
No es país para milicos viejos
Por Héctor Kalamicoy
Han pasado años desde que hallamos a las chicas muertas en Cipolletti. Eran tres y se corrió la voz por la región de que era un triple crimen. Yo era ayudante del comisario y trataba de disimular mi curiosidad en aquellos días, hasta que le pregunté cuál era el motivo de esto.
La población está aburrida en Cipolletti, su equipo de fútbol amaga en las primeras fechas pero no asciende, no hay pubs, no hay diversión. Es el dormitorio de Neuquén. Si va a la biblioteca popular sólo encuentra libros de Osvaldo Soriano ¿Me puede usted decir cómo alguien llegaría a creer que el gordo ese jugaba al fútbol sin ser él la pelota? La gente mata por aburrimiento en el Valle, amigo. Si los Village Cines bajan la entrada, chau crimen, pero vea que cobrar tan caro los pases es un delito que genera más felonías.
Me quedé impresionado por lo que me dijo el inspector, “Matar por aburrimiento”. Menos mal que de tanto hacer nada en el destacamento ya estamos acostumbrados a dormir siesta en las banquetas en vez de ir a matar criollos. Igual yo sólo le preguntaba por qué triple. ¿Eran tres no? Deberían haberlo bautizado el crimen de las tres y no triple. Entonces yo era bastante joven y cuando se me presentaba una duda, preguntaba. No atraparon al asesino, porque hubo otras tres víctimas y nadie sabe nada.
Ahora ya no tengo fuerzas para esto que se viene. Los jóvenes no quieren hacer nada. Ya nadie quiere trabajar en las chacras. Si le preguntás a un pibe qué quiere ser de grande, no te habla o hace una mueca de fastidio. No se les entiende. Antes los que no queríamos trabajar nos hacíamos policías. De veinte que salimos de la primaria, tres a la chacra y el resto, milicos. La juventud ni siquiera disimula en este país.
Hace un par de meses encontramos a la chica desaparecida en Fernández Oro. Estaba en el fondo de un canal de riego vacío. El oficial Miranda miraba desde los bordes del canal cómo tratábamos de subir el cadáver. Estaba entero, el asesino sólo le había hecho un tajo en la cabeza. Parecía que había muerto ayer pero llevaba dos meses en el agua. Quizá la ahogaron. Fue un trabajo arduo sacar a la chica. Miranda apuraba con el mate en la mano y disimulaba una erección.
Fuerza carajo, esto es la policía rionegrina ¿Somos o no Fuerza?
Se nos cayó unas tres veces por la compuerta. Al final, ayudó que se le desprendiera un brazo. Menos peso. La pusimos con unas bolsas de manzanas que juntamos en una chacra, a la pasada, para aprovechar el viaje. Quedó bastante golpeada, pero el forense lo interpretó como obra del asesino y nadie dijo nada. Menos mal que no vio el tajo en la cabeza. Lo de las manchas de semen fresco es algo que no me puedo explicar porque el cadáver no las tenía y nunca quedó solo con Miranda y el criminal no andaba por ahí. Capaz que el forense pueda decir algo al respecto. El juez dijo en el informe que la habían violado y golpeado salvajemente con un saco lleno de terribles manzanas maduras. Otro crimen sin resolver.
A veces medito, mientras estoy sentado tomando mate con facturas en la comisaría, que los tiempos son distintos, que esto es maldad pura. La gente está como poseída por algo oscuro en la Argentina y quiere sufrir y hacer el mal, el quilombo, un asunto que nos sobrepasa. El cliente le discute al carnicero, el alumno a la maestra y el perro le ladra al que lo pasea en la plaza pretendiendo morderlo: sedición.
Hoy nomás, por ejemplo, uno quiere viajar y no puede, los maestros están en la ruta haciendo piquete. Tres semanas bajo el sol del mediodía -y antes trabajaban menos que nosotros- sufriendo el calor espantoso y gritando hasta quedar afónicos. Yo egresé en el ’66 de la primaria y no sé leer ni escribir ni sumar ni restar. La maestra me quería porque cantaba el himno con pasión y voz gruesa. Tenía dieciocho años y gastaba bigote y de ahí a la academia donde corríamos por el campo y nos enseñaban a preparar el mate y poner cara seria. De todos modos, para esta maldad no estamos preparados, no alcanza con combinar cinto negro con botines negros y uniforme azul, y es peor, es la decadencia moral, las ganas de dejar la historia patria por la mitad y que se la lleven los ingleses o los chilenos. Dejar a la Justicia desnuda en medio de las chacras y de noche. No hay respeto por nada.
Ustedes ayudaban a los militares, ¡Represores! Milicos de derecha, ¡forros!
Pasamos con el Falcon merodeando el piquete, es un auto que no se rompe nunca, con un baúl tan grande y oscuro como su historia y los educadores nos gritaban todo tipo de cosas. En los setenta no era así, algunos gritaban en el baúl del coche, adentro, y no se los escuchaba. No había cuestionamientos. No te podías poner del lado de ellos e indeciso escarbar con la alpargata en el suelo. Hasta el día de hoy si haces un hoyito con el pie en cualquier baldío te das cuenta dónde y debajo de qué fueron a parar los rebeldes. A las plantas las entierran más profundo.
Ahora llegamos a la comisaría y está fresquita. Somos tres en la guardia y dos presos en el calabozo que aburridos cantan cumbias villeras. Hace un mes prendieron fuego un colchón, ¡un calor!, la gente es tonta, piensa que lo hicimos. Ellos solitos le echaron fuego. Y sin tener agua, qué boludos, se quemaron vivos y se los escuchó rato largo. En el pueblo quedaron impresionados por el griterío y les hicieron una capillita. Hubo que limpiar y bancarse el sumario. Y la baranda a chancho quemado. Ponemos incienso y listo, incluso trae buenas ondas.
“Tantos muertos en tan poco tiempo”, dice el oficial joven que anota las estadísticas. No se levanta de la silla nunca y trae corte de pelo raro. Dicen que es flogger.
Va a haber que comprar más tiza, dice más cansado aún. Y más pizarrón.
Que te hagan la boleta por el doble en la librería, así tenemos para el asado.
Tiene razón Miranda. La Policía necesita más crédito del que tiene para llegar a algún lado en esta sociedad. Necesitamos fuerza moral y un asado viene bien. Si no vienen reclutas o vienen tan cansados como el flogger, con carne en la parrilla le hacemos frente. Y vino, si no, no pasa.
A veces hablo con mi mujer y le digo de todas estas cosas que pasan a nuestro alrededor y de adónde va a ir a parar este pedazo de tierra solitario, ya que dicen que Neuquén no tiene problemas con el crimen, y el resto del país, con tantos chorros y violaciones y raptos y árbitros comprados. Este país está podrido, le digo rompiendo el silencio mientras tomamos mate y el sol cae en la tarde valletana. Antes no era así y no es que tenga los ojos en la nuca. Extraño eso de conocernos todos y saludarnos en la calle. No poder hacer un picado de fútbol porque no llegamos a once en la comisaría.
Qué sé yo, vos sos el policía, a mi no me interesa eso. Tomá el mate y callate.
A veces me digo que estoy solo de verdad, como cuando la maestra en la primaria me agarraba de la oreja y me dejaba debajo de la campana mientras todos se iban a aprender a deletrear y a hacer colitas de chancho y palotes. Entonces me dan ganas de salir a las manifestaciones a apalear a los docentes. A veces también se me ocurre que estoy haciendo una solitaria guardia a la patria en esta oscuridad que nos toca vivir. Pero después de unos mates se me van las ideas y me quedo sentado en la comisaría observando como las moscas chocan contra el mosquitero del amplio ventanal que da a la calle.
Sobre el autor
Héctor Kalamicoy nació en Bahía Blanca en el '78; sus padres iban de viaje, un poco en Morón, otro poco en Córdoba Capital y el resto en Río Negro. Ahora vive en Neuquén pero donde haya comida gratis, va.
Estudió Letras en la UNCo, pero le falta una materia. Escribía poesía, pero la poesía es como el crimen, no paga. Mejor el relato, parece que hay una moneda en juego.