“ser un héroe de la clase trabajadora es algo que vale la pena”
John Lennon
Una escena de Gotán: un albañil trabaja y canta; después, cae del andamio y muere. Albañiles, mineros y hacheros: el mundo del trabajo asalariado es, en los poemas de Gotán, Cólera buey e Interrupciones, el del obrero que se desempeña en los sectores primario y secundario. Trabajos duros, peligrosos y casi siempre trágicos; del universo del trabajo al Gelman de principios de los sesenta le urge retratar al trabajador, otorgarle un relieve propio. Si el mundo del trabajo enajenado es aquel en el que el hombre se convierte tan solo en su fuerza de trabajo y, por esto, se deshumaniza, la tarea a la que se avoca el poeta es la de volver a humanizar a los hombres en sus versos. Retratos fragmentarios en poemas reticentes, cuya factura no es ni transparente ni naturalista, en los poemas de Gotán los trabajadores adquieren trazos épicos. La modulación de dicha representación es la del tipo social y la búsqueda es la de re-presentar a los anónimos trabajadores a partir de una óptica que los muestra como parte de un todo glorioso: la “gente”, el pueblo. Indisociable de este modo de figuración es la búsqueda de responder a las inquietudes políticas que apremiaban a Gelman, y sus contemporáneos, a fines de los años 50. Los poetas buscaron acercarse de nuevo a la clase trabajadora, a la “gente” (proletariado urbano y clase “media”, rótulo algo vago este de “la gente”); sobre todo, porque era esa porción de la sociedad a la que muchos escritores argentinos y latinoamericanos de la época querían retratar y concientizar. Ese era el sujeto social que podía protagonizar, y/o consensuar, la revolución, el “salto temido y acariciado”, como decía Paco Urondo. Más tangible que nunca, la palabra “revolución” ingresaba a los poemas de Gelman y el albañil, el hachero y, a su manera, también el poeta debían ser sus protagonistas(1) .
En “Oración de un desocupado”, incluido en Gotán, un hombre le reclama a Dios “que no hay trabajo, no hay,/ bájate un poco, contempla”, dice, “esta angustia, este estómago vacío”. El desocupado que pide a Dios una explicación no entiende cómo ha llegado a esa situación y, en su ingenuidad, dice “yo no robé, no asesiné, fui niño/ y en cambio me golpean y me golpean/ te digo que no entiendo, Padre, bájate”. Dios está lejos y no “se baja”; el poeta, en cambio, sí ha descendido al mundo que lo rodea y escucha; ha vuelto nuevamente la mirada hacia la injusticia del mundo y, como había ironizado ya Baudelaire un siglo antes, debía dejar que su aureola cayera en el barro. Qué lugar le depararía al escritor esa nueva familiaridad con la gente sería quizás el problema más difícil de zanjar para los escritores de la época. En “Huelga en la construcción”, los andamios están vacíos: los albañiles se han negado a trabajar y lo han decidido juntos. En este acto gremial recuperan su dignidad, nos dice el poeta, y el trabajador de paro: “crecerá de cojones para arriba/puro de nuevo”. Hasta “el silencio de pie sobre el andamio/ se saca el sombrero”. El poeta festeja el acto gremial más allá de sus reivindicaciones, que no aparecen.
A lo largo de los libros que integran Gotán el trabajador aparece simbolizado en la figura del obrero de la construcción, y el mundo del trabajo en sus andamios y accidentes. En ese oficio Gelman condensa, por un lado, el colmo de la enajenación del trabajador urbano y, por otro, el sujeto social al que los intelectuales de la época anhelaban acercarse. Y en esa búsqueda, la mirada hacia esos hombres, y hacia su clase, se vuelve amorosa.
Cuando la rutina del trabajo finalmente hace irrupción, lo hace para mostrar su faceta más monstruosa, la de la muerte. También en “Accidente en la construcción” las inhumanas condiciones laborales se cobran una vida, y esta muerte convierte al albañil en mártir: su muerte es heroica porque los obreros “construyen su eternidad” arriba de los andamios, y pertenecen al “pueblo que no olvida” ni perdona. “Roberto, José, Antonio, Juan, Esteban,/ bajo sus nombres de albañil/ se fueron de la vida” y el poema se convierte en su encomio y epitafio. En los tres casos, Gelman apuesta a la presentación de instantáneas, escenas que se erigen en base a la sinécdoque, representaciones que no buscan la pintura naturalista: una cuchara, un andamio, el vino fuerte, las manos, un estómago vacío.
Pero no sólo de obreros de la construcción se trata la representación del trabajo en Gotán: la labor del albañil tiene su contrapunto en la del poeta con su material, oficio también este, a su modo, “manual”. A lo largo de la obra de Gelman, el encuentro entre la poesía y otros oficios es constante (“los tenaces perseguidores/ de nombres albañiles/ de la palabra y algunos hasta/ policías de la palabra o médicos// de la palabra o ferreteros carpinteros arúspices/ de la palabra o cómplices/ (pocos) de la palabra y otros/ oficios dignos o indignos para ella así”) Aunque el poeta no percibe un salario a cambio de su labor, ni debe dar forma a la poesía para subsistir (suele trabajar de otra cosa), la producción poética es también escenificada como trabajo. Sucede que satisface necesidades espirituales que, en tiempos de revolución, parecen secundarias respecto de la urgencia de cambiar las condiciones materiales de la existencia. Por eso es que los “poetas se mueren de vergüenza” pero, a la vez, en las distintas escenas de los poemas, no dejan de escribir. Gelman opta por asumir en sus textos esta dura contradicción. El oficio poético, entonces, visto bajo la doble óptica del anhelo de un trabajo que libere y construya, pero también como tarea que se evade de las urgencias revolucionarias de su época. Algo de esto puede verse en el poema “Oficio”. En él, escribir poesía se muestra como una tarea dolorosa y difícil, casi un gasto, un exceso: “pienso qué bueno andar bajo los árboles/ o ser picapedrero o ser gorrión/ y preocuparse por el nido y la/ gorriona y los pichones, sí, qué bueno” en vez de pelear con el endecasílabo y la gramática. El pajarito y el picapedrero, ligados a la naturaleza, son vistos como seres simples para quienes la diaria subsistencia y el cuidado de los suyos es la única pelea que interesa. El poeta, en cambio, decide vérselas con la palabra (se “desvía” de la pelea que interesa de verdad). Hacia el final, sin embargo, cede a medias: “Cambio sueños y músicas y versos/ por una pica, pala y carretilla/ Con una condición:/ déjenme un poco/ de este maldito gozo de cantar”. En la expresión de deseo del poeta de volverse quien transforma la naturaleza subyace el riesgo de la mitificación, el peligro de que la lucha por la subsistencia del obrero quede fijada como ideal y se borren de él los rastros de la enajenación. Sin embargo, la mirada de Gelman no es naïve; el de picapedrero puede ser un oficio deseable contrapuesto a la poesía pero nunca es ideal por sí mismo: la historia del obrero, el hachero o la sirvienta siempre es trágica y está signada por la injusticia y la incomprensión (como sucede en “María la sirvienta”).
Una década más tarde, sobre todo en los poemas de
Relaciones y
Hechos(2) , el trabajo aparecerá representado bajo nuevas formas y servirá, él mismo en tanto concepto, como modo de significar otras cosas. Dice Jorge Boccanera que en la poesía de Gelman el trabajo es entendido como un esfuerzo que redime, libera y emancipa. De allí que las partes que integran el mundo, incluso lo inanimado y lo mecánico, se afanen en diversos quehaceres.
(3) Y esto es efectivamente así en los poemas escritos a partir de 1971. Por un lado, vuelven ciertos tópicos que ya estaban en los primeros libros. En “Noticias” otra vez ha muerto un trabajador, un hachero en este caso, pero el encomio épico deja paso al lamento desencantado. “Envejecido en el duro trabajo del monte de casi 70 años/llamado Ildefonso Godoy/ falleció en el obraje solo y sin familia”; la paradoja de la pobreza y la explotación es tan dura que para el hachero “no hubo cuatro tablas para un cajón/ el hombre que la madera hizo penar sudar/no tuvo dos palos para una cruz”. Si el poeta de “Oficio” quería volverse picapedrero, los mineros de wolfram escriben ellos mismos su historia: “¿hay quien lee los mensajes que escriben los mineros abajo?/ ¿se pueden leer verdaderamente esos mensajes?/ ‘Perón es nuestra única esperanza’ dice uno/”. Aunque nadie los escuche, aunque nadie los lea, los mineros “escriben en las paredes de la mina/ escriben con sus lámparas de carburo/ escriben bajo la noche profunda”. Y retorna también el problema de la poesía que, como mero discurso, poco puede hacer para transformar la realidad y el poeta, en “Confianzas”, sigue estrellándose dolorosamente contra la certeza de que “y más: esos versos no han de servirle para/ que peones maestros hacheros vivan mejor/ coman mejor o él mismo coma viva mejor” y, sin embargo, “se sienta a la mesa y escribe”.
Pero en este grupo de poemas, el trabajo afecta a la realidad toda, no solo a los trabajadores asalariados o al poeta, y se vuelve sinónimo de todo acto humano. La naturaleza, la poesía, la esperanza, los amantes se afanan en sus tareas. Los amantes son “laboriosos”, la muerte “trabaja los rostros” y la ternura “trabaja, obrera delicada”. No hay confusión, sin embargo, en el plano representacional: el trabajo enajenado lleva a la muerte y a la mirada compasiva del poeta; el otro trabajo, el que subyace a todo acto humano (y por eso los objetos y la poesía se personifican), construye el amor y lleva a la liberación del hombre de las ataduras que lo constriñen. Personificada, es la poesía misma la trabajadora: “la poesía se ha puesto a trabajar/ sin respeto por el domingo caliente”, y le salen callos de lidiar con los verbos. Concepción ampliada del fenómeno laboral: el trabajo considerado como categoría antropológica. En oposición al trabajo alienado, existe, al menos en la dimensión imaginaria del poema, la posibilidad de presentar al trabajo como tarea de autorrealización y liberación. Una de las tantas ars poéticas de Gelman dice que “como un martillo la realidad/bate// las telitas del alma o corazón/ forja en// caliente o frío/ no presume/ reseca// ilusiones podridas/ piensa”. De esa forma es que trabaja la poesía en pos de la liberación del hombre. Quizás porque, como afirmaba John Wendell en Traducciones 1, “toda poesía es hostil al capitalismo/ puede volverse seca y dura pero no/ porque sea pobre sino/ para no contribuir a la riqueza oficial”. Será ineficaz para transformar la realidad de manera directa pero es laboriosa en el plano que verdaderamente le compete: indagar en nuevas maneras de concebir la acción humana.
Cecilia Eraso
NOTAS
(1) Mucho se ha escrito ya sobre el zeitgeist de los sesenta. Al respecto se puede consultar el libro de Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.
(2) Compilados en Interrupciones 1, Buenos Aires, Seix Barral, 1997.
(3) Boccanera, Jorge, Confiar en el misterio. Viaje por la poesía de Juan Gelman, Buenos Aires, Sudamericana, 1994.