Dice
la sabiduría popular que la memoria es el olvido selectivo. De
esta manera, la que impone el canon literario (cualquiera que sea) depende
tanto de los nombres que incluye como de los que deja afuera. En este
sentido, recuperar (reeditar) la obra de autores marginales al canon
no es una empresa particularmente novedosa. Sí lo es, en cambio,
rescatarlos en el marco de una operación reinterpretativa de
un período de la historia literaria argentina tan significativo
como la década de 1920. Esto es lo que se propone el primer título
de la Colección Pingüe Patrimonio (Editorial Malas Palabras
Buks), en el que se publican juntos por primera vez los tres poemarios
más importantes de Nicolás Olivari (1900-1966): La
amada infiel (1924), La musa de la mala pata (1926), El
gato escaldado (1929).
Partiendo
del impacto histórico-literario que la inmigración tuvo
en la conformación de la Buenos Aires de comienzos del siglo
pasado, la apuesta de Ana Ojeda Bär y Rocco Carbone, prologuistas
de este primer volumen, apunta a la configuración de una tercera
zona, portadora de una estética diferente de la de los grupos
de Boedo y Florida. Esta ‘zona alternativa’ evidencia en la producción
literaria del veinte una complejidad mayor a la propuesta por el célebre
binomio artepurismo / arte social, y la existencia de un polo que trasciende
ambos grupos. Su individuación posibilita la ubicación
de figuras que hasta ahora han sido consideradas por la crítica
como ‘de frontera’ porque ubicables en ambas corrientes, o en ninguna.
Está integrada por una serie de escritores cuyas obras, a pesar
de adoptar géneros diversos, se estructuran alrededor de una
categoría estética que es conjunción y mezcla de
elementos heterogéneos fruto de la primera inmigración:
lo grotesco. Este ocupa un lugar considerable en el arco que va de algunas
obras de Armando Discépolo al ensayo de Scalabrini Ortiz El
hombre que está solo y espera. Entre uno y otro, aparece
en tangos de Discepolín, los cuentos de Roberto Mariani y Enrique
González Tuñón escritos en la década del
20 y, claro, los tres poemarios reeditados de Nicolás Olivari.
Es en Los siete locos, de Roberto Arlt, sin embargo, donde va
a constituirse en principio ordenador, obligando a repensar lugares
comunes tan conocidos como la célebre ‘mala escritura’ de dicho
escritor.
Más
allá de la pertinencia de la propuesta teórica, cabe decir
que Poesías 1920-1930 acierta al recopilar en un solo
volumen las tres obras más emblemáticas de Nicolás
Olivari. En ellas se desarrolla con llamativa coherencia un programa
estético y temático único. Interesado en anotar
las consecuencias que el supuesto progreso tenía en los más
desvalidos (en un sentido más espiritual que económico),
Olivari hace de la prostituta, personaje al que vuelve en el título
de las tres obras con una insistencia obsesiva, un símbolo de
la cosificación que la modernidad imponía como
condición sine qua non para los que menos tenían.
Precedidos por un artículo periodístico en el que un contemporáneo
da cuenta de la recepción que cada poemario tuvo en su época
(Leopoldo Marechal y Roberto Mariani, son dos de ellos), los diferentes
poemas se hacen cargo de la omnipresencia que comenzó a tener
el trabajo a comienzo del siglo pasado, capaz de conquistar espacios
que antes tenía vedados (la mujer, por ejemplo).
Munido
de un dadivoso aparato paratextual que acompaña (y contextualiza)
la lectura actual, Poesías 1920-1930: La amada infiel, La
musa de la mala pata, El gato escaldado ofrece lo más intersante
de un poeta que supo ver como pocos la otra cara de las luces de su
ciudad. En todos los casos, repone el texto de las primeras ediciones,
corrigiendo, de esta manera, erratas e inexplicables omisiones aparecidas
en ediciones posteriores. Por otra parte, en el caso de La musa,
también incluye las correcciones manuscritas que el autor hizo
de puño y letra en su propio ejemplar. De esta forma, se pone
en circulación y al alcance de todos lo mejor de un poeta que
es hoy tan inquietante como poco conocido.
C.
Rabadejo