Alan Pauls
Alejandra Zina
Alejandro Parisi
Andrés Tejada Gómez
Aníbal Ford
Ariel Bermani
Bárbara Belloc
Carlos Battilana
Claudio Zeiger
Cristian de Nápoli
Daniel Freidemberg
Daniel Krupa
Daniel Link
Edgardo Cozarinsky
Elsa Drucaroff
Elvio Gandolfo
Emiliano Bustos
Fabián Casas
Federico Jeanmaire
Fernanda García Lao
Guillermo Saccomano
Gustavo Ferreyra
Gustavo Nielsen
Hernán Ronsino
Ignacio Molina
Jimena Néspolo
Joaquín Linne
Juan Terranova
Julieta Lerman
Leonor Silvestri
Leopoldo Brizuela
Luis Gusmán
Luisa Lindo
Macky Corbalán
María Rosa Lojo
María Teresa Andruetto
Marina Kogan
Martín Kohan
Mauro Lo Coco
Nurit Kasztelan
Oliverio Coelho
Oscar Fariña
Osvaldo Aguirre
Pablo Toledo
Paula Peyseré
Pedro Mairal
Raquel Heffes
Ricardo Strafacce
Rodolfo Edwards
Romina Doval
Romina Freschi
Santiago Llach
Sonia Budassi
Susana Cella
Valeria Iglesias
*
Alan Pauls
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No "vivo" de la literatura en el sentido de que el dinero que la literatura me da no me alcanza para pagar las cuentas, pero vivo de ella en la medida en que si no leo o escribo durante, digamos, veinticuatro horas, la vida sufre un entristecimiento general que afecta entre otras cosas mi competencia para producir el dinero que sí las paga y cuyas consecuencias vitales –en caso de que la situación se prolongara– serían imprevisibles. En términos económicos, la literatura es y supongo que seguirá siendo lo que nunca debería dejar de ser: un plus, un suplemento, un lujo. Es decir: un escándalo. (Todos los escándalos del "mundo literario" siempre tienen que ver con la relación equívoca que la literatura mantiene con el dinero.) Como siempre tiene algo de espejismo o de fraude, el dinero que llega de la literatura es el que menos espero en el mundo y sin duda el que más me hace gozar.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Con un oficio híbrido que combinara el arcaísmo y la paciencia de un artesanado con la velocidad de una ciencia instantánea.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Trato de escribir todos los días. Si las cosas de escribir no salen, trato de orbitar alrededor de lo que escribo la misma cantidad de tiempo que dedicaría a escribir. Orbitar quiere decir quedarme cerca de lo que (no) escribo: leer, releer, tomar notas, estar en babia, cambiarle la tipografía y el cuerpo y los márgenes a lo que ya tengo escrito, no atender el teléfono para convencerme de lo ocupado que estoy, etc. Escribo muy despacio, muy mentalmente, pero generalmente lo que escribo es lo que queda. Corregir para mí nunca es "pulir": es hachar, eliminar, cambiar de lugar. Corrijo siempre sobre grandes unidades de texto, nunca sobre pequeñas. Antes me desalentaba el tiempo que me llevaba cada frase. Últimamente me consuelo diciéndome que el tiempo que invierto en pensar quizás sea el mismo que los demás escritores invierten en corregir. Hay algunos amigos, dos, tres a lo sumo, que aceptan leer lo que escribo antes de que se publique. Leo mientras escribo a otros autores, por supuesto, incluso buenos autores que me exaltan o descorazonan, pero nunca nada "sobre" lo que estoy escribiendo. Todo eso, si lo leo, ya lo leí antes, cuando escribir era un sueño útil, y ya lo olvidé.
Alejandra Zina
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Sí y no. Si la pregunta es si me gano la vida escribiendo ficción, la respuesta es no. Escribo ficción y mi gana pan tiene que ver con ella: soy editora, correctora, doy clases de narrativa en la Escuela de Cinematografía Nacional. Pero esto es relativamente reciente. Antes trabajé de:
Pegadora de patillas de pañolenci para la campaña Menem ´89. Lo hacíamos con otras dos amigas para el papá de una de ellas, que había comprado kilos de patillas y pegamento. Siempre salíamos colocadísimas de esas jornadas laborales.
Promotora de una cobertura médica trucha.
Promotora de una tarjeta de crédito trucha.
Vendedora de zapatos.
Vendedora de mallas en Villa Gesell.
Repartidora de afiches y volantes.
Secretaria privada de una psicoanalista lacaniana acaudalada que organizaba tertulias literarias en su casa de Recoleta.
Secretaria privada de una señora que se presentaba como diseñadora de modas, pero compraba la ropa en Once y después la revendía. Su marido, burrero y putañero tiempo completo, le giraba una mensualidad para sacársela de encima. Con esa mensualidad yo pagaba la peluquería, la manicura, la masajista, Visa, American Express, la tintorería, luz, gas, rentas, Automóvil Club Argentino, Tiempo Compartido, el teléfono celular y las cuentas de su casa en Punta del Este.
Secretaria en una institución educativa.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La escritura de cuentos y la luthería es una comparación que me gusta. Los luthiers reciben un madero al que tienen que transformar en instrumento. Serruchan, tornean, lijan, aplican clavijeros y cuerdas. Una vez que transforman la materia prima, tienen que afinarlo y hacerlo sonar. Yo imagino algo así cuando me siento a escribir un cuento. Al principio tengo un material tosco, tiene buen aroma y creo que es prometedor. Entonces laburo los personajes, el ambiente, las descripciones, el comienzo, el remate, la tensión dramática hasta que lo empiezo a ver. Cuando ya tiene forma, sigo con el trabajo fino: las palabras que elegí, la puntuación, la sintaxis, hasta que en algún momento (glorioso momento) siento que empieza a sonar. Cuando no pasa nada de esto, me frustro. El cuento aspira a la máxima precisión y uno se vuelve muy maníaco, muy obsesivo y omnipotente.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Depende. Mi producción es mayormente de cuentos. Construirlos me lleva mucho tiempo y no me salen siempre del mismo modo. A veces empiezo por un personaje, a veces por una frase que me suena en la cabeza y quiero meter en algún lado, a veces por un recuerdo, a veces por algo que escuché o que vi. Me esfuerzo por no explicar ni juzgar a mis personajes. Mientras escribo dejo que hablen ellos. Sus voces me interesan más que la mía.
Mi pareja es mi primer lector, al que quiero seducir. Mientras me lee, doy vueltas por la casa, fumo, lo espío, lavo los platos, hago tiempo hasta que se aparece para decirme qué le pareció. Por su cara me doy cuenta si la cosa viene floja o si es un "¡sigue así!".
Semanalmente muestro mi trabajo a mis compañeros de taller y a mi maestro, Alberto Laiseca. Conocen lo que escribo y confío en todo lo que me dicen. A veces, envío cuentos a otros amigos (escritores y no) y a mis hermanas.
Intento escribir todos los días, con disciplina deportista. Escribo de tarde, noche o madrugada. Jamás de mañana. La mañana se hizo para dormir.
Sí. Leo a otros autores. Me ayudan a resolver problemas o me dan buenas ideas o me conectan con una emoción o me advierten de algo. Pienso, por ejemplo, "¿cómo hizo Capote para decir esto que yo quiero decir?" Voy a Música para camaleones, leo, me digo "qué hijo de puta", y vuelvo a lo mío.
Alejandro Parisi
¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Mi vida laboral fue y es bastante caótica. De los 14 a los 18 animé fiestas infantiles. A los 18 fui cajero de Jumbo (le da más). De los 19 a los 24 trabajé de cadete para una empresa aduanera. De los 24 a los 26 hice encuestas. A los 26 llegué a Europa con el sueño de convertirme en escritor y apenas si logré conseguir trabajo de camarero. Ahí vendí bijouteri en la playa, hice mudanzas y, por casualidades de la vida, vendí los derechos de mi novela a un productor de cine que, aunque nunca filmó la novela, me abrió las puertas para trabajar como guionista. De alguna manera, puedo decir que gracias a la literatura comencé a trabajar como guionista. Y, salvando las distancias, una y otra profesiones se parecen. La diferencia es que en literatura escribo lo que se me antoja y en los guiones respeto un montón de directrices que hacen a un programa de televisión. Sin embargo puedo trabajar en casa, escribir todo el tiempo y tener tiempo para jugar con mi hijo y seguir con la literatura. Además pagan bien, mucho mejor que la literatura. Los puntos negativos son los mismos en ambos oficios: mucho caretaje: productores que, como los editores, te tratan mal y te exigen lo que se les canta, y la sensación constante de que uno (guionista o escritor) está solo en el mundo (escribiendo).
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Un lugar común es decir que el oficio de escritor se parece al del albañil. Primero, ningún autor que conozca se levanta a las 5AM y se toma un colectivo de dos horas para pasar el día ensuciándose las manos y cargando bolsas de 50kg de cemento. Como dice el Diego: "Esto no es laburar, laburar labura el que se levanta a la madrugada para cargar bolsas en el puerto". Coincido, aunque muchos autores se llenan la boca diciendo que son albañiles. Si tuviera que compararlo con otro oficio, sería uno hedonista, pulcro y pretencioso. Quizá con un cirujano plástico: se modifica la realidad para dejarla linda. Pero tampoco, en mi corta vida de escritor no vi ni una cuarta parte de las tetas que ve un cirujano plástico. Pero la comparación me gusta, y de ella surgen dos líneas: la primera, la más complicada, es escribir algo que a uno le gusta y respetar la escritura, trabajarla, en relación al texto que se está escribiendo –como un cirujano plástico mira un cuerpo a mejorar y piensa qué tetas, qué boca y qué culo serían más apropiados para ese cuerpo. La segunda, más exitosa, es escribir algo para que le guste a la mayor cantidad de gente (ya sean críticos, lectores o colegas) –como el cirujano que, sin haber visto el cuerpo que debe modificar, le pone por default un par de tetas tentadoras, mucho colágeno en los labios y una cola parada, todo esto social y sexualmente celebrado. En fin, el primer caso produce un autor poco conocido, de culto, y un cuerpo perfeccionado. El segundo caso produce un best seller escrito como cualquier otro best seller y una rubia teñida con demasiadas tetas para su metro sesenta de altura y una boca llena de colágeno lista para ir a Bailando por un Sueño.
3 ¿Cómo trabaja su escritura?
Directamente en la PC, escribiendo y releyendo todo el tiempo.
¿Cuánto tiempo le dedica?
En los momentos en que estoy escribiendo algo, le dedico un promedio de 5 horas diarias.
¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos?
Sí, claro. A medida que uno va creciendo cada vez necesita menos opiniones, pero más profundas y más especializadas. En general son amigas: las mujeres son más objetivas, crueles y sinceras. Nunca colegas, por una simple razón: te recomiendan que escribas lo que ellos hubieran escrito (no es una acusación: yo hago lo mismo).
¿Escribe de manera regular?
Sí, nunca pasa más de una semana sin que me siente a escribir. Si no lo hago, me pongo de mal humor y termino por deprimirme.
¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Sí. Además de hacer un trabajo bibliográfico (es decir, de leer cosas que me ayuden a ver en qué estoy metido), me gusta leer cosas que no tienen nada que ver con lo que escribo para robar lo menos posible y, sobretodo, distraerme. Definitivamente, soy mejor lector que escritor.
Andrés Tejada Gómez
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No, no vivo de la literatura. En ningún sentido. Bajo ningún aspecto.
La literatura no ocupa ningún lugar en mi modo de ganarme la vida. En última instancia, la vida no es algo que se pueda ganar.
Trabajo en un oscuro empleo municipal. Una larga tradición me antecede: Kafka, Juan L. Ortiz. William Carlos Williams, Francisco Madariga y Ezequiel Martínez Estrada.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Mi comparación sería con un trapecista sin red: en la literatura uno siempre está ante la posibilidad de caerse al vacío. O con un payaso: uno siempre está a punto de hacer el ridículo. Tal vez con un mago: trabajando con la ilusión de los otros y engañando. Aunque lo mejor sería ser comparado con un estibador: soportar todo el peso en el propio cuerpo y seguir siempre adelante al finalizar la jornada. Jamás con un vulgar bailarín de tango: no hacen nada por dignificar la humanidad.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Trabajo con esmero, con paciencia, con esfuerzo y con intensidad. A oscuras, aunque con luz.
Le dedico todo el tiempo humanamente posible, teniendo en cuenta, claro mi tendencia a la desidia.
Nadie nunca lee mis textos antes de publicarlos. No hay nadie para leerlos.
Para mi trabajo literario actual leo a: Schowb, Borges, Bolaño, Wilcoock, Chitarroni, Musil, Junger, Barthes, Kafka, Cheever, Gombrowicz, Pavese, Mansfield, Brecht, Pauls y contra mi volunta a Virginia Woolf.
Aníbal Ford
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
a) No. Aunque si de muchos saberes que provienen de la carrera de Letras y desarrollos posteriores. b) Las relaciones con investigación, desarrollo, invención. c) Proyectos editoriales, periodismo, director de investigaciones, fletero, director de investigación y desarrollo de un empresa de productos químicos, profesor universitario, asesor...
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Con la epistemología en el sentido wittgensteiniano, con el diseño y el dibujo, con la talla de madera. Sobre todo esto último.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Como la talla. No escribo de manera regular porque me tragaron otras cosas que me hacen aparecer a pesar mío como un profesor universitario. Pero así son las cosas. Con todo escribí ficción y pienso seguir. Es lo que mas me interesa y creo que es donde hice un aporte marginal pero real. Soy lector de documentos perdidos y cuando escribo investigo lo que estoy escribiendo. Teoría y narración o ficción han pasado a ser, para mí, una misma cosa.
Ariel Bermani
1. ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
¿Vivir de la literatura? De alguna manera, sí. Si usted puede vivir sin escribir, no escriba, decía Walsh que dijo –o escribió– Rilke. Todo lo que no sea literatura me aburre –esto es de Kafka y también, de alguna manera, es mío–. Trabajo en una biblioteca de literatura argentina, todas las mañanas; y a la tarde, casi todos los días, incluyendo el sábado, doy talleres de lectura y escritura en diferentes instituciones. Vivo rodeado de libros, hablando de libros, desde que me levanto hasta que me voy a dormir. Me gusta eso. Por supuesto que también pasé épocas pocos agradables, en el aspecto laboral. Durante siete años, por ejemplo, tuve que soportar a una jefa que me retaba –como a un chico– si me veía leyendo. Tenía que leer a escondidas. Un día organizó una reunión con el director para hacerme entrar en razones. Yo estaba, según sus palabras, “tironeado por la literatura”. Lo que todavía no conté es que el lugar donde trabajaba es un instituto de investigación cuyo objeto de investigación es, justamente, la literatura. El director de ese sitio solía contar, burlonamente, que en la biblioteca nacional de México habían echado a un empleado porque lo encontraron leyendo.
2. Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio, ¿con cuál sería y por qué?
Nunca se me ocurrió comparar el oficio de escribir con otros oficios. Pero si tuviera que hacerlo, lo compararía con el boxeo. El escritor como un boxeador. Puro esfuerzo físico, rapidez mental, el cansancio en los brazos, en las piernas. La sensación de que hay que encontrar el golpe, el cross a la mandíbula, pegar fuerte, a veces, pegar de a poco, con método, siempre. No es necesario buscar el knock out, también es bueno ganar por puntos –resistir hasta el final, en forma heroica, como GalíndezenJohannesburgo–.
También me gustaría comparar al escritor con el carpintero. Martillar, serruchar, modelar, tallar. Trabajar la prosa como si fuera madera. Sentir la solidez de la escritura.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Son demasiadas preguntas, me siento intimidado. El tiempo que necesita mi escritura, la regularidad y la mecánica de trabajo cambian, en general, a partir del tipo de obra en la que esté embarcado. Si es poesía o cuento, puedo entrar y salir sin demasiados inconvenientes, seguir con un tipo de vida social y laboral de lo más pueril y corriente. Cuando tengo ganas, escribo. Pero la novela me lleva otro tipo de esfuerzo y dedicación. Hacer una novela es, para mí, vivir ahí, con los personajes, los climas, las situaciones. Me parece más real la ficción, en ese caso, que la mismísima realidad. Si escribo una novela no leo otra cosa, no hago otra cosa, no puedo. Si escribo cuentos sí, me siento menos involucrado, más libre. Tengo amigos que leen todo lo que escribo, desde hace años. Y también mi novia me lee con atención y lápiz negro. Ella escribe. Me gusta que leamos nuestros textos en voz alta, a la noche, casi a oscuras, completamente solos.
Para el final, les dejo una linda cita de Bernardo Kordon. Es el epígrafe que abre su novela Un horizonte de cemento, publicada en 1940: “Novela no es tesis, trama, retórica y toda máquina convencional de 50.000 palabras. Novela es lograr expresar la condición de aventura intensa y mágica de la existencia humana”.
Bárbara Belloc
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Puesto así, “vivir de la literatura” me suena a un anacronismo que quedaría fuera de la escala cuya unidad podría ser “el tiempo es dinero”. De manera que: sí, vivo de la literatura en esas zonas sin valor de cambio (la vida personal, la imaginación, las conversaciones, la correspondencia, esos infinitos lujos privados y al margen), y no vivo de la literatura en términos estrictamente materiales, sino de prácticas diversas de la escritura (el ghost writing, la edición, el periodismo, los talleres). En el mercado laboral relacionado con la producción de libros, la literatura es hoy lo que Copito de Nieve era ayer en el zoo de Barcelona.
No obstante, la literatura ocupa un lugar central en mis modos de ganarme la vida, a la manera de un telón o una música de fondo. De no estar ella allí, secreta y concreta como la carga en la bodega de un barco, cualquier labor de escritura por dinero sería demasiado lineal, utilitaria, demasiado lisa y llana.
He hecho una buena cantidad de trabajos “extra-literarios”, desde vender disyuntores eléctricos en oficinas del microcentro hasta cultivar verduras en una huerta orgánica. A veces me pregunto si no sería mejor, menos invasivo para mi propio impulso de escritura, tener un trabajo que no consista en producir palabras por encargo, según formatos, ideologías y finalidades a los que no puedo adherir del todo. Cada día me respondo algo distinto.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Supongo que mi personalidad, más la experiencia que he ganado con el tiempo, me impiden establecer una analogía única. A veces escribir me parece semejante al acto de hacer un dibujo en lápiz (y no es una comparación literal sino metafórica), a veces me parece que es como componer música o tocar un instrumento, a veces me parece que es como construir mecanismos, a veces bailar, a veces manejar un taxi. ¿Por qué? Porque en mi caso la escritura fluye en esa zona liminar entre la libre improvisación y un deber-ser-así que ella misma impone más allá de mí, entre las palabras que se hacen propias sin otro testigo que uno mismo y el mundo pregnante del discurso, las ideas y las vidas de los otros. Porque escribiendo muchas veces me siento como una intérprete.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Trabajo mi escritura como puedo, con cuidado y extrañamiento. Creo que empiezo a escribir (antes solía decir “componer”) en la parte de atrás de mi cabeza, en el cerebro reptil; allí va tramándose algo, una mezcla de palabras, imágenes y sensaciones, hasta el momento de volcarlo al papel. Entonces la forma viene dada, con su ritmo, sus núcleos de sentido y sus desvíos (en términos generales: su manera de decir), y luego a mí me queda, si lo creo necesario, trabajar conciente e intuitivamente esa pieza de acuerdo a su carácter. Como quien trabaja con piedras.
Le dedico un tiempo irregular, según el efecto de atracción que la escritura en curso ejerza sobre mí, mi ánimo y, claro, lo que le robe a las obligaciones mundanas. No hago tarea de escritorio.
Nadie lee mis textos antes de publicarlos, salvo los amigos. Pero me gusta “probar” los textos en lecturas públicas, antes de incluirlos definitivamente en un libro.
Naturalmente evito leer literatura en las épocas fértiles de escritura, aunque sí leo ensayos científicos y textos religiosos.
Carlos Battilana
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
“¿Vive usted de la literatura?” En un sentido práctico no vivo, obviamente, de la venta de mis libros. Pero sí hay algo en ese enunciado que se vincula con el hecho de vivir de la literatura a la manera de un oxígeno que funciona como una usina que moviliza las fuerzas en una dirección. En ese sentido trato de escribir poemas atendiendo la fluencia de un ritmo que no deriva, necesariamente, de un estado personal correlativo.
Respecto de las preguntas subsiguientes, enseño literatura en diversos ámbitos (la universidad, profesorados). La enseñanza, que es una tarea de entrega y de diálogo, quita fuerzas para escribir. No vinculo la escritura con la enseñanza. Diría que casi es lo contrario. La clase, el ideal de la clase, es la posibilidad de interrogar a la literatura en el mismo instante en que llevamos a cabo el acto de enseñar; sin embrago, en la clase no es posible improvisar, y si se lo hace, la improvisación debe fundarse en un saber previo que permita quedar a la intemperie con el cuerpo y el pensamiento como objetos de entrega. Una clase, en un primer momento, debe proteger a los alumnos, por más que las preguntas que suscite conduzcan al desamparo Es decir, una clase necesita de algún tipo de resolución, de algún tipo de certeza que transmitir. La escritura busca la intemperie, deshacerse de las certezas para reconocer el origen de la voz, para saber cómo es la voz de quien escribe en una especie de utópica coincidencia con la letra.
Entonces, a la pregunta sobre “ganarse la vida”, digo que el dinero que obtengo proviene básicamente de la enseñanza de la literatura, aunque no de la literatura.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Es posible que conciba el trabajo de la escritura vinculado con el de la artesanía: un trabajo de amor con materiales concretos. Más que escribir, me gusta el acto siguiente: ver cómo se arma el poema; articular palabras como si el texto se tratara de un mecanismo, corregir, componer pero no en un sentido originalmente creativo. Me gusta ver el orden de los poemas en el interior de un libro, desechar, reconocer si hay un aire ligero que finalmente pueda diluirse en los textos. El trabajo de la escritura, en algún punto, me resulta incómodo. Tengo la necesidad de ver hechos, palabras, con el fin de hacer un camino inverso que conduzca, si es posible, a una especie de voz.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Acerca de la pregunta sobre el tiempo que le dedico a la escritura, diría: pienso mucho en ella, en distintos momentos del día. Intento escribir regularmente aunque sin éxito. Intenté escribir todos los días como un acto de voluntad y en mi caso, si bien no lo logro, cuando escribo todos los días restauro un orden físico del cuerpo que me permite vivir en armonía. Pero en los hechos, por diversas circunstancias, no escribo todos los días, aunque ése es mi mayor ideal: escribir todos los días ¿Por qué escribir todos los días aun sin deseo? ¿O sobre todo sin deseo? Tal vez el deseo esté en lo que va a venir, en la fe de que aquello que va venir es algo mejor. Secretamente, paradójicamente, allí hay un ideal romántico: dejar el cuerpo en la escritura, sacrificarse en el sentido más literal, aun cuando las voces de las musas no arrimen su voz o su susurro. Esa pequeña inmolación seguramente alberga alguna fe en los beneficios de la poesía: ver un poema, escuchar un poema, reconocerse en la letra de un poema. La voluntad de escribir sin deseo, en mi caso, puede llevar al lugar del puro deseo, un lugar sosegado, calmo, el lugar donde armar los poemas, las series, los libros. Creer como Salieri, y acaso no como Mozart, que cuando se logra componer, al fin, se puede respirar.
Claudio Zeiger
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo de la literatura si se entiende por ello vivir de los libros publicados como escritor. Si miro hacia atrás y mezclo un poco periodismo y literatura, y veo que llegué a hacer mucho periodismo literario y hasta un programa de libros en televisión, podría decir que algo de mi vida económica tiene que ver con la literatura. Consuelo.
Trabajo como periodista. Antes tuve varios trabajos. Especialmente, durante unos cinco años, fui telefónico. Operador telefónico del servicio internacional, un momento por favor.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Se me ocurre el caso de la natación. Un trabajo solitario, de superación personal, silencioso, altamente competitivo aunque no lo parezca (no saltos ornamentales ni clavadistas: ¡natación!)
¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Trabajo lentamente, corrijo casi en simultáneo al tiempo de escritura, casi podría decir que reescribo mientras escribo. En un momento de aceleración intuyo que puedo ir para adelante y aprovecho el impulso. Corrijo y releo mucho. Alterno períodos de fuerte trabajo y otros de nada. Me gusta hacer planes y más planes que luego se vuelven signos incomprensibles. Pero no puedo vivir sin esos papelitos. Confío mucho en mi intuición de escritor porque sé desde hace años que soy esencialmente un escritor. Trato de demostrarlo de vez en cuando con un libro verdadero, una novela de cien, doscientas páginas a modo de prueba de verdad. Mi conclusión es que hacer una novela es un cúmulo de dificultades a superar.
Alguien lee lo que escribo pero no es un rito. Si da para que lo lean, lo doy a leer.
No escribo con regularidad. Me gustaría hacerlo.
Siempre estoy leyendo así que leo mientras escribo y leo mientras no escribo. Además creo que ser ensayista o crítico, o sea, escribir sobre otros escritotes, es parte del hecho de ser escritor. Es parte de un proyecto común.
Cristian de Nápoli
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Que otros escriban es determinante para mi economía. Hago correcciones de estilo y traducciones. Mi primera fuente de ingresos hoy depende sin embargo de lo que otros hablan y no escriben. Hago transcripciones de clases o charlas dictadas en la UBA. El grueso ocurre en casa: son trabajos ideales para un separado con dos hijos. Por producir escritura de mi propia pocilga nunca gané nada fuera de un par de concursos con premio en efectivo, algunos amigos y muchos enemigos. Hasta la fecha no reseñé ninguno de los libros sobre los que escribí. También edito libros de otros autores, muy pocos; tres veces pedí subsidio para editar libros de otros, y lo obtuve con tan alarmante facilidad que perdí las ganas de pedir, aunque no descarto volver a hacerlo.
Trabajos muy distintos desde los 12 años: ayudante en almacén, cobrador para la casa de alarmas X28 (desde ahí que mi adjetivo preferido es “alarmante”), fotocopista muchos años, docente de lengua y de literatura, calígrafo para una editorial de historietas, éste que tengo hoy con las transcripciones, etc.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
No siento que la escritura sea un oficio. El otro día me contaban que este dossier de El interpretador sobre el trabajo se inspiró en un artículo que escribí a propósito de la última novela de Aníbal Jarkowski. Ahí sigo la opinión de que se puede distinguir arte y trabajo, y una cosa es estrictamente lo que la otra no es. Claro que en el medio hay un género tan alarmante como la reseña, en un aparato tan tranquilizador como los diarios. Nunca estuve en ese medio. Conozco sí la docencia que es un trabajo tangencialmente escritural, pero es eso, un trabajo, nada de librepensadores por suerte ahí (algunos hay en realidad, pero se está trabajando en ello).
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Entonces, si aceptamos que no todo lo hecho con esfuerzo y regularidad es trabajo (ejemplos abundan), hablemos de esta dedicación. Una carga horaria estándar, pongámosle de siete a diez horas semanales en épocas de emociones estables, para lo que se dice escribir; mucha lectura en el medio (que cae cuando hay ciertos timbres en la emoción); tres o cuatro personas que invariablemente leen lo que sale antes de que “se imprima”.
Daniel Freidemberg
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
El sueldo con el que me gano la vida y me doy algunos gustos lo recibo, desde hace años, por mi trabajo como periodista. Alguna que otra vez recibo también dinero por escribir sobre libros u otros textos en diarios y revistas, por hacer prólogos o estudios introductorios, por preparar antologías, por participar como jurado en algún concurso, por leer en un festival o por dirigir la colección de poesía de una editorial. Por ninguno de mis libros de poesía, en cambio, recibí nunca un centavo (cosa que ya no sé si está bien o está mal, a veces pienso una cosa y a veces la contraria), y a los dos primeros, a decir verdad, los pagué. No puedo negar de todos modos que algún lugar ocupa la literatura en mi modo de ganarme la vida, en tanto gracias a la literatura pasé a la crítica y al periodismo, y que de algún modo el periodismo que mayormente practico podría considerarse “periodismo cultural” (permítanme una sonrisa). En cuanto al taller de poesía que coordino y al departamento de Literatura y Sociedad del Centro Cultural de la Cooperación, que tengo a mi cargo, no me dan de vivir. Sí en cambio alegrías y preocupaciones.
¿Otros trabajos? Atendí el mostrador de una panadería, fui maestro de escuela primaria, operario en una fábrica de carteles de acrílico, cadete de comercio, empleado bancario, extra de teatro, corrector de pruebas, corrector de estilo, y alguna otra cosa que en este momento se me escapa.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Con cualquier oficio artístico. Es de cajón, ¿no? Con la diferencia obvia: se hace a solas con uno mismo, a diferencia del teatro, no pone en juego uno el cuerpo en el acto de crear, a diferencia de la música (¡qué envidia, mi Dios!), no hay materia física que disponer y con la que pueda uno enchastrarse las manos, no hay cuerpos que respondan. ¿Por qué lo comparo? Porque, al menos en el sentido que yo le doy a las palabras “literatura” y “arte”, son oficios desalienados y que se llevan a cabo sin un para qué claro, sin que nada que importe más que la experiencia del trabajo mismo. Son, sí, trabajo, ante todo trabajo (“la poesía es trabajo”, me dijo una vez Girri), pero desalienado: no trabajo ante un alien, no para un alien, tampoco para mí mismo exactamente, sino para dejar concretado algo, objetivar algo, introducir en el mundo un complejo de significaciones que pueda interrumpirle a alguien la continuidad de las percepciones y los pensamientos, obligarle a revisarlos, a refundarlos quizá, o hacerlo a uno refundarse, si no fuera una aspiración excesiva. Desalienado relativamente, por supuesto: la desalienación absoluta no existe.
Y, ya que estamos, también alguna comparación puedo hacer con el psicoanálisis. Sólo que, en este caso, soy a la vez analista y analizante, y mi escritura es eso que circula entre los dos y nos crea, nos extraña, en todos los sentidos del término. Sin pedirnos permiso pero tentándonos, forzándonos, seduciéndonos, traicionándonos, dejándonos siempre solos para irse a otra parte, en cierto modo felices al ver que puede hacerlo. Y desolados: “¿después de esto, qué?”
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Escribo de manera no sólo regular sino constante, casi ininterrumpidamente, pero no poesía ni literatura, o sólo de tanto en tanto poesía o literatura. Escribo mails por sociabilidad o necesidad, escribo artículos para ganarme la vida o expresar alguna opinión literaria o política, escribo –también para ganarme la vida– copetes y epígrafes, escribo apuntes de todo tipo, notas de lectura y ocurrencias por pura obsesión de que nada quede afuera de la letra o miedo a que una idea o una percepción se me pierdan, escribo una suerte de diario que no es un diario porque sólo a mí me sirve, como si fuera otro modo de sostenerme a través de la palabra, y que a nadie que se acerque a leerlo podría decirle nada. Y en medio de todo eso que escribo a veces aparece la punta de un poema, o una frase o un párrafo que pueden ser usados en un poema, y lo empiezo a trabajar para ver si resulta un poema, cosa que puede ocurrir o no. O a veces caminando por la calle, o en subte, o bañándome, o en medio de un viaje o en la cola del supermercado, aparece en la mente alguna frase que me hace pensar “da para un poema” y la anoto, en una libretita o en la mente.
A mi último libro, de todos modos, y a diferencia de todos los anteriores, hubo un momento, cuando estaba más o menos por la mitad, en que empecé a trabajarlo en base a una suerte de programa, porque el libro entero se me planteó entonces como una unidad, no como un rejunte de textos preexistentes: sentí la necesidad de que se sostuviera en una estructura, lo que a su vez me obligó a buscar temas, escenas, y a probar escrituras que sirvieran a esos propósitos. Por primera vez, hubo poemas que me propuse escribir –no “surgieron”– y lo hice, y salió bien. El último tercio del libro, aproximadamente (último en el sentido cronológico, no de acuerdo al orden en que los textos aparecen en el libro), fue escrito como supongo que se escribe una novela: uno se sienta, se olvida de cualquier otra tarea, y empieza a pensar cómo resolver tal o cual problema que el esquema propuesto le plantea. Busca alternativas, las prueba, las descarta, busca otras alternativas, descubre lo que no se le había ocurrido, cambia lo ya escrito, se fija si valen la pena esos cambios, y así. Nunca lo había hecho antes y me alegro de haberlo intentado, creo que me va a ser muy útil esa modalidad más “profesional” de aquí en adelante.
Siempre leo a otros autores, esté escribiendo o no, pero no de manera sistemática: picoteo, curioseo, reviso, repaso, hurgo, encuentro cosas por casualidad, muy poco o casi nada de eso entra en la poesía que escribo en ese momento (sí, en cambio, entra mucho de lo que leí en otros momentos y que por algún motivo es convocado por el trabajo de escritura, la mayoría de las veces sin intención previa). Por razones laborales, a veces leo libros enteros, o en los raros momentos en que me permito darme ese placer de abandonarme por entero a un libro, como quien se toma unas vacaciones.
Pasados los tiempos en que integraba un grupo en el que todos nos leíamos y criticábamos todo, durante años dejé de dar a leer mis textos. No sé por qué, el caso es que no se los daba a nadie. Pero cuando vi lo que me iba saliendo en Cantos en la mañana vil (2001) sentí que me alejaba tanto de lo que había hecho hasta entonces que una parte la di a leer, a Gelman primero (el proyecto estaba muy verde, pero el “seguí así” de su parte me sirvió de mucho), después a Fogwill, casi entero, y unos pocos tramos a algunos de quienes entonces me acompañaban en Diario de Poesía. En cuanto a En la resaca, mi último libro, la única persona que lo leyó casi completo antes de darlo a publicar y me hizo indicaciones que me resultaron útiles fue Susana Cella, que además de escritora es mi mujer. No desconozco, de todos modos, que varios textos de ese libro salieron previamente publicados en revistas, y algunos de los comentarios que recibí al respecto los tuve en cuenta. Siempre “tomándolos como de quien viene”, como corresponde.
Daniel Krupa
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo de la literatura y me animo a agregar “afortunadamente”. Si fuera otro el vínculo, perdería el costado lúdico, insensato e inoperante que le encuentro desde siempre a esto de escribir, ídem con la lectura. Sé muy bien por qué voy a trabajar todos los días (desde el resguardo y el mínimo placer que ofrece una rutina laboral a lo que implican compromisos tales como el pago de la cuota social de Gimnasia y Esgrima de La Plata, la escuela de mi hija, el alquiler, el monotributo, ingresos brutos, la obra social, etc). Ahora, a la razón por la cual me arruino la columna frente a un monitor, no termino de encontrarla y disfruto que así sea. ¿Qué hago? Trabajo en lo que suele denominarse muy vagamente “comunicación institucional” y a veces pienso seriamente en dedicarme a la gastronomía en alguno de los puestos de la Costanera o en abrir una fábrica de botones siempre y cuando estas actividades no impliquen desgaste mental alguno.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Buena pregunta: sencilla y compleja. Se me ocurren dos. Uno, el primero, completamente trillado, habla de un escultor dándole a una roca o a un cacho de algarrobo en cuyo centro –sólo él– ve una mano, el rostro de un mapuche con cara de tránsito lento o el órgano reproductor femenino. El otro oficio podría ser el de heladero, ¿no? Si se te va la mano con el contenido del recipiente, sea éste de cucurucho o telgopor, tarde o temprano se te derrite todo y chorrea por todos lados. Algo parecido pasa con la escritura, creo. A Martin Amis en Perro Callejero, por ejemplo, se le fue la mano con el sambayón: se le fue la mano.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Sin ningún tipo de apuro. No hay días ni horarios. En ese sentido, tampoco fantaseo con “comprar” tiempo para retirarme a La Cumbre (Córdoba) y escribir entre sierras una obra acorde al nombre del lugar. Nunca siento que tenga “períodos” de escritura, con lo cual siempre estoy leyendo a otros autores sin temor a que me influyan. Si eso pasa, bienvenido... siempre y cuando yo no me dé cuenta. Es más, como cada año el tiempo a perder es menor, últimamente me inclino por autores que sean disparadores (desde la prosa y/o desde la trama) para nuevas ideas o que al menos motiven las ganas de escribir, más allá de que luego no lo haga por motivos tales como hiperactividad laboral o simple ejercicio del Derecho a la Vagancia. En ese instante de búsqueda aparecen apellidos como Borges, Arlt, Vila-Matas, Bolaño, Levrero, Onetti, Barnes o Amis que, entre otros, siempre dan una mano, dicho esto último casi literalmente.
Daniel Link
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Vivo de la literatura, pero no de la escritura. Mi propia literatura ocupa un lugar muy marginal en mi modo de ganarme la vida. Me paga viajes, eso sí. He sido editor, librero, asesor impositivo, periodista, becario, prologuista. Soy profesor universitario.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Un escritor es como un músico: compone con palabras algo que después habrá que oír (o no). O un cocinero, que transforma determinados materiales en otra cosa.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Escribo casi todo el tiempo. Nadie lee mis textos antes de publicarlos, pero todo lo publico antes que en el libro, en internet, de modo que todos (y cualquiera) leen mis textos. No escribo de manera regular. Leo, sí, mientras escribo, sobre todo porque mi trabajo involucra la lectura, y no puedo darme el lujo de dejar de trabajar. ¿Podría no trabajar? Tal vez no, ni aunque me sobrara la plata.
Edgardo Cozarinsky
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Mis medios de subsistencia son asunto privado y no los voy a exponer delante de lectores que no conozco. Apenas si están al tanto de ellos mis amigos íntimos...
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Nunca consideré la literatura como un oficio. Creo que hay una parte artesanal, que se afina y se hace más dúctil con la práctica pero desconfío mucho de esta “normalización”. Creo que, salvo la gente que fabrica best-sellers, se escribe porque no se puede hacer otra cosa, porque se necesita hacerlo. Pero también por el gusto, por la ilusión de ser leído por algún desconocido.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo
Escribo irregularmente pero casi todos los días. Puede ser dos horas o cinco horas diarias. No hay regularidad. Me leen dos lectores en quienes confío y que no pretenden modificar lo que escribo sino verlo en el contexto mayor de la literatura o de mi trabajo; sus observaciones que me hacen a veces me llevan a reescribir, pero no siempre. Si, leo siempre, pero de manera hedonista y siempre por oposición a lo que estoy escribiendo, como para abrir una ventana sobre un paisaje nuevo y dejar entrar un aire diferente.
Elsa Drucaroff
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
La literatura es el modo en que me gano la vida, mi “oficio terrestre”. Vivo de ella, no demasiado bien y haciendo todos los trabajos posibles: la enseño, la investigo, la escribo, la critico, hago periodismo cultural a su alrededor, he sido ghost writer (escribí muchos libros ajenos durante años, fue un gran entrenamiento), fui correctora de estilo en todos los niveles, desde cuidar detalles hasta reescribir y reorganizar toda la información, entre títulos propios y ajenos hay por lo menos cincuenta libros con los que tuve que ver, en diversos grados. Todos los trabajos que hice o hago se relacionan con la literatura, me encantaría poder vivir básicamente de la ficción que escribo y ojalá lo logre alguna vez, claro que en mis términos. Pero mientras tanto, me gusta al menos vivir de la literatura, no lo cambio por otra cosa y algunos trabajos de ghost writer que hice y algunos seminarios que di me han gratificado tanto como mis novelas, cada cosa a su modo.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
No encuentro un oficio solo. Cuando estoy escribiendo una novela, por momentos me siento una especie de arquitecta - albañil, en el sentido de que estoy erigiendo un mundo, una ficción, sacándola de la nada a partir de unos planos iniciales, poniendo cuidadosamente ladrillo por ladrillo, palabra por palabra, viendo cómo empieza a existir, a tomar forma, comparando con los planos, corrigiendo o cambiando el plano, lijando, puliendo. Los géneros literarios me ayudan mucho, son parte inicial del plano, un respaldo que estimula la imaginación, me ayuda a buscar. Al mismo tiempo empiezan a llegar personas a ese espacio, a moverse allí, habitarlo. Ahí hay un disfrute especial, me siento muy identificada con “Las ruinas circulares”, de Borges, en ese cuento está la idea del trabajo, de concentrarse metódicamente para hacer nacer a una criatura que será autónoma. A mí me llegan voces, sentimientos, pensamientos de mis personajes todavía no existentes, mientras los hago actuar según los planos iniciales, es como si empezar a moverlos forzadamente, sin creérmelo mucho, les empezara a dar voz despacio, de pronto se concretan, empiezan a hacer cosas que no esperaba, a sentir cosas que yo no sabía, y ahí creo que el oficio cambia, ahora soy una especie de editora o montajista, tengo que escucharle todo y elegir qué le dejo decir, qué cuento desde otro lado, qué no va a ser nunca explícito. En ese punto hay mucho de escribir pero sacar, o no escribir pero pensar y saber que no va, aunque hay que tenerlo en cuenta. A veces escribo muchas páginas y cuando releo me doy cuenta de que las dos primeras carillas, por ejemplo, deben sacarse, pero que al mismo tiempo que no fueron un error, quedan horribles pero yo precisé escribirlas, si no, no hubiera salido todo el resto, no hubiuera encontrado lo que encontré. Es decir: como una montajista que para insertar una toma de alguien que por ejemplo está braceando en el mar necesitó que su actor caminara antes mar adentro, saltara un par de olas, se tirara abajo de una, qué sé yo, hasta estar ahí levantando el brazo como lo quiero en esa toma de segundos. Por eso no entiendo mucho a los escritores que dicen que no corrigen, que no retrabajan lo que les sale de primera, a lo mejor es así, nomás, cada cual tiene sus formas de crear, pero a mí no me parece un mérito no corregir. Corregir es parte de la búsqueda estética. Escuché justificarlo a algunos autores que dicen que no corrigen porque ya pulen mucho y cuidan mucho el lenguaje desde la primera frase, pero ahí hay una idea para mí un poco limitada de lo que es el trabajo literario. Porque escribir literatura no es sólo un escribir terso o pulido, corregir no es sólo corregir estilo, si no, no habría grandes escritores con estilos poco pulidos o torpes, como Arlt, Felisberto, Philip Dick. Eso del “trabajo con el lenguaje” no es sólo con el significante, también se trabajan la trama, los personajes, todo eso es en definitiva lenguaje y se precisa investigar a fondo con palabras, en palabras, para después editar y montar. Al menos ésa es mi experiencia.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Cuando estoy escribiendo una novela, en un sentido, trabajo todo el día, incluso cuando sueño: pienso y pienso lateralmente en lo que estoy escribiendo, de pronto alguien hace o dice algo y digo “mi personaje nunca haría eso”, o veo una hojita que se cae de un árbol mientras espero el bondi y me doy cuenta de que ese modo de desprenderse de la rama es el modo en que un personaje de El infierno..., el Loco, se va a ir de su mujer y su hija, así limpiamente, sin vacilación ni brusquedad, sin dejar casi marca, decidido de una, sin aviso. Es un ejemplo que me pasó, hay mil más, lo que quiero decir es que aunque no esté en ese momento técnicamente trabajando en la novela, aunque no me siente en ningún momento de ese día a escribirla, la tengo en la cabeza y mientras voy viviendo, sigo pensándola. Y no tener tiempo para seguirla me angustia muchas veces, porque es como si fuera un chico que me tira de las polleras desde abajo, para que le preste atención.
Pero además le doy tiempo objetivo, lo más sistemático posible: cuando escribo una novela desearía sentarme ocho horas por día en la compu pero no suelo lograrlo porque como no logro vivir de escribir ficción, siempre tengo mil cosas que hacer, además, sin contar con el tiempo para mis amores (familia, amigos). De todos modos, mínimo tres horas, máximo ocho, intento sentarme de lunes a domingo todos los días, intento.
Hago mucho con mis pares cuando estoy escribiendo, me fascina contar lo que estoy imaginando, me sirve porque mientras lo cuento me lo escucho y ese mundo se me vuelve más sólido, ellos intervienen, preguntan, sugieren, y eso me estimula muchísimo, es un mundo que se (nos) va haciendo cada vez más rico. La literatura es un arte solitario sólo en el momento de escribir frente a la pantalla, pero nadie crea en soledad, siempre se crea en contacto con los otros, y si asumimos eso, se gana mucho creativamente. O al menos yo gané mucho y sé de otros a los que les pasó lo mismo. Yo chequeo con mi editor o editora, y con algún buen amigo y colega el plan inicial. Después, cuando la novela está lista, siempre hago una ronda entre cuatro o cinco lectores que respeto y, claro, el editor, me reúno con cada uno, que me hace la devolución. La versión definitiva sale de procesar esas devoluciones. Nunca tuve editores que me impusieron correcciones, a lo sumo sugirieron, muchas veces tomé lo que decían, otras lo deseché.
Para mí esto es un oficio, no un Hecho de Inspiración ni una Tarea Superior y no me ofende que se metan y me aporten. Es un oficio bellísimo, excitante, que agradezco tener. Me encantaría que la sociedad dejara de considerarlo un Don Superior y entendiera que es simplemente una tarea social, que los hacedores de ficciones y mundos alternativos somos parte de las fuerzas productivas de una sociedad, que producimos significaciones, que le damos a la gente posibilidades de pensarse y experimentar en la ficción valores posibles, significados nuevos, preguntas políticas, éticas, existenciales, y que por lo tanto la sociedad debería pagarnos dignamente en vez de tratarnos como seres superiores que viven del aire y de la grandiosidad de la belleza. No me importa tanto el poder simbólico que puedo adquirir yo con mi nombre y apellido, porque escribo libros, quisiera que a cambio de poner mi nombre y apellido me dieran más poder económico y que en todo caso, si quieren poner en el candelero, homenajear, entrevistar, etc., lo hicieran con mis libros más que con mi persona. Pero no es así como son las reglas del juego y para que lean mis libros, a veces hay que ir y exponerse. Ese trabajo donde una pone la cara para vender su producto, para instalarlo entre los lectores, es el que menos me gusta del oficio, pero lo hago con seriedad y conciencia, tratando de no poner mala onda, porque sé que si quiero que mi libro llegue, circule, opere, y si quiero alguna vez lograr vivir de mis ficciones, no tengo más remedio.
Entonces, como para mí esto es un oficio que trato de hacer lo mejor posible y sin traicionarme, nada mejor que hablar con colegas e intercambiar experiencias. Participo también en los procesos creativos de otros, por supuesto, y también me enriquece. Es ida y vuelta.
Sobre leer a otros autores mientras escribo, me pasa algo curioso: mientras investigo para escribir, sí, leo un montón lo que preciso, ya textos documentales o teóricos, ya ficción. A veces investigar para escribir es leer sobre cierto tema pero otras es leer autores que hacen algo con una técnica narrativa que yo siento que me puede servir, aunque escriban sobre otra cosa. A veces también me sirve mirar películas para buscar ciertos recursos. Aprendo el oficio de otros narradores que conocen el oficio, digamos.
Pero mientras estoy escribiendo ficción, cuando la investigación terminó y estoy en plena producción de mundo, ahí me cuesta muchísimo concentrarme en otro relato, salvo que lo precise muy puntualmente. Ahí o leo ensayo, o leo poesía, en general en esos momentos me vuelvo una lectora voraz de poesía, estoy muy sensibilizada hacia eso y no tengo energía para acompañar a ningún narrador en su mundo creado.
Una última cosa: hay un momento en la producción de la novela en que todo está ya encaminado, los personajes caminan solos, tengo todas las decisiones tomadas y siento que si surge algún cambio no me va a frenar la fluidez con la que el relato avanza solo. Entonces la comparación con otro oficio cambia: ya no soy arquitecta ni montajista sino mecanógrafa: me siento al teclado, escucho lo que me dictan desde adentro y los dedos se mueven a toda velocidad. En ese punto, que es un punto de llegada que alcancé con mucho esfuerzo, siempre hago lo mismo. Me busco un lugar solitario, el depto. invernal en Mar del Plata que me prestan amigos, una habitación de hotel en otra ciudad, lo que venga, les doy un beso a mi marido y a mi hijo y me voy entre 4 y 6 días. En las tres novelas hice eso y en las tres pasó lo mismo: en esos días que no llegaron nunca a una semana escribí del 30 al 50% de la novela. Vuelvo cuando está terminada o casi terminada, en esos días trabajo a veces 9 horas y no hablo con nadie. Una vez, en un pensionado universitario de La Plata a donde había ido a terminar La patria de las mujeres, me fui a duchar a la noche y me puse a cantar, entonces tomé conciencia de que era la primera vez que usaba las cuerdas vocales en todo el día, fue fuerte y muy placentero.
Elvio Gandolfo
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
La mayor parte del trabajo gracias al cual vivo tiene que ver con la literatura de modos indirectos: leo libros de literatura y los comento; me dan libros en otros idiomas y los traduzco; conozco la obra de gente que hace literatura y la entrevisto o escribo sobre ellos. También, en mucho menor medida, escribo literatura y muy de vez en cuando cobro por ella. El resto de mi trabajo actual tiene que ver con el periodismo cultural. Antes, el otro trabajo que tuve fue el de tipógrafo, que ejercí durante unos 15 años, y que desapareció barrido por la técnica del offset.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Se me ocurre que el trabajo de escritura debe de tener puntos de contacto (en la estructura, en el ritmo, en la expresión) con las otras formas de crear: el cine, la pintura, la música (cada uno de esos pasos alejándose por su especificidad de la escritura en orden de aparición). Son todas maneras de traducir lo muy difícil y gozoso de traducir: lo real.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Mi forma de trabajar mi escritura suele ser desordenada, tanto en cuanto al tiempo dedicado como en cuanto al momento de hacerla en el día, la semana, el mes o el año (y a esta altura, en la década sucesiva). Vista desde afuera seguramente se distinguirían ritmos de acción que para mí no son evidentes. No escribo (mi escritura) de modo regular, pero siempre escribo, en mi trabajo. Casi siempre tengo un par de amigos (en Montevideo, en Buenos Aires, en otros lugares, gracias al mail) que son buenos, completistas lectores, a quienes les paso lo que escribo y que opinan y que a menudo me permiten salvarme de errores e anche del acechante ridículo o la estupidez, que con la sola mirada personal, uno confunde tan a menudo con la genialidad. De todas las actividades relacionadas con la escritura, la lectura es la más constante, y nunca la interrumpo en el momento de escribir, aunque no recuerdo haber leído (salvo en el sentido informativo) específicamente para escribir, o relacionado con la escritura. Una de las lecturas que más me impresiona por el modo en que mágicamente se relaciona con búsquedas vagabundas que hace mi inconsciente y a veces mi conciencia, es el libro o la revista que manoteo al azar al ir al baño. Algunas de las mejores y más sorprendentes cosas que leí en los últimos años aparecieron en ese momento. Tal vez porque cuanto más tiempo ha pasado y uno más formado va estando, más necesario es salirse de las vías e incursionar por sitios nuevos o con nuevas perspectivas. Hace un momento me pasó eso al llevar un viejo número de la revista tsé-tsé al baño y leer unos bellos poemas de prerrafaelistas. En Christina Georgina Rossetti encontré una línea que tiene que ver directamente (de manera inconsciente, esquiva) con una novela policial que estamos escribiendo con mi amigo Gabriel Sosa: “de allí en más la retrasada arena del tiempo corrió dorada”.
Emiliano Bustos
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No. Un lugar que definitivamente fortalece, pero fuera de cualquier modo sustentable. Fui fumigador, trabajé en una librería y también en una Línea de Artes Plásticas del gobierno de la Ciudad, hasta la llegada de Macri.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La escritura es ciertamente un oficio, y lo compararía con la escultura, con el trabajo progresivo y arduo de quitar capas. También con ciertos trabajos de oficina –en cuanto obligan a una monotonía del escape– y a cualquiera que remita a un peregrinar (al modo vital, definitivamente claroscuro y humano de Chaucer). Asimismo, fui un fondista amateur, y aunque la escritura es menos “física” que la pintura y el teatro, no puedo dejar de asociarla también a eso (aunque correr no sea un trabajo propiamente dicho; o sí): obviamente implica, como la práctica atlética mencionada, el esfuerzo, el largo aliento, el construir de a poco.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
La trabajo todos los días pensando, y cuando puedo escribiendo; o sea que hay una decantación previa constante, cuanto menos terca.
Ojalá pudiera dedicarle más tiempo.
Mi mujer, Rosaura.
Girri, según decía, escribía todos los días; entiendo que para mí es casi imposible, por lo dicho, hacerlo de manera sistemática.
Creo relativamente en el juicio crítico de otros autores (especialmente los de tu misma generación), aunque nunca se puede saber por dónde caen los buenos consejos.
Fabián Casas
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No. (Después no me interesan mucho estas preguntas acerca de la tagui).
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
El de soldador, porque trabaja uniendo cosas, cruzando experiencia.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Escribo sólo cuando empiezo a escuchar la musiquita en el oído. Para mí la escritura es algo colectivo. Siempre mostré mis cosas a la gente en que confío que no me va a hacer el Palco del Diego. Yo leo siempre, escribo de vez en cuando y al tuntún.
Federico Jeanmaire
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Vivo en parte de la literatura y en parte de mi trabajo como referencista nocturno en la Biblioteca del Congreso de la Nación.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
No sé, creo que con cualquier oficio artesanal y creativo al mismo tiempo: tejedor, carpintero, herrero.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Escribo todos los días, varias horas. Y leo, también, todos los días. Salvo en determinados momentos de la escritura, sobre todo al final de una novela, ahí no puedo leer. Sí, le paso la primera versión de mis textos a un grupo de personas que fui construyendo con los años y de quienes me interesan sus opiniones en uno u otro sentido.
Fernanda García Lao
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No exactamente. Vivo con literatura, es decir creando mecanismos ficticios que no llegan a modificar la realidad. A pesar de que la mayor parte del día estoy escribiendo, no consigo sacarle demasiado rédito a las palabras. Colaboro en diarios, revistas, pido subsidios, hago cine, teatro: voy a pérdida. Y no pierdo la sonrisa. Aunque debo decir que a veces, detesto a la humanidad organizada, al vecino con aguinaldo, al comerciante en blanco. Sólo escribiendo se me pasa: soy un círculo enviciado.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Oh, la vieja cuestión del oficio… No hay jefe, ni cargo, horario, vacaciones o jubilación. Se trabaja por convicción, para uno mismo. Con devoción. Podría compararlo con algún tipo de sacerdocio laico. Sí, a veces me siento como una monjita expulsada del redil. Es una sensación muy inspiradora, por otra parte. Hay que cultivar la distancia.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
En el proceso de escribir siempre empiezo con anarquía. El ordenamiento y la estructura, vienen después. Nunca diseño el terreno con anticipación. Parto de la palabra hacia la imagen. Alguien dice algo y entonces el mundo se pone en marcha.
El tiempo de trabajo depende del “objeto”. Pero en general, divago a diario por el teclado hasta encontrarlo. Una vez que lo vi, estoy horas sin despegarme.
Suelo escribir a la mañana, que es cuando estoy sola. Aunque a medida que avanzo, pierdo la medida. Si no estoy escribiendo, estoy pensando en el asunto.
No tengo espacio para leer ficción mientras tanto. Prefiero pintar o hacer algo más físico. Que involucre otras zonas no mentales del cuerpo. ¡No hay que anquilosarse!
Suelo compartir mis textos con mi pareja o con mi hermana mayor, antes de publicarlos. Él es músico y ella, artista plástica, así que me aportan una visión limpia y no literaria. Pero la última lectura es mía. Y soy despiadada. Felizmente.
Guillermo Saccomano
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
He trabajado como creativo publicitario. A veces escribo guiones de historietas, colaboro en el suplemento Radar de Página/12 y coordino un taller de narrativa. Cada tanto, escribo un guión de cine. Creo que deben ser muy pocos los escritores que viven de su literatura. De lo contrario no se vería a tantos en el periodismo, coordinando talleres, dictando conferencias, etcétera.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Compararía la escritura con la pintura y el dibujo. El dibujo sería el equivalente del cuento. Y viceversa. La pintura, el de la novela. Conjeturo que las reflexiones de Matisse sobre la pureza de la línea y los efectos del color bien pueden aplicarse como técnicas narrativas.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Intento escribir todo lo que puedo. Desde hace años, arranco por la mañana, antes del amanecer, y escribo hasta las once. Por la tarde corrijo y leo. No siempre el horario rinde sus frutos, pero la literatura es un oficio y requiere disciplina. Además, autocrítica. Y en particular, la crítica de algunos compañeros del oficio. En mi caso le paso la primera versión de lo que escribo a Ángela Pradelli, Belgrano Rawson y Antonio Dal Masetto. La crítica de los compañeros de oficio suele protegerlo a uno de muchas torpezas, porque una vez publicado un cuento, una novela, no hay retorno.
Gustavo Ferreyra
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo de la literatura. En mis ingresos ocupa un lugar mínimo, casi nulo. Soy docente universitario y secundario.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
En mi caso, lo compararía con el de una araña que hace su tela en el interior de un lugar donde casi nada llega. Podríamos decir, un lugar equivocado.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Escribo a mano en un cuaderno cuadriculado y luego paso en computadora. Escribo prácticamente todos los días de semana entre dos y tres horas, con regularidad maniática si se quiere, excepto cuando estoy de vacaciones fuera de Buenos Aires. Terminado el libro, sin demasiadas revisiones y casi exactamente lo que fui escribiendo a lo largo de un par de años, lo llevo al editor y al mismo tiempo se lo doy a mi mujer. (El editor, Chitarroni, por ejemplo, suele ser más rápido).
Si, por supuesto que leo en tiempos de escritura. De no hacerlo no leería nada.
Gustavo Nielsen
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Desde hace un año cobro el Premio Municipal de Literatura. Fuera de eso, nunca he cobrado por mis libros como para poder vivir. La literatura, para mí, siempre ocupó un lugar lateral. El lugar del paseo. La arquitectura fue más importante, porque me mantuvo durante todos estos años y me permitió comprarme una casa. A la arquitectura le debo el hecho de seguir vivo. La literatura me hubiera matado de hambre.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Durante años traté de encontrarle lazos con mi profesión de arquitecto, pero me mentí bien. La literatura no se parece a ningún trabajo. Es, más bien, una vacación.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Escribo muy aislado, sin comunicación terrestre. Le dedico el tiempo del juego. Soy muy irregular en los tiempos. Leo siempre.
Decir que escribir es un trabajo me parece una pavada. No es ni puede ser un trabajo. Es un entretenimiento. Y es algo inútil y vago. Trabajar es otra cosa, trabajar es durísimo, es lo que hacemos arquitectos y obreros en las construcciones, implica riesgos, levantarse temprano, poner el cuerpo, que te den las cuentas, ser parte de un equipo, hacer algo que sea útil. Escribir no puede ser otra cosa que una diversión.
Hernán Ronsino
¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Trabajé de muchas cosas. Empecé, como cada uno de mis hermanos, lijando guardabarros en el taller de mi viejo: uno cuando lija piensa, no puede hacer otra cosa que pensar, imaginar sobre esa superficie porosa, cargada de una masilla áspera; uno sueña sobre esa superficie un mundo liso y suave que, por fin, lo libere. Repartí volantes en las puertas de las sedes del CBC, es decir conocí esas caras de desprecio y de indiferencia ante un volante ofrecido; despaché pan en San Cristóbal (el olor del pan recién horneado todavía lo tengo muy presente); atendí una librería artística en la Boca; fui, mientras vivía en Chivilcoy y cursaba el secundario, ayudante de un Contador Público en Moquehuá, un pequeño pueblito del partido (eran intensos los viajes en el expreso La Esperanza a la mañana, la contemplación de la ruta y el campo, la llegada al pueblo, más que nada en los días de lluvia); fui acompañante terapéutico en hospitales psiquiátricos públicos y colegios privados. Hasta que comencé a dar clases de sociología, en universidades, y talleres de escritura. En este sentido, la escritura y el pensamiento son parte de mi trabajo cotidiano. Hoy vivo de la docencia. Y esa docencia está conectada con mi escritura. Se necesitan. Y, a la distancia, los diversos oficios vividos emergen mostrando cuál fue el verdadero aporte que me dieron: un aporte que habla de una experiencia, de un conocimiento de la calle y del mundo tan importante y vital como lo fue el paso por la academia.
Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La escritura para mí es un oficio. Un oficio, por ejemplo, semejante al del carpintero. Alguien que pule y trabaja la madera. La escritura, en este sentido, está conectada con una cuestión artesanal. Y, desde ese lugar artesanal, frente al avance de la técnica y a la perdida creciente de espacios que difundan un pensamiento crítico entre los sujetos, pienso a la escritura como un espacio de resistencia, como un ámbito, y cada vez más lo es, de crítica. Me interesa hacer una literatura que responda a esos patrones. Vivimos en un mundo de supuesta libertad pero no hacemos otra cosa que desear lo que ese modelo social de consumo nos construye. Pienso, así, a la literatura como un oficio artesanal que expande las fronteras de lo real, que dibuja, traza fronteras y mundos posibles que la realidad de consumo no podría generar o si los genera lo haría en función del consumo mismo. El que cuenta historias, el que arma tramas entonces será siempre un crítico. Alguien que de algún modo atente contra el sentido común seco y fosilizado que vende la televisión todos los días, por ejemplo.
¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Cuando escribo me gusta respetar el proceso y los tiempos de armado de una historia. A mí me sucede que una historia sale, empuja cuando está dispuesta a salir: hay algo así como una sedimentación material, un poco orgánica, consciente y también inconsciente, que, en algún momento, necesita expresarse. Y la conexión con ese deseo, la vía de escape se da a través de la escritura periódica, que alimenta ese deseo. Por ejemplo, qué me pasa con una novela. Empiezo dibujando tramas, apuntando en cuadernos. Después de un tiempo, como quien no quiere la cosa, estoy escribiendo en un archivo de la computadora que irá creciendo cada vez más. De pronto, sin saber muy bien cómo fue, estoy en la escritura propiamente dicha del texto. Pero hubo, antes, algo. Un disparador: vi o escuché algo que terminó de condensar la sedimentación. Y así se enciende la mecha. Cuando me siento a escribir, tengo interiormente un montón de trabajo procesado. Y me voy dando cuenta de eso a medida que sale la escritura. Ese cúmulo almacenado, ese humus apisonado, previo a la escritura, en mi caso, tiene que existir para que pueda suceder la escritura. Ese es mi tiempo y mi método. Hay un proceso de sedimentación natural. No puedo forzarlo. Reconocer ese tiempo es fundamental para poder escribir. Y cuando me refiero a la escritura como una cuestión natural, pienso también en las épocas del año. Me broto o tengo un tiempo de producción fuerte, podría decir, entre julio y noviembre. En esa época escribo mucho. O es cuando más intensamente lo hago.
Ignacio Molina
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
La literatura ocupa el último lugar entre las actividades que me reportan ingresos, así que por supuesto que no vivo de ella. Pero sí puedo decir que gracias a la literatura conseguí trabajos mejor rentados: periodismo gráfico, corrección de estilo, redacción de páginas web. También trabajé en cosas que no tenían nada que ver con la escritura: fui kioskero, empleado en una escribanía, productor de radio, extra de televisión.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La literatura podría compararse con cualquier oficio que tenga que ver con la manufactura y con la creación artística. Pero a diferencia de todos los oficios, que –por más placenteros que resulten– siempre son un medio para conseguir dinero, la literatura es un fin en sí mismo. A mi modo de ver, la literatura no es, ni debe ser, una actividad movida por la plata. Nadie invierte un año de su vida en escribir una novela con el propósito de cobrar un adelanto o unos derechos de autor por la venta de trescientos o de setecientos ejemplares. No quiere decir que haya que rechazar el dinero si un día se venden miles de ejemplares, o si se publica en España o se gana un concurso, pero sí creo que esos no deben ser los objetivos al ponerse a escribir. Lo más probable es que todo lo que se escriba con ese propósito resulte de pésima calidad artística. Obviamente que algún día me gustaría tener mucha plata, pero preferiría hacerlo ganándome la lotería que traicionando mi prosa y el sentido que la literatura tiene para mí.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Si bien nunca dejo de tomar notas ni de pensar en posibles textos, escribo diaria y disciplinadamente sólo cuando tengo un proyecto entre manos. En esos períodos escribo durante los ratos que me dejan libre las vidas laboral y doméstica, en sesiones de no más de tres o cuatro horas seguidas. Cuando escribí mi primer libro tenía menos obligaciones y más tiempo disponible. En cambio, a la novela inédita (titulada, justamente, Los modos de ganarse la vida) la escribí por las noches, durante nueve o diez meses, cuando mi familia se iba a dormir y la casa quedaba en silencio.
En los períodos en los que escribo no suelo leer nuevos libros. Sí suelo consultar textos ya leídos, muchas veces para dejarme motivar por un tono o un timbre, aunque después termine alejándome de ellos.
Pocas personas leen mis textos antes de ser publicados, los editores y algunos pocos amigos. Suelo dejar pasar bastante tiempo para releer la primera versión de un texto, y después le dedico mucho tiempo a la reescritura y a la corrección. Soy bastante obsesivo para tratar cada frase y cada párrafo; hasta que las palabras no encajan en la métrica o en la música que yo imagino no dejo de darles vueltas. Claro que el objetivo de ese trabajo es que no se note que existió, que el lector sienta que está leyendo un texto surgido naturalmente y no uno sobrecorregido.
Jimena Néspolo
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No, en la actualidad no vivo de la literatura. Aunque podría hacerlo, claro está, tengo títulos que supuestamente se ligan a ella y me habilitarían en trabajos de docencia y/o investigación. Me gano la vida desde los 16 años: fui artesana, modista, vendedora, niñera, preceptora, tarotista, profesora, bibliotecaria, periodista, investigadora... Estudié la carrera de Letras (con prisas) porque necesitaba un título que me habilitara para realizar trabajos que en ese momento consideraba más dignos.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Hoy me parece que la Literatura está más cerca de las tallas en madera, el esoterismo y el tejido que de los papers académicos o las ceremonias palaciegas. Por sanidad mental, cultivo mi huerta y mi jardín. Y soy madre. Creo que la escritura crece con y como estas tareas silenciosas, marginales, anacrónicas… El escritor, como el artesano, ama el material y su tiempo, y sabe también que su pieza está destinada a alguien, que no es –claro está– la pelusa de su ombligo, y con esas tres variables intenta, sin vanidades ni estridencias, lograr una pieza única. Y generalmente –suceda o no el milagro del Arte o de la Magia–, a fuerza de trabajo y buena fe, da con algo más auténtico, conmovedor y verdadero que aquello que el arte contemporáneo con el pedigree artero de sus fantochadas nos tiene acostumbrados.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Por lo común, leo varias horas al día y escribo otras tantas. Si estoy muy sumergida en un texto, para no perder el Norte –o para encontrarlo– sólo leo poesía. Trabajo cada pieza, cada talla, de acuerdo a la búsqueda que trama mi deseo. Mis escritos circulan entre amigos, diría incluso que es la única circulación que tengo, porque de ficción aún no he logrado publicar mucho. Me considero no obstante una escritora afortunada: tengo tiempo para escribir y amigos exigentes y sinceros.
Joaquín Linne
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No, no vivo de la literatura. Me han pagado esporádicamente por algún que otro cuento (antologías, suplementos).
La literatura ocupa un lugar en cierta manera vocacional, político, también un hobbie, o pasión, o excusa para vincularse con pares para hablar de, entre otras cosas, valga la redundancia, literatura.
He sido canillita, piletero, encuestador, desgrabador, corrector, pasante, lector.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
¿Pintor? ¿Músico? No sé, cualquier otro trabajo artístico. También escriba, artesano. En fin... paso.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
No sabría decir. Dedicación: irregular, pero trato de dedicarle varias horas todas las semanas. Me gustaría ser mañanero pero me tira la noche. Y me gustaría ser sistemático, alguna vez escribir todas las mañanas, pero al menos empezar escribiendo una hora todas las mañanas. Todavía no lo logré. En parte por dispersión y en parte porque muchas veces hay alguna changa o trabajo remunerado para hacer que, dada mi precaria condición material, tiendo a priorizar.
Confío en la opinión de varios amigos que también escriben y periódicamente me junto con algunos de ellos para leernos. Leo todos los días.
Juan Terranova
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Vivo de la literatura en tanto que considero la crítica de libros y el periodismo cultural como parte de ese corpus. Sin embargo, tampoco tengo que excusarme tanto o jugar a la ambigüedad porque mis ingresos más importantes ahora tienen que ver con los libros, el mundo editorial y curros de esa índole.
Fui periodista aturdido en una redacción de tubos fluorescentes, jardinero en Saarland, Alemania, profesor en la Universidad de Buenos Aires y trabajé en el área de prensa de una empresa de software.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Serían oficios manuales, definitivamente. Soldador, carpintero, tejedor, albañil. También falso agente de turismo, piloto de avión, gendarme, programador o ingeniero de sonido.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica?
Trabajo mi escritura con perseverancia. Como diría el reo en el patíbulo: “Voy a sonreír porque es lo único que tengo”. La perseverancia es lo único que tengo. Le dedico mucho tiempo, entonces, a la escritura. Descreo de la ética cool afectada del escritor que no escribe, que publica poco o no publica, que habla de “intervenciones”, “operar”, etc, que presenta libros de los amigos, que es un “referente” y siempre tiene un manuscrito, genial e inacabado, en el cajón del escritorio. Eso para mí es la insatisfacción. Por otra parte, no se trata de ser “prolífico” porque sí, a cualquier costo, como una meta, un gesto de arte conceptual. Se trata de no transformar una imposibilidad en una virtud. El síndrome Bartleby puede ser glosado por un escritor como Enrique Vila-Matas, autor de casi treinta libros. Por lo general, lo que suele suceder con los escritores poco dados a publicar es que no tienen fuerza o potencia de arranque, andan por la vida tratando de conseguir una bujía nueva que no existe, no se dejan transformar o afectar por los que lo rodean, o directamente son haraganes pomposos que pretenden disfrutar de la posición afectada del artista –a veces lo logran– sin pagar la jodida libra de carne que se cobran las carillas escritas en soledad, frente a la fría pantalla de la computadora. Escribir es un trabajo. Y el mejor estilo siempre termina siendo tener algo para decir.
¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos?
Mi primera lectora es mi mujer.
¿Escribe de manera regular?
Escribo todos los días de nueve de la mañana a dos de la tarde.
¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Leo autores que entiendo me pueden influenciar sobre todo en el estilo. Lo ideal sería siempre releer algo que avanzara en la dirección que uno quiere ir. Como ir atrás del que tiene el machete mientras se camina por la selva. A veces se puede. Es como una muleta. Uno lee, queda impregnado de ese estilo y entonces es más fácil arrancar. Me gusta leer a Chuck Palahniuk para entender su sociología deforme, su capacidad para organizar un relato breve y potente y su excelente manejo de la coloquialidad sin caer en el monologuismo; de Tibor Fisher me gusta el valor y el instinto de la anécdota; de Michael Chabon, su facilidad para crear las mejores y más eficientes metáforas del mundo, de Arlt me gusta como mezcla lo duro y lo directo con lo arrevesado; de Puig se puede aprender la libertad formal y, obvio, cómo armar un diálogo. De Hemingway me gusta robar la manualidad y la síntesis, pero su estilo parece fácil y termina siendo muy complejo. Sus libros deberían traer la inscripción “No intente esto en su casa”. Aunque todo sabemos que cuando termina 100% lucha, los pibes apagan la televisión y empiezan con las tomas y las patadas.
Julieta Lerman
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No, pero hago un trabajo que de alguna manera se emparenta con ella, sobre todo ahora que empecé a incursionar en la traducción. Traduje el guión de una película argentina al francés, un texto para una productora de música y estoy traduciendo al español a un poeta francés contemporáneo (Claude Esteban). Hace varios años vivo de la enseñanza del español como segunda lengua. En octubre va a salir mi primer libro de poemas París intramuros bajo el sello El surí porfiado.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Por “oficio” en esta pregunta entiendo “trabajo”, “tarea”, “hacer”. Creo que la escritura –como yo la vivo– puede compararse con la labor de un músico o de un pintor en el sentido de que, por un lado, la inspiración juega un papel relativamente importante equiparable quizás en las tres disciplinas y luego el trabajo en sí, de búsqueda dentro, con y a partir de esos materiales (palabras, sonidos, formas y colores) para hacerlos corresponder exactamente con aquello que uno no podría decir de otro modo. También pueden encontrarse analogías con otras artes (por ejemplo, suelo asociar el poema a una fotografía en tanto que ambos son sobre todo una manera de ver determinada cosa), pero en este aspecto específico del trabajo de composición, de armado y de pulido me parece que puede emparentarse más a la música y a la pintura (intuitivamente, pues no compongo ni pinto). Un poema puede salir todo entero de una sola vez sin necesitar corrección (a lo que llamo “inspiración”: producto de un trabajo sostenido, de un “acumular”) o puede llevar mucho tiempo, necesitar muchas vueltas, “reposo” inclusive (imagino que los procesos de la canción o del cuadro pueden ser similares). También pienso que las tres formas pueden asemejarse por la manera en que cada parte afecta, transforma y constituye el todo (un cambio en las palabras, giros, construcciones, versos le influye a todo el poema como otros cambios, análogamente, le influyen al cuadro y a la canción). Y por último, subiendo un nivel más, pueden asociarse también porque las tres son unidades que integran o pueden integrar una unidad más grande (el libro, el disco, la serie de pinturas). Aunque con variado grado de dependencia e independencia, estas tres unidades más pequeñas pueden iluminar y ser iluminadas por el todo mayor que componen.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Digamos que hay dos tipos de tiempo bien diferentes: por un lado el de la corrección que tiene más que ver con un trabajo en el sentido de imponerme cierto rigor, obligarme a volver y a volver sobre un poema. Y por otro lado está el “surgimiento” del texto que asocio más a la “inspiración” o a un proceso mucho menos controlable (no me funciona en absoluto el obligarme a escribir). En ese sentido no soy para nada regular: puedo no escribir durante semanas, quizás meses, y escribir un día durante doce horas casi sin interrupción. Son como “explosiones”, algo que decanta y se dispara. A veces el disparador es una lectura. En general, si un poeta me gusta mucho me lleva a escribir (la poesía viene de la poesía…) Otras veces, con poemas más aislados, son sueños.
La lectura, la opinión y la devolución de los otros me es muy importante, sin ellos no podría declarar que un poema está terminado (no hay poesía sin lector…), me ayudan a ganar objetividad.
Leonor Silvestri
1. ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
¿Confundimos lo que me alimenta con lo que me da de comer?
Vivo para la literatura y hago cualquier trabajo en torno a la palabra, me defino como mercenaria de la palabra.
2. Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La escritura no es trabajo, que no es lo mismo que algún trabajo incluya escribir.
Leopoldo Brizuela
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Sí, vivo de la literatura. De las regalías de libros, de los textos que escribo para medios, de hacer trabajos editoriales, de oficiar como jurado de concursos, de escribir libros que firman otros, de dar clases, de traducir, etc. No hago ni hice ningún otro tipo de trabajos. No percibo renta de ninguna clase. Me compré la casa en que vivo con el monto que gané en un premio de novela. Y no tengo familia que mantener, de modo que tengo muy pocos gastos. Es el único tipo de trabajo que me ofrecen. Y me llueve trabajo, todo por poca plata. Ninguno de estos ingresos podría bastarme de por sí. Estoy bastante cansado, pero ahora que escribo estas informaciones me pone bastante orgulloso. No es fácil, y es lo que quise. Es un logro personal que me paguen con la misma regularidad que a un profesor universitario. Más allá de las disquisiciones sociológicas, y críticas, desde algún punto de vista debo hacerlo más o menos bien, porque si no, no me llamarían, y porque mucha gente me dice ¡ah si yo pudiera largar este trabajo que odio y hacer lo que hacés vos…! Viajo muy seguido gracias a la literatura. Tengo un gran reconocimiento por las personas que lograron imponer respeto, de parte de las editoriales, los medios, etc. por el trabajo de escribir ficciones. Por Horacio Quiroga, por Griselda Gambaro, por Marcelo Birmajer. E incluso por Silvina Bullrich –que por supuesto no me parece una gran escritora– que preguntaba, como ellos, ante una invitación a colaborar, “¿cuánto pagan?” Que no exista conciencia gremial, que se vea mal esto que digo, que en un diario de izquierda cobrar se considere poco cool y se verduguee al que insista con la necesidad de que larguen de una vez ese bendito cheque, me parece uno de los signos más evidente de la decadencia argentina.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La pregunta da por sentado que el de la escritura es un oficio, ¡y yo me alegro mucho de eso! Ahora bien, me resulta muy difícil hacer comparaciones, sobre todo porque el interpretador no paga y estoy cansado. Quizás ayude un poco decir que, muy a menudo, me pregunto qué hubiera sido si mi viejo, cuya madre y dos hermanas (padre no tuvo) trabajaron de sirvientas, no hubiera podido darme la educación que tuve. Digo, si fuera como mis primos. Creo que hubiera sido un artista de varieté: en el fondo, creo que lo soy. De hecho canté mucho en bares, sobre todo gays, en una época –bueno: ahí tienen otro trabajo, pero nunca lo hice por dinero, y sentía que la gente que iba y sanamente hacía “su gracia” y se iba– strippers, cómicos, etc. eran, por muchas razones, mucho más mi gremio que la mayoría de los otros novelistas. También es cierto que en ese bienestar entre la gente de los diferentes varietés –no sé de qué otra manera llamarlo, pero lo que nombro va desde peñas folklóricas hasta el parakultural, del que estaba muy cerca en los años 81-92– hay un reconocimiento de los modos y las fascinaciones estéticas de mi propia familia, un reconocimiento de clase, en fin. (Este amor por las rascadas de varieté está en el inicio de mi novela Inglaterra, que evoca el varieté progre de la posdictadura, que viví muy de cerca gracias a mi relación con Miguel Fernández Alonso, el “ajillo” de las Gambas.) No voy a abundar en las comparaciones. Pero necesito decir que el varieté no me habría salvado de la psicosis como creo, sinceramente, que sí lo hizo escribir. Porque hay algo salvador en el hecho de escribir –ficciones, claro– sin el público exigiendo tan profundamente.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Trabajo mucho, pero el tipo de trabajo varía según los períodos. Ahora estoy trabajando todo el tiempo en la novela que estoy terminando, porque tengo fecha de entrega. Es la única forma que consiguen para que termine algo. Bueno. Hago una primera versión muy rápidamente, porque necesito encontrar la estructura, o si prefieren, la arquitectura de la ficción. Una vez que está el esqueleto, paso años rellenando, podando, corrigiendo. Para que puedan exigirme que entregue de una vez, claro, muestro lo que escribo, a mi agente, y éste, a veces, al editor que hace la oferta. Pero nadie más. Me perturba mucho la opinión ajena. Y aunque alguno pueda lamentarse, la verdad es que prefiero escribir lo que me sale y como me sale, a no escribir porque alguien sostiene que así no debo escribirse. ¡Leo todo el tiempo!; cuando escribo una ficción larga, no leo novelas ni cuentos. Hay algo muy profundo ahí, del orden, digamos, de lo cognitivo: uno no puede vivir en dos mundos imaginarios a la vez, uno termina matando al otro.
Lucas Funes Oliveira
1. ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo de la literatura. Si bien el proyecto de la Editorial Funesiana rinde sus dividendos, alcanza y apenas sobra para volver a editar otros libros. No se pierde plata pero tampoco se gana. Trabajo en una librería, como empleado, cumpliendo un horario diurno que compite cabeza a cabeza con los encuentros literarios que son por la noche.
Trabajé de canillita, cadete, administrativo, remisero, actor, delivery voy! y productor radial. Creo que el mejor trabajo que tuve lo estoy haciendo ahora y consiste en difundir eventos culturales. Nadie paga nada pero las satisfacciones que me da no tiene precio. Para todo lo demás...
2. Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
No sé por qué haría eso, Diego. Ya suficiente trabajo me parece escribir como para compararlo con otro oficio. Cada cosa tiene su misterio y descubrirlo lleva años. Creo que en ese sentido lo puedo comprar con la actuación, del cual me siento un poco más cerca. Trabajar en literatura, convertirte en escritor, o trabajar en teatro o cine y convertirte en actor, lleva años. Pero años de doce meses cada uno; y no años "de la boca para afuera". La paciencia que se necesita para ambos oficios creo que no se compara con otras cosas. Cada etapa de tu vida, la que pelás todos los días, le agrega algo a tu oficio. En la actuación, hasta que no te rompen el corazón, no te podés poner las pilas con una escena dramática (y no hablo de una escena en la que tu novia te deja, hablo de simular que estás devastado por la muerte de tu padre o el conflicto de traicionar a tu amigo por el futuro de tus hijos).
No es algo tan strassbergiano pero hay vivencias que se deben experimentar y otras que se pueden recontruír artificialmente. De todas formas, ambos requieren un nivel de sensibilidad superior y eso se consigue con muchísimo aprendizaje y práctica-práctica-práctica.
En una época en la que los jóvenes tienen la palabra y a los viejos se los tira en el Congreso a que se mueran encadenados con una pancarta en la mano, transmitir que la paciencia y la sabiduría de un oficio se adquiere con el tiempo y el paso de los años, se complica. Creo que en ese sentido, la actuación sería el otro oficio a comparar con la escritura.
3. ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Trabajo bastante lo que escribo. Hace un año modifiqué un poco mi manera de escribir. Pero hasta hace un año hacía dos borradores a mano, los pasaba a la compu, los dejaba macerar dos días y después los volvía a corregir y revisar. En ese momento podía decir que los podía ver alguien. El 95% de las veces, el "alguien" es Lunita. Le quemo la gorra y no siempre está bueno porque entendemos las cosas de manera distinta. De todas maneras, estoy pensando en aumentar el porcentaje porque me da celos que tenga una ocupación tan intensa y que no sea literaria.
Ahora no trabajo tanto como hace un año. Escribo directo en la compu. Y los reviso de ahí. Releo y releo y borro y reemplazo. Le dedico 6 horas por día, más o menos. Además, me obligo a llevar un diario personal. No necesariamente cuento lo que pasó en el día, sino que anoto ideas, frases y demás. Es como una agenda de esas que tienen una hoja por día. Hay días que no llego a completar pero otros no me alcanza el espacio para lo que anoto. Tengo 1 por año hace 5. Y si no escribo en mi agenda, escribo en el blog. Y si no escribo en el blog, escribo para otro blog. Y si no escribo para otro blog trato de dibujar. No tengo tiempos muertos, casi. La contemplación no es lo mío aunque a veces, como algunos hacen cura de sueño y duermen 24 hs seguidas, yo miro el paisaje o escucho los pajaritos abrazado a mi novia durante 24 hs solo para descansar un poco del stress mental que me genera esta vida de mierda.
Leo todo lo que puedo. Diarios, blogs, revistas, libros. Para eso nunca sobra tiempo. Siempre leo, siempre escribo así que está todo muy embadurnado de signos. Me gusta copiar ideas o imágenes del teatro o el cine. Veo 4 películas por semana o voy al teatro una vez a la semana (está carísimo ahora). De ahí se come muchísimo, se deglute, se elabora y se escupe con la forma de tus dientes; a veces vomitás, pero eso si no te sabés controlar.
Luis Gusmán
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No, en el sentido económico de lo que entedemos por vivir. Lateral, casi un lujo. Trabajo de psicoanalista. Trabajé de Comisario de a bordo en dos aviones de Salud Pública. Fui encargado de la librería Fausto y Martín Fierro. Fui cajero en una farmacia y soñaba con ser idóneo. Fui corrector del diario Síntesis de la Industria. Fui coordinador de un Servicio de Emergencias.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
El oficio de un niño. Con el procesador de textos, recortar y pegar. Para los ensayos con la profesión de un abogado, argumentar. En lo que hace a la imaginación, la trama; con la de un historiador de las mentalidades en que los hechos sucedidos administran la imaginación.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Como dice Hamlet: ¡economía, Horacio, economía! No tengo un método, es decir un tiempo, pero habitualmente lo hago los fines de semana.
Sí, mis lectores de siempre. Luis Chitarroni, Fernando Fagñani, Marcelo Gargiulo, Jorge Jinkis. En el próximo libro sobre el relato espiritista mi lectora ha sido Flavia Costa. Villa, lo escribí en un mes. El peletero fue una escritura de años, de manera interrumpida. No son lo mismo los ensayos teóricos que la ficción, esta última exige una disponibilidad absoluta. Cuando uno escribe una novela se va a vivir ahí, al mundo que está inventando. Uno es uno más, y a la vez que uno, es uno menos para poder escribirlo.
Sí. Están como el arco iris en el horizonte. Aparecen de vez en cuando, dadas ciertas condiciones. Aparecen antes. En lo que uno desearía escribir, por eso son una brújula. Yo siempre digo, en el momento de escribir el escritor es un huérfano de tradición, en el sentido de que no hay nadie mejor que él; está solo, el asunto es que se lo crea después de escribirlo.
Luisa Lindo
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo de la literatura, sino para la literatura (y acá tendría que extenderme y decir, aunque suene forzado y con un matiz romántico en el mal sentido de la palabra, vivo para el arte, puesto que además de escritora soy actriz y gestora cultural).
Conozco pocas personas que viven de la literatura, entre ellos, Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique; y, posiblemente, ellos puedan decir a su vez que no es del todo cierto ya que se han desempeñado por años como docentes universitarios.
Vivir de la literatura es, a mi parecer, el sueño de todo escritor; ahora, que el sueño se materialice tiene dos factores importantes: por un lado, trabajar sobre la escritura (por supuesto no me refiero al mero hecho de sentarse a escribir y hacer un brainstorming de ideas, sino el trabajo de investigación que es parte del proceso de todo artista); por el otro, lo que muchos consideran el factor “suerte”, aunque prefiero llamarlo “visión”. Tener visión no es sólo pensar en un mercado; esto es lo tangible, es lo que nos atraviesa. Lo mediático influye en la llegada o no de los textos. Tener “visión” es valerse de lo mediático, hacer uso de ello como una herramienta. Tener “visión” es saber hacer uso de las herramientas con las que contamos como escritores. Hay que ser observadores, elegantes; el buen gusto no se aprende, se adquiere. Es necesario saber mezclar. En la combinación está el gusto.
Aún no puedo decir que la literatura ocupe un lugar en mi modo de ganarme la vida, pero lo cierto es que me acerca; o yo me he acercado a ella, y al arte en general. Escribo desde que tengo nueve años, y vivir de o para el arte me ha significado salir de mi país, por casi nueve años, en su búsqueda (y por supuesto, todo lo que acarrea salir del país de origen y hacerse una sola desde cero en un contexto ajeno).
El arte es una búsqueda constante, y hay que tener la convicción y perseverancia en lo que uno hace. Es necesario creérsela, y sobre todo ser sincero con uno mismo.
He realizado infinidad de trabajos ligados y desligados del arte y la literatura; he sido camarera, recepcionista, promotora, asistente, he ocupado cargos de ingenieros, he sido artesana, housekeeper, productora, correctora, periodista, editora, crítica literaria, etc. Mi último trabajo ha sido hace apenas unos días como protocolo en la Feria Internacional del Libro de Lima, y esto fue gracias a mi literatura.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Considero que está a la par de cualquier oficio que requiera dedicación, perseverancia, investigación y sobre todo convicción. Uno debe estar seguro de lo que crea. La escritura es un proceso de creación. Cada quien define su estilo, su forma de nombrar, la manera de combinar. Al igual que el pintor que elige y mezcla sus colores en la paleta, que define su trazado, que elige el soporte en el cual plasmar su obra, el escritor elige las herramientas con las cuales valerse para crear su universo, su poética.
No se trata de tomar lo que está, sino de resignificar lo que se tiene, transformarlo y crear la palabra propia.
Cada escritor tiene su estilo; como en todo oficio hay una manera de hacer las cosas, y eso es lo que lo diferencia o acerca a otros. La escritura es un trabajo.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
No me coloco cortos plazos puesto que me gusta estar segura de los textos que publico. Trato de trabajar series, ya que me permiten seguir un hilo por el cual los textos no quedan expuestos a la orfandad o al tacho de basura. Me gusta el trabajo de investigación, saber de lo que escribo; más allá del yo poético hay una realidad que me es tangible: escribo en un contexto determinado, que determino o que me determina. Puedo crear o recrear, pero lo cierto es que necesito conocer la base sobre la cual estoy trabajando.
Cuando estoy conectada puedo pasarme horas escribiendo. Durante mucho tiempo me he obligado al menos tres veces por semana a sentarme a escribir, retomando proyectos, corrigiendo mis textos, desechándolos también. Un promedio de cuatro horas al día es mi ideal, aunque la mayoría de las veces no puedo dedicarle ese tiempo a mi escritura (sino, obviamente, tendría una súper producción, que no la tengo); considerando que en este momento de mi vida no vivo de la escritura y que me estoy readaptando a mi nuevo habitus, aún no he tenido el espacio-tiempo para retomar mis proyectos. Otra cosa que me resulta es dejar decantar mis textos; muchas me veces me veo en la necesidad de alejarme de ellos para retomarlos y observarlos desde otra perspectiva.
Si se trata de formato papel muestro mis textos antes de publicarlos a conocidos no compasivos (no me gusta el agua tibia, un texto es bueno o es malo), no así con los textos que subo a mi blog (¡qué imprudencia!). Soy muy crítica con mi trabajo y con el trabajo de los demás, por ello no tengo reparo en ver mi trabajo de manera objetiva. Escribo de manera regular y me gusta aprovechar los momentos en que mi mente es un torbellino y mi cuerpo no puede desprenderse del teclado; esos son para mí los momentos de mayor felicidad, ya que es una adicción enriquecedora.
Leo a otros autores pero no en el momento en que estoy escribiendo porque no puedo leer y escribir en el teclado a la vez (un mal chiste que no entenderá jamás). No tengo problema en leer a otros autores; no creo que el hecho de hacerlo influya en mi escritura, aunque para muchos el hecho de hacerlo contamine.
Yo antes de escribir sé, más o menos, lo que quiero decir, y mi búsqueda está en cómo decirlo; digo “más o menos” porque en el camino van apareciendo imágenes, palabras, que tomo o descarto.
Macky Corbalán
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
¡Mi Dios, qué de tormentos para ganarse la vida!¡y todavía si uno se la ganara!¡qué oficios nuestra sociedad le inflige a sus poetas!
S. Mallarmé
No vivo de la literatura en términos económicos pero sí, obvio, simbólicos. La poesía, sin temor a caer en sensiblería, es la manera que elegí de pararme en el mundo para observar, accionar, amar, vivir en suma; por lo tanto, es una elección no sólo estética sino también política –determinando ambas, la económica– que apunta a conformarme como una animal no humana inconformista, autónoma, con una ética propia, autodidacta, sensible y muchos otros etcéteras de cualidades que me encantaría tener.
Aunque, debería aclarar que –en este contexto capitalista post industrial y globalizado sólo en las opresiones– no considero, como Hesíodo en su Los trabajos y los días, que “el trabajo sea el origen de todo bien”, menos aún cuando el lugar del trabajo en el carnívoro mercado actual supone para los/as artistas (y también para el resto de lxs trabajadorxs) –al menos– una profunda precariedad en las condiciones materiales de producción.
En las condiciones actuales de la producción de representación artística dentro de la sociedad y de un Estado apático y casi evanescente, aquel terror de la familia de que me “muriera de hambre” como poeta, se cumple con creces pero no sólo conmigo: la inestabilidad laboral, la precarización, la flexibilización neoliberal y la reticencia a remunerar el trabajo “creativo”, trastocan la vida de enormes capas sociales. Igual, creo que persiste esa idea de que la literatura, en el mejor de los casos, apenas alcanza la consideración social de “empleo” y casi siempre aparecerá aparejada con formas poco proclives al “ascenso social” (salvo contadas excepciones, más relacionadas con la narrativa sobre todo).
También me parece que la literatura y el arte en general, se siguen pensando como un espacio sin contaminar, con “autonomía absoluta” (Bourdieu, en Las Reglas del Arte), compuesto por personas sin distinción de clase, raza, sexo, interesadas sólo en expresar sus emociones y ubicadas entre dos extremos: el casto desinterés (donde la remuneración y la ganancia son más impuras que secundarias) y el indisimulable apego al éxito y al dinero. Problematizar esto me parece tarea para el hogar, así como me hace ruido la cuestión denominada “capital cognitivo o creativo”.
Ah, y a no olvidar que soy mujer, lesbiana, de una provincia del “interior”, de un barrio de las zonas más carenciadas de la ciudad. Me parece que son las marcaciones del poder que constituyen las condiciones materiales y simbólicas de la producción de mi escritura.
No gano dinero haciendo poesía pero “todo lo que sé, lo aprendí haciendo poesía” (A. Rich), entonces, acá es donde se pone peliaguda la cosa y aparecen los viejos dilemas sin respuesta: si el arte es trabajo, si la poesía tiene utilidad en términos económicos, la cuestión de la publicación de libros tensada entre la necesidad de hacer conocida la obra y la del reconocimiento (que, quizás, traería aparejadas consecuencias económicas como becas, premios, etc.), etc.
La publicación de mis libros, cuyo costo he cubierto con mi salario, sólo me permitió –mediante su venta– recuperar algo de aquella inversión inicial. Sin anfibología posible, la poesía me da vida pero no me permite ganarme la vida en el sentido de cobrar dinero que me permita comprar libros, viajar, comer o alguna de las tantas banalidades de los humanos.
Supe dar talleres literarios durante muchos años, por donde surgiera un espacio: bibliotecas, Universidad, centros culturales, organizaciones barriales. Pero, ni siquiera en esos momentos, me ganaba la vida con la literatura.
Actualmente, trabajo en el sector de prensa y web de un ministerio del Estado neuquino. Y aunque la palabra “trabajo” responde a las expectativas puestas en mí por la patronal, para darme –a cambio de puntualidad, tareítas y horas vacías– un salario; en la intimidad donde mi yo lucha por mantener cierta integridad, le llamo “perfomance”: una suerte de actuación, con días mejores y días peores. Una esquizofrenia que me representa como una poeta-espía en un mundo de mercancías devoradoras de la energía vital para dedicarla a la poesía. Sí, estoy loca, pero es una ficción como cualquier otra (la heterosexualidad, lo nacional, lo corporal, lo religioso, lo médico) y, al menos, es mi ficción, que busca contrarrestar juguetonamente el desgaste emocional y energético de dedicarme a algo sólo por la paga.
Otras ocupaciones: trabajé en diarios, en revistas y en radios –siempre en el sector prensa–. También, estuve un par de años trabajando en la biblioteca central de la Universidad del Comahue. En épocas peores, vendí libros por la calle, atendí una panadería, cobré cuotas de venta de enciclopedias a domicilio, hice comida que vendía en la feria de artesanos.
Quiero recordar que soy, como tantos y tantas, hija de la flexibilización laboral de los 90, pero la relación amor-odio entre dinero y arte no es nueva ni culpa entera del neoliberalismo, sino recordemos a Mallarmé que, en sus cartas, ya se quejaba amargamente: “qué de impresiones poéticas tendría si no estuviera obligado a cortar todas mis jornadas, encadenado sin tregua al más estúpido oficio y al más agobiante, porque decirte cuánto mis clases, llenas de gritos y de piedras arrojadas, me quiebran, sería desear apenarte”.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La profunda significación y los ritos que me suponen esa “distintiva disposición” a escribir poesía, no tienen comparación con ningún otro que yo haya realizado o conozca, pero también es cierto que he salido poco de casa. Pero, si me pongo a pensarlo, lo compararía con el estudio y preparación del oficio del/a músico/a, que aprende y se obsesiona en el manejo de su instrumento hasta poder ejecutar con él, la música más perfecta. O con cualquier otro trabajo expresivo que demande tanta dedicación, disciplina y esfuerzo como goce, sumergimiento interior, búsqueda obstinada en la materia con la que se trabaja, aunque sin perder de vista que la materia en el caso del/a poeta es el lenguaje de un pueblo, la palabra y, con Pound, comparto aquello de “mantener limpias las herramientas”. El oficio de la poesía obliga a ir hacia adentro, acaso esa sea una de las dificultades del mercado para encontrarle utilidad y asignarle un valor monetario.
3 ¿Cómo trabaja su escritura?
Trabajo mi escritura con obsesión, cada palabra es sopesada, escribo –me preparo– a la espera de que “suceda” la poesía, esa preparación involucra la lectura de los textos más disímiles, como ahora por ejemplo budismo zen. Y siempre, poetas y poesía nuevos, que llegan de maneras misteriosas y, aquellos/as que están siempre: Pavese, Sexton, Rich, Montale, Mallarmé, Vallejo, Rukeyser, Colombo.
Ah, también necesito silencio y soledad. Pero quizás de puro snob.
¿Cuánto tiempo le dedica?
Le dedico todo el tiempo que no me exige el sistema para sí, y sí, tal como Mallarmé “Regreso, embrutecido” de levantarme cada día de la semana a las 6 de la matina y salir a las 14, adormilada y obtusa. Por ello, como cualquier artista, sueño con becas, residencias, premios, herencias, alquileres, lo que sea que me permita ser la dueña de mi tiempo.
¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos?
Mis textos recién los doy a la lectura ajena, una vez que creo están presentables, es decir, luego de trabajarlos sin descanso y con porfía. Las personas elegidas son casi siempre las mismas: mi compañera, que es escritora y un par de amigas y amigos poetas. Pero, en suma, su número no supera los dedos de una mano.
¿Escribe de manera regular?
No escribo de manera regular, me preparo de manera regular: esto incluye lecturas diarias, ejercitaciones, meditación. Y también: dejo reposar lo que escribo y cuando lo retomo, en el trabajo poético, se toman decisiones.
¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
La lectura de otros/as autores/as es parte del rito que mencionaba, pero no da lo mismo cualquiera, sino que para que “suceda” el momento poético, los poemas elegidos deben ser los correctos y eso depende de una suerte de intuición profunda, misteriosa, subjetiva y –seguro– algo neurótica.
María Rosa Lojo
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Sí, puedo decir que vivo de la literatura, pero esto no implica que viva exclusivamente de derechos de autor. Algunos de mis libros (como La princesa federal o Historias ocultas en la Recoleta) se han vendido muy bien, y se siguen vendiendo hasta hoy; afortunadamente casi todos los que publiqué (salvo los dos primeros) han sido reeditados, circulan y se consiguen, aunque ésos han resultado especialmente preferidos por el público. Pero –salvo algunas traducciones– no tengo mayor inserción en el mercado internacional, y el nuestro es pequeño. Aquí, aunque una obra se reedite nueve o diez veces y se convierta en long-seller, las reimpresiones son de bolsillo (se percibe por ellas sólo un cinco por ciento del precio de tapa) y las tiradas, entre dos y cuatro mil ejemplares, se van agotando lentamente. Si bien todo eso puede representar entradas extras (lo principal se cobra en realidad con el anticipo por la primera edición) no es como para pretender que se va a poder vivir de ello. Hasta sería perjudicial, en cierto modo, para la escritura. Precisamente, como no cuento ni he contado nunca con la venta de mis libros para mantenerme, eso me da también otra libertad. No debo apurarme y entregar un texto que no considero bien terminado porque necesito cobrar el anticipo indefectiblemente. No me veo obligada a forzar un proceso de madurez, y eso es muy bueno por otro lado.
Hay dos ingresos estables y regulares con los que sí cuento para vivir. Uno viene de mi trabajo en el ámbito de la investigación literaria. Tengo un título académico de Doctora en Letras (UBA) que no me faculta para “curar” letras (aunque podríamos hacer sugestivos juegos etimológicos con la “cura”, la “curaduría”, el “cuidado”), pero sí para leer profesionalmente la literatura y escribir sobre ella. Entré en el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, que incluye las disciplinas humanísticas) como becaria, a los veinticuatro años, hice mi doctorado, y allí, sigo, como miembro de la Carrera del Investigador, desde 1984. Es un trabajo interesante y creativo, que me ha permitido pensar sobre nuestra literatura, hacer cruces con otras disciplinas que me interesaron siempre, como la Historia, la Antropología, la Filosofía, y por supuesto, todos esos saberes e intereses desembocan también en las ficciones que escribo. Tengo muchas publicaciones académicas (más de cien, entre ellas varios libros), doy cursos en el posgrado (maestrías y doctorados) y dirijo tesis y proyectos de investigación. Me gusta lo que hago, a menudo me divierte también. En estos últimos años he estado trabajando con manuscritos, rastreando la génesis y la circulación de textos y de mitos, particularmente en relación con la obra de los hermanos Mansilla (Lucio y Eduarda) que a su vez son personajes de dos de mis novelas (La pasión de los nómades y Una mujer de fin de siglo). Esas búsquedas tienen mucho de intriga detectivesca y de pesquisa policial, son estimulantes y enseñan tantísimo sobre la historia de la cultura, de la sensibilidad, de las ideas, y la forma en que el pasado nunca muere, sino que permanece, oculto, latente y transformado, en los tejidos y las redes del mundo actual, así como los genes de los antepasados viven en nuestras células... A veces, la escritura de libros me ha llevado a verdaderas aventuras, como cuando, para terminar La pasión de los nómades, emprendí, con mis “mapas del tesoro”, el mismo viaje por la Pampa central que hizo Lucio V., en su “excursión” a los indios ranqueles. Fuimos en un Mercedes ’53 con mi marido, los dos hijos de 9 y 11 años que teníamos entonces (después nació uno más), pertrechados con una filmadora, víveres, bolsas de dormir y tienda de campaña. Salimos de Buenos Aires rumbo a Río Cuarto, y de ahí bajamos hasta Leubucó, en plena provincia de La Pampa. No todos los escritores ni los investigadores somos sólo bichos de biblioteca, y muchos de mis viajes y experiencias más insólitas los debo a la investigación y a la literatura.
No hay casi solución de continuidad entre mi actividad de investigadora y la de escritora. Son registros diferentes de escritura, desde luego, pero no es ningún problema para mí realizar el tránsito de uno a otro ni conservar la especificidad de cada uno: son complementarios, no antagónicos. Todo lo que sea producción de escritura me encanta y me apasiona. También, desde hace muchos años (veinte) ejerzo la crítica literaria en el periodismo, en el suplemento literario de La Nación (ahora en la revista Adn) y escribo ocasionalmente para otros diarios y revistas. Doy conferencias (que a veces cobro y otras no, según las circunstancias) y he sido a menudo jurado de premios literarios nacionales e internacionales.
Mi otro ingreso estable viene del Primer Premio Municipal de Literatura (por La pasión de los nómades) que tiene asignado un “subsidio a la creación” mensual y vitalicio. Doy fe de que no me he dormido sobre ningún laurel, y que sigo usando con felicidad y responsabilidad ese dinero para que cumpla realmente la función a la que está destinado. Por suerte, no aspiro a ser rica, sino a vivir dignamente y ser feliz con mi trabajo, que también es mi hobby. Aunque por algún azar me convirtiera en millonaria, mi modo de vida, creo, no cambiaría en nada fundamental. Quizá, eso sí, como no necesitaría mi sueldo de investigadora, podría mantener con esa actividad una relación mucho más suelta, menos constreñida por plazos y obligaciones, y probablemente dedicaría más tiempo a la ficción.
2. Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Siempre comparo la escritura de ficción, y la novela en particular, al oficio del actor. Si queremos construir personajes creíbles, debemos ser esos personajes por un tiempo. Meternos dentro de ellos, mirar el mundo desde sus ojos, actuarlos, en una palabra. La literatura, y el teatro, que también es literatura, nos permiten vivir vidas posibles que nunca realizaremos; hablar y pensar como seres que aparentemente nada tienen en común con nosotros, abrir el abanico de la experiencia humana hasta dimensiones insospechadas.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Si se trata de poesía o narrativa breve, el proceso de escribir es muy imprevisible. Los textos van emergiendo a partir de imágenes que surgen como destellos. Son, de alguna manera, “revelaciones” o “iluminaciones”, como diría Rimbaud. Las novelas –aunque también la imagen es importante– tienen otro tipo de desarrollo, mucho más lento, planificado y trabajoso. Pero no soy una escritora de tramas. Quiero decir, que –aunque mis historias tienen, en definitiva, tramas– eso nunca es para mí lo axial, lo más importante, lo que da espesor, carnadura, sustancia y atractivo a la narración. Los personajes y el lenguaje están en primer plano, surgen ante todo. Sé que tengo un libro en marcha cuando tengo el tono, las miradas, las voces. El orden de los sucesos, el desenlace, se van resolviendo en el camino.
Trabajo mucho los textos, presto enorme atención a la originalidad expresiva, a la eliminación de todo lo superfluo, a la belleza de la imagen y a la música y la cadencia de las frases. Me gusta cuidar la prosa como si se tratara de poesía, y creo que toda buena literatura, en definitiva, es parte de la poesía y desemboca en ella. Corrijo con placer y entusiasmo para lograr la intensidad y la renovación de la mirada. Pero eso no significa que busque efectos artificiosos o que profese una estética manierista. Trato de conjugar la tersura y la fluidez expresiva con la innovación.
Escribo más bien por períodos, sobre todo en el verano, más liberada de compromisos académicos, y cuando me pongo a hacerlo, pierdo la noción del tiempo: voy hasta donde dé. Por supuesto que otras personas leen lo que estoy haciendo. Conté con excelentes editores y editoras en las empresas donde publiqué, pero desde siempre, antes de que existiera la figura profesional del editor, los escritores han tenido lectores previos a la publicación de sus libros. Suelo apelar, además, a personas de mi confianza, que me van a decir la verdad y que no tendrán reparo en plantearme críticas y objeciones. Las lecturas diversas me sirven para saber dónde estoy parada, me muestran desde afuera lo que he hecho, lo objetivan. Esto no quiere decir que modifique mis textos según lo que cada uno me diga, claro que no. Pero gracias a eso me hago una composición de lugar, y cuando varios de esos lectores coinciden en algo, lo tomo muy en cuenta.
La escritura de un libro propio suele afectar mi capacidad para leer ficciones de otros. No sólo porque estoy demasiado inmersa en el clima de lo que se va gestando, sino por simple falta de tiempo. La mayoría de los libros que he escrito hasta ahora han requerido, además del esfuerzo de la escritura misma, una gran tarea de investigación. Cuando escribo, mis lecturas van dirigidas pues, sobre todo, al proceso de preparación y composición del libro. Para escribir la novela Finisterre, sobre las guerras de frontera en la pampa central argentina del XIX, terminé documentándome tanto como para mi tesis de doctorado. Claro, me apasionaba el tema, y un libro me llevaba al otro. Pero paradójicamente, la eficacia literaria novelística de este tipo de obra, aunque se monta sobre esa base de conocimiento, exige que las lecturas no se noten como tales. Tiene que parecer que el autor nació sabiendo todo eso, y que cuenta la historia con absoluta naturalidad. Un efecto que verdaderamente sólo consigue cuando se ha leído mucho, y cuando la familiaridad con el tema y los personajes, es casi tanta como la que uno llega a tener con su entorno cotidiano.
María Teresa Andruetto
1 ¿Vive usted de la literatura?
Sí, desde hace muchos años, aunque de distintas maneras. Durante veinte años viví de mis talleres literarios (coordinaba siete grupos semanales de características diversas en Córdoba capital). Desde que cerré esos talleres, hace aproximadamente siete años, vivo de las regalías de mis libros (especialmente de los libros de narrativa editados en colecciones juveniles), más las invitaciones a congresos, jornadas o instituciones, más algunas colaboraciones para suplementos o revistas, más seis horas cátedra sobre escritura en un profesorado de teatro.
¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida?
En este momento mi modo de ganarme la vida tiene que ver sólo con eso: libros, conferencias, colaboraciones, es decir con las palabras.
¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Llegar a esa liberación de los otros “trabajos de vivir” fue un proceso lento y por momentos esforzado, porque no se trataba sólo de mi persona sino también de mis hijas. Hice muchos trabajos, de diverso tipo, por momentos varios de ellos en simultáneo: vendedora a domicilio, docente particular, correctora en linotipias y diarios, correctora free lance para una editorial de libros jurídicos, vendedora de publicidad, empleada de comercio (en una casa de fotocopias), empleada pública (administrativa en PAMI), redactora en diversos diarios y revistas, docente de nivel secundario, docente de nivel terciario, coordinadora de talleres literarios (para niños, para jóvenes, para adultos, en centros culturales de Córdoba y también en mi domicilio), coordinadora de talleres para personas en riesgo social, en hogares de ancianos, en cárceles, en villas de emergencia, capacitadora docente en lectura, literatura y escritura creativa (fundadora y durante muchos años miembro de un centro especializado en formación a docentes; miembro de equipos diversos de capacitación docente a nivel nacional, provincial y local), revisión de escrituras (novelas o libros de cuentos) en forma individual, entre otros. Pero si miro hacia atrás, veo que todas las elecciones laborales que hice, aún en medio, a veces, de las mayores dificultades, contemplaban mi relación con la escritura, cómo hacer para resolver las cuestiones económicas del diario vivir con trabajos que no ahogaran, o lo hicieran en la menor medida posible, mi deseo y mi tiempo de escribir. Así es también que rechacé trabajos que hubieran podido ser interesantes en algunos aspectos, pero que consideré que obstruían mis procesos de creación, tales como la secretaría de cultura de una ciudad de mi provincia o (en tres ocasiones) la dirección de una institución educativa.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La escritura está en un punto de cruce entre lo artesanal y lo intelectual y ninguna de esas dos zonas, creo yo, la explica del todo. En ciertos aspectos, podría compararla con otros trabajos artesanales como la jardinería, la carpintería, la herrería, la costura, el bordado, el tejido, la cocina. Y en otros aspectos, con otros trabajos de tipo intelectual, ligados al pensamiento, trabajos que impliquen percepción, análisis, construcción de conceptos, relación entre conocimientos diversos, construcción de la memoria, mirada crítica, elementos que tienen todos que ver con el trabajo intelectual de vivir (vivir pensando sobre la vida misma).
Hace años escribí un pequeño texto titulado La escritura de Babette donde relacionaba comida y escritura. Pego aquí un fragmento:
Se da en la escritura, como en el proceso de escribir, la necesidad de someterse a leyes y al mismo tiempo, la de explorar nuevas posibilidades. Repertorio que se espera y fija en la memoria. Repetición, regreso, lugar donde todas las combinaciones son posibles, porque un buen cocinero, como un buen escritor, abandona pronto la rigidez de las recetas, se arriesga a probar formas, sustancias, modos de cocción, hace del mismo modo, y al mismo tiempo de un modo diferente, lo que ya fue hecho.
(…) Comida y desechos, escritura y desechos es, quizás, otro aspecto del mismo tema: cómo quitar lo inservible, cómo quedarse con lo esencial, cómo sacar el mayor provecho a los ingredientes que tenemos entre manos, para llevar a cabo ... la obra, la de la cocina que se come, que se asimila a nuestra persona, la de la escritura que una vez realizada ya no forma parte de mí pero todavía no se puede saber si llegará a ser alimento de una lectura ajena, de un metabolismo mental. (Italo Calvino, La poubelle agrée)
(…) en la cocina, en el acto de preparar alimentos, están las fases de la escritura toda: en una como en otra actividad, se elige, limpia, desecha, experimenta, macera, leuda, cuece... Y, en una y en otra, por sobre todas las cosas, se desea, con un deseo intenso, capaz de conducirnos hacia la obra... Ya lo decía Yourcenar, que era sobria y vegetariana. La escritura es como un pan, primero un pegote que se nos queda en las manos, hay que trabajar, amasar, sobar, ligar, dejar leudar y sólo después cocer. Es lo mismo que en un libro, salvo que en un libro, el leudado puede llevar años.
3 ¿Cómo trabaja su escritura?
Es diferente para cada uno de los géneros.
En narrativa (un cuento o una novela) el comienzo es siempre una imagen (algo que veo de un modo azaroso, generalmente) que anida en la memoria y se resiste al olvido. Cobra vida, crece, simplemente se queda para siempre. Desde esa imagen que veo o aparece hasta su escritura (muchas de ellas quedaron ahí, en ese archivo de memoria, esperando su oportunidad) pueden pasar años hasta que haga una primera versión y muchas veces (no siempre) entre esa primera versión que archivo en la computadora y la verdadera escritura también puede pasar mucho tiempo. Corrijo mucho, muchísimo. Extiendo esa versión original, busco, estoy atenta a nuevos elementos, se me aparecen relaciones insospechadas, descubro de pronto que la vida de todos los días tiene muchos elementos que “le vienen bien” a lo que estoy escribiendo. Agrego y descarto, hago esto muchas veces, tanto con los elementos y la trama, como con el texto mismo. A veces me canso y lo dejo por un tiempo. Lo tomo y lo dejo, agrego, reviso, quito, así muchas veces. Hasta que en algún momento me animo a hacerlo leer (a dos amigas escritoras, sobre todo, pero también a mis hijas, más bien narrativa a una, más bien poesía a la otra, también a veces a algún amigo o amiga no escritor, a veces incluso no lector/poco lector, para ver cómo lo percibe un receptor más “común”). Escucho y anoto todo lo que me dicen, y trabajo después sobre eso, ya sea tomando o desechando o derivando a veces hacia nuevas zonas, antes insospechadas. Siempre me es muy útil todo lo que me dicen, aún cuando lo deseche. Nunca me siento ofendida, lo tomo siempre como parte del trabajo. Para mí la escritura es (también) trabajo y el momento mejor para recibir las críticas, los señalamientos, es ese, cuando aún no lo he publicado. De modo que doy a leer los textos en proceso menos buscando aprobación que buscando críticas.
En teatro escribo casi grupalmente, con las actrices y la directora. Anoto unos coágulos/protoescenas sobre las que luego la directora estimula la improvisación de las actrices. Las improvisaciones llevan a las actrices a zonas internas y aparecen en/con ellas nuevos elementos, aspectos. Sobre eso yo vuelvo a trabajar. Así una y otra vez, hasta fijar los textos. En este momento estamos en proceso de construcción de una obra. (Diría nadie la última palabra, escrita a partir de mi novela La Mujer en Cuestión)
La poesía en cambio llega de otro modo, se escribe “sola”, es decir por infinitas capas, a lo largo de años, mientras trabajo en otras escrituras.
¿Cuánto tiempo le dedica?
Le dedico todo el tiempo a ese conjunto que es escribir, leer, contestar correos, organizar mi casa y mis cuestiones personales, vivir. Cuando estoy en casa (vivo en las sierras y si no estoy de viaje, bajo a la ciudad una, dos veces por semana), estoy en eso casi todo el tiempo, aunque debo decir que no es sólo y exactamente escribiendo, sino también contestando correos, leyendo, siguiendo un libro que está en producción, etc. Los días que bajo a la ciudad no escribo, doy unas horas de clases, me encuentro con gente, veo una improvisación de obra, voy a la librería de un amigo, veo una película, etc.
¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos?
Está contestado en la pregunta acerca de cómo trabajo.
¿Escribe de manera regular?
Escribo siempre, pero salvo en algunos maravillosos momentos, no estoy todo el día escribiendo un cuento o una novela. Escribo un poco. Salgo del archivo. Contesto correos. Leo. Hago algo en la casa. Tal vez regrese al archivo otra vez antes que termine el día. Hay un refrán piamontés (los piamonteses han hecho del trabajo su cultura) que podría traducirse más o menos así: “el que hace, pareciendo que no hace” (o el que mientras descansa, trabaja). Es un poco eso. Pero claro, siempre estoy esperando el momento maravilloso (etapa final de un cuento o de una novela) en el que el deseo se vuelve ya tan poderoso que dejo todo, sin que me importe nada, y me quedo sólo ahí, en eso, hasta terminar.
¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Sí, sí. Siempre leo. No me molesta leer mientras escribo, no tiene nada que ver. Salvo que cuando estoy en períodos más intensos de escritura, la lectura ocupa menos tiempo. Pero no es cuestión de molestia sino de tiempo. A veces, incluso, cuando estoy escribiendo voy a releer a ciertos escritores que trabajaron una forma o un tema en los que estoy en ese momento para ver cómo lo resolvieron.
Marina Kogan
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No sé si vivo de la literatura tanto como de las Letras. Las Letras me parece un campo más amplio, y de eso sí, vivo. Doy clases de Escritura y de Español, y soy correctora de estilo. Como verán no tiene relación con el trabajo literario, pero si con todo lo que aprendí durante mi formación.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Con el de una artesano. Un artesano que trabaja las palabras como si tallara madera o modelara arcilla.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Por ahora de manera bastante arbitraria. Sería mejor tener un hábito de escritura, pero las tareas rentadas (que no son literarias) gobiernan mi vida y muchas veces me deja sin tiempo. Hay momentos en que le dedico más y otros en que le dedico menos. Mis textos llevan mucho tiempo de corrección, durante el proceso de escritura y también después. Lo más regular que escribí hasta ahora fue un blog que en su momento logre actualizar todos los días. Una vez que logre la regularidad me pareció bien perderla. Ahora, podría decir, estoy perdida.
Leo a otros autores cuando escribo, especialmente materiales que de alguna forma iluminan lo que estoy escribiendo, aunque también puede ser por el contrario, aquellos que no tienen absolutamente nada que ver.
Martín Kohan
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Podría decir que vivo de la literatura, sólo ensayando una definición ampliada de lo que es literatura. Por lo pronto, una que presuponga que escribir sobre libros es literatura, o que dar clases de teoría literaria es literatura, o que dar talleres de lectura sobre textos literarios es literatura. Ahora bien, si lo que se quiere saber es si me gano la vida con lo que recibo en concepto de derechos de autor por los libros que escribí, la respuesta es no.
Otros trabajos que hice, fuera de lo literario: trabajé como cadete de una empresa de construcción, como promotor de una inmobiliaria en el área de fondos de comercio, y como periodista deportivo (radial) en el equipo de Carlos Parnisari.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Algo debe tener del oficio de artesano, si es que imagino bien lo que es el oficio de artesano.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
El tiempo que me ha llevado escribir algunos textos (Museo de la revolución: cuarenta días; Ciencias morales: cuarenta y cinco días) me lleva a pensar que le dedico mucho tiempo a la escritura: infiero que durante esos días casi no debo haber hecho otra cosa. Lo cual en definitiva no sería sino una expresión de un estado de ánimo; casi todas las demás cosas me importan menos, y a veces mucho menos, y a veces nada, mientras estoy escribiendo. Son períodos en los que relego bastante, postergo bastante, me desentiendo bastante de todo. Es un poco mi relación con la literatura en general, yo creo que desde siempre: lo que me gusta de la literatura es que sostiene mi desinterés por el resto de las cosas.
Mauro Lo Coco
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Vivo indirectamente. No de mi producción literaria, sí gracias la ajena. Por un lado, obtengo ingresos gracias a la escritura por encargo. Por otro, de la docencia, también vinculada con lo literario.
La literatura es de las cosas más rentables que he estudiado, lo que habla de la improductividad de mis otros intereses. Por eso, su valor es fundamental a la hora de generar ingresos.
Para ganarme la vida he hecho distintas cosas: vender electrodomésticos, atender un buffet, trabajar como cadete, repartir correo, cuidar casas. Me parece importante destacar que todos estos trabajos tienen tanto que ver con la literatura como los que realizo ahora, aunque su vínculo sea distinto.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Compararlo con otro oficio me parece difícil, básicamente porque no conozco profundamente ninguno. En tanto que obrar, se me ocurre que la literatura es igual a cualquier otro oficio, pues supone encargarse de que algo sea, no importa si es un texto o una pared. Todo es meditar, hacer y callarse después de terminar.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Mi escritura es trabajada principalmente en los bares, en los viajes, y en recreos varios. La producción puede darse en cualquier lugar, porque es dispersa y fragmentaria. Tengo pocos momentos de entera disposición a la escritura, y cuando los encuentro, no siempre son fértiles. No he calculado el tiempo, pero al menos deben ser 15 horas semanales, dedicadas a escribir, leer, pensar o corregir. Se puede decir que lo hago regularmente, aunque me es difícil establecer una rutina de trabajo.
Tengo algunos lectores que funcionan de modelo. Depende la instancia de trabajo en la que estoy, puedo consultar a un colega, a un artista de otra disciplina o a alguien que no tenga que ver con el arte.
Siempre estoy escribiendo, de modo que es imposible que no lea a otros autores. Sin embargo, tiendo a leer más libros técnicos que producciones propiamente literarias cuando estoy en una faz creativa o productiva. En los períodos poco fértiles soy más dado a leer literatura.
Nurit Kasztelan
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo de la literatura. Soy licenciada en economía y trabajo como economista en el Estado. Quizá en un futuro me gustaría poder vivir de la literatura, dando talleres, traduciendo o teniendo una editorial, pero por ahora estoy en un proceso de aprendizaje.
Tengo la suerte de tener un trabajo que me deja bastante tiempo libre y por lo tanto los proyectos que realizo en relación a la literatura parten de la autogestión y el placer, a pesar de lo cursi que puede sonar esta frase. Organizo, con un grupo de amigos, un ciclo de lecturas de poesía que se llama La manzana en el gusano y ocasionalmente realizo entrevistas o escribo reseñas de libros para revistas literarias. El año pasado publiqué mi primer libro de poemas.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Si bien creo que la escritura necesita de corrección y en ese sentido podría equipararse a un oficio, no sé si mantengo ese tipo de relación con lo que escribo. Tengo conciencia de que la escritura (como cualquier otro oficio), se mejora con la práctica y con la lectura. Sin embargo, ante esta pregunta, no puedo menos que recordar lo que postulaba Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir, entonces no escriba
Quizá la escritura pueda compararse al oficio de un marino. Hay algo del azar que está en juego, ya que navegar depende de otros factores: las condiciones climáticas y atmosféricas, la visibilidad, la profundidad de las aguas, el tipo de embarcación utilizada, etc. Me gusta la idea de entrega y sacrificio que yo asocio a la tarea de un marino. Al estar siempre viajando por lugares nuevos se enfrenta al desarraigo, al nunca sentirse en casa.
Elijo el oficio de marino porque, si bien se necesita constancia y aprendizaje, en el momento de navegar, no hay certezas, como pasa con la poesía. Un marino no es un simple navegante. Navega, conoce su oficio, pero tiene una relación existencial con el mar, así como el poeta con el lenguaje.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Me cuesta contestar esta pregunta. Creo que no sé si más allá de la mera curiosidad realmente importa saber eso. Un texto debería poder sostenerse por sí solo. Además, si tuviese que dar una respuesta sería absolutamente ambigua.
Suelo escribir en el mismo cuaderno, con birome, pero si estoy en el trabajo escribo directamente en la computadora. A veces me pasa que voy caminando y surge un verso, pero a partir de una idea que se venía gestando desde antes, entonces tengo que parar de caminar, pedir prestada una birome y anotar el verso para luego desarrollarlo más tarde.
Para mí la poesía tiene que ver con la respiración. Es como una necesidad vital, pero así como cuando uno inspira mucho aire se asfixia, no puedo forzar la escritura. Si bien no creo en la inspiración, necesito cierto estado para escribir. Para corregir no. Corrijo mucho; me cuesta cerrar poemas. Los dejo reposar un tiempo, permanecen abiertos, como si estuvieran en un proceso de destilación.
Oliverio Coelho
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Bueno, podría decir que la literatura me mantiene vivo. O mejor dicho, que escribir y leer me dan vida. Creo que el beneficio económico que deja la publicación de un libro es menor y yo no vivo de regalías. Pero vivo de actividades relacionadas, de un modo u otro, con la literatura: correcciones, editing, traducciones, algún texto por encargo, algún curso, artículos periodísticos. De muy joven hice muchas cosas, como todos. Me acuerdo de que a los diecinueve años cubría todos los fines de semana partidos de fútbol de la B y de la C. Para la misma época hice encuestas. Traduje folletos de cámaras y artículos para una revista de fotografía. Trabajé en librerías. Por desgracia siempre me tomaban en una librería cuando empezaba la temporada de textos, por lo cual el aluvión de madres en transe me consumía y en mayo mi entusiasmo ya no existía.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
No me animaría a comparar la escritura con otro oficio, en caso de que escribir fuera un oficio, como el periodismo, cosa que no creo que sea. Escribir para mí se asemeja más a un “estado” que a un oficio. A estados volátiles del espíritu: estado de remembranza, estado de nostalgia, estado de euforia, estado de gracia. Por ese y otros estados paso durante el trayecto aleatorio de la escritura. En un oficio, en cambio, la incidencia del azar se reduce en favor de las directrices técnicas. Creo que de un libro escrito con oficio no puede sino salir un libro tendencioso, un best-seller.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Antes le dedicaba a la escritura mucho más tiempo que ahora. Me sentaba y me proponía escribir algo y pasaba horas en la lucha. Ahora me siento a escribir cuando tengo tiempo y ganas, y naturalmente algo hace combustión, un par de párrafos, un diálogo, depende de mi estado. Creo que el trabajo de preparación, en mi caso, ahora es mental, quiero decir, se derrama en infinidad de notas y pensamientos que me acompañan en la vida cotidiana, y si bien todo esto no pasa objetivamente al interior del texto, imprime sobre la novela o cuento una especie de sombra. Esa sombra también es la silueta de un estado. O un filtro.
En general, antes publicar una novela, se la doy a algunos amigos. Recibo opiniones indulgentes. Creo que es una simple formalidad darle a leer a alguien un texto, como para asegurarme de que no está muy mal y es impublicable, porque por lo demás nunca recibí consejos útiles como el que sí me dieron editores, que sí tuvieron un ojo más crítico. Me tocó tratar con excelentes editores que eran excelentes lectores, como las señoras Viterbo, Edgardo Russo en El cuenco, y Leonora Djament y Gabriela Franco en Norma. Aunque no cambiaban nada, sí hacían observaciones generales: este primer capítulo es demasiado lento, esta la zona de la novela está sobreadjetivada, ¿por qué no la miras…? Cosas que quizás intuía, pero no me animaba a tocar por carecer de un ojo externo más crítico. Muchas veces esas observaciones, en el abismo de la publicación, me resultaron útiles y me ayudaron a darle a los textos una última pulida.
Oscar Fariña
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Alguna vez, en otro cuestionario, me preguntaron si vivía de alguna actividad relacionada con la literatura (parece ser ésta una pregunta recurrente entre los escribas; ya que el dinero en el rubro no sobra, tratamos de ver si el otro padece lo mismo y cómo se las arregla) y yo, convencido, reconocí que en tanto empleado de una cadena de librerías mi trabajo no tenía, ni de lejos, nada que ver con la literatura.
A la distancia, ahora entiendo que opté por librerías para confeccionar mejor la salida: hubiera sido más correcto el admitir que ocho horas de mi día se diluyen en un poli-rubro donde lo que prima en la facturación es el ítem “libro”, en su mayoría best-sellers; pero que además se dedica a la venta de cds, dvds, agendas, almanaques, rompecabezas, lapiceras, máscaras venecianas, muñecos de peluche, globos terráqueos y un largo etcétera que alguna vez hasta incluyó teléfonos celulares.
En vista de que mi sucursal funciona en un teatro reacondicionado, se puede afirmar que un destino de albergar representaciones pugna por mantenerse en el edificio.
Cabe aclarar, sin embargo, que tampoco afirmaría que mi trabajo tiene algo que ver con la literatura aunque transcurriese en una librería “de verdad”. Ni vendiendo las fotocopias de mi propia plaqueta de poesía pensaría eso. Un carnicero nada tiene que ver con la vaca, vive de trozar su cadáver y nombrar las partes. Del mismo modo, nadie que trabaje en cualquiera de los eslabones de la industria editorial vive de la literatura. Ésta se encuentra antes o después de la obra que va a ocupar su nicho en una biblioteca.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
El trabajo de escribir debería parecerse al del actor porno, que, concentradísimo, atiende por sobre todas las cosas a su herramienta de trabajo y la materia en la cual ejerce su arte, dejando fuera de plano todo lo accesorio, incluso la cara, siempre ajeno a las luces y los espectadores eventuales, preocupado más que nada en sostener la solidez de su destreza, apenas lo requerido, sólo en el momento necesario y por el tiempo necesario, para volcar luego toda la tensión en el rostro del que observa, y alentarle por contagio el entusiasmo.
Asimismo, al escritor no debería interesarle remuneración alguna por la cochinada que tanto placer le provoca ejecutar.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Mi escritura proviene del murmullo compuesto por todo lo que veo, leo y escucho; no sólo de modo consciente. A veces, a partir de intenciones más bien vagas, pretendo focalizar en algún distrito específico de ese burbujeo verbal; y así, dedico mi atención a determinados autores (autores, en un sentido bien amplio) para orientarme, a sabiendas que los resultados casi siempre soslayan lo esperado. Ahí se pone divertida la cosa, en ese defasaje que ni intento dominar. Luego sobreviene una instancia de corrección donde se busca hacer legible ese fracaso pero que nada más aporta.
Creo, en definitiva, fervorosamente en la incidencia del tiempo, y que el estilo proviene de la mera, y constante, acumulación.
Osvaldo Aguirre
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No, vivo del periodismo. En realidad me gusta más decir que vivo de lo que escribo. Estudié Letras, di algunas clases en la facultad y en escuelas medias y enseguida, apenas recibido, comencé a hacer periodismo. Con respecto al lugar de la literatura en el modo de... recuerdo los cálculos de Walsh en base a las ventas y los derechos de uno de los libros que le publicó o le contrató Jorge Álvarez: un porcentaje muy bajo, un aporte que no alcanza a cubrir lo que hoy sería la canasta básica.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Con cualquier oficio que implique un saber de artesano y sea realizado de un modo no alienado.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Creo en el trabajo regular, sostenido, disciplinado. En general en determinado momento del día, pero también a cualquiera hora, cualquier día, si es necesario. Podría establecer una diferencia entre la escritura que surge de una demanda ––una propuesta editorial: los libros de investigación, crónicas, las novelas policiales– de lo que escribo sin que nadie me lo pida –poesía, cuentos, libros que intento armar con artículos o ensayos publicados. Los primeros tienen una fecha de entrega y entonces me propongo escribir en un determinado plazo y trato de ser lo más estricto posible. El trabajo sobre los otros puede extenderse durante años, según: también ocurre que esos textos se cierran y uno no puede asomarse más que como cualquier otro lector, salvo que pretenda destruirlos. Y sí, leo a otros autores cuando escribo. Ahora, en el curso de la escritura de una novela policial, a Leonardo Sciascia, Onetti, Cozarinsky, Gustavo Germán González, Enrique González Tuñón, Roberto Arlt, Juan Martini, Fred Vargas, Chester Himes.
Pablo Toledo
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo ni viviría de la literatura. Trabajo como periodista, trabajé como profesor de inglés y de literatura inglesa (mi “profesión”, o por lo menos aquello para lo que estudié y tengo un título), como traductor, como editor. Todas esas cosas incluyen escribir o trabajar con palabras: eso es lo que sé, ése es mi oficio y lo trabajo como puedo. Pero no querría que la literatura se convirtiera en un trabajo, no querría ser esclavo de tener que publicar o escribir X cosas para pagar las cuentas: que las cuentas las paguen otros me permite hacer lo que quiero cuando me siento a escribir, sin pensar en lo que tenga salida o no por las editoriales, lo que interesa o no a los editores, lo que está o no de moda, si necesito publicar algo en X tiempo, etc. Me da la libertad de escribir para guardar en el cajón, de intentar y fallar, de no calcular ni medir consecuencias.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Es un oficio, en el estilo de los oficios antiguos: se mira, se aprende, se intenta, se corrige, se prueba suerte, se intenta de nuevo. No es una profesión, es más parecido a ser un buen panadero que a ser un médico, no hay universidad del escritor sino proceso de aprendizaje del escritor, se aprende (también) de lo que hacen o hicieron otros y no (sólo) de las teorías sobre, se aprende (también) en la mesa de trabajo y no (sólo) en un aula. Compararlo quizás con esas ocupaciones que sobreviven como oficios, el taller mecánico, la panadería, los electricistas, plomeros, gasistas. La idea del taller literario tira a eso, al gremio medieval. Las carreras universitarias aspiran a meterse en las “profesiones liberales”, pero un tipo que aprobó todas las materias del conservatorio es un ejecutante de violín: para ser un violinista hay que tener otra cosa que en esas clases no está. No todos los que pasaron por la escuelita de Marangoni se convirtieron en mediocampistas infalibles, por más que se aprendieran todos los trucos.
Y el trabajo cotidiano, para mí por lo menos, es muy artesanal, de prueba y error, de picar piedras hasta que algo funcione.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Primero trato de meterme en tema, de buscar datos, conocer gente, visitar lugares, leer textos. Después, cuando estoy listo o casi listo para empezar, empiezo a probar. A mí me funciona tener plazos y obligaciones, por lo que incluso hoy sigo yendo a un taller: necesito ese plazo semanal, el “tengo que escribir algo para este día”.
En cuanto al tiempo, es el que puedo hacerle alrededor de otras cosas, tiempos robados o insertados. Las veces que intenté hacerlo sistemático (todos los días de X a X) no pude escribir nada, la idea de esa rutina me paralizó.
Escribo regularmente, o por lo menos trabajo regularmente en la escritura: leo, corrijo, busco datos. Cuando estoy escribiendo trato de leer autores que me ayuden, que por el tono me sirvan para construir la voz del relato, o que hayan trabajado temas parecidos, o que me puedan agregar elementos a lo que estoy haciendo.
Cuando termino, muestro mis textos a otra gente: a la gente del taller constantemente, porque es parte de mi proceso, pero también a algunas personas de confianza, no tanto otros escritores sino amigos, lectores con criterios en los que confío, gente que sé que me va a dar más palos que palmaditas en la espalda.
Paula Peyseré
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo de la literatura.
No ocupa ningún lugar como sostén económico.
Trabajé de promotora, en una fábrica de juguetes, en un local de sándwiches, de encuestadora, de recepcionista, de esclava de prensa en una ONG, y actualmente doy clases de español para extranjeros.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Lo comparo con un trabajo de encastre... lo que escribo lo empiezo pensando como una pieza de madera que va transformándose en un conjunto de piezas mecánicas (disculpen la respuesta).
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Trabajo mi escritura como puedo... Corrijo mucho y muchas veces. En general avanzo acumulando narración hasta que llego a un punto, y vuelvo a releer todo a la luz del punto. Casi nunca conozco de antemano la médula de lo que escribo.
En los momentos de escritura con proyecto, que no son corridos, le dedico –por decir– entre 8 y 12hs semanales.
Sí. Dos o tres personas de confianza leen mis textos antes de publicar, e intercambiamos impresiones.
Escribo regularmente, pero con irregular perspectiva y soporte.
Sí, leo otras cosas, pero dispongo de menos tiempo.
Pedro Mairal
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No, pero cuando me pagan derechos de autor eso me ayuda a tapar baches.
Trato de conservar medio día para escribir mis propios textos (cuentos, poemas o novelas), pero no siempre lo logro.
Escribo guiones de cine, escribo para diarios y revistas, y durante 11 años di cursos de redacción.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Es como ser corredor de larga distancia. Estás solo y la competencia es con vos mismo. O quizá tenga algo de luthier. Tu texto es un instrumento que los lectores van a tocar. Algo así. Pero sin duda es un trabajo solitario.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Corrijo mucho. Tengo períodos en los que no escribo. Cuando escribo una novela me enfrasco en ese mundo. Antes no podía leer autores contemporáneos mientras escribía, ahora sí. Cuando estoy escribiendo una novela se me despierta como un imán que atrae todo lo que me sirve para mi libro: imágenes, citas, letras de canciones, etc. Hago circular el primer anillado entre algunos viejos amigos.
Raquel Heffes
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
La literatura nunca fue mi ganapán ni ocupa un lugar digno de mencionar en mi modo de ganarme la vida, como sucede por otra parte con la mayoría de nuestros escritores, en especial aquellos cuya producción no satisface la demanda de un mercado cada vez más banal y menos exigente. Un tema que tiene bastantes aristas que considerar. Por un lado los intereses del arte y del mercado, una relación difícil de articular, donde cada una de las partes tiene razones muy atendibles para no ceder en favor de la otra, pero que siempre termina cortándose por lo más fino: el mercado manda y chito en boca. Bastante esfuerzo insume recorrer editoriales con el original bajo el brazo, despertar el interés de algún editor que, recién al cabo de varios meses de amansadora, considere editar el libro, para pretender además la liquidación de derechos. Mucho menos pensar en ejecutar el contrato, firmado sin discutir uno solo de los términos, por las dudas la editorial se arrepienta y mande todo para atrás, aunque nos enteremos por izquierda que vendieron nuestro libro en el exterior y nunca nos dieron cuenta de ello. No vaya a ser que por reclamar lo que legítimamente nos pertenece terminemos hiriendo susceptibilidades y pasemos a integrar una lista negra que, es vox populi, empieza a circular y después no hay Cristo que te edite. Un poco hay que ponerse en el pellejo del editor y agradecer el riesgo que toma, en pro de la literatura. No olvidemos que el libro puede ser muy bueno pero exige demasiado del lector. A la gente no le interesa, prefiere historias tipo puré, de fácil digestión, que le alegren la vida. De todos modos, piensa que puede andar y en el peor de los casos salvar los gastos. Ahí recapacitamos y nos damos cuenta cuán culpables somos y cuánta molestia ocasionamos, sería un abuso pretender que la editorial, además, publicite la salida del libro o se ocupe de mandar ejemplares a los medios especializados para que alguien en este planeta se entere que existe. Una mano lava la otra y las dos se lavan solas: se impone arremangarse y colaborar, enviar personalmente a los medios del país y, si nuestras arcas lo permiten, del exterior, enviar miles de e-mail invitando a la presentación del libro, a la que después asistirán sólo unos cuantos de nuestro grupo más cercano, que siempre nos hace el aguante, y festejaremos con vinito de medio pelo pero vinito al fin.
Cabe preguntarse por qué los autores no podemos reclamar lo que nos pertenece. ¿Queda mal? ¿Vulgariza? ¿O no nos podemos desprender de cierta imagen, que representó el pensamiento de una época y pasó a categoría de mito, por la cual el arte no tenía precio? ¿Las editoriales no cuentan con este prurito como un punto a su favor a la hora de negociar? Claro que si el nivel de ventas es considerable y pasamos a ser un buen negocio, nos salva un agente literario, los términos se negocian por interpósita persona y las manos limpias.
¿Qué hice para ganarme la vida? Ensayé de todo y por impulsos. De maestra de grado a operaria de máquina de inyección de plástico, pasé por vendedora en distintos rubros, recepcionista, empleada administrativa, personal de depósito, celadora de autobús escolar, ayuda escolar, escritora fantasma, correctora, traductora literaria. Nunca me pude acomodar a una relación de dependencia laboral. Tuve la suerte de conocer al técnico-artista, con quien me casé y levantamos juntos la empresa familiar que actualmente es nuestra fuente de ingresos.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Para emparejarse con un matricero hay que estar preparada y la vida me llevó. ¿Qué se siente al estar casado con una intelectual?, preguntó la suegra para alimentar un odio eterno. La grasa y la metalmecánica parecían reñidas con el intelecto y las probabilidades de éxito de la pareja, muy poco alentadoras. Sin embargo hablábamos un lenguaje común. El proceso de construcción de una matriz, concebir la idea, representarla, pergeñar un mecanismo eficiente, pulir hasta lograr un acabado espejo, era llamativamente semejante al proceso de producción literaria. Muchas veces compartimos dilemas y coincidencias con la seguridad de interpretarnos a cabalidad.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Fiel a mi estilo, no tengo método, pero soy muy celosa de mi trabajo. Respeto los momentos de “nada”, como la antesala de algo que se está gestando. Cuando estoy embarcada en algo, le dedico todo el tiempo que sea necesario con la única pauta que impone el cansancio, sin aliento. Leo y releo infinidad de veces mis textos, nunca estoy del todo segura y a veces cometo el pecado de corregir y arrepentirme. Si estoy escribiendo no puedo leer a otros autores, conspira contra mi propia escritura, me aleja, pierdo el clima y volver cuesta un montón.
Ricardo Strafacce
1 ¿Vive usted de la literatura?¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida?¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
¡Nooooooooo!
Me hace gastar lo que me gano en otro lado.
Trabajo de abogado. Fui imprentero también.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Con el de cocinero: preparar el plato lleva más tiempo que el de consumirlo. Y siempre quedan sobras además.
3 ¿Cómo trabaja su escritura?
Como un desocupado. Pero no cobro subsidio, ojo.
¿Cuánto tiempo le dedica?
En algunos períodos, toda la vida; en otros, apenas unos minutos por día
¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos?
Alguna de mis hijas, alguno de mis amigos
¿Escribe de manera regular?
Entre regular y pésimo.
¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Sí, por supuesto.
Rodolfo Edwards
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No. No vivo de la literatura. En mi modo de ganarme la vida ocupa un lugar “alterno” pues los montos que percibo por mis trabajos vinculados con la palabra escrita no son muy elevados, están bastante lejos de redondear “un sueldo”, son “changas”… Mi primer trabajo fue cuidar coches en las adyacencias de la cancha de Boca, los días de partido. Íbamos con un amigo y ofrecíamos nuestros servicios de cuida-coches en la calle Martín Rodríguez, entre Lamadrid y la cortada Ayolas. Mi compañero de andanzas y yo éramos más flacos que Discepolín, un viento fuerte nos hubiese llevado quién sabe dónde, así que nuestras posibilidades de defender los autos ante un posible ataque eran escasas. La recompensa de los automovilistas se traducía en monedas de baja denominación, así que este negocio realmente nunca fue muy próspero. Con el correr de los años desempeñé diversos oficios. Fui secretario de un abogado provisional durante mucho tiempo. También trabajé en una biblioteca, en una librería y en un restaurante, de adicionista. En una época fui contratado por la revista deportiva “Tiro Libre” donde comentaba partidos del Deportivo Paraguayo, club que actualmente milita en la Primera “D”. Dicté clases de literatura, tuve algunos programas de radio y escribo en algunos medios, sobre temas diversos. Ocasionalmente soy guía de turismo cultural, oficio realmente bien redituado.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Si me permiten quisiera deslindar lo que para mí es el oficio de escribir “artísticamente” y el de escribir “laboralmente”. Creo que, por lo general, no coinciden. Escribir “artísticamente” es un acto de profunda y maravillosa libertad, no reglada por el mercantilismo ni por la Academia ni siquiera por el Altísimo. Lo mismo vale para cualquier otra disciplina: pintura, música, lo que fuere. El artista verdadero hace lo que se le canta, es “amateur”, “bohemio” (lo que no quiere decir “boludo”, aclaro) siempre. Por supuesto que el producto puede ser vendido al mejor postor, lo que es absolutamente lícito. El problema surge cuando el “artista” escribe a partir de las presiones y preconceptos del dinero o de la Academia del momento. Ahí se convierte en un esclavo, en una gris pieza del engranaje, en un oficinista (últimamente veo mucho de eso). Por otro lado, la escritura ofrece múltiples posibilidades laborales: el periodismo, la crítica, el cine, el teatro, la televisión, la publicidad, la política. La palabra es un arma de trabajo. Escribidor, escritor, artista, a veces se mezcla todo y entonces sale un Roberto Arlt. Si tendría que comparar mi oficio de poeta con otro, pienso en los jardineros, poetas y jardineros buscan lo mismo: rosas perfectas.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Escribo diariamente, para mí la escritura es como comer, como caminar, es un acto cotidiano y necesario. Hay dos etapas bien diferenciadas: primero está el sagrado impulso de la escritura salvaje, pulsional; como no soy beatnik, después viene el trabajo de corrección, de embellecimiento, ahí empieza el arte, la convención. Puede pasar que en la etapa “salvaje” surja un texto limpito, que tendrá pocas correcciones, pero mayormente hay que hacer retoques. Como dijo alguna vez Edgar Bailey, el “estado de alerta” debe ser constante, full time. Se te puede ocurrir una idea en el subte, en medio de un sueño, en una fiesta de cumpleaños, en cualquier parte… Llevo conmigo una libretita para anotar cosas. Pero siempre escribo por la noche, arranco después de la una de la madrugada. Sí, leo a otros autores cuando estoy escribiendo. También leo todos los días: libros, diarios, revistas… El poeta chileno Nicanor Parra escribió un poema que se llama “El Premio Nóbel”, se los transcribo, porque viene muy a cuento:
El Premio Nóbel de Lectura
me lo debieran dar a mí
que soy el lector ideal
y leo todo lo que pillo:
leo los nombres de las calles
y los letreros luminosos
y las murallas de los baños
y las nuevas listas de precios
y las noticias policiales
y los pronósticos del Derby
y las patentes de los autos
para un sujeto como yo
la palabra es algo sagrado
señores miembros del jurado
qué ganaría con mentirles
soy un lector empedernido
me leo todo –no me salto
ni los avisos económicos
claro que ahora leo poco
no dispongo de mucho tiempo
pero caramba que he leído
por eso pido que me den
el Premio Nóbel de Lectura
a la brevedad imposible.
Romina Doval
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No vivo de la literatura. De tanto en tanto me pagan un cuento, un artículo o una liquidación, pero esas entradas de dinero no son suficientes para decir que vivo de la literatura. Trabajo en la docencia y eventualmente en la traductora literaria.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Con el de cualquier artesano. Creo que los escritores somos artesanos porque no tenemos títulos y porque nadie puede enseñarnos a escribir; aun recurriendo a un maestro, éste sólo nos podrá guiar; aprendemos escribiendo en soledad y el lenguaje y la experiencia son nuestras herramientas.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
La única manera de trabajar la escritura es escribiendo. Escribiendo y corrigiendo en una constante búsqueda. No creo en la inspiración y sí en el trabajo. El tiempo que le dedico varía según los problemas de la vida cotidiana y según la voluntad y las ganas. Puedo pasarme días enteros escribiendo pero también puedo pasar semanas sin tocar nada. Creo que hay que tratar de exigirse una regularidad. Le doy a leer mis textos a un grupo reducido de amigos escritores en los que confío ciegamente. Leo más clásicos que contemporáneos –escriba o no escriba– y no temo a las influencias. Ellas existen, se dan y hay que aceptarlas; ahora, cuando la influencia de otros tapa al autor o lo convierte en una versión menor de otro, hay que intervenir de inmediato con la corrección o directamente con la reescritura. Creo que se le puede perdonar a un escritor que no escriba como los dioses, lo que no se le puede perdonar es que no sea él mismo.
Romina Freschi
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Asumo que vivir de la literatura tiene que ver con la obtención del dinero que utilizo. Sí, vivo de actividades relacionadas con la literatura. No de la escritura de poesía únicamente, aunque cada vez es mayor el porcentaje que esos ingresos representan en mis ingresos reales.
Principalmente me mantengo a través de la docencia, pero también la crítica, la traducción y la consultoría son actividades habituales para mí. La literatura ocupa todo mi espectro laboral, no obtengo dinero de otro modo, no en la actualidad. Probablemente la cantidad de trabajo que realizo no tiene relación con la cantidad de dinero que recibo, pero no creo ser la excepción y además vivo modestamente. Varias veces me faltó el dinero y nunca me sobró pero eso me ha dado destreza para administrarlo. No me doy lujos, mi lujo es elegir cuanto más pueda mis trabajos. Privilegio las oportunidades de hacer cosas interesantes y desafiantes por sobre aquellas que podrían proporcionarme más dinero. Lo interesante y desafiante me agrega un plus de experiencia que el dinero no logra igualar.
Trabajo desde los 16 años y he desarrollado múltiples tareas: kioskera, mensajera, moza, volantera, promotora, vendedora, secretaria, empleada administrativa, coordinadora de prensa y gestión cultural, docente, editora, escritora, consultora, consejera, traductora, investigadora.
La literatura es algo muy importante para mí. Vivo de ella no solo porque obtengo dinero sino porque me da felicidad y me ayuda, me constituye. Soy feliz por poder hacer poesía. También soy feliz por poder hacer otras cosas que no se relacionan tanto con la literatura y en las que gasto mi dinero: los afectos y otros saberes como la filosofía, la psicología y el yoga llenan mi vida, y también vivo de ellos.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
La escultura. El lenguaje me parece tan material y plástico como la piedra, la madera o el metal, por nombrar materiales escultóricos clásicos. Escribir me parece la búsqueda de una forma y me parece tan penosa y al mismo tiempo tan sensual como la escultura.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Bueno, en parte contesté en 2, pero puedo agregar que el tiempo y las distintas etapas son fundamentales. El tiempo no lo tengo mensurado ni calculado, depende del proyecto, de si tengo un objetivo claro, un deadline o no. Pensando en mi escritura literaria, mi poesía, que es la escritura que yo más valoro, mi modo de trabajo ha cambiado a través de los años, calculo que por circunstancias coyunturales y también de maduración.
En la actualidad escribo todos los días, en un diario personal, o en mis cuadernos de trabajo. Eso va formando un mosto, algo que llegado un tiempo personal que no suelo poder prever, necesita ser revisado, levantado, colado. Ahí se efectúa una reescritura que se sistematiza en un pasaje de esos textos a la PC, una fijación, si se quiere. Allí pueden pasar mucho tiempo, algunos pueden pasar por mi blog www.freschi.blogspot.com, pero son un porcentaje realmente pequeño los que allí se alojan. Llegado otro tiempo que tampoco suelo poder prever, reveo esos textos, los imprimo, hago correcciones, los agrupo y desagrupo, sigo escribiendo a través de ellos. Esto puede suceder muchas veces. Mis ciclos son cada vez más largos.
Sí, suelo mostrar lo que escribo a personas de mi confianza, poetas a quienes admiro o afectos cuya perspectiva me resulta aguda. También suelo leer públicamente inéditos, como un modo de ponerlos a prueba. El blog funciona de manera similar.
Acerca de leer, nunca dejo de leer ni de escribir, así que sí, leo mucho mientras escribo, pero también vivo mientras escribo. No tengo como método investigar mientras escribo, aunque no lo descarto como opción.
Santiago Llach
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Vivo de la literatura ajena.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
No sé.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
No escribo.
Sonia Budassi
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
No. La literatura ocupa un lugar, digamos, central o transversal en mi trabajo, depende del punto de vista. Quizá podría decirse, entonces, que vivo de la literatura de otros, y más en criollo, del periodismo cultural. También escribí un libro por el cual recibí un módico adelanto, pero más allá de los plazos de entrega, fue tan placentero que casi me olvido que puede considerarse un trabajo.
De todos modos, no sé si es posible, por lo menos en este país, vivir de la literatura, como sí sucede con otras artes. Pienso en las artes plásticas; el dinero que ofrecen los premios comparados a los literarios es muy amplia, como también si se compara, y perdón por la analogía, lo que recibe un autor “prestigioso” como adelanto por una novela, y lo que gana un pintor con la venta de un cuadro.
Hice muchos trabajos, desde baby sitter, a la docencia, a asistente de dirección en cine, y he mercantilizado el ejercicio de la redacción escribiendo sobre distintas cosas. Un tiempo trabajé, por ejemplo, escribiendo en la revista para los empleados de Metrogás.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
No sé. Hay gente que se ofende cuando le hablan de oficio. La verdad es que no sé con qué otra cosa podría compararlo... A veces pienso que con cualquiera. Otras me otorgo demasiada importancia y pienso que con ninguna.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
La verdad es que me pregunto qué es lo que convierte la escritura en trabajo. Supongo géneros que haya plata de por medio, de todos modos, el trabajo es un problema.
La escritura tiene sus vaivenes trabajosos y otros, la mayoría, tremendamente, excesivamente, hedonistas, con lo cual imponerme reglas o mediciones me resulta muy difícil. Escribo cuando puedo, cuando no estoy trabajando.
Soy fluctuante: a veces leo otros autores mientras escribo, otras no. A riesgo de quedar como cierto periódico dominical, justo, juro que justo hoy, estaba leyendo esto que está en la autobiografía de Chesterton, y que me recordó que tenía que responder la encuesta. Remite a otro problema: “Fue entonces cuando comencé a tener la impresión –que aún sigo teniendo– de que hoy en día lo peor del trabajo es lo que le sucede a la gente cuando termina de trabajar: el traqueteo de los trenes y tranvías, y la lenta vuelta a sus casas lejanas”. Ahora que la transcribo creo que no tiene tanto que ver.
Susana Cella
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Diría que sí vivo de la literatura, no de la escritura. O sea, si pienso en la literatura en tanto lo institucional, en las varias tareas conectadas con cierta competencia literaria, sí. Enumero: trabajar en la Facultad de Filosofía y Letras, en el Instituto Lenguas Vivas, hacer traducciones de textos literarios de autores canónicos o no, hacer ediciones, compilaciones, estudios preliminares o prólogos, leer originales, hacer trabajos de corrección de estilo y notas periodísticas (por ejemplo bibliográficas), coordinar un Espacio Literario, y digamos que también alguna non sancta, como ghost writing. Esta sola enumeración creo que indica el lugar que ocupa, todas estas cosas demandan bastante tiempo. De modo que es mi ocupación básica. En cuanto a otros trabajos, además de decir que me ocupo de que funcione una casa (lo que no es fácil si uno no es rico como para delegarle a un ama de llaves todo eso y como para no tener que hacer cálculos en cuanto a la administración del presupuesto mensual de manera que pueda proveer lo que hace falta), en algún tiempo di clases particulares, de literatura, de castellano y de inglés. También en algún tiempo trabajé en la escuela secundaria, pero de nuevo, esto tiene que ver con la literatura en gran parte.
Cuando digo “vivo”, quiero decir, logro reunir una suma que me permite satisfacer necesidades básicas, pagar las cuentas, comprar algunas cosas (libros, por ejemplo, y muchas veces gracias a la facilidad de las cuotas, sobre todo los importados), hacer pequeños ahorros para afrontar gastos.
Pero supongo que la pregunta tiene que ver también con la escritura, con aquellos textos de creación o reflexión (digo, novela, cuento, poesía, ensayo). En este caso no podría decir que vivo de ellos en el sentido material de la cuestión, más bien intento vivir para ellos, sobre todo para hacerlos. Y todo el resto es literatura.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
Lo compararía con cualquiera de las otras artes, escribir, digamos un poema, una novela, un cuento, me parece similar a pintar un cuadro, hacer una estatua, componer una pieza musical. La base de la comparación es simple: la página en blanco, la tela en blanco, el mármol informe, el pentagrama vacío. En todos los casos se trata de que el impulso llegue, y más que nada, siga estando, no flaquee demasiado, para que la obra llegue a constituirse.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Cuando está ese impulso del que hablaba y que puede sobrevenir a veces en insólitos momentos (digo impulso por nombrar de algún modo la fuerza que impele la escritura, no confundir con algún estado de inspiración romántico), me permite poner en marcha distintos modos de trabajo, con el común denominador de que se impone como lo único que hay que hacer en ese momento, sustraído todo lo demás, por urgente que sea, esos modos son adelantos en la realización de la obra, sean el diseño de un plan más general, la concreción de un texto en algún sentido como de corrido, la corrección de otro que estaba en barbecho, la anotación de una frase que me resulta significativa y en la que concibo un núcleo importante a desarrollar, y también, en algunos casos, el trabajo es medio a destajo, como sin parar, buscando llegar a una conclusión. El tiempo que le dedico, por tanto, es variable. Pueden ser períodos breves y entre medio de otras ocupaciones, menos breves o más extensos cuando, como si se despejara la maraña de tareas, la escena de la escritura se apodera de todo el tiempo, día y/o noche. En cuanto a lectura previa, sí, pero no demasiado, y exceptuando a los editores, no siempre. Escribo de manera regular, digamos siempre, pero no siempre la misma cantidad de tiempo. Leo antes, mientras y después de escribir, en tanto no tengo etapas definidas para cada cosa. Sino más bien zonas simultáneas, intersecciones, intervalos. Por otra parte, no podría no leer, es como la contracara ineludible de escribir.
Valeria Iglesias
1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?
Considero que vivo de la escritura, o tal vez, para abarcar todas las actividades que generan ingresos, vivo del lenguaje, de enseñar a usar el lenguaje. Doy talleres de creatividad y escritura creativa, pero también hago correcciones, traducciones, talleres de lectura en inglés y enseño español a extranjeros. De todos modos, excepto por las traducciones y las correcciones que son casi siempre técnicas, la literatura aparece como herramienta en las lecturas que hago y propongo a los alumnos.
Hasta el año pasado, también trabajé en escuelas primarias como profesora de inglés.
2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?
No puedo no imaginarme la escritura como una improvisación musical en la primera versión y como una composición durante las correcciones.
3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?
Soy demasiado autoexigente. Produzco muchísimas primeras versiones de cosas que nunca llegan a nada. Siempre me es más fácil empezar algo nuevo que corregir lo que tengo en bandeja de borradores. Pero cuando logro pasar la barrera de la angustia y la pereza, les dedico muchísimo tiempo a mis textos. No he publicado muchos textos literarios, los cuales siempre hay alguien que los lee. Otras cosas que he publicado (artículos, críticas, reseñas) nunca se las di a nadie más que a quién debía publicarlas.
No soy regular para escribir. Es una lucha eterna conmigo misma. Las épocas en las que no puedo escribir me siento muy mal y me defino como “una escritora que no escribe”.
Siempre estoy leyendo a otros autores. Siempre estoy leyendo.