Toda
historia cuenta. Cuenta en tanto que tiene un valor para quien la escribe,
como también para quién la lee, además de contar
algo por sí misma… una historia.
En
todo caso uno pude detenerse a pensar, quién la cuenta, cómo,
porqué, dónde, cuándo, y lo mismo para quien la
lee. Además de pensar en qué. Cobrando de esta manera,
en las vicisitudes de la cuenta, diferentes saldos que en los mejores
casos es en más o en menos. Lo triste es que no deje nada, que
sea neutro. Porque será a partir de ese saldo que cada uno producirá
una nueva versión de esa historia, que sea propia, es decir,
que vuelva a ser contada.
En
el caso de este libro se cuenta una historia, la de Sidonie Csillag.
Es el relato de su vida, la de una lesbiana a lo largo de todo el siglo
XX enmarcada en la alta aristocracia de la ciudad de Viena, de sus desventuras
amorosas, de los vaivenes que tuvo que transitar producto de los acontecimientos
históricos que le tocaron vivir, y de la manera que siempre pareció
sortearlos en un estado de ausencia. El mundo estaba allí, ocurrían
cosas malas y buenas, algunas modificaban su cotidianeidad y otras no
tanto, pero sólo cuando era imposible ignorarlo, parecía
salir un poco de su propio mundo, sólo para volver a rearmarlo
lo antes posible. El mundo se modificaba, su realidad perseveraba. Lo
único que le parecía importar: sus amadas.
En
líneas generales, es de esto de que se trata. Una biografía
novelada que por momentos pinta bien escenas de una época ya
tantas veces, y de formas mucho más logradas, retratada. Que
no puede terminar de disimular cierta fuerza y empuje militante lésbico
que se les filtra a las autoras, y que es desde donde también
tratan de poner en entredicho el Historial Freudiano. Tomándose
de una supuesta veracidad acerca de los hechos ocurridos, de la verdad
histórica, denuncia el fracaso de Freud en este caso y a su Historial
como un engaño. En la contratapa dice: Freud es desmentido. Y
llega más lejos, se pregunta si análisis posteriores acerca
del Historial freudiano se verán afectados frente a las nuevas
evidencias. El más conocido es el de Lacan, que a partir de la
descripción, en este historial, del intento de suicido perpetrada
por esta jovencita lesbiana, llega a la diferenciación de dos
patologías del acto denominadas acting out, y acting in o pasaje
al acto.
Creo
que es a partir de este punto donde por ahí el texto nos permite
un espacio para la interrogación. ¿Acaso es que puede ser tomado
como un valioso aporte para el Psicoanálisis, que lo ponga en
entredicho, que lo desmienta? ¿Qué valor puede tener para el
Psicoanálisis este libro?
Los
engaños de la desmentida:
En
principio debemos pensar una cuestión: Hay un engaño implícito
en la desmentida, y es que olvida (¿adrede?) que su historia es también
una ficción. Toda historia tiene una postura de ficción
que es parte de su estructura: Una historia es lo que nos cuentan (los
otros) o lo que contamos (los [nos]otros?) a partir de recuerdos, recuerdos
que son ya de por si encubridores. Es decir que no solo el hecho de
contar, de ponerlo en discursividad, es ficcionarlo, desde el momento
mismo que, eso de que se habla, no existe sino que se lo dice en falta,
porque lo que se cuenta esta perdido en el tiempo, sino que además
está doblemente desfigurado, ya que el hecho de recordarlo y
ponerlo en palabras es una nueva desfiguración del relato.
Esto
me recuerda cuando Freud habla de la desfiguración de los sueños:
el relato del sueño que llega al analista por medio de su paciente
que está recostado en el diván ya no es el sueño
mismo, sino que es una versión de ese sueño, es el sueño
doblemente desfigurado. Las primeras desfiguraciones se dan por operación
de aparato psíquico sobre el sueño mismo: la condensación
y el desplazamiento (varias personas u objetos son condensadas en una
sola entidad o desplazadas de una entidad a otra). La segunda es justamente
el relato del paciente sobre ese sueño, nunca lo cuenta todo,
nunca lo cuenta con exactitud, y si se le pide que lo relate varias
veces, nunca lo hará igual.
Es
por eso que para el Psicoanálisis no importa la verdad histórica,
los hechos ocurridos fehacientemente, sino la verdad del sujeto, es
decir, que le pasa al sujeto con eso que cuenta.
Ya
desde sus inicios Freud pudo darse cuenta de esto y despegar el trabajo
de escucha de un analista, del trabajo de contraste empírico
con la realidad a la forma de un inspector o detective. El mismo denuncia
esto en una carta que le manda a su amigo Wilhelm FlieB, en donde le
dice: "mis histéricas me mienten", y es a partir
de ahí que ya no será el trabajo de buscar el hecho traumático
consumado en la vida infantil del paciente de lo que se trate, sino
de poner en discurso el nivel de la fantasía desde donde eso
cobra fuerza y opera en forma silenciosa en la vida del sujeto.
Lamentablemente
en la actualidad muchos detractores del Psicoanálisis olvidan
que este no discute la realidad, sino que apunta a otra cosa, a la otra
escena que hay detrás de lo que se relata. Y es desde acá
desde donde dice desmentir a Freud este libro, tratando de borrar todo
dejo de ficción y presentándose como El Documento Verdad
a través del cuál da testimonio su protagonista. ¿A cuantas
desfiguraciones estuvo sometido este material, escrito por dos autoras
que se basaron en entrevistas realizadas a una anciana mujer que recordaba
y relataba escenas de su vida?
Igualmente
es bastante contradictorio que además la forma de presentarlo
halla sido por medio de una biografía novelada si es que se pretendía
hacer un documento de verdad de esto, mucho más acorde hubiera
sido en todo caso publicar directamente la desgravación de esas
entrevistas. De esta manera hubieran evitado hasta del intento de decirlo
todo, forzando el material hasta el extremo de hacer decir acerca de
sus sentimientos a los protagonistas de esta historia y de plasmar los
pensamientos que se tienen en silencio.
Si
algo funciona es el hecho de decir algo desde una falta, dejando otra
falta más en juego, y no el intento que siempre caerá
en el fracaso de decirlo todo. Fracaso inevitable ya que decirlo todo
es imposible, y por otro lado aburrido ¿quién se quedaría
escuchando todo lo que se podría llegar a decir acerca de cualquier
cosa?
El
hallazgo de un desencuentro:
Volvamos
un poco a lo que nos cuenta el libro para ejercer un rato más
el ejercicio de pensar algunas cosas.
Se
puede leer que Freud fue para ella uno más de estos vaivenes
de los cuales hablábamos antes y que, entre los cuales, significativamente
se encuentran dos de los más importantes en la historia del siglo
XX (el ascenso de Hitler al poder y la Alemania Nazi, y luego el ascenso
de Fidel Castro en Cuba). Se puede pensar su encuentro con Freud haciendo
serie con estos otros sucesos, donde ella casi no está, toda
su implicación en la situación pasa en zafarse lo mejor
posible, para seguir solo interesada en sus amores. Obligada por el
padre, un hombre rico de la alta sociedad vienesa, preocupado por los
comentarios de salón acerca de las compañías poco
decorosas de su hija, opta por la salida más fácil, complacerlo
y aceptar una consulta con algún experto en estos casos. ¿Quién
mejor, entonces, que Freud y su teoría nueva acerca de la constitución
sexual y el inconsciente? ¿Qué mejor que una teoría controversial
y subversiva, para tratar un tema tan espinoso y tabú? Era casi
inevitable que estando en el mismo lugar, época y contando con
los recursos, llegara a su consultorio. Claro que ella solo pretendía
que su padre la dejara en paz. Lo mismo que pretendería luego
de Freud, primero complacerlo con sueños y todas esas cosas raras
que él le pedía que le contase, y luego que la dejara
en paz.
En
tanto que para Freud fue el encuentro con una joven a la cuál
jamás considero como paciente. Lo dice en su historial "la
joven no era una enferma". A pesar de los consejos que él
mismo profesaba acerca de en que condiciones aceptar o no pacientes
en análisis, y de que este cumpliera las características
para rechazarlo, él acepta el caso.
Por
ejemplo; como ocurría aquí, no era lo óptimo que
el paciente estuviera obligado a asistir a las sesiones por una imposición
ajena y menos aún que no estuviera dispuesto a trabajar, (lo
que llamo Lacan mucho después como la necesidad de que exista
una demanda verdadera, que es la demanda del paciente de desembarazarse
de su síntoma), como así también de las observaciones
de Freud acerca de la no correlación entre lo que esperan los
familiares que se obtenga con un análisis y los resultados de
este (como tan efusiva y hasta simpáticamente dice en su texto
"Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico",
publicado en 1912, siete años antes de la visita de los padres
de esta joven a la consulta de Freud). Pero entonces: ¿Por qué
toma Freud un caso que ya desde un inicio presenta las características
que él considera necesarias para no aceptarlo? Pues entonces
tendríamos que preguntarnos si lo que él perseguía
no era otra cosa: su interés estaba puesto en la sexualidad femenina.
Es más podemos considerar este historial como su primer trabajo
más orientado hacia este tema, y como el puntapié inicial
de lo que luego serían sus investigaciones en este ámbito,
que lo llevarían a escribir mas tarde sus trabajos sobre la diferencia
anatómica entre los sexos (1925) y sobre la sexualidad femenina
(1931).
Es
decir que fue el inicio de un recorrido que lo llevo a preguntarse mucho
más que muchos otros pensadores acerca de la mujer (y ya en esa
época no era poco preguntarse seriamente algo sobre la mujer).
Lo hizo saber que no se sabía lo que quiere una mujer. ¿Es poco
para un hombre saber que no puede saber acerca de lo que quiere una
mujer?
¿Finalmente
hubo encuentro? Podemos decir que si, aunque no que se encontraron el
uno con el otro: constancia de eso son ambos escritos. Dos verdades,
no una.
El
goce que nombra:
Daré
una vuelta más, a partir del titulo mismo del libro. Nos encontramos
aquí con una situación que llama la atención, Sidonie
Csillag no es Sidonie Csillag. En el Prefacio del libro las autoras
nos dicen: "La persona a la que se llama en este libro Sidonie
Csillag tenía en realidad otro nombre. A su confianza y a su
amistad le debemos la suerte de habernos convertido en sus biógrafas.
Hemos respetado la promesa que le habíamos hecho de modificar
los nombres, el de ella, el de su familia y algunos pocos amigos(as).
Todos los demás nombres, personajes y acontecimientos pertenecen
a la realidad histórica."
Es
decir: una protagonista que tiene un nombre que no es el suyo, que es
identificada por un ser que le da identidad, como decir "joven
homosexual", y que además fue el nombre por el que la llamó
Freud (como con tantos otros pacientes, a los cuales los nombro en sus
Historiales Clínicos por su goce, por ejemplo: "El hombre
de las Ratas" y "El hombre de los lobos").
Pero
por lo menos hay un reconocimiento en este caso, ya que le dan un título
de pertenencia: "joven homosexual" de Freud.
Entonces:
sin nombre propio, nombrada por su goce, fijada en un hecho que dicen
jamás ocurrió, yo me pregunto: ¿Qué es lo desmentido?
¿Quién se desmiente a través de este libro?
Para
terminar, considero una pena que esta mujer estuviera tan alienada a
sus amores, hubiera sido por lo menos una buena testigo del siglo, gracias
a los lugares donde estuvo en el momento que estuvo, si es que alguna
vez hubiera visto algo.
Un
detalle más: es verdad que alguna falta de Freud se pone en evidencia
en este relato: aquí cobra otro protagonismo la madre de esta
joven. Las madres fueron comúnmente olvidadas por Freud en sus
historiales, ya que el trabajaba con la línea paterna más
que nada. Sin embargo esto no es un jaque a su teoría ni mucho
menos, y no fueron temas que no hallan sido retomados y pensados por
posteriores analistas. El Psicoanálisis plantea una falta estructural
a partir de la cuál se construyen todas las categorías
de su teoría y praxis, y es gracias a esta misma falta que el
Psicoanálisis mismo puede seguir pensando. Son las faltas que
dejaron tanto Freud como los grandes analistas que le siguieron, lo
que permite que continúe vivo, que se siga produciendo.
Y
a todo esto el saldo para mí de este libro fue el retorno al
historial Freudiano, tan exquisitamente elaborado, que hacia rato tenía
olvidado.
Sebastián
Cariola
__________________________________________
Sigmund
Freud
SOBRE
LA PSICOGÉNESIS DE UN CASO DE HOMOSEXUALIDAD FEMENINA (1920)
I
La
homosexualidad femenina, tan frecuente, desde luego, como la masculina,
aunque mucho menos ruidosa, no ha sido sólo desatendida por las
leyes penales, sino también por la investigación psicoanalítica.
La exposición de un caso, no muy marcado, en el que me fue posible
descubrir, sin grandes lagunas y con gran seguridad, la historia psíquica
de su génesis puede, por tanto, aspirar a cierta consideración.
La discreción profesional exigida por un caso reciente impone,
naturalmente, a nuestra comunicación ciertas restricciones. Habremos,
pues, de limitarnos a describir los rasgos más generales del
historial, silenciando los detalles característicos en los que
reposa su interpretación.
Una
muchacha de dieciocho años, bonita, inteligente y de elevada
posición social, ha despertado el disgusto y la preocupación
de sus padres por el cariño con el que persigue a una señora
de la «buena sociedad» unos diez años mayor que ella. Los padres
pretenden que la tal señora no es más que una cocota,
a pesar de sus aristocráticos apellidos. Saben que vive con una
antigua amiga suya, casada, con la que sostiene relaciones íntimas,
observando además una conducta muy ligera en su trato con los
hombres, entre los cuales se le señalan varios favoritos. La
muchacha no discute tales afirmaciones, pero no se deja influir por
ellas en absoluto en su admiración hacia aquella señora,
a pesar de no carecer, en modo alguno, de sentido moral. Ninguna prohibición
ni vigilancia alguna logran impedirle aprovechar la menor ocasión
favorable para correr al lado de su amada, seguir sus pasos, esperarla
horas enteras a la puerta de su casa o en una parada del tranvía,
enviarla flores, etc. Se ve que esta pasión ha devorado todos
los demás intereses de la muchacha. No se preocupa ya de su educación
intelectual, no concede valor alguno al trato social ni a las distracciones
juveniles, y sólo mantiene relación con algunas amigas
que pueden servirla de confidentes o auxiliares. Los padres ignoran
hasta dónde pueden haber llegado las relaciones de su hija con
aquella señora ni si han traspasado ya ciertos límites.
No han observado nunca en la muchacha interés alguno hacia los
jóvenes ni complacencia ante sus homenajes; en cambio, ven claramente
que su enamoramiento actual no hace sino continuar, en mayor grado,
la inclinación que en los últimos años hubo de
mostrar hacia otras personas femeninas y que despertó ya las
sospechas y el rigor del padre.
Dos
aspectos de su conducta, aparentemente opuestos, despiertan, sobre todo,
la contrariedad de los padres: la imprudencia con la que se muestra
públicamente en compañía de su amiga malfamada,
sin cuidado alguno a su propia reputación, y la tenacidad con
que recurre a toda clase de engaños para facilitar y encubrir
sus entrevistas con ella. Reprochan, pues, a la muchacha un exceso de
franqueza, por un lado, y un exceso de disimulo, por otro. Un día
sucedió lo que no podía por menos de acaecer en tales
circunstancias: el padre encontró a su hija acompañada
de la señora en cuestión, y al cruzarse con ellas, les
dirigió una mirada colérica que no presagiaba nada bueno.
Momentos después se separaba la muchacha de su amiga para arrojarse
al foso por donde circulaba el tranvía. Nuestra sujeto pagó
esta tentativa de suicidio con largos días de cama, aunque, afortunadamente,
no se produjo lesión alguna permanente. A su restablecimiento
encontró una situación mucho más favorable a sus
deseos. Los padres no se atrevían a oponerse ya tan decididamente
a ellos, y la señora, que hasta entonces había recibido
fríamente sus homenajes, comenzó a tratarla con más
cariño, conmovida por aquella inequívoca prueba de amor.
Aproximadamente
medio año después de este suceso acudieron los padres
al médico, encargándole de reintegrar a su hija a la normalidad.
La tentativa de suicidio les había demostrado que los medios
coercitivos de la disciplina familiar no eran suficientes para dominar
la perturbación de la sujeto. Será conveniente examinar
aquí por separado las posiciones respectivas del padre y de la
madre ante la conducta de la muchacha. El padre era un hombre serio,
respetable y, en el fondo, muy cariñoso, aunque la severidad
que creía deber adoptar en sus funciones paternas había
alejado algo de él a sus hijos. Su conducta general para con
su hija aparecía determinada por la influencia de su mujer. Al
tener conocimiento por vez primera de las inclinaciones homosexuales
de la muchacha ardió en cólera en intentó reprimirlas
con las más graves amenazas; en aquel período debió
de oscilar su ánimo entre diversas interpretaciones, dolorosas
todas, no sabiendo si había de ver en su hija una criatura viciosa,
degenerada, o simplemente enferma de una perturbación mental.
Tampoco después del accidente llegó a elevarse a aquella
reflexiva resignación que uno de nuestros colegas, víctima
de un análogo suceso en su familia, expresaba con la frase siguiente:
«¡Qué le vamos a hacer! Es una desgracia como otra cualquiera.»
La homosexualidad de su hija integraba algo que provocaba en él
máxima indignación. Estaba decidido a combatirla con todos
los medios, y no obstante la poca estimación de que en Viena
goza el psicoanálisis, acudió a él en demanda de
ayuda. Si este recurso fracasaba, tenía aún en reserva
otro más enérgico: un rápido matrimonio habría
despertado los instintos naturales de la muchacha y ahogado sus inclinaciones
contra la naturaleza.
La
posición de la madre no resultaba tan transparente. Se trataba
de una mujer joven aún, que no había renunciado todavía
a gustar. No tomaba tan por lo trágico el capricho de su hija,
e incluso había gozado durante algún tiempo de la confianza
de la muchacha en lo que se refería a su enamoramiento de aquella
señora, y si había acabado por tomar partido contra él,
se debía tan sólo a la publicidad con que la muchacha
ostentaba sus sentimientos. Años atrás había pasado
por un período de enfermedad neurótica, era objeto de
una gran solicitud por parte de su marido y trataba a sus hijos muy
desigualmente, mostrándose más bien dura con la muchacha
y excesivamente cariñosa con sus otros tres hijos, el último
de los cuales era ya un retoño tardío, que sólo
contaba por entonces unos tres años. No resultaba nada fácil
averiguar detalles más minuciosos sobre su carácter, pues
por motivos que más tarde podrá comprender el lector,
los informes de la paciente sobre su madre adolecían siempre
de una cierta reserva, que desaparecía en lo referente al padre.
El
médico que había de tomar a su cargo el tratamiento psicoanalítico
de la muchacha tropezaba con varias dificultades. No hallaba constituida
la situación exigida por el análisis, única en
la que éste puede desarrollar su plena eficacia. El tipo ideal
de tal situación queda constituido cuando un individuo, dependiente
sólo de su propia voluntad, se ve aquejado por un conflicto interno,
al que no puede poner término por sí solo, y acude al
psicoanalista en demanda de ayuda. El médico labora entonces,
de acuerdo con una de las partes de la personalidad patológicamente
disociada, en contra de la parte contraria. Las situaciones que difieren
de ésta son siempre más o menos desfavorables para el
análisis y añaden a las dificultades internas del caso
otras nuevas. Las situaciones como la del propietario que encarga al
arquitecto una casa conforme a sus propios gustos y necesidades, o la
del hombre piadoso que hace pintar al artista un lienzo votivo e incluir
en él su retrato orante, no son compatibles con las condiciones
del psicoanálisis. No es nada raro que un marido acuda al médico
con la pretensión siguiente: «La nerviosidad de mi mujer ha alterado
nuestras relaciones conyugales; cúrela usted para que volvamos
a poder ser un matrimonio feliz.» Pero muchas veces resulta imposible
cumplir tal encargo, toda vez que no está en la mano del médico
provocar el desenlace que llevó al marido a solicitar su ayuda.
En cuanto la mujer queda libre de sus inhibiciones neuróticas
se separa de su marido, pues la continuación del matrimonio sólo
se había hecho posible merced a tales inhibiciones. A veces son
los padres quienes demandan la curación de un hijo que se muestra
nervioso y rebelde. Para ellos, un niño sano es un niño
que no crea dificultad alguna a los padres y sólo satisfacciones
les procura. El médico puede conseguir, en efecto, el restablecimiento
del niño, pero después de su curación sigue aquél
sus propios caminos mucho más decididamente que antes y los padres
reciben de él todavía mayor descontento. En resumen: no
es indiferente que un hombre se someta al análisis por su propia
voluntad o porque otros se lo impongan, ni que sea él mismo quien
desee su modificación, o sólo sus parientes, que le aman
o en los que hemos de suponer tal cariño.
Nuestro
caso integraba aún otros factores desfavorables. La muchacha
no era una enferma no sufría por motivos internos ni se lamentaba
de su estado, y la labor planteada no consistía en resolver un
conflicto neurótico, sino en transformar una de las variantes
de la organización sexual genital en otra distinta. Esta labor
de modificar la inversión genital u homosexualidad no es nunca
fácil. Mi experiencia me ha demostrado que sólo en circunstancias
especialmente favorables llega a conseguirse, y aun entonces el éxito
consiste únicamente en abrir, a la persona homosexualmente limitada,
el camino hacia el otro sexo, vedado antes para ella, restableciendo
su plena función bisexual. Queda entonces entregado plenamente
a su voluntad el seguir o no dicho camino, abandonando aquel otro anterior,
que atraía sobre ella el anatema de la sociedad, y así
lo han hecho algunos de los sujetos por nosotros tratados. Pero hemos
de tener en cuenta que también la sexualidad normal reposa en
una limitación de la elección de objeto, y que en general
la empresa de convertir en heterosexual a un homosexual llegado a su
completo desarrollo no tiene muchas más probabilidades de éxito
que la labor contraria, sólo que esta última no se intenta
nunca, naturalmente, por evidentes motivos prácticos.
Los
éxitos de la terapia psicoanalítica en el tratamiento
de la homosexualidad no son, en verdad, muy numerosos. Por lo regular,
el homosexual no logra abandonar su objeto placiente; no se consigue
convencerle de que, una vez modificadas sus tendencias sexuales, volverá
a hallar en un objeto distinto el placer que renuncie a buscar en sus
objetos actuales. Si se pone en tratamiento es casi siempre por motivos
externos; esto es, por las desventajas y peligros sociales de su elección
de objeto, y estos componentes del instinto de conservación se
demuestran harto débiles en la lucha contra las tendencias sexuales.
No es difícil entonces descubrir su proyecto secreto de procurarse,
con el ruidoso fracaso de su tentativa de curación, la tranquilidad
de haber hecho todo lo posible para combatir, sus instintos, pudiendo
así entregarse a ellos en adelante sin remordimiento alguno.
Cuando la demanda de curación aparece motivada por el deseo de
ahorrar un dolor a los padres o familiares del sujeto, el caso presenta
ya un cariz más favorable. Existen entonces realmente tendencias
libidinosas que pueden desarrollar energías contrarias a la elección
homosexual de objeto; pero su fuerza no suele tampoco bastar. Sólo
en aquello casos en que la fijación al objeto homosexual no ha
adquirido aún intensidad suficiente, o en los que existen todavía
ramificaciones y restos considerables de la elección de objeto
sexual, esto es, dada una organización vacilante aún o
claramente bisexual, puede fundarse esperanza en la terapia psicoanalítica.
Por
todas estas razones evité infundir a los padres de nuestra sujeto
una esperanza de curación, declarándome dispuesto simplemente
a estudiar con todo cuidado a la muchacha durante algunas semanas o
algunos meses, hasta poder pronunciarme sobre las probabilidades positivas
de una continuación del análisis. En toda una serie de
casos, el análisis se divide en dos fases claramente delimitadas:
en la primera se procura el médico el conocimiento necesario
del paciente, le da a conocer las hipótesis y los postulados
del análisis y le expone sus deducciones sobre la génesis
de la enfermedad, basadas en el material revelado en el análisis.
En la segunda fase se apodera el paciente mismo de la materia que el
analista le ha ofrecido, labora con ella, recuerda aquella parte de
lo reprimido que le es posible atraer a su consciencia e intenta vivir
de nuevo la parte restante. En esta labor puede confirmar, completar
y rectificar las hipótesis del médico; comienza ya a darse
cuenta, por el vencimiento de sus resistencias, de la modificación
interior a la que tiende el tratamiento, y adquiere aquellas convicciones
que le hacen independiente de la; autoridad médica. Estas dos
fases no aparecen siempre claramente delimitadas en el curso del tratamiento
analítico, pues para ello es preciso que la resistencia cumpla
determinadas condiciones; pero cuando así sucede, puede arriesgarse
una comparación de tales fases con los dos capítulos correspondientes
de un viaje. El primero comprende todos los preparativos necesarios,
tan complicados y conquistando un sitio en el vagón. Tenemos
entonces ya el derecho y la posibilidad de trasladarnos a un lejano
país, pero tanto trabajoso preparativo no nos ha acercado aún
un solo kilómetro a nuestro fin. Para llegar a él nos
es preciso todavía cubrir el trayecto de estación en estación,
y esta parte del viaje resulta perfectamente comparable a la segunda
fase de nuestros análisis.
El
análisis que motiva el presente estudio transcurrió conforme
a esta división de dos fases, pero no pasó del comienzo
de la segunda. Sin embargo, una constelación especial de la resistencia
me procuró una completa confirmación de mis hipótesis
y una visión suficiente del desarrollo de la inversión
de la sujeto. Pero antes de exponer los resultados obtenidos por el
análisis he de atender a algunos puntos a los que ya he aludido
o que se habrán impuesto al lector como primer objeto de su interés.
Habíamos
hecho depender, en parte, nuestro propósito del punto al que
la muchacha hubiese llegado en la satisfacción de sus instintos.
Los datos obtenidos a este respecto en el análisis parecían
favorables. Con ninguno de sus objetos eróticos había
ido más allá de algunos besos y abrazos; su castidad genital,
si se me permite la expresión, había permanecido intacta.
Incluso aquella dama que había despertado en ella su último
y más intenso amor se había mostrado casi insensible a
él y no había concedido nunca a su enamorada otro favor
que el de besar su mano. La muchacha hacía probablemente de necesidad
virtud, al insistir de continuo en la pureza de su amor y en su repugnancia
física a todo acto sexual. Por otra parte, no se equivocaba quizá
al asegurar que su amada, reducida a su posición actual por adversas
circunstancias familiares, conservaba aún en ella gran parte
de la dignidad de su distinguido origen, pues en todas sus entrevistas
le aconsejaba que renunciara a su inclinación hacia las mujeres,
y hasta después de su tentativa de suicidio la había tratado
siempre fríamente, rechazando sus insinuaciones.
Una
segunda cuestión interesante que en seguida traté de poner
en claro era la correspondiente a los propios motivos internos de la
sujeto, en los cuales pudiera apoyarse quizá el tratamiento analítico.
La muchacha no intentó engañarme con la afirmación
de que sentía la imperiosa necesidad de ser libertada de su homosexualidad.
Por el contrario, confesaba que no podía imaginar amor ninguno
de otro género, si bien agregaba que a causa de sus padres apoyaría
sinceramente la tentativa terapéutica, pues le era muy doloroso
ocasionarles tan gran pena. También esta manifestación
me pareció, en un principio, favorable; no podía sospechar,
en efecto, qué disposición afectiva inconsciente se escondía
detrás de ella. Pero lo que después vino a enlazarse a
este punto fue precisamente lo que influyó de una manera decisiva
sobre el curso del tratamiento y motivó su prematura interrupción.
Los
lectores no analistas esperarán impacientemente hace ya tiempo
una contestación a otras dos interrogaciones. Esperarán,
en efecto, la indicación de si esta muchacha homosexual presentaba
claros caracteres somáticos del sexo contrario, y la de si se
trataba de un caso de homosexualidad congénita o adquirida (ulteriormente
desarrollada).
No
desconozco la importancia que presenta la primera de estas interrogaciones.
Pero creo que tampoco debemos exagerarla y olvidar, por ella, que en
individuos normales se comprueban también con gran frecuencia
caracteres secundarios aislados del sexo contrario, y que en personas
cuya elección de objeto no ha experimentado modificación
alguna en el sentido de una inversión descubrimos a veces claros
caracteres somáticos del otro sexo. O, dicho de otro modo, que
la medida del hermafroditismo físico es altamente independiente
en ambos sexos de al del hermafroditismo psíquico. Como restricción
de nuestras dos afirmaciones anteriores, haremos constar que tal independencia
es mucho más franca en el hombre que en la mujer, en la cual
coinciden más bien por lo regular los signos somáticos
y anímicos del carácter sexual contrario. Pero no me es
posible contestar a la primera de las preguntas antes planteadas por
lo que a mi caso se refiere. El psicoanalista acostumbra eludir en determinados
casos un reconocimiento físico minucioso de sus pacientes. De
todos modos, puedo decir que la sujeto no mostraba divergencia alguna
considerable de tipo físico femenino ni padecía tampoco
trastornos de la menstruación. Pudiera quizá verse un
indicio de una masculinidad somática en el hecho de que la muchacha,
bella y bien formada, mostraba la alta estatura de su padre y rasgos
fisonómicos más bien acusados y enérgicos que suaves.
También pudieran considerarse como indicios de masculinidad algunas
de sus cualidades intelectuales, tales como su penetrante inteligencia
y la fría claridad de su pensamiento, en cuanto el mismo no se
hallaba bajo el dominio de la pasión homosexual. Pero estas distinciones
son más convencionales que científicas. Mucho más
importante es, desde luego, la circunstancia de haber adoptado la muchacha,
para con el objeto de su amor, un tipo de conducta completa y absolutamente
masculino, mostrando la humildad y la magna supervaloración sexual
del hombre enamorado, la renuncia a toda satisfacción narcisista
y prefiriendo amar a ser amada. Por tanto, no sólo había
elegido un objeto femenino, sino que había adoptado con respecto
a él una actitud masculina.
La
otra interrogación, relativa a si su caso correspondía
a una homosexualidad congénita o adquirida, quedará contestada
con la exposición de la trayectoria evolutiva de su perturbación.
Se demostrará también al mismo tiempo hasta qué
punto es estéril e inadecuada tal interrogación.
II
A
una introducción tan amplia como la que precede no puedo enlazar
ahora sino una breve exposición de la libido en este caso. La
muchacha había pasado en sus años infantiles, y sin accidente
alguno singular, por el proceso normal del complejo de Edipo femenino,
y comenzaba luego a sustituir al padre por uno de sus hermanos, poco
menor que ella. No recordaba, ni el análisis descubrió
tampoco, trauma sexual alguno correspondiente a su temprana infancia.
La comparación de los genitales del hermano con los suyos propios,
iniciada aproximadamente al comienzo del período de latencia
(hacia los cinco años o algo antes), dejó en ella una
intensa impresión, cuyos efectos ulteriores puedo perseguir el
análisis a través de un largo período. No hallamos
sino muy pocos indicios de onanismo infantil, o el análisis no
se prolongó lo suficiente para aclarar este punto. El nacimiento
de un segundo hermano, cuando la muchacha contaba seis años,
no manifestó ninguna influencia especial sobre su desarrollo.
En los años escolares y en los inmediatamente anteriores a la
pubertad fue conociendo paulatinamente los hechos de la vida sexual,
acogiéndolos con la mezcla normal de curiosidad y temerosa repulsa.
Todos estos datos parecen harto deficientes y no puedo garantizar que
sean completos. Quizá fuera más rica en contenido la historia
juvenil de la paciente, pero no me es posible asegurarlo. Como antes
indicamos, el análisis hubo de ser interrumpido al poco tiempo,
no proporcionándonos así más que una anamnesis
tan poco garantizable como las demás conocidas de sujetos homosexuales,
justificadamente discutidos. La muchacha no había sido tampoco
nunca neurótica, ni produjo síntoma histérico alguno
en el análisis, de manera que tampoco se presentó ocasión
en un principio de investigar su historia infantil.
Teniendo
trece o catorce años, mostró una cariñosa preferencia,
exageradamente intensa a juicio de todos sus familiares, por un chiquillo
de tres años escasos, al que encontraba regularmente en paseo.
Tanto cariño demostraba a aquel niño, que los padres del
mismo acabaron por trabar conocimiento con ella, iniciándose
así una larga relación amistosa. De este suceso puede
deducirse que la sujeto se hallaba dominada en aquel período
por el intenso deseo de ser a su vez madre y tener un hijo. Pero poco
tiempo después se le hizo indiferente aquel niño, y comenzó
a mostrar un agudo interés por las mujeres maduras, pero de aspecto
aún juvenil, atrayéndose por vez primera un severo castigo
por parte de su padre.
En
el análisis pudo comprobarse sin duda alguna que esta transformación
coincidió temporalmente con un suceso familiar, del cual debemos
esperar, por tanto, su explicación. La sujeto, cuya libido aparecía
orientada hacia la maternidad, queda convertida, a partir de esta fecha,
en una homosexual, enamorada de las mujeres maduras, continuando así
hasta mi intervención. El tal suceso, decisivo para nuestra comprensión
del caso, fue un tercer hermano, cuando ella frisaba ya en los dieciséis
años.
La
relación cuyo descubrimiento expongo a continuación no
es un producto de mis facultades imaginativas: me ha sido revelada por
un material analítico tan fidedigno, que puedo garantizar su
absoluta exactitud objetiva. Su descubrimiento dependió principalmente
de una serie de sueños enlazados entre sí y fácilmente
interpretables.
El
análisis revelaba inequívocamente que la dama objeto de
su amor era un sucedáneo de la madre. No era ciertamente a su
vez madre, pero tampoco era el primer amor de la muchacha. Los primeros
objetos de su inclinación a partir del nacimiento del último
hermano fueron realmente madres, mujeres entre treinta y treinta y cinco
años, a las que conoció con sus hijos durante las vacaciones
veraniegas o en su trato social dentro de la ciudad. El requisito de
la maternidad fue abandonado después por no ser perfectamente
compatible con otro más importante cada vez. Su adhesión
especialmente intensa a su última amada tenía aún
otra causa, que la misma muchacha descubrió un día sin
esfuerzo. La esbelta figura, la severa belleza y el duro carácter
de aquella señora recordaban a la sujeto la personalidad de su
hermano mayor. De este modo, el objeto definitivamente escogido correspondía
no sólo a su ideal femenino, sino también a su ideal masculino,
reuniendo así la satisfacción de sus deseos homosexuales
con la de sus deseos heterosexuales. Como es sabido, el análisis
de homosexuales masculinos ha descubierto en muchos casos esta misma
coincidencia, advirtiéndonos así que no debemos representarnos
la esencia y la génesis de la inversión como algo sencillo,
ni tampoco perder de vista la bisexualidad general del hombre.
Pero
¿cómo explicarnos que precisamente el nacimiento tardío
de un hermano, cuando la sujeto había alcanzado ya su madurez
sexual y abrigaba intensos deseos propios, la impulsara a orientar hacia
su propia madre, y madre de aquel nuevo niño, su apasionada ternura,
exteriorizándola en un subrogado de la personalidad materna?
Por todo lo que sabemos, hubiera debido suceder lo contrario. Las madres
suelen avergonzarse en tales circunstancias ante sus hijas casaderas
ya, y las hijas experimentan hacia la madre un sentimiento mixto de
compasión, desprecio y envidia, que no contribuye ciertamente
a intensificar su cariño hacia ella. La muchacha de nuestro caso
tenía, en general, pocos motivos para abrigar un gran cariño
hacia su madre, la cual, juvenilmente bella aún, veía
en aquella hija una molesta competidora y, en consecuencia, la posponía
a los hijos, limitaba en lo posible su independencia y cuidaba celosamente
de que permaneciese lejana al padre. Estaba, pues, justificado que la
muchacha experimentase desde un principio la necesidad de una madre
más amable; pero lo que no es comprensible es que esta necesidad
surgiese precisamente en el momento indicado y bajo la forma de una
pasión devoradora.
La
explicación es como sigue: la muchacha se encontraba en la fase
de la reviviscencia del complejo de Edipo infantil en la pubertad cuando
sufrió su primera gran decepción. El deseo de tener un
hijo, y un hijo de sexo masculino, se hizo en ella claramente consciente;
lo que no podía hallar acceso a su consciencia era que tal hijo
había de ser de su propio padre e imagen viva del mismo. Pero
entonces sucedió que no fue ella quien tuvo el niño, sino
su madre, competidora odiada en lo inconsciente. Indignada y amargada
ante esta traición, la sujeto se apartó del padre y en
general del hombre. Después de este primer doloroso fracaso rechazó
su femineidad y tendió a dar a su libido otro destino.
En
todo esto se condujo nuestra sujeto como muchos hombres, que después
de un primer desengaño se apartan duraderamente del sexo femenino
infiel, haciéndose misóginos. De una de las personalidades
de sangre real más atractivas y desgraciadas de nuestra época
se cuenta que se hizo homosexual a consecuencia de una infidelidad de
su prometida. No sé si es ésta la verdad histórica,
pero tal rumor entraña indudablemente un trozo de verdad psicológica.
Nuestra libido oscila normalmente toda la vida entre el objeto masculino
y el femenino; el soltero abandona sus amistades masculinas al casarse
y vuelve a ellas cuando el matrimonio ha perdido para él todo
atractivo. Claro es que cuando la oscilación es tan fundamental
y tan definitiva como en nuestro caso, hemos de sospechar la existencia
de un factor especial que favorece decisivamente uno de los sectores,
y que quizá no ha hecho más que esperar el momento oportuno
para imponer a la elección de objeto sus fines particulares.
Nuestra
muchacha había, pues, rechazado de sí, después
de aquel desengaño, el deseo de un hijo, el amor al hombre y,
en general, su femineidad. En este punto podían haber sucedido
muchas cosas; lo que sucedió en realidad fue lo más extremo.
Se transformó en hombre y tomó como objeto erótico
a la madre en lugar del padre. Su relación con la madre había
sido seguramente desde un principio ambivalente, resultando fácil
para la sujeto reavivar el amor anterior a su madre y compensar con
su ayuda su hostilidad contra ella. Mas como la madre real no era ciertamente
asequible a su cariño, la transmutación sentimental descrita
la impulsó a buscar un subrogado materno al que poder consagrar
su amor.
A
todo esto vino a agregarse todavía como «ventaja de la enfermedad»
un motivo práctico, nacido de sus relaciones reales con la madre.
Esta gustaba aún de ser cortejada y admirada por los hombres.
Así pues, si la muchacha se hacía homosexual, abandonaba
los hombres a su madre, y por decirlo así, la dejaba el campo
libre y suprimía con ello algo que había provocado hasta
entonces el disfavor materno.
La
posición de la libido así establecida quedó fortificada
al observar la muchacha cuán desagradable era el padre. Desde
aquella primera reprimenda motivada por su adhesión excesivamente
cariñosa a una mujer, sabía ya la sujeto un medio seguro
para disgustarle y vengarse de él. Permaneció, pues, homosexual,
por vengarse de su padre. No le causaba tampoco remordimiento alguno
engañarle y mentirle de continuo. Con la madre no se mostraba
más disimulada de lo imprescindiblemente necesario para engañar
al padre. Parecía obrar conforme a la ley del Talión:
«Tú me has engañado, y ahora tienes que sufrir que yo
te engañe.» Tampoco las singulares imprudencias cometidas por
una muchacha tan inteligente en general pueden interpretarse de otra
manera. El padre tenía que averiguar sus relaciones con la señora,
pues de otro modo no hubiera satisfecho la sujeto sus impulsos vengativos.
De este modo cuidó muy bien de procurarse un encuentro con él,
mostrándose públicamente con su amiga por las calles cercanas
a la oficina del padre. Ninguna de estas imprudencias puede considerarse
intencionada. Es, además, singular que tanto el padre como la
madre se condujesen como si comprendiesen la secreta psicología
de la hija. La madre se mostraba tolerante, como si reconociese el favor
que le había hecho la hija dejándole el campo libre; el
padre ardía en cólera, como si se diese cuenta de las
intenciones vengativas orientadas contra su persona.
La
inversión de la muchacha recibió, su definitiva intensificación
al tropezar en la señora indicada con un objeto que satisfacía
simultáneamente la parte de su libido heterosexual adherida aún
al hermano.
III
La
exposición lineal es poco adecuada para la descripción
de procesos psíquicos, cuya trayectoria, harto complicada, se
desarrolla en diversos estratos anímicos. Me veo, pues, forzado
a interrumpir la discusión del caso para ampliar algunos de los
puntos ya expuestos y profundizar el examen de otros.
Hemos
indicado que en sus relaciones con un último objeto erótico
adoptó la muchacha el tipo masculino del amor. Su humildad y
su tierno desinterés, che poco spera e nulla chiede; su felicidad
cuando le era permitido acompañar a aquella señora y besar
su mano al despedirse de ella; su alegría al oír encomiar
la belleza de su amiga, mientras que los elogios tributados a la suya
propia parecían serle indiferentes; sus peregrinaciones a los
lugares visitados alguna vez por su amada y la ausencia de más
amplios deseos sensuales; todos estos caracteres parecían corresponder
más bien a la primera fogosa pasión de un adolescente
por una artista famosa, a la que cree situada muy por encima de él,
sin atreverse apenas a elevar hasta ella su mirada. Esta coincidencia
de la conducta amorosa de la sujeto con un «tipo de elección
masculina de objeto» anteriormente descrito por mí y referido
a una fijación erótica a la madre, llegaba hasta los menores
detalles. Podía parecer singular que la sujeto no retrocediese
ante la mala fama de su amada, aunque sus propias observaciones habían
de convencerla de la veracidad de tales rumores y a pesar de ser ella
una muchacha bien educada y casta, que había evitado toda aventura
sexual y que parecía sentir el aspecto antiestético de
toda grosera satisfacción sexual. Pero ya sus primeros caprichos
amorosos había sido provocada por la obstinación con que
la muchacha cultivaba el trato d una actriz de cinematógrafo
en una estación veraniega. A todo esto, no se trataba nunca de
mujeres tachadas de homosexualidad, que hubieran podido ofrecerle una
satisfacción de este orden; por lo contrario, pretendía
ilógicamente a mujeres coquetas, en el sentido corriente de esta
palabra. Una muchacha de su edad, francamente homosexual, que se puso
gustosa a su disposición, fue rechazada por ella sin vacilación
alguna. Pero la mala fama de su último amor había de constituir
precisamente un requisito erótico para ella. El aspecto aparentemente
enigmático de tal conducta desaparece al recordar que también
en aquel tipo masculino de la elección de objeto, que derivamos
de la fijación a la madre, es necesario, como condición
de amor, que la amada tenga fama de liviana, pudiendo ser considerada
en último término como una cocota. Cuando más tarde
averiguó hasta qué punto merecía su amiga este
calificativo, puesto que vivía sencillamente de la venta de su
cuerpo, su reacción consistió en una gran compasión
hacia ella y en el desarrollo de fantasías y propósitos
de redimir a la mujer amada. Estas mismas tendencias redentoras atrajeron
ya nuestra atención en la conducta de los hombres del tipo amoroso
antes descrito, y la intentamos exponer su derivación analítica
en el estudio que a este tema dedicamos.
El
análisis de la tentativa de suicidio, que hemos de considerar
absolutamente sincera, pero que en definitiva mejoró la posición
de la sujeto tanto con respecto a sus padres como para con la mujer
amada, nos lleva a regiones muy distintas. La muchacha paseaba una tarde
con su amiga por un lugar y a un hora en los cuales no era difícil
tropezar con el padre en su regreso de la oficina. Así sucedió,
en efecto, y al cruzarse con ellas les dirigió el padre una mirada
colérica. Momentos después se arrojaba la muchacha al
foso por el que circulaba el tranvía. Su explicación de
las causas inmediatas de su tentativa de suicidio nos parece admirable.
Había confesado a la dama que el caballero que las había
mirado tan airadamente era su padre, el cual no quería tolerar
su amistad con ella. La señora, altamente disgustada, le había
ordenado que se separase de ella en el acto y no volviera a buscarla
ni a dirigirle la palabra; aquello tenía que terminar alguna
vez. Desesperada ante la idea de haber perdido para siempre a la mujer
amada, intentó quitarse la vida. Pero el análisis permitió
descubrir, detrás de esta interpretación de la sujeto,
otra más profunda, confirmada por toda una serie de sueños.
La tentativa de suicidio tenía, como era de esperar, otros dos
distintos aspectos, constituyendo un «autocastigo» y la realización
de un deseo. En este último aspecto, significaba la realización
de aquel deseo cuyo cumplimiento la había impulsado a la homosexualidad,
o sea, el de tener un hijo de su padre, pues ahora «iba abajo» o «paría»
(sie kam nieder) por causa de su padre. El hecho de que su amiga le
hubiese hablado exactamente como el padre, imponiéndole idéntica
prohibición, nos da el punto de contacto de esta interpretación
más profunda con la interpretación superficial y consciente
de la muchacha. Con su aspecto de «autocastigo» nos revela la tentativa
de suicidio que la muchacha abrigaba, en su inconsciente, intenso deseo
de muerte contra el padre por haberse opuesto a su amor, o, más
probablemente aún, contra la madre por haber dado al padre el
hijo por ella anhelado. El psicoanálisis nos ha descubierto,
en efecto, que quizá nadie encuentra la energía psíquica
necesaria para matarse si no mata simultáneamente a un objeto
con el cual se ha identificado, volviendo así contra sí
mismo un deseo de muerte orientado hacia distinta persona. El descubrimiento
regular de tales deseos inconscientes de muerte en los suicidas no tiene
por qué extrañarnos ni tampoco por qué envanecernos
como una confirmación de nuestra hipótesis, pues el psiquismo
inconsciente de todo individuo se halla colmado de tales deseos de muerte,
incluso contra las personas más queridas. La identificación
de la sujeto con su madre, la cual hubiera debido morir al dar a luz
aquel hijo que ella (la muchacha) deseaba tener de su padre, da también
al «autocastigo» la significación del cumplimiento de un deseo.
No podemos ciertamente extrañar que en la determinación
de un acto tan grave como el realizado por nuestra sujeto colaborasen
tantos y tan enérgicos motivos.
En
la motivación expuesta por la muchacha no interviene el padre
ni se menciona siquiera el temor justificado a su cólera. En
la descubierta por el análisis le corresponde, en cambio, el
papel principal. También para el curso y el desenlace del tratamiento
o, mejor dicho, de la exploración analítica, presentó
la relación de la sujeto con su padre la misma importancia decisiva.
Detrás de los cariñosos sentimientos filiales que parecían
transparentarse en su declaración de que por amor a sus padres
apoyaría honradamente la tentativa de transformación sexual,
se escondían tendencias hostiles y vengativas contrarias al padre,
que la mantenían encadenada a la homosexualidad. Fortificada
la resistencia en tal posición, dejaba libre a la investigación
psicoanalítica un amplio sector. El análisis transcurrió
casi sin indicios de resistencia, con una viva colaboración intelectual
de la analizada, pero también sin despertar en ella emoción
alguna. En una ocasión en que hube de explicarle una parte importantísima
de nuestra teoría, íntimamente relacionada con su caso,
exclamó con acento inimitable: «¡Qué interesante es todo
eso!», como una señora de la buena sociedad que visita un museo
y mira a través de sus impertinentes una serie de objetos que
la tienen completamente sin cuidado. Su análisis hacía
una impresión análoga a la de un tratamiento hipnótico,
en el cual la resistencia se retira igualmente hasta un cierto límite,
donde luego se muestra invencible. Esta misma táctica rusa, pudiéramos
decir es seguida muy frecuentemente por la resistencia en algunos casos
de neurosis obsesiva, los cuales procuran así, durante algún
tiempo, clarísimos resultados y permiten una profunda visión
de la causación de los síntomas. Pero en estos casos comenzamos
a extrañar que tan importantes progresos de la investigación
analítica no traigan consigo la más pequeña modificación
de las obsesiones e inhibiciones de los enfermos, hasta que, por fin,
observamos que todo lo conseguido adolece de un vicio de nulidad: la
reserva mental del sujeto, detrás de la cual se siente completamente
segura la neurosis como detrás de un parapeto inexpugnable. «Todo
esto estaría muy bien se dice el enfermo, a veces también
conscientemente si yo creyese lo que este señor me dice; pero
no le creo una palabra, y mientras así sea no tengo por qué
modificarme en nada.» Cuando luego nos acercamos a la motivación
de esta duda es cuando se inicia seriamente nuestra lucha contra la
resistencia.
En
nuestra muchacha no era la duda, sino el factor efectivo constituido
por sus deseos de venganza contra el padre, el que determinaba su fría
reserva y el que dividió claramente en dos fases el análisis
e hizo que los resultados de la primera fase fuesen tan visibles y completos.
Parecía también como si en ningún momento hubiera
surgido en ella nada análogo a una transferencia afectiva sobre
la persona del médico. Pero esto es, naturalmente, un contrasentido.
El analizado tiene que adoptar inevitablemente alguna actitud afectiva
con respecto al médico, y por lo general repite en ella una relación
infantil. En realidad, la sujeto transfirió sobre mí la
total repulsa del hombre que la dominaba desde su desengaño por
la traición del padre.
La
hostilidad contra el hombre encuentra, por lo general, grandes facilidades
para satisfacer en la persona del médico, pues no necesita provocar
emociones tempestuosas y le basta con exteriorizarse simplemente en
una oposición a todos sus esfuerzos terapéuticos y en
la conservación de la enfermedad. Sé por experiencia cuán
difícil es llevar a los analizados la comprensión de esta
sintomatología muda y hacer consciente esta hostilidad latente,
a veces extraordinariamente intensa, sin poner en peligro el curso ulterior
del tratamiento. Así pues, interrumpí el análisis
en cuanto reconocí la actitud hostil de la muchacha contra su
padre, y aconsejé que se tenía algún interés
en proseguir la tentativa terapéutica analítica, se encomendase
su continuación a una doctora. La muchacha había prometido,
entre tanto, a su padre renunciar por lo menos a todo trato con aquella
señora, y no sé si mi consejo, cuya motivación
es evidente, habrá sido seguido.
Una
única vez sucedió en este análisis algo que puede
ser considerado como una transferencia positiva y como una reviviscencia
extraordinariamente debilitada del apasionado amor primitivo al padre.
Tampoco esta manifestación aparecía libre de otros motivos
diferentes; pero la menciono porque plantea un problema por interesante
relativo a la técnica analítica. En cierto período
no muy lejano del principio del tratamiento produjo la muchacha una
serie de sueños normalmente deformados y expresados en correcto
lenguaje onírico, pero fáciles de interpretar. Sin embargo,
una vez interpretado su contenido, resultaban harto singulares. Anticipaban
la curación de la inversión por el tratamiento analítico,
expresaban la alegría de la sujeto por los horizontes que se
abrían ante ella, confesaban un deseo de lograr el amor de un
hombre y tener hijos, y podían, por tanto, ser considerados como
una satisfactoria preparación a la transformación deseada.
Pero
todo esto pare_ía en manifiesta contradicción con las
declaraciones de la sujeto en estado de vigilia. No me ocultaba que
pensaba casarse, pero sólo para escapar a la tiranía del
padre y vivir ampliamente sus verdaderas inclinaciones. Despreciativamente
decía que ya sabría arreglárselas ella con el marido,
y que en último caso, como lo demostraba el ejemplo de su amiga,
no era imposible mantener simultáneamente relaciones sexuales
con un hombre y con una mujer.
Guiado
por algún pequeño indicio, le comuniqué un día
que no prestaba ninguna fe a tales sueños, los cuales eran mentirosos
o disimulados, persiguiendo tan sólo la intención de engañarme
como ella solía engañar a su padre. Los hechos me dieron
la razón, pues a partir de este momento no volvieron a presentarse
tales sueños.
Creo,
sin embargo, que a más de este propósito de engañarme
integraban también estos sueños el de ganar mi estimación,
constituyendo una tentativa de conquistar mi interés y mi buena
opinión quizá tan sólo para defraudarme más
profundamente luego.
Me
figuro que la afirmación de la existencia de tales sueños
engañosos despertará en algunos individuos, que se dan
a sí mismos el nombre de analistas, una tempestuosa indignación:
«De manera que también lo inconsciente puede mentir; lo inconsciente,
el verdadero nódulo de nuestra vida anímica, mucho más
cercano a lo divino que nuestra pobre consciencia. ¿Cómo podremos
entonces edificar sobre las interpretaciones de análisis y la
seguridad de nuestro conocimiento?» Contra esto habremos de decir que
el reconocimiento de tales sueños mentirosos no constituye ninguna
novedad revolucionaria. Sé muy bien que la humana necesidad de
misticismo es inagotable y provoca incesantes tentativas de reconquistar
el dominio que le ha sido arrebatado por nuestra «interpretación
de los sueños»; pero en el caso que nos ocupa hallamos en seguida
una explicación satisfactoria. El sueño no es lo «inconsciente»,
es la forma en la cual pudo ser fundida, merced a las condiciones favorables
del estado de reposo, una idea procedente de lo preconsciente o residual
de la consciencia del estado de vigilia. En el estado de reposo encuentra
tal idea el apoyo de impulsos optativos inconsciente y experimenta con
ello la deformación que le impone la «elaboración onírica»
regida por los mecanismos imperantes en lo inconsciente.
En
nuestra sujeto la intención de engañarme como solía
engañar a su padre procedía seguramente de lo preconsciente,
si es que no era consciente por completo. Tal intención podía
lograrse enlazando a mi persona el deseo inconsciente de agradar al
padre (o a un subrogado suyo), y creó así un sueño
mentiroso. Ambas intenciones, la de engañar al padre y la de
agradarle, proceden del mismo complejo: la primera nace de la represión
de la segunda, y ésta es referida a aquéllas por la elaboración
onírica. No puede, pues, hablarse de una degradación de
lo inconsciente ni de una disminución de la confianza en los
resultados de nuestro análisis.
No
quiero dejar pasar la ocasión de manifestar mi asombro ante el
hecho de que los hombres puedan vivir fragmentos tan amplios y significativos
de su vida erótica sin advertir gran cosa de ellos e incluso
sin sospecharlos lo más mínimo o se equivoquen tan fundamentalmente
al enjuiciarlos cuando emergen en su consciencia. Esto no sucede solamente
bajo las condiciones de la neurosis, en la cual nos es ya familiar este
fenómeno, sino que parece muy corriente también en individuos
normales. En nuestro caso hallamos una muchacha que desarrolla un apasionado
amor a otras mujeres, el cual despierta, desde luego, el disgusto de
sus padres, pero no es apenas tomado en serio por ellos en un principio.
Ella misma sabe probablemente cuán dominada se halla por tal
pasión; pero no advierte sino muy débilmente las sensaciones
correspondientes a un intenso enamoramiento hasta que una determinada
prohibición provoca una reacción excesiva que revela a
todas las partes interesadas la existencia de una devoradora pasión
de energía elemental. Tampoco ha advertido nunca la muchacha
anímica. Otras veces hallamos muchachas o mujeres aquejadas de
graves depresiones, que a nuestra interrogación sobre la causa
posible de su estado responden haber sentido cierto interés por
una determinada persona, pero que tal inclinación no se había
hecho muy profunda en ellas, habiendo desaparecido rápidamente
al verse obligadas a renunciar a ella. Y, sin embargo, aquella renuncia,
tan fácilmente soportada en apariencia, ha constituido la causa
de la grave perturbación que les aqueja. O tropezamos con hombres
que han roto fácilmente unas relaciones amorosas superficiales
con mujeres a las que no creían amar y que sólo por los
fenómenos consecutivos a la ruptura se dan cuenta de que las
amaban apasionadamente.
Por
último, también nos han causado asombro los efectos insospechados
que pueden emanar de la provocación de un aborto al cual se había
decidido la sujeto sin remordimiento ni vacilación algunos. Nos
vemos así forzados a dar la razón a los poetas que nos
describen preferentemente personas que aman sin saberlo, no saben si
aman o creen odiar a quien en realidad adoran. Parece como si las noticias
que nuestra consciencia recibe de nuestra vida erótica fueran
especialmente susceptible de ser mutiladas o falseadas. En los desarrollos
que preceden no he omitido, naturalmente, descontar la parte de un olvido
ulterior.
IV
Volvamos
ahora a la discusión del caso antes interrumpido. Nos hemos procurado
una visión general de las energías que apartaron la libido
de la muchacha de la disposición normal correspondiente al complejo
de Edipo y la condujeron a la homosexualidad. Hemos examinado asimismo
los caminos psíquicos seguidos en este proceso. A la cabeza de
tales fuerza impulsoras aparecía la impresión producida
en la sujeto por el nacimiento del menor de sus hermanos, siéndonos
así posible clasificar este caso como una inversión tardíamente
adquirida.
Ahora
bien: en este punto atrae nuestra atención una circunstancia
con la que tropezamos también en otros muchos casos de explicación
psicoanalítica de un proceso anímico. En tanto que perseguimos
regresivamente la evolución, partiendo de su resultado final,
vamos estableciendo un encadenamiento ininterrumpido y consideramos
totalmente satisfactorio e incluso completo el conocimiento adquirido.
Pero si emprendemos el camino inverso, partiendo de las premisas descubiertas
por el análisis, e intentamos perseguir su trayectoria hasta
el resultado, desaparece nuestra impresión de una concatenación
necesaria e imposible de establecer en otra forma. Advertimos en seguida
que el resultado podía haber sido distinto y que también
hubiéramos podido llegar igualmente a comprenderlo y explicarlo.
Así pues, la síntesis no es tan satisfactoria como el
análisis o, dicho de otro modo, el conocimiento de las premisas
no nos permite predecir la naturaleza del resultado.
No
es difícil hallar las causas de esta singularidad desconcertante.
Aunque conozcamos por completo los factores etiológicos determinantes
de cierto resultado, no conocemos más que su peculiaridad cualitativa
y no su energía relativa. Algunos de ellos habrán de ser
juzgados por otros más fuertes y no participarán en el
resultado final. Pero no sabemos nunca de antemano cuáles de
los factores determinantes resultarán ser los más fuertes
y cuáles los más débiles. Sólo al final
podemos decir que los que se han impuesto eran los más fuertes.
Así pues, analíticamente puede descubrirse siempre con
toda seguridad la causación, siendo, en cambio, imposible toda
predicción sintética. De este modo no habremos de afirmar
que toda muchacha cuyos deseos amorosos, emanados de la disposición
correspondiente al complejo de Edipo en los años de la pubertad,
queden defraudados, se refugie en la homosexualidad. Por el contrario,
creemos mucho más frecuente otras distintas reacciones a este
trauma. Pero entonces habremos de suponer que en el resultado de nuestro
caso han intervenido decisivamente otros factores especiales ajenos
al trauma y probablemente de naturaleza más interna. No es tampoco
difícil señalar cuáles.
Como
es sabido, también el individuo normal precisa cierto tiempo
para decidir definitivamente el sexo sobre el cual ha de recaer su elección
de objeto. En ambos sexos son muy frecuentes, durante los primeros años
siguientes a la pubertad, ciertas inclinaciones homosexuales que se
exteriorizan en amistades excesivamente intensas, de un cierto matiz
sensual. Así sucedió también en nuestra muchacha;
pero tales tendencias mostraban en ella una energía y una persistencia
poco corrientes. Además, estos primeros brotes de su ulterior
homosexualidad emergieron siempre en su vida consciente, mientras que
la disposición emanada del complejo de Edipo hubo de permanecer
inconsciente, exteriorizándose tan sólo en indicios, tales
como su cariño al niño encontrado en el paseo. Durante
sus años escolares estuvo enamorada de una profesora muy rigurosa
y totalmente inasequible, o sea, de un claro subrogado materno. Ya mucho
antes del nacimiento de su hermano menor y, por tanto, también
de las primeras reprimendas paternas había mostrado un vivo interés
por algunas mujeres. Su libido seguía, pues, desde época
muy temprana dos distintos cursos, de los cuales el más superficial
puede ser considerado, desde luego, homosexual, constituyendo quizá
la confirmación directa e invariada de una fijación infantil
a la madre. Nuestro análisis se ha limitado a descubrir probablemente
el proceso que en una ocasión favorable condujo la corriente
libidinosa heterosexual a una confluencia con la homosexual manifiesta.
El
análisis descubrió también que la muchacha integraba,
desde sus años infantiles, un «complejo de masculinidad» enérgicamente
acentuado. Animada, traviesa, combativa y nada dispuesta a dejarse superar
por su hermano inmediatamente menor, desarrolló, desde la fecha
de su primera visión de los genitales del hermano, una intensa
«envidia del pene», cuyas ramificaciones llenaban aún su pensamiento.
Era una apasionada defensora de los derechos femeninos; encontraba injusto
que las muchachas no gozasen de las mismas libertades que los muchachos,
y se rebelaba en general contra el destino de la mujer. En la época
del análisis las ideas del embarazo y del parto le eran especialmente
desagradables, en gran parte, a mi juicio, por la deformación
física concomitante a tales estados. Su narcisismo juvenil, que
no se exteriorizaba ya como orgullo por su belleza, se manifestaba aun
en esta defensa. Diversos indicios hacían suponer en ella una
tendencia al placer sexual visual y exhibicionista, muy intensa en épocas
anteriores. Aquello que no quieren ver restringidos los derechos de
la adquisición en la etiología harán observar que
esta conducta de la muchacha era precisamente la que había de
ser determinada por la acción conjunta del disfavor materno y
de la comparación de sus genitales con los del hermano, dada
una intensa fijación a la madre. También existe aquí
una posibilidad de reducir al efecto de una influencia exterior, tempranamente
eficaz, algo que nos hubiésemos inclinado a considerar como una
peculiaridad constitucional. Pero también una parte de esta adquisición
si es que realmente tuvo lugar habrá de ser atribuida a la constitución
congénita. Así se mezcla y se funde constantemente en
la práctica aquello que en teoría quisiéramos separar
como antitético, o sea, la herencia y la adquisición.
Una
conclusión anterior y provisional de análisis nos había
llevado a afirmar que se trataba de un caso de adquisición tardía
de la homosexualidad. Pero nuestro nuevo examen del material nos conduce
más bien a la conclusión de la existencia de una homosexualidad
congénita que había seguido la trayectoria habitual, no
fijándose ni exteriorizándose de un modo inconfundible
hasta después de la pubertad. Cada una de estas clasificaciones
no responde sino a una parte de lo descubierto por la observación,
desatendiendo la otra parte. Lo exacto será no conceder gran
valor a esta cuestión.
La
literatura de la homosexualidad acostumbra no separa los problemas de
la elección de objeto de los correspondientes a los caracteres
sexuales somáticos y psíquicos, como si la solución
dada a uno de estos puntos trajese necesariamente consigo la de los
restantes. Pero la experiencia nos enseña todo lo contrario:
un hombre en el que predominan las cualidades masculinas y cuya vida
erótica siga también el tipo masculino puede, sin embargo,
ser invertido en lo que respecta al objeto y amar únicamente
a los hombres y no a las mujeres. En cambio, un hombre en cuyo carácter
predominen las cualidades femeninas y que se conduzca en el amor como
una mujer debía ser impulsado, por esta disposición femenina,
a hacer recaer sobre los hombres su elección de objeto, y, sin
embargo, puede ser muy bien heterosexual y no mostrar con respecto al
objeto un grado de inversión mayor que el corrientemente normal.
Lo mismo puede decirse de las mujeres; tampoco en ellas aparecen estrechamente
relacionados el carácter sexual y la elección de objeto.
Así pues, el enigma de la homosexualidad no es tan sencillo como
suele afirmarse tendenciosamente en explicaciones como la que sigue:
un alma femenina y que, por tanto, ha de amar al hombre, ha sido infundida,
para su desgracia, en un cuerpo masculino, o inversamente, un alma masculina,
irresistiblemente atraída por la mujer, se halla desdichadamente
ligada a un cuerpo femenino. Trátase más bien de tres
series de características:
1)
Caracteres sexuales somáticos.
(Hermafroditismo físico.)
2)
Caracteres sexuales psíquicos:
Actitud masculina. Actitud femenina.
3)
Tipo de la elección de objeto.
que
varían con cierta independencia unos de otros y aparecen en todo
individuo diversamente combinados. La literatura tendenciosa ha dificultado
la visión de estas relaciones, presentando en primer término,
por motivos prácticos, la elección de objeto, singular
tan sólo para el profano y estableciendo una relación
demasiado estrecha entre tal elección y los caracteres sexuales
somáticos. Pero además se cierra el camino que conduce
a un más profundo conocimiento de aquello a lo que se da uniformemente
el hombre de homosexualidad, al rebelarse contra dos hechos fundamentales
descubiertos por la investigación psicoanalítica. En primer
lugar, el de que los hombres homosexuales han pasado por una fijación
especialmente intensa a la madres, y en segundo, el de que todos los
normales dejan reconocer, al lado de su heterosexualidad manifiesta,
una considerable magnitud de homosexualidad latente o inconsciente.
Teniendo en cuenta estos descubrimientos, desaparece, claro está,
la posibilidad de admitir un «tercer sexo», creado por la naturaleza
en un momento de capricho.
El
psicoanálisis no está precisamente llamado a resolver
el problema de la homosexualidad. Tiene que contentarse con descubrir
los mecanismos psíquicos que han determinado la decisión
de la elección de objeto y perseguir los caminos que enlazan
tales mecanismos con las disposiciones instintivas. En este punto abandona
el terreno a la investigación biológica, a la cual han
aportado ahora los experimentos de Steinach tan importantes conclusiones
sobre el influjo ejercido por la primera serie de caracteres, antes
establecida sobre las otras dos. El psicoanálisis se alza sobre
el mismo terreno que la biología al aceptar como premisa una
bisexualidad original del individuo humano (o animal). Pero no puede
explicar la esencia de aquello que en sentido convencional o biológico
llamamos masculino y femenino; acoge ambos conceptos y los sitúa
en la base de sus trabajos. Al intentar una mayor reducción,
la masculinidad se le convierte en actividad y la femineidad en pasividad,
y esto es muy poco. Anteriormente he intentado exponer hasta qué
punto podemos esperar que la labor analítica pueda procurarnos
un medio de modificar la inversión. Si comparamos el influjo
analítico o las magnas transformaciones logradas por Steinach
en sus operaciones, habremos de reconocer su insignificancia. Sin embargo,
sería prematuro o exagerado concebir ya la esperanza de una terapia
generalmente aplicable a la inversión. Los casos de homosexualidad
masculina tratados con éxito por Steinach cumplían la
condición, no siempre dada, de presentar un marcado hermafroditismo
somático. Por otro lado, no se ve aún claramente la posibilidad
de una terapia análoga de la homosexualidad femenina. Si hubiera
de consistir en la ablación de los ovarios probablemente hermafroditas
y el injerto de otros de supuesta unisexualidad, no podrían esperarse
de ella ciertamente grandes aplicaciones prácticas. Un individuo
femenino que se ha sentido masculino y ha amado en forma masculina no
se dejará imponer el papel femenino si ha de pagar esta transformación,
no siempre ventajosa, con la renuncia a la maternidad.
«Sigmund
Freud: Obras Completas», en «Freud total» 1.0 (versión electrónica)