whisky
desnucando palomas, su poesía se embarra en sus historias,
sus historias se tensan en su poética, los vidrios rotos son
las únicas salidas de los cuartos del estancamiento. Prostitutas,
traficantes, imágenes sigilosamente rotundas, cartoneros, sustantivo
adjetivando sustantivos, droga vendida, comprada y traficada, armas,
emprendimientos menemistas, frase entrecortada, chorritos, buenos tipos,
asesinos, oraciones cortas, un pintor, porno tercer mundo, tipos a los
que habría que invitarles dos cervezas, mujeres de ginebra, mujeres
despreciables y mujeres que podrían ser las que mueven los hilos
de la historia: la ciudad respira agitada, y el filo urbano es cicatriz
en la cara, cacería, textos pegados a los huesos.
***
Marcos
Herrera
Labio
Un
carbón en el fondo de un balde
No hay nadie. Labio recorre todos los ambientes de la casa iluminándose
con una linterna de plástico. El aire pesado lo envuelve. Encuentra
una botella de whisky por la mitad, en una mesa ratona. Va a la cocina
y luego de dudar unos segundos prende la luz. Apoya la botella y la
linterna sobre la mesa. Busca un vaso en el aparador y se sienta en
una de las sillas que rodea la mesa. Vuelca el líquido dorado
en el vaso, toma un trago y saca su navaja. Empieza a limpiarse las
uñas con la punta de la hoja que afiló esa tarde. Siempre
afila la navaja antes de que sea necesario afilarla, con una piedra
que envuelve en papel de diario y guarda como si fuera una reliquia.
Afilar la navaja es una manera de ocupar las manos en su lento haraganeo
cotidiano, pero también es algo más. Tersa y gris, la
piedra de afilar zumba con el paso de la hoja y Labio sueña.
Sueños cortos como apuestas chicas en un casino lleno de trampas.
Maneja cuidadosamente la navaja para no cortarse. Mugre blanca de uñas
limpias. Porque también se limpia las uñas antes de que
sea necesario limpiarlas. La frenada de un auto lo sobresalta. Se levanta
de la silla y apaga la luz. Espera. Escucha. Vuelve a prender la luz.
Escupe en el piso. Mira el reloj que agoniza en la pared. Más
de media noche; o sea que ya no es más jueves. Ya somos viernes,
dice con su voz de mala leche y piensa en el idiota de Nico que no quiso
acompañarlo. Recuerda que al salir del agujero donde vive, cuando
pasó por el patio lleno de botellas de cerveza y cosas inservibles,
vio un pedazo de carbón en el fondo de un balde.
Vuelve a escupir. Piensa que eso no es nada. Escuchó historias
de ladrones robacasas que cagan en la mesa o en la cama antes de irse.
Hace un esfuerzo mental, brilla la oscuridad de ese puño que
vive en el cerebro, y es inútil: un carbón en el fondo
de un balde no quiere decir nada. No quiere decir éxito. No significa
desgracia. Respira hondo. Chupa su labio cortado. Leporino es la palabra
que siempre esquiva. Una palabra que duele.
Conversación
con Nico
Nico:
¿Quién te pasó el dato?
Labio:
El Tano.
Nico:
¿Qué Tano?
Labio:
No te hagás el boludo, el de la empresa de seguridad, el único
Tano que conozco.
Nico:
Está chapita. La sirena de la albóndiga ésa que
maneja le taladró la mente. Eso y tomar merca de la peor a las
tres de la matina. Tiene la cabeza recagada. Es el típico paranoico
que alucina y piensa mal.
Labio:
Vos tenés la cabeza recagada, forro. El asunto es pan comido.
Nico:
Yo lo conocí antes que vos al Tano. Vi como se fue yendo al carajo.
Como fue empeorando con el tiempo.
Labio:
Todos empeoramos con el tiempo. ¿Por qué no te tranquilizás?
Labio
ama y odia a Nico en partes iguales. Mira el tic que Nico luce en su
cara chupada, esa repetición argumental cuando se quedaba sin
palabras, un parpadeo con fruncido muscular y dérmico que a la
larga o a la corta significa terquedad, desconfianza, resentimiento,
debilidad, tendencias suicidas, homosexualidad latente, sadismo y varios
etcéteras que lo conducen al nihilismo ciego. (Nota: estas características
son bastante habituales en los curas de los correccionales de menores.
Qué paradójica coincidencia, ¿no?)
Labio:
Te decía..., el asunto es pan comido. Una parejita joven cagada
en guita se va de vacaciones y deja su mansión para que nosotros
entremos. Si no querés venir, curtite. Más para mí.
Nico:
Ya nadie guarda la guita en la casa.
Labio:
El dato es que estos sí.
Nico:
¡El dato! ¿De qué carajo me hablás, forro?
Acaso el Tano entró en la casa y comprobó que ahí
viven dos extraterrestres que no saben que la guita hay que guardarla
en el banco.
Labio:
No.
Nico:
¿Y entonces?
Labio:
Escuchó una conversación.
Nico:
¿Pinchó el teléfono?
Nico
está cansado. Últimamente Labio fantasea.
Un
carbón en el fondo de un balde
Termina el whisky que había en el vaso y guarda la navaja. Apaga
la luz y prende la linterna. Pasea por la casa. La plata y las joyas
tienen que estar en el dormitorio, pero pasea por los otros ambientes.
Un salón de juegos con mesa de pool, televisor con pantalla plana
gigante y una pequeña biblioteca para poner libros jamás
leídos. Un comedor con una mesa para veinte personas. Como para
recibir a Menem, piensa Labio. Sillones de nave espacial. Alfombras,
vidrio, metal, madera, mármol. Y de golpe, interponiéndose,
trabando el fluir distraído del ladrón: un balde de opacado
plástico rojo con un pedazo de carbón en el fondo. ¿Por
qué carajo se me viene a la mente ese pedazo de carbón
que vi en el patio antes de salir?, piensa casi gritando.
Se apura. Va al dormitorio. Encuentra una caja de cartón con
joyas. Menos de lo que esperaba. En realidad, tres pelotudeces. Dos
pulseras y un par de aros. Encuentra billetes. No mucho. No tanto. Ciento
ochenta y dos pesos abrochados con un clip, para ser exactos. Ojos que
se abren como sorpresas en el muro de las intenciones perdidas.
El
Golden China
Las
risas deformadas de Arregui y el Turco del otro lado de la mesa. Labio
tiene 19 años y se pasó todo el verano en el semáforo
de Ramón Franco y Mitre con un limpiavidrios enjabonado. Los
choferes le decían que no sin sentir lástima y cuando
le decían que sí, era sin disimular la molestia que les
causaba ese flaquito con un repulgue de empanada en la jeta. Miraban
su labio leporino como si fuera un segundo moviéndose en el mar
de los siglos.
Labio admira a los dos monstruos que ríen del otro lado de la
mesa. Para Labio, el otro lado de la mesa es el otro lado del mundo.
Labio admira a Arregui y respeta al Turco. Arregui es un triunfador
en el agitado mapa del hampa del conurbano sur. El Turco aguantó
una temporada en la cárcel y a pesar de las amenazas y las torturas
no delató a nadie. Nadie son siete tipos pesados de una banda
pesada de piratas del asfalto.
Un
segundo moviéndose en el mar de los siglos
El malhumor endureciendo las caras del otro lado del parabrisas y unas
monedas que viajan hasta la palma de su mano: Gracia, Don, que Dios
lo bendiga. Y justo al final del verano para el auto de Arregui. Pibe,
vos me concocés ¿no? Vení, subí, hay laburo.
Y arrancar directamente para el Golden China, en el centro de Avellaneda,
adonde los está esperando el Turco.
Así entró al negocio de reventar casas. Hace, ahora, tres
años. Pero se cansó de laburar para Arregui, de correr
riesgos para llevarse nada más que un sueldo de principiante.
Así que hace más o menos un año se abrió
de la organización. Todavía se acuerda de los ojos negros
brillando en la cara de hijo de puta de Arregui cuando le comunicó
su decisión. Cara de hijo de puta y sonrisa sobradora de hijo
de puta. ¿Vas a volver a limpiarle los vidrios a la gilada?
Mugre
blanca de uñas limpias
Pero no volvió a la esquina de Franco y Mitre. Empezó
a robar con Nico. Si se compara con los golpes que armaba Arregui, lo
de ellos es chiquitaje.
Pero
la adrenalina de saber que no está trabajando para nadie es el
premio máximo. Se siente inteligente. Siente que su sangre fría
le permite alcanzar cualquier objetivo. Las ventanas lo llaman, una
puerta no necesariamente es un obstáculo, las alarmas fueron
creadas para que él las desconecte. Toda la guita se la gasta
en putas, en droga y en cuanta oferta le hace la noche. Se despierta
siempre después de medio día con un motor fuera de punto
en la cabeza. Ese motor se llama resaca. Después del canto de
las sirenas y de los espejos a otros mundos, está el rugido afónico
de la resaca. No es que haya descubierto la noche cuando dejó
a Arregui, pero ahora disfruta más, se deja ir, anuló
el pedal del freno.
Conoce a dos hermanas en un puterío de la Boca. Paga y se las
lleva a las dos al cuarto más grande de la casa. Lo convencen
de que es un campeón. A él le gusta que le doren la píldora.
Nunca, nadie le dijo cosas como las que le dicen esas chicas.
Cada
vez que puede las va a ver.
Su
fascinación es tan grande que suspende los otros circuitos nocturnos.
Empieza a importarle un carajo la opinión de Nico. Empieza a
hacer algunos trabajos solo.
El
Golden China
Es un palacio berreta lleno de espejos y plantas artificiales, luz blanca
y foquitos dicroicos creando islas de luz más cálida e
intensa que la que dan los tubos fluorescentes. Los tubos fluorescentes
son las venas blancas y enfermas de ese templo pagano que se impone
en el centro de Avellaneda, sobre la avenida Mitre. Los mozos disimulan
su mal humor pronunciando frases armadas que aprendieron a repetir bajo
amenaza. El dueño es un chino alto y correoso siempre vestido
con traje azul marino impecable, camisa blanca y corbata color sangre
seca. Siempre está sentado en una de las mesas del fondo tomando
café y sobrevolando con su mirada dura y fría el movimiento
del local. Sobre la mesa tiene siempre un teléfono celular y,
escondido debajo del saco, colgando en la sobaquera una pistola automática.
Labio tiene 19 años y entra al restorán con la mano derecha
de Arregui apoyada paternalmente sobre su hombro. El Turco los ve y
los saluda. Una mueca terrible baila en la jeta de Arregui. Quiere ser
sonrisa pero es mueca.
Labio tiene 19 años. No parece. Y eso es porque no hay juventud
en sus 19 años. Hay miedo, odio y velocidad. El Turco y Arregui
reconocen esto con solo verlo. Es justo lo que buscaban. Ellos también
fueron así.
Un Carbón en el fondo de un balde
Agarra las dos pulseras y el par de aros. Los mira torcida e intensamente.
Si no son de oro se los meto al Tano por el culo, piensa. Agarra los
ciento ochenta y dos pesos. El televisor es demasiado grande como para
llevárselo.
La calle está vacía y silenciosa. Son las dos menos cuarto.
Enciende el motor del auto. Un Duna con los vidrios polarizados. Se
lo dio el Pelado Torres. Si me lo traés entero me conformo con
el veinte por ciento de lo que hagas. Si lo tenés que descartar,
te va a salir caro, muy caro, le había dicho el Pelado. Eso sí,
no seas boludo, no me lo traigas con las cámaras de Crónica
TV pisándote los talones y con la yuta haciéndote de escolta
para llegar temprano a tu propio velorio, le había dicho el Pelado.
El Pelado puede irse bien a la concha de su madre, piensa Labio.
El
Golden China
El mozo se acerca y Arregui pide whisky. El Turco, más fernet.
-¿Y
vos qué vas a tomar?- dice Arregui.
-Una
cerveza- dice Labio, incapaz de disimular su timidez.
El
primer trabajo en el que Arregui lo hace participar es un asalto a un
búnker de la zona norte. Otro territorio. Lejos de nuestras fronteras,
dice, sarcástico, Vernon, un pendejo muy pasado de rosca, con
una oreja que parece un alfiletero: cinco argollitas de plata coronan
la parte superior cartilaginosa del pabellón auditivo.
Es una casita que no llama la atención pegada a las vías
del tren. El frente blanco, sucio, pintado hace años. Ventanas
con persianas siempre cerradas. La puerta que se abre y se cierra poco,
casi siempre de noche. Ahí hay armas como para tomar por asalto
Campo de Mayo, dólares, cocaína y casi doscientos mil
pesos falsos listos para empezar a circular. Es la moda, dice Vernon,
con una computadora, un scanner y una impresora color podés fabricar
plata como si fueras el conchudo banco central. Vernon en realidad se
llama Verón, pero él se puso Vernon cuando tenía
ocho años mientras jugaba en las tosqueras de Berazategui. (Tosqueras:
lagunas profundas llenas de piedras donde a cada rato aparece un cadáver,
en general chicos).
El búnker es de una banda vinculada a la policía de Vicente
López. Hay tres muertos enchastrando el piso con espesa sangre.
Sangre de boludo, dice Vernon mientras hace dibujos con la punta de
la zapatilla sobre un charco rojo que no para de agrandarse. Labio lo
mira con asco y un poco de admiración.
Después del evento, paternalmente, Arregui apoya su mano derecha
en un hombro de Labio y le pregunta con quién vive.
-Con
una tía, una hermana de mi vieja...- dice Labio.
-Bueno,
desde ahora vas a tener tu propia casa- dice Arregui. Y al otro día
lo instala en una casa de dos habitaciones, cocina, baño y patio,
en Quilmes, a diez cuadras de la cervecería.
-Vos
me dijiste que te llamás Alberto- dice Arregui levantando las
cejas, con una sonrisa chispeando en la mirada. Una botella de Cerveza
en el piso, dos reposeras en el patio, los vasos llenos en las manos,
la noche girando en la ciudad infinita.
-Sí,
Alberto me llamo...- dice Labio, dudando, como si supiera lo que va
a venir.
-Y
seguro que algunos te dicen Beto, ¿no?- Arregui deja un espacio
de silencio antes de seguir hablando. Labio asiente con la cabeza. -Bueno,
a partir de hoy vas a ser Labio.
Oscuridad
Arregui se fue. Le dijo que él, ahora, se llamaba Labio. También
le dijo que no se quedara solo ahí, que saliera, que buscara
una puta, que había que festejar. Él, Labio, mira las
reposeras y la botella casi vacía en el piso del patio.
Sueño
Al lado hay una mujer. Labio está muy borracho, inmóvil,
mirando la luz intermitente de un cartel: publicidad de Pepsi estallando
en la ventana de un cuarto en un edificio en el centro de la ciudad.
Labio pagó para quedarse. La mujer duerme o finge que duerme.
Y Labio piensa que para poder dormir hay que estar vacío. Piensa
esto sin saber muy bien qué quiere decir. Pero yo, piensa Labio,
no puedo vaciarme a mí mismo. Uno puede estar vacío porque
se vació de alguna manera y sin darse cuenta, piensa Labio mientras
mira el estallido del cartel de Pepsi en la ventana. Pero uno no puede
vaciarse a sí mismo, con intención, a propósito,
piensa.
-Labio-
dice Labio. Y empieza a vestirse mirando el cuerpo de la mujer que duerme
o finge que duerme.
Un
carbón en el fondo de un balde
La calle está vacía y silenciosa. Son las dos menos cuarto.
Enciende el motor del Duna que le dio el Pelado Torres. Un par de cuadras
y ya está en Pavón. La avenida parece una máquina
absurda que quedó funcionando cuando todos se fueron: semáforos
parpadeando, intentando ordenar la nada. Ochenta kilómetros por
hora de promedio pasando algunos semáforos en rojo. Al final
para en uno, a la altura de la estación de trenes de Lanús.
Abre la guantera y busca. Medio porro, un poco más, y lo prende.
Las
dos hermanas
Son muy distintas. Paola tiene los ojos amarillos y una sonrisa sugestiva
que enciende a voluntad. Sonia no se ríe nunca y habla muy poco.
Tiene el pelo lacio y negro hasta la mitad de la espalda. En la otra
mitad tiene un tatuaje: un dragón que relampaguea hace coincidir
el agudo final de su cola escamada con el comienzo de la raya que separa
las nalgas.
Ni Paola ni Sonia son hermosas, pero tienen el cuerpo bien proporcionado
y buena piel. Además de un aire de enigmática dignidad
y una energía poco frecuentes. Son las más solicitadas
del prostíbulo.
El día que Labio las conoció, llegó ciego por la
cocaína y el alcohol. Tocó el tiembre y una chica gorda
con un pantalón verde y una blusa celeste muy gastada lo hizo
pasar. Labio la siguió, mirando cómo las tiras negras
del corpiño le apretaban la carne.
El
Golden China
A los pocos días de haber entrado en la banda de Arregui, Labio
va a Once y compra ropa. Un pantalón pinzado color habano, un
pulóver de hilo celeste, camisa blanca, un reloj rectangular
imitación rólex con maya dorada. Después, va a
la peluquería.
Al otro día entra al Golden China con paso firme.
-¿Sabés
que parecés?- le dice Arregui. Labio espera. El Turco y Vernon
sonríen y también esperan.
-Un
negro puto- dice Arregui. –Un negro puto y farolero.
Fina
capa de olvido
Cruza el Riachuelo. El Puente Pueyrredón no tiene alma. La ciudad
no tiene alma. La noche no tiene alma. El dulce olor picante del humo
de la marihuana gira en la cabina del Duna y se escapa al espacio.
La primera vez que Labio fue al puterío donde conoció
a las dos hermanas, hacía cuarenta y ocho horas que no dormía.
Tocó el timbre. Le abrió una chica gorda con un pantalón
color verde fluorescente y una blusa celeste de bambula muy gastada.
Labio la siguió, observando cómo las tiras negras del
corpiño le apretaban la carne de la espalda. La chica gorda lo
hizo sentar en una habitación con las paredes pintadas de amarillo
y sillones baratos de cuerina negra. Labio hacía doce horas por
lo menos que vivía en ese presente absoluto y efímero
de la cocaína.
-Esperá
que ya te mando a las chicas- dijo la chica gorda, sin una pizca de
entusiasmo, como si fuera una empleada municipal muy mal paga.
Entrar
Cuando Arregui lo reclutó en la esquina de Ramón Franco
y Mitre, él no era nadie. Apenas un arrebatador, un negrito bardero
con poca cabeza y una marca de nacimiento con más mensajes que
la Biblia, solo que todos malos. «Tu reputación será
consecuencia de esa hendidura, porque vos naciste pobre y casi huérfano»
o «Una quilla al revés tenés en la jeta, así
que tu camino en la vida será un largo y penoso retroceso al
infierno».
Cuando Arregui lo reclutó en la esquina de Ramón Franco
y Mitre, él no era nadie. Acciones: hurtos menores, peleas callejeras
a la salida de la cancha. Armas: palos, baldosas rotas y una navaja
truchísima que podía pinchar pero no matar. Arregui lo
eligió como cabeza de turco. Su vista de rayos equis hizo un
buen diagnóstico. Pero muchas veces los buenos diagnósticos
se equivocan. Así es el ser humano. El pibe sorprendió
a todos y boleteó a dos de los tres que murieron ese día
en el búnker de la zona norte.
A veces, la carne de cañón se transforma en dinamita y
así empieza una carrera.
Cada
día veo menos
Las manos inexpertas de Labio reciben una pistola nueve milímetros
y una chapa falsa de la policía de la provincia de Buenos Aires.
-Esto
es por si las moscas. Vos hacéle caso a las señas de Vernon
y del Turco- dice Arregui.
-Sí,
es como jugar al truco- dice Vernon-, si no tenés nada, hay que
saber mentir.
-Pero
nosotros tenemos- dice Arregui.
Labio no entiende, pero dice que sí moviendo la cabeza.
Viajan
en un Ford Escort nuevo blanco. Escuchan, en el estéreo, Elvis
Crespo. «Será tu sonrisa, será tu sonrisa...»
El
Turco y Vernon maquillan el vacío con cocaína. «Algo
en tu cara me fascina, algo en tu cara me fascina, será tu sonrisa».
Labio toma pero poco. De compromiso. Su rayita no tiene nada que ver
con los gordos gusanos blancos de Vernon y el Turco. Labio está
lúcido y alerta y cagado en los pantalones. Y muy pendiente de
su arma. Un náufrago agarrado al pedazo de madera rodeado de
tiburones.
El
plan es éste: Labio toca el timbre y dice que lo manda el gordo
Ortega. Supuestamente los monos del búnker saben quien es Ortega
y están esperando que Ortega les mande un perejil de confianza
a ver armas para un trabajo.
-Después,
quedate tranquilo- dice Arregui -, vas a ver que estos dos dicen carnaval
y ahí ni lo dudes, vos apretá el pomo.
El miedo puede echar todo a perder o puede acelerar los resultados.
El miedo es un catalizador traicionero, pero esta vez funcionó
bien. Antes de que el chiste de los truenos precediera a los relámpagos,
Labio le había borrado la jeta a uno y había hecho que
los intestinos del otro salieran a tomar aire. Después, Vernon
reventó al que quedaba, que se había metido abajo de una
mesa, como si ahí no fueran a encontrarlo.
Un
carbón en el fondo de un balde
Labio se demora unos segundos para mirar un pedazo de carbón
que hay en un balde de plástico rojo desteñido por el
sol. Después sale a la calle sin saber que esa imagen se le va
a quedar pegada a las costuras de la mente. Sube al Fiat Duna con los
vidrios polarizados que le habilitó el Pelado Torres. Naftero,
motor uno punto siete, tá bien. Noche tranquila. Cruza el sur.
De Quilmes a Temperley. Por Rodolfo López. Los enormes campos
de basura. Espacios negros con columnas de humo y figuras infrahumanas
que se mueven despacio, ensimismadas, cada tanto hablan o gritan para
avisar lo que encontraron. La quema. Cruza Camino General Belgrano y
agarra la avenida Pasco. Noche tranquila. Hoy es jueves. No pasa nada.
Lo que se ve en la avenida Pasco es una ciudad a medio hacer. Todo es
feo y parece provisorio. Aunque en realidad está hace años
igual.
Llega
a Temperley, cruza el paso bajo nivel y dobla a la derecha. Después
otra vez a la derecha. Y luego otra vez. Esta es la calle, piensa. Suarez
1050. Apaga el motor. Noche tranquila. No pasa nada. Todo liso.
¿El
boludo que puso las alarmas no pensó en los fondos?
No.
No pensó. Si se hubiera puesto media pila habría puesto
un sonajero en el fondo. Eso piensa Labio.
Labio trepa una pared. Cruza un jardín. Trepa otra pared. Cero
perros, dice Labio. Una enorme puerta ventana lo mira fijo. La concha
de la lora, por ahí no. Hay, al final de una pared, una puerta,
una puertita de hierro pintada de verde. Una cerradura de mierda tiene.
Chac, se abre. Yastá. El hombre está adentro, dice. Busca
los controles remotos y desactiva las alarmas.
Salir
Cruza el Riachuelo. El puente Pueyrredon tiene gravado el estruendo
de millones de motores. Velocidad que es sinónimo de desolación
y anonimato. Más allá algunos barcos y la salida al Río
de la Plata. Más acá, los ranchos de chapa amasijándose
en confusión territorial, inclinando sus sombras sobre el agua
tóxica, recibiendo las radiaciones de lo que se conoce como el
polo petroquímico.
Labio para el auto. El prostíbulo es un caserón grande
y despintado. Le abre la puerta la chica gorda y siempre cansada. Labio
la mira con desprecio y dice una frase vacía y supuestamente
cómica para saludarla.
-Están
ocupadas- dice la chica gorda.
-Espero-
dice Labio, y se sienta en uno de los sillones de cuerina. Mira las
paredes de la sala de espera. Siente que se le vienen encima. Los ojos
de Paola también son amarillos, pero un amarillo totalmente distinto.
Labio piensa que los ojos de Paola son como bosques cuando empieza a
salir el sol. Y su sonrisa es una fogata en el medio de esos bosques.
Una fogata extraña, que aparece y desaparece. Un fuego rosado
o blanco cuando se muerde los labios. Un fuego helado capaz de llenar
de tristeza o de esperanza al más hijo de puta. En cambio Sonia
tiene los ojos muertos. Son lo que queda cuando ya no queda nada. Sonia
tiene la cabellera lacia y negra brillando, tratando de tapar al dragón,
como si fuera una ola que amenaza pero nunca llega al castillo de arena.
Esto pasa cuando se mueve. Cuando el movimiento de su espalda es un
baile calculado. Cuando finge que besa lujuriosamente a su hermana.
¿Son realmente hermanas Paola y Sonia o es un show que montan
para los clientes?
Pasan
diez minutos.
Labio
se para y sale del cuarto. Un pasillo con puertas cerradas. Se escucha
un televisor con el volumen alto. Para tapar los ruidos de las piezas.
-¡Eh!-
grita Labio. -¡Eh!
-¿Qué
pasa?- la chica gorda sale con cara de haber pisado mierda descalza.
-Abrime
la puerta que voy a comprar una cerveza- dice Labio.
Labio camina por las veredas desiertas buscando un kiosco. Cerveza.
Una vez vio en el Discovery Chanel un documental sobre los lobos: un
lobo flaco, con la piel pegada a los huesos avanza por la planicie helada,
como un fantasma, buscando un poco de cerveza. Labio llega a una estación
de servicio Shell. Despierta al empleado con un aullido. Le pide una
botella de cerveza. Heineken. Un litro.
La chica gorda abre la puerta. Leporino. Es la primera vez que Labio
siente que ella le mira su defecto. Leporino. La palabra tiene los huesos
pegados al dolor. Como el hambre del lobo. Labio tiene muchas ganas
de romperle la cara. Se imagina agarrándola del cuello, tirándola
al piso, subiéndose arriba de ella y pegándole en la cara.
Hasta ver sangre. Hasta ver los ojos y los labios hinchados de la chica
gorda. En vez de hacer eso, la sigue. Se sienta en el sillón
de cuerina de la sala de espera. Toma cerveza Heineken. De repente escucha
un ruido. Escucha gritos de mujeres. Se levanta y saca su navaja del
bolsillo trasero del jean. Escucha una risa y una voz mezclándose
con el ruido del televisor. Sale al pasillo. La chica gorda sale corriendo
y gritando de una de las piezas. Las otras tres siguen con las puertas
cerradas. Labio camina hacia la pieza de donde salió la chica
gorda. Vuelve a escuchar la risa y la voz. Ahora entiende algunas palabras.
También reconoce al dueño de la voz. Entra a la pieza.
Las dos hermanas están atadas a la cama. Una de las dos sangra.
No es fácil darse cuenta cuál. Vernon lo mira como si
estuviera muy lejos, con las pupilas dilatadas y una sonrisa de mármol
en la jeta. Labio se le va encima.
-Hijo
de puta siempre fuiste un hijo de puta hijo de puta- dice Labio. Su
navaja lastima un hombro de Vernon. En cambio Vernon es más eficaz.
Le
abre el estómago. A Labio. Como a una res. Desde la ingle hasta
el pecho.
Hay
un carbón
en el fondo
de un balde.
Brilla
el abismo
que vuelve.
Brilla
la oscuridad
de ese puño
que se va
haciendo olvido
ahí.
Marcos
Herrera