La
casita parecía vacía. Nos acercamos con las linternas
apuntando para abajo, por las dudas. Sobre sus pilotes llenos de moho,
a oscuras, las ventanas cerradas, la puerta con una cadena colgando
pero abierta, la casita se nos aparecía vacía.
Milton
nos esperaba en su barco de motor roto. Cuando la correntada nos ayudó
-por decirlo de alguna manera- a anclar al lado de los palotes de esa
casa sin nombre, la mirada de Milton dejaba claro que él no se
bajaba de su nave, como solía llamarla. Mara me miró
a mí y los dos bajamos. Así, Milton se quedó solo
y ni bien nos alejamos un metro del barquito apenas si veíamos
la lumbre del cigarro que se acababa de encender.
La
casita parecía vacía. Empezamos a caminar por un sendero
rodeado de sauces; cuando dejamos atrás al último, sentí
la mano de Mara apretándome el brazo. Seguimos caminando.
Milton
sabía que el motor fallaba. Yo había invitado a Mara a
pasar una noche en barco sin decirle los detalles. Milton había
ido solo, la compañía de la noche y su nave le alcanzaban.
Ahora necesitábamos un teléfono o herramientas y un pistón
1.6.
Con
Mara nos conocimos hacía mucho. Fuimos novios varios años,
funcionaba todo demasiado bien.
Mara
sigue prendida de mi brazo y siento su cuerpo detrás de su mano.
Apenas la siento, no puedo ver de ella más que una mancha oscura
contra el fondo oscuro e intuyo un brillo en sus ojos. Creo que está
llorando.
Los
palotes contra los que amarramos no indicaban nombre de la casa, sólo
un cartel vacío que la linterna iluminó en vano. Ahí
fue que Milton miró como quedándose y que bajamos con
Mara.
La
casita parecía vacía.
Cincuenta
metros de camino con sauces, casi cien luego hasta la casita. Mara del
brazo.
La
casita parecía vacía. Mara me arrastra del brazo y subimos
la escalera que lleva hasta la puerta. Toma la cadena, la cuelga a un
costado, en un gancho que adivina pronto, como sabiendo que es para
eso. Ya no sé si es su mano de mi brazo o mi brazo de su mano.
Abre la puerta e ilumino al interior: un comedor sencillo, ordenado,
un sillón de dos plazas enfrentando un televisor, otro de una
plaza con un nene entredormido.
La
casita parecía vacía. Entramos. El círculo de luz
de la linterna va recorriendo los espacios. Del chico del sillón
a una puerta que al abrirse muestra un baño de mosaicos beishes,
tres toallones colgando de un gancho de metal pulido que sale de la
pared, cepillos de dientes, elementos de higiene personal acomodados
sobre una repisita al lado de la bañadera.
Parecía.
Cerramos la puerta. La mano de Mara cruza mi espalda en un abrazo leve
hasta acomodarse entre mi brazo y mi torso. La dejo hacer. La linterna
descubre una pequeña cocina en la otra punta. Verdes azulejos,
una ventana sin cortinas sobre la pileta de lavar, tres platos dejados
de la cena.
Tengo
hambre. La casa parecía vacía. Mara se estrecha contra
mí. Sigo iluminando los trastos. Un repasador colgando de la
tapa del horno. Las hornallas. Una pava, una cafetera, cubiertos secándose.
Giramos. La linterna investiga las paredes. Algunos cuadros -un Chagall
que a ella le gusta-, dos puertas. Una parece la de un chico, hay un
póster colgado. Así es, una cama, ropa en el piso, un
escritorio desordenado.
Vamos.
Mara me sigue sin despegarse.
Parecía
vacía.
Abrimos
la otra puerta. Mara me besa y yo la abrazo. Ante la puerta abierta
nos distraemos en un beso como los de antes. Parece que todo hubiera
continuado. Creo que lloro. O quizás sea ella. Creo que los dos
lloramos, con aceptación. Me toma de la mano, casi dejo caer
la linterna pero ella la atrapa en el aire. Tomo su mano y la levanto
enderezando la linterna. La luz se desplaza por el suelo alfombrado.
El círculo luminoso trepa a una cama quebrándose. Vemos
el acolchado desordenado. La veo a Mara recostada con un pelo canoso
desordenado. Ella me aferra cuando me ve, viejo, agotado, tendido en
la cama con el pecho agitado de entre sueños. Ronco. Mara me
abraza. No sé si es pregunta o qué. No sé contestar
y la siento desvanecerse. Después no sé si se le cae a
ella o se apaga, pero la linterna no ilumina.
Corro.
Los cien metros al sendero, después los cincuenta entre sauces.
Milton está con su cigarro encendido. No sé por qué
lo primero que le digo es que no encontramos nada. La siento a Mara
que me toma de la mano. Milton contesta gentilmente que no hay drama
y el motor empieza a arrancar. Suena cansado. Damos media vuelta, vamos
volviendo a la casita. Mara me mira:
-¿Cerrás
vos?
Sebastián
Hernaiz