Barrio
de Flores
si
tus colores
pudieran
dar a mi boca una sonrisa otra vez.
Los
Piojos
A
las 22:30 sale el vuelo de Aerolíneas Argentinas. Me voy nueve
meses a Estados Unidos a trabajar en una universidad yanqui. Hace un
año clavado terminaba mi licenciatura en Letras, o sea que después
de que me hayan preguntado durante siete años "¿eso para
qué te va a servir?", ahora los mismos que preguntaban piensan
que me salvé y que me paro para toda la cosecha. Y lo raro es
que yo no, que me voy con la cabeza baja y el corazón con aujeritos.
¿Para
qué me voy? Para ser sincero, no lo sé. Me llegó
en un momento particular, estaba boliado, no tenía tiempo para
nada y conseguí una buena excusa para tranquilizarme un poco.
Dejo Buenos Aires; voy a extrañar a esta ciudad que no es mía,
probablemente por eso la quiero: todavía, de tanto en tanto,
la miro con ojos de turista. Joven scholar latino, me voy solo,
dejo una novia y una punta de amigos. En el avión miro por la
ventanilla las luces que se alejan, una postal repetida; igualmente,
un nudo en la garganta. Un nudo en la garganta, che.
Amanecer
en Nueva York
Start
spreading the news…
Sinatra
Así
que finalmente aquí estoy, en las entrañas del monstruo.
Llego a Nueva York un martes a las seis y media, mucho calor, conozco
la casa de mi hermana y a su primera hija (y mi primera sobrina), de
apenas un mes. Lo más lindo de Nueva York.
Ciudad
de chiflados. Un tránsito horrible, caótico y lento; es
tan lento, claro, porque tienen meticuloso respeto por los peatones.
Mis esperanzas de practicar mi inglés se ven frustradas; todos
hablan español, no solo inmigrantes o sus hijos, sino también
los gringos. "Es que Manhattan es la isla más poblada del
Caribe" me dice riendo un portorriqueño.
Seguridad
por todos lados y, al mismo tiempo, tan falible. Mi instinto criminal
empieza a laburar y se me ocurren mil atentados. No han entendido nada,
evidentemente, del terrorismo: no es que no ataquen porque los controlan,
no atacan porque no quieren; o, mejor dicho, no atacan porque el punto
no es matar gente, no es el bien contra el mal, diga lo que diga Jorge
W.; atacaron símbolos, no personas o edificios (aunque, seamos
honestos, mataron más de un par en el trámite). El World
Trade Center es ahora un pozo y una enorme plataforma encima, desde
ahí se accede a diversas estaciones de trenes y subtes. También
hay una capilla, en donde oía misa Washington cuando la capital
estaba aquí, que sirvió de refugio para los voluntarios
que removían escombros. Hay camas como usaron, hay cartitas que
les mandaban desde distintos colegios del país, hay fotos y un
televisor todo el tiempo encendido pasando diversas versiones de las
noticias del 11 de septiembre; miro durante media hora y nunca veo el
choque de los aviones con las torres. Una cartita me llama la atención:
"why do they do this to us; we are so loving and supportive to
the other countries"; al final de la carta, cinco dibujitos infantiles:
las torres, el pentágono, el avión derribado en Pennsylvania
y la bandera yanqui. Le saco una foto, se la enviaré a algunos
amigos. Hay sufrimiento por todos lados en esa capilla, hay pañuelos,
fotos, pedazos de cemento, cascos de bomberos, todo prolijamente ordenado
en stands.
Por
lo menos no cobran entrada. Es caro pasear en Nueva York. Subte o colectivo,
dos dólares. Pero tienen un sistema muy piola: podés hacer
combinaciones, como en el subte porteño. Te bajás del
colectivo y si tomás otro o un subte en menos de dos horas es
gratis. La ciudad como tal no es muy linda, aunque algunos edificios
sí. En general, hay poco sentido estético: los edificios
no tienen balcones, ni ornamentación y los vidrios están
todos sucios. Pero todo es gigante: las construcciones, las avenidas,
las comidas en los restaurantes, la Estatua de la Libertad. Y está
atravesada por varios ríos, es lindo para ir a tomar unos mates
a cualquier orilla. Y la gente es macanuda, pese a la fama. Están
acostumbrados a los turistas y los tratan bien.
Voy
al edificio de la ONU, un moridero de buenas intenciones. Hago la visita
guiada y todos los que según la guía son los objetivos
de la institución parecen de los años sesenta: la libertad
de las colonias, el desarrollo humano, el combate al analfabetismo,
el fin de la hambruna; la excepción es el sida. ¿Sirven para
algo las Naciones Unidas? Bueno, habrán leído los diarios,
así que no los aburro.
Igualmente,
paseo poco; me lastimé un tobillo poco antes de viajar y todavía
me duele bastante. Los primeros días ando con una bota ortopédica.
La primera pregunta es "¿de dónde sos?"; "de Argentina";
la segunda: "ah, ¿te lastimaste jugando al fútbol?";
dos o tres veces lo niego y les explico que fue trepando una sierra
(nadie parece conocer la palabra inglesa para esto: a lo mejor no existe(1));
a la quinta, digo sí, jugando al fútbol, así que
ahora no voy a poder bailar tangos por un tiempo.
En
general no entienden la ironía. Son bastante brutos los yanquis.
Uno me pregunta si Argentina está al sur o al norte de México.
Lo miro un poco extrañado y me dan ganas de decirle "al
norte, al costado de Tejas", pero es al cuete. Ni hablar del Almirante
Bouchard y la conquista de California.
También
hay gente inteligente, obviamente. Como en todos lados, supongo, son
la minoría; la gran diferencia, me parece, es que los tontos
son tan o más sistemáticos que los inteligentes. No se
les ocurre salirse de su función, no se les ocurre cambiar los
procedimientos que hacen mecánicamente todos los días
o desobedecer órdenes; por eso, la maquinaria funciona. Un poco
como la joda que hacía Spielberg en Forrest Gump sobre
el ejército: los más lelos son los mejores soldados, sólo
cumplen con lo que tienen que hacer a la perfección. Bueno, así
son aquí; si lavo los pisos, lo voy a hacer con el mayor de mis
esfuerzos, pero nunca se me va a ocurrir lavar la pared.
Hay
baños en todos lados, mi papá estaría chocho. Entro
en uno, en un supermercado amish; un cartelito en español, "Los
empleados deben lavarse las manos luego de utilizar el baño";
no hay letrero en inglés.
En
el Central Park, perdido entre los árboles, está San Martín
subido a un caballo de bronce. Apenas más chico que Bolívar,
que lo mira desde enfrente, y que Martí, a un costado, ridículamente
de traje y montado, arreglándose el saco con una mano y tironeando
la rienda con la otra, como si quisieran mezclar al general y al poeta.
La de Bolívar es, lejos, la más linda: un general cansado,
con marchas en los hombros, aunque el caballo es demasiado altivo. San
Martín señala al horizonte como en cualquier plaza de
cualquier ciudad argentina.
El
viernes, el Museo de Arte Moderno es gratis. Allí encuentro obras
maravillosas, bien entremezcladas entre la porquería que llaman
arte moderno. La sección de diseño es impresionante, objetos
hechos con una delicadeza que solo se puede considerar artística.
Y también está la bicicleta de Duchamp, las sopas de Warhol,
las rayas y puntos de Miró, los molinos de Van Gogh, cosas para
caerse de culo. Y un auto de Pinin Farina, y una máquina Olivetti,
y un iPod, y una silla eslava, y muebles, gramófonos, heladeras,
exprimidores, bodeguitas, tazas; nada desentona, excepto cuadros y estatuas;
pequeñas partes de un siglo en el que la vida cotidiana fue invadida
por la estética.
En
Preacher, cuando Jesse le dice a Cassidy que hay una sola cosa
que quiere ver de Nueva York, le da un poco de vergüenza. Finalmente
dice "the Empire State"; "fuckin tourist", contesta
el irlandés. Así que me encapricho y no voy.
Atardecer
en Vermont
I
went to the woods…
Thoreau
Luego
de una semana en Nueva York, me tomo un avión a Burlington, la
ciudad principal del estado de Vermont, al norte del país, en
la frontera con Canadá, Nueva Inglaterra. Me va a buscar una
profesora de la universidad, una española, simpática.
Tenemos un viaje de más de media hora en auto y no para de hablar.
No paramos, bah; quiero quedar bien y de todo doy una opinión
sensata, contra mi costumbre.
En
el trayecto cruzamos montañas no muy altas y algunos lagos; la
zona es linda, tiene algo de Patagonia (o algo de la Patagonia más
cuadradita, más esquemática, más fulera: una postal
de Bariloche, por ejemplo); alturas pobladas de pinos de diversos colores.
Llego al pueblo de Middlebury, cinco mil habitantes, a eso de las seis
y media. Me dejan en la que va a ser mi casa los próximos nueve
meses. Cuando voy a pedir la llave de mi pieza, empezamos mal: unos
minutos buscando a Martínez, hasta que caigo y le digo "pruebe
con Gramuglia" y todo solucionado. "Here’s your key, mister
Greimiuglia". A partir de ahora, así me identifican: si
es lo último, tiene que ser el apellido.
Dejo
las valijas, me baño y me siento en el porsche. Hay poca gente
aquí, faltan cinco días para que empiecen las clases.
El campus de la universidad es un conjunto de edificios de distintos
tamaños, distintas épocas y estilos, separados por espacios
amplios de pasto. Da la sensación de un prolijo desorden. El
sol se pierde detrás de una capilla. Pienso que el mismo sol
alumbra mi casa ahora y me acuerdo de Miguelito: también alumbró
a Mussolini. Pero por un momento es el mismo sol.
Y
luego, a las siete y media, me pasan a buscar, pues me han invitado
a cenar hamburguesas. A las siete y media. A cenar. "Eso sí
que va a ser difícil", pienso.
Cuando
el sol se termina de ocultar, veo que las estrellas no son las mismas.
Pablo
Martínez Gramuglia
(1)Existe
hill, claro, pero resume en dos nuestra “sierra” y “colina”.