“Cuando se tiene algo que decir se lo dice en cualquier parte”
Roberto Arlt, Los lanzallamas
Por momentos parece que todo es trabajo. El trabajo aliena pero también nos dignifica. Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo trabajando. ¿Cómo trabajar? ¿De qué trabajar? ¿Por qué trabajar? Ese tiempo entregado nos suspende, quita el sentido a la tarea, desacomoda los engranajes del eje. Cuando el oficio se orienta hacia otro fin, separado de su ulterior producto, ocultándose en la forma en la que finalmente devendría, vamos perdiéndonos en la reproducción, en lo pedido, en aquello que se nos sustrae y no nos pertenece. Y así todo, hay trabajos y trabajos… Cuerpo y mente van cosidos, no hay modo de despegarlos, pero acumulamos suficiente cultura occidental como para despedirnos de esa unión y balancearnos en un vaivén que nos distrae: hacia arriba y hacia abajo. Jerarquizando vuelo aéreo contra fuerza terrena. Como si las manos no tocaran la máquina, como si el cerebro no moviera las piernas.
La escritura literaria ha figurado modos y sujetos que trabajan, solucionando, ampliando, estallando sus conflictos. Ha intentado trasmutar, trastornar y hasta negar la realidad, aun cuando lenguaje y trabajo son partes en sí mismas de la realidad. A artizar mandaba Echeverría en la Advertencia a La Cautiva. Escribir como un cross a la mandíbula, muchos años después es la frase que se nos pega de Arlt. Cómo escribir y qué escribir son preguntas que hilan la historia de la literatura desde que la ficción y el trabajo se fueron mezclando, a fines del XIX por estas orillas del Plata.
Nos gusta rumiar, hacer, leer literatura. A veces se asemeja a un trabajo, a veces dudamos de que lo sea. A veces hay pago de por medio, a veces no. Encontramos en la ficción ciertos modos de presentar un trabajo, ciertos modos de malear el material para hablar del trabajo. Hay un nosotros que nos grita desde el prólogo a Los lanzallamas que insiste en la fuerza, en la persistencia, como si el trabajo de lo escrito pudiera trasponer la línea, hacia el cuerpo del otro, más allá del enunciado, hacia fuera.
Más que un tema, es un problema constante que no podemos evitar. Transformar la naturaleza es trabajar. Y el escritor como trabajador ¿qué transforma? ¿Para qué? ¿Quiénes encuentran el producto de su trabajo? No podemos olvidar la naturaleza de las herramientas que maneja. Son comunes a todos, propiedad y posibilidad de muchos. Palabras propias pero ajenas, toda escritura inscribe forma. La forma cuajaría distinto si la historia fuera otra. En orgullosa soledad los escritores manipulan discursos que los exceden.
¿Qué lugar ocupa esa transformación entre el resto de trabajos que organizan la sociedad? La visibilidad del oficio y la posibilidad de intervenir nos arrastran al hecho social con una mezcla de desconfianza y responsabilidad. Artesanos más que artistas… ¿Cómo es escribir sin vender el tiempo de trabajo? ¿Cómo es vender el tiempo de trabajo por escribir? ¿Es cierto que leer es bloquear el tiempo, perder, de algún modo, aquello que se nos da contabilizado?
La disposición para escribir requiere paciencia y duración, bienes, otros trabajos. Es una disposición adquirida, sin destino. Escribimos a contratiempo y a contraturno, también robándole espacio a otras ocupaciones. A veces escribimos para relajarnos. Para poder leer. Pero cuando escribimos para que otro lea ¿es eso que estamos haciendo un trabajo?
Escribir como un lujo o como un robo. La faena que Olivari describió en la acción reiterada: como quien trenza y destrenza una misma cuerda.
Como un paso hacia otro tiempo. Como un nexo. Tarde o temprano todos buscamos entender nuestra tarea. Y dado que esta revista también se teje con trabajo, asumimos esta indagación en una primera persona temblorosa. Imaginando resultados fuera de la letra, como creencia. Entendiendo tema, trama y lenguaje como herramientas. Esperando una teleología en la acción. Y en estas preguntas invitamos a leer.
elinterpretador