> 1.2 Allanamiento

Literayuta:
apuntes sobre la falsa conciencia

por Alfredo Jaramillo

 

¡Cuando ayer en Valle Giulia os habéis pegado
con los policías,
Yo simpatizaba con los policías!
Porque los policías son los hijos de los pobres.

Pier Paolo Pasolini, Il PCI ai gioviani

 

Un fantasma recorre los dormitorios de los jóvenes argentinos: el fantasma de la contracultura. Aquí y allá se multiplican los libros de editoriales independientes, las carpetas en Mi Música con discos de Pablo Dacal, estampas de Eva Perón compradas a diez pesos en una feria de Palermo; contraseñas clasistas que revelan la confianza en la creación de una partícula identitaria que nos termine de hermanar con la fábula generacional de la ruptura, objetivación de un, como dicen Los Natas, nuevo orden de la libertad.
Así es como nos encontramos, oteando el horizonte en busca de una luz en la noche del naufragio, una canción para escuchar sobre la hierba mientras el salario se cae a pedazos y nuestros territorios sentimentales se incendian al calor del indie. Lo que no está claro, y que alguien bien podría señalar, es a qué obedece la arbitrariedad con la que todas esas cosas terminan por ser puestas cerca de algo que, a falta de un vocabulario más certero, nombramos como “contracultura”. ¿Qué tienen que ver las hermosas cabezas empastilladas que se chocan contra las paredes de un club donde pasan mash-ups demenciales con esa idea? ¿Qué tiene que ver Pablo Dacal, o los proyectos cinematográficos de la juventud del Partido Obrero en todo esto? A simple vista: nada. Pero desde el momento en que comenzamos a prestar atención a los modos en los que los códigos de la fiesta empiezan a cerrarse más entre nosotros, desde el momento en que la mano envenenada del diseño de indumentaria empieza a tocarnos la espalda y ya cada vez menos amigos entienden lo que dicen sus jefes cuando nos piden que respondamos un mail ASAP, nos damos cuenta de que nos estuvimos encerrando en una jaula de signos con el objetivo de extraernos fuera del mundo, de alejarnos de la cultura que nos sirvió de plataforma interestelar.

Como sucede en la película Event Horizon, cuando el personaje de Sam Neil regresa de un viaje espacial hacia otra dimensión, siempre hay una parte del infierno que se trae de vuelta a casa: esa es la herencia de nuestro viaje al pasado, un legado que nos ha dejado las migas de una cierta inclinación por la diferencia, por la distancia con respecto a un nunca bien caracterizado orden dominante; nos dieron la posibilidad de una contracultura, de una rebelión, de un espacio para ser jóvenes y probarlo todo. Y en el peor de los casos nos dijeron “el mundo es suyo, sean libres de hacer lo que quieran”, lo que incluía quedarse quieto y sentir que igual las cosas pegaban bien.

En nuestra utopía libertaria (que es más pequeña y cotidiana de lo que realmente parece cuando aparece escrita así) nunca hubo ni habrá lugar para la autoridad. Porque si bien esto no es ni Mayo 68 ni el 69 cordobés, en todo bar donde nos sentamos a rompernos el bocho existe la tímida convicción de que estamos haciendo cosas nuevas y de manera independiente, esto es, lejos de la vigilancia y del régimen cada vez más oscuro del mercado. Por eso no nos gustan las editoriales corporativas ni los sellos discográficos, odiamos el rosqueo y nos encantaría participar en alguna orgía cocainómana de esas que saben organizar frecuentemente los artistas visuales. El susurro que crece como volcán en los baños de nuestros nuevos centros culturales es uno solo: adoramos el indie, nos autogestionamos.

El habernos convertido en nuestros propios jefes parece ser una de las pocas victorias que podemos atribuirnos como generación. Esa, y también la de mantener intacto el odio hacia la autoridad. ¿Pero qué pasaría si todo esto fuera una mentira? Si toda esta confianza en nosotros mismos, si toda esta ética exhibida como medalla de guerra no se tratara precisamente de su opuesto; si nuestro desprecio por el mainstream no fuera otra cosa que el signo clarividente de una vocación de dependencia, de una voluntad de sujeción al orden policial de la cultura y el mercado. Si toda nuestra literatura no fuera más que abono destinado al jardín de la falsa conciencia. Si la interrupción violenta al régimen de nuestra correción política no fuera obra de nuestros poetas civiles, sino de la lectura de la literatura producida por los hijos de trabajadores pobres que visten los uniformes de la PFA.

La poiesis armada

Letras en Azul es el nombre de una antología de poemas y relatos contemporáneos escritos mayoritariamente por oficiales y suboficiales de la Policía Federal Argentina; la única evidencia, hasta ahora, de la existencia de una verdadera literayuta nacional.
           
La historia de la escritura ha estado ligada a las comisarías desde tiempos lejanos: en 1824, apenas tres años después de la creación de la Policía de Estado para la ciudad de Buenos Aires, se creó La Gaceta de Policía, un órgano de difusión periodística en el que se describían las causas, multas, nómina de detenidos y condenas impuestas por la Justicia. De ahí en adelante, las publicaciones policíacas aparecieron y desaparecieron a un ritmo vertiginoso, hasta que, en 1968, mientras los estudiantes franceses desnudaban las calles adoquinadas del Quartier Latin buscando  la playa, un decreto del Poder Ejecutivo funda la Editorial Policial, encargada de la edición de un variado catálogo de publicaciones y libros de bolsillo como Las mujeres: pasado y presente, Violencia: prevención y autocuidados, y Rock and Roll: cultura de los jóvenes.
           
Se sabe que a cada comunidad discursiva le corresponden unos modos de producción y circulación de textos que le son específicos. En el caso de la literayuta, son los jefes de las distintas dependencias quienes ordenan el retiro de los libros en las oficinas de la Editorial Policial, distribuyéndolos luego entre los agentes de la fuerza de manera, suponemos, gratuita. Es una casualidad que este libro haya llegado a El Interpretador; en su origen no estaba destinado a sus lectores, sino a los hombres y mujeres que integran las filas de la PFA. Si se tiene en cuenta el destinatario de la edición (“Poemas y cuentos de nuestra gente”, indica una leyenda en tapa), esta no es una aclaración menor. ¿Quién de nosotros se atrevería a asumir ese papel? ¿Cuántos de los que nos revelamos en contra de la policía y escuchamos aquel tema de Flema “Nunca seré policía” podríamos leer este libro, si no ya con afecto, al menos con una mirada desprejuiciada? Se entiende en parte, entonces, la racionalización imperante en la forma en que Letras en Azul se distribuye; y sin embargo las revistas de endocrinología siguen exhibiéndose en los kioscos del subte, bendecidas por el agua que brota de todas las cosas inofensivas.
           
La literayuta, en cambio, lleva inscripta una marca maldita: no es indie. Su ontología obedece al padrinazgo del Estado. La policía, casi como ninguna otra institución dentro de su órbita, es el más estable de todos los aparatos estatales, el que ha sufrido menos modificaciones estructurales, el único que ha ejercido coerción y disciplina cuando las roscas superestructurales y el caos económico se apoderaron de la situación. La policía no piensa: actúa.
           
Por eso es natural, entre nosotros, la mirada que se muestra exotizante para no sincerar su horrendo prejuicio: es imposible que un rati escriba porque a él no le fue dado el imperio del lenguaje, si no el de la fuerza. La libertad es nuestra, la creación nos pertenece. Y sin embargo, cuando se leen los poemas de Letras en Azul, lo que aparece es un vasto código de conductas y representaciones sociales que señalan el estado de tirantez al que han llegado nuestras contradicciones de clase: el sargento primero Jorge Norberto Fulco compone su Canción al obrero y canta: “Obrero que cosechas el trigo / para que nuestras madres / con amor y con sonrisas hagan del amasijo / lo más hermoso que es nuestro pan”. Y lo hace en un momento de fisura, en el instante de poiesis que encuentra en el intersticio de la poesía para desprenderse de la identidad que mezquinamente le hemos asignado como garante del orden estatal. El sargento primero Fulco habla de los desclasados porque él mismo es un desclasado, una pieza proletaria en el corazón del engranaje que garantiza la reproducción burguesa. Por esa misma razón los agentes de la Policía Federal deben cantarse a sí mismos: condenados al oprobio y a la herencia de un enfrentamiento violento con los jóvenes contraculturales de ayer y de hoy, deben construirse un espacio en donde haya una mínima garantía ontológica: su poesía va en busca del homenaje que nadie les concede. Raúl Rafael Giménez escribe en Por siempre Federales: “Un día te enfrentaste / con coraje al enemigo / cumpliendo los designios / de tu vocación; amor a la patria, / el trabajo y la familia / regando con tu sangre / los caminos de la vida”. Podríamos imputarle que el enemigo sea  el pueblo, los jóvenes desocupados que revientan casas en Pilar, pero ahí radica la bestia inconciente que habita en nuestras percepciones, la ecuación política que la literayuta viene a despejar: en esta, una pelea de pobres contra pobres, nuestro cuerpo de jóvenes burgueses es ajeno.
           
En la página web de la Editorial Policial, el comisario inspector retirado José Insaurralde reflexiona:

El ciudadano desea que el policía sea la summa de virtudes que desea ver en los hombres, aunque él mismo se permita distensiones y no observarlas. Desea que su imagen sea perfecta en vestimenta y en presencia, que sea firme y austero para con los demás, siempre y cuando no sea él el blanco de esa firmeza; si lo halla demasiado comprensivo, dirá que tiene una policía light. Si lo encuentra templado y razonablemente intocable, dirá que es un factor de represión. ¿Está en pugna con el sistema policial? Mi experiencia me ha convencido de que es reluctante a las imposiciones, pero las anhela.

           
La literayuta se nos ofrece como un espacio para vislumbrar esas contradicciones, el momento en el que el sujeto condenado va en busca de una voz para desmentir y reivindicar las representaciones tejidas alrededor de él. Es la poesía, en el espacio abierto del lenguaje, la que sale en busca de un sujeto sin voz, sólo para comprobar, una vez más, la evidencia de una reconciliación imposible: aquella que nos hace atribuir una palabra a una verdad.
           
No hay otro modo de conocer los sesgos que cruzan nuestras percepciones acerca de la policía sino a través de ese espacio ilimitado que el lenguaje actualiza y fija en la literayuta, el instante en el que nos damos cuenta que hay un espacio que nos hermana, un territorio salvaje donde empiezan a surgir los límites de nuestras maneras contraculturales y se puede ver aquello que cantaba  Pasolini en su poema: “En Valle Giulia, ayer, tuvo lugar un fragmento / de lucha de clases: y vosotros, amigos (si bien de la parte / de la razón) erais los ricos”.

 


Sobre el autor

Alfredo Jaramillo nació en Neuquén Capital en 1983. Es Licenciado en Comunicación Social y trabajó como investigador en la Universidad Nacional del Comahue. Actualmente trabaja como docente y periodista. Escribió un libro de poemas llamado Grunge.

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