
El Bonaerense (crónica de la filmación de la película de Pablo Trapero)
Por Lucas Oliveira
A Mercedes Halfon y Jorge Gómez
I
–¿Vos venís al casting, también?
–Eh...
–Miralo, puede andar, eh...
–A ver, parate derecho, vení.
–No, es que yo vine...
–Sí, sí... Imaginalo con el pelo cortito...
–Mechi...
–Paralo ahí adelante. ¿Hiciste balance de blancos ya?
–Andá, Luki, andá.
–Ahí va.
–Teneme esto y decí tu nombre a cámara.
–¿Tengo que hacer algo?
–No, no, vos mirame a mí... a ver... esperame un cachito... sí, dale ahí.
–Hola. Mi nombre es Lucas y tengo 24 años.
–Contá qué hiciste.
–Trabajé en varias películas, en su mayoría cortos.
–Mirá a un costado.
–Sí.
–¿Hiciste teatro?
–Sí.
–Bueno, contá.
–Hice teatro con Andrea Garrote, con Gabriel Levy, ahora estoy haciendo con Sergio Boris.
–Ah, Sergio Boris.
–Boris, sí, lo conozco, me suena de una obra muy buena.
–¿Algo del pecado no sé cuánto, era?
–El pecado que no se puede nombrar.
–¡Ese!
–Sí, ese.
–Claro, actuó en esa obra.
–Muy buena.
–Muy.
–Excelente.
–¿Estás grabando?
–No, ya no. Todo bien. Gracias, eh. Te llamamos.
–Gracias, Mercedes. Los está llamando la producción.
–Muchas gracias.
–No, a vos, Lucas.
–Un gusto.
Dos semanas después tenía la barba más grande que había tenido jamás. Mucho pelo. Y no la barba del gaucho, rasposa, machota, imponente. Para nada. Mi barba es una barbita. Suavecita. Parece que mi cuerpo se confundió y el vello que debería salir en el antebrazo me sale en el mentón y las mejillas. Una cosa suavecita que no da la imagen de autoridad, hombre que se impone, valor entre los machos. No. Porque si uno se deja la barba lo hace para modificar la personalidad de los que nos miran. Y según el tipo de pelambre que tengas, serán los grandes referentes históricos que contrastarán con tus opiniones. Prohombres de la Historia como El Che, Sigmund, Lenin. Variopintas maneras de conquistar al público. Como mi barba tiene tres pelos, la autoridad que puedo imponer es irrisoria. Siempre digo que quisiera generar temor cuando tengo la barba crecida; un hombre abandonado a su suerte, un ser abominable, descuidado... Mis pelos en la cara generan más ternura que temor.
II
Pablo Trapero estaba en la casa de su amigo de la infancia y descubrió una fotografía; varios muchachos que se abrazaban. Parecían salidos de un partido de fútbol. Un tercer tiempo bastante jocoso. Algunos cansados y otros borrachos. Vio a uno en particular que le llamó la atención.
–¿Y este morochazo quién es?
–¿Cuál? ¿El alto y pelado?
–Sí, ese...
–Uh, ese tiene una historia. Gastón se llama. Un gran tipo.
–Creo que puede andar.
–¿Seguís escribiendo esa película?
–Todavía... pero ya la tengo. Estoy empezando a buscar a los actores. No parece tan fácil como esperaba. Encontré un par de chicas y vamos bien pero me faltan los agentes de la comisaría.
–No vas a tener quilombos con la cana, eh.
–No, para nada. Lo mío va por otro lado. De todas formas, no me preocupa. Lo que hago es cine ficción, no documental. Y el protagonista es muy buen actor.
–Claro... ¿quién es?
–Ah... ¡sorpresa!
Gastón, el de la foto de amigos borrachos tiene una barba muchísimo más imponente que la mía; una barba sin pelos. Así como tiene la cabeza rapada; los únicos pelos de su cara son los de las cejas. Casi no le crece la barba por lo que es raro verlo de bigote. Ni bigote ni chivita ni nada. Su cara lampiña, me enteré tiempo después, le trae muchísimos más beneficios, con su mujer, que una peluda.
III
Darío Levy tampoco tiene mucha barba. Siempre está afeitado. Aunque es cierto que sus pelos, cuando crecen, se imponen. En la prueba de vestuario, uno detrás del otro, parecíamos reos a punto de entrar al juzgado. Desconfiados, temerosos, cansados por el calor de un diciembre demoledor, nos escrutábamos con vileza y no dejábamos pasar un comentario. Un par de chicas hermosas se encargaban de acomodar los trajes de policía que usaríamos en el rodaje y una señora nos medía cuello, cintura y cabeza mientras miraba de reojo un cuadernito con la lista de sombreros y camisas que el Departamento de Policía Bonaerense había puesto a disposición de la producción de la película. El Bonaerense venía embalado porque todavía no había sido declarado el estado de sitio, De La Rúa no conocía la terraza y Darío Santillán y Maximiliano Kosteky estaban con vida. Un día después de este momento, todo eso cambiaría. El país atravesaría uno de los embates más cruciales en su historia de bisagras sangrientas.
Pero eso sería un día después. Porque en éste momento, agitados pero alegres porque se encaminaba el proyecto de la película, estábamos en la productora esperando órdenes. Había otros actores. Buenos y malos. Yo entraba en la tercera categoría; los principiantes. Buen título para una película. Nos ordenaron volver al otro día. Al otro día nos ordenaron volver al otro día. Y al otro día nos ordenaron que tuviéramos paciencia porque no sabían cuándo nos volverían a ordenar, estaban acomodándose a la nueva situación económica. El fílmico salía cuatro veces más caro que antes y la plata disponible valía cuatro veces menos. Estuvieron un mes a las corridas y, finalmente, fuimos convocados.
IV
Nos reunimos todos en la sala de espera de la productora de Eddie Flenner. Era como un consultorio pero más cool. A mí me dieron una maquinita de afeitar y me indicaron el baño.
–¿Ahí? ¿Tiene agua caliente?
–Sí.
Cuando abrí la puerta me encontré con Gerardo.
–¿Qué hacés, Sherar?
–¿Y a vos qué te parece?– también se estaba afeitando.
–A mí la barba no me crece tan tupida.
–Mientras no te hagan dejar el bigote como a mí.
–Sí, me dijeron que me dejara el bigote.
–Vas a parecer un mexicano traficante de merca.
–¿Vos decís, Sherar?
–Mejor que nos paguen como corresponde.
Dejé el baño apenas un minuto después que él. Mis pelos salieron más rápido que los suyos y tampoco fui muy detallista que digamos. Lo que sí me pareció doloroso fue arrancarme esos pelos que habían crecido junto a mí durante los dos meses que pasaron entre que me confirmaron que actuaría hasta ese mismo día en el baño con la maquinita ajusticiadora.
–Chicos, por acá. Pasen de a uno. Está Huguito. Les va a cortar el pelo.
En total éramos siete actores. Mirábamos el piso, avergonzados de nuestras rotundas caras de rati. Gastón no. Gastón tenía la misma cara de siempre, él sería Lanza, el más pulenta de todos los poli. Poli, Rati, Vigilante, Botón, Cana, Buchón, Puto, Ortiva, Azul, Paco, Yuta, Bondero, Cornudo, Cagón, Rata, Forro. Cada uno pensaría el suyo, su apodo. En mi caso, no me decidía.
–Pasá, Botón– dijo Huguito y se rieron todos a la vez. Darío Levy parecía un verdadero subcomisario y cuando salía me palmeó la espalda. Su media sonrisa, su entereza, su espalda erguida, su orgullo me contagiaron seguridad.
–¿Cuál sos vos?
–¿Eh?
–El nombre de tu policía, pichón.
Huguito medía 1,90 y pesaría cerca de 150 kilos. Usaba el pelo larguísimo pero recogido en una colita de caballo tan elegante como lacia y medía sus movimientos con una maestría de piloto de camiones de carrera.
–Abdala, se llama él– agregó Trapero. Era la primera vez que le escuchaba la voz al director de la película. Apareció detrás del Gigantón y sonrió satisfecho.– Con vos la pegamos, eh– y me agarró del hombro– ¿Qué decís, Huguito?
–Miralo ahora, Pablo. Qué hermosa pinta de Botón que tiene.
Otra vez risas.
–Y cuando termine la colimba, derecho me va a salir.
–¿Colimba?
V
Nos mandaron juntos. Arriba del 55 y en el fondo nos empezamos a conocer. Había que tomar el que iba por la Rotonda de San Justo. El Zapa era el más callado. Gallo y Gerardo hablaban de cualquier cosa con tal de no dormirse. Lanza dormía. Yo escuchaba. Todos sabían mi mote: Abdala, el principiante.
–¿Qué hora es loco?– me preguntó Víctor.
–Son las ocho y cinco, man.
–Qué garcha... sabés cuánto hace que no me levanto a esta hora...
–No parece.
A mí no me parecía. Tenía los ojos bien abiertos y miraba con atención por la ventana. Cada tanto se miraba las manos, parecía inquieto. Nadie llevaba bolsos, ni mochila, ni carpetas, ni hojas, ni nada. Remera, jean y zapatillas. Su bigote era el mejor bigote de todos y me di cuenta porque lo acariciaba seguido.
–¿Por qué Víctor se acaricia el bigote?
–Está entrenando. Supongo que lo va a usar como gesto. Mirá, ves, ahí está probando.
–Qué grosso.
–¿Víctor? ¿No lo conocías?
–No. ¿Tiene experiencia?
–¿Experiencia? Es un grande ese tipo. Miralo bien que vas a aprender un montón, “pichón”– imitó Gallo. Sherar y el Zapa se rieron pero el Lanza nos chistó a todos para que nos calláramos.
VI
–Muchachos, a ver... silencio. Huguito, llevate todo así los puedo sentar acá.
–Chicos, ya saben. Afuera les tenemos que sacar unas fotos así que apenas Pablo termine de hablar se me van al jardincito que les hacemos los retratos.
–Cerrá la puerta, por favor. Gracias. Esto es muy simple. ¿Alguien hizo la colimba? A ver, levanten la mano. Vos, vos... Bueno, no sirve. Son pocos. Y como lo suponíamos, lo vamos a resolver. Para que sean buenos policías los vamos a entrenar como a los verdaderos policías. Pero será un curso intensivo; solo dos días, así que no tienen de qué preocuparse. No van a alejarse de sus familias ni nada por el estilo. Será como pasar un fin de semana en una quinta. Hacelo pasar, Rodrigo... Señores, les presento al Señor Vicat. De ahora en adelante él va a estar a cargo de ustedes.
–Buenos días, señores.
–Buenos días.
–Voy a ser breve porque entiendo que muchos de ustedes deberían estar trabajando ahora y tienen un largo viaje de regreso a casa. La productora no es tan cerca como imaginaba así que mientras más pronto salgamos de este barrio, más segura la vuelta. Les voy a dar indicaciones precisas para el entrenamiento. Es vital que cumplan al pie de la letras estas indicaciones. Además de un mínimo entrenamiento, les voy a enseñar a manejar todo tipo de armas, vamos a simular situaciones de riesgo comunes para cualquier policía y también habrá que lograr la unión del grupo ya que ustedes serán parte de un equipo en constante beligerancia por lo que les sugiero que se quiten esas caras de perrito apaleado y empiecen a conocerse. En un papel vamos a dejar en claro todas las indicaciones. Ese papel va a estar en manos de Jorge Román, alias Zapa, el jefe del grupo. Otra cosa importante, por favor; empiecen a usar los nombres de fantasía. Al parecer el corte de pelo que les acaba de hacer el señor Hugo le hace honor a sus respectivos personajes. Los felicito por haber aceptado este trabajo. Creo que nos vamos a llevar bastante bien. Eso es todo. Pueden retirarse, tengo entendido que el señor Hugo los espera en el patio para sacarles unas fotos.
VII
–Jorge... Jorge... digo, Zapa.
–¿Qué pasó?
–¿Dice ahí dónde nos tenemos que bajar?
–Sí, dice todo.
–¿Che, vos conocés a ese Aníbal?– me preguntó Gallo.
–Sí, es medio nabo. ¿Por qué?
–Porque no vino con nosotros.
–Me enteré que viaja por otro lado.
–¿Qué tiene? ¿Coronita?
–Andá saber.
A Víctor, a pesar de las claras indicaciones de Vicat de usar los nombres de los personajes, le seguíamos diciendo Víctor. Ya ni recuerdo el nombre de su personaje pero jamás voy a olvidar con qué dedicación miraba por la ventana y se concentraba en el movimiento de su brazo y antebrazo para acomodarse el bigote. Los dedos flojos, los dedos tensos, la mano cerrada, el dorso, las uñas, la muñeca. Había encontrado más de diez maneras de acariciarse el bigote. Todas querían decir algo. Se concentraba, cerraba los ojos, los abría grandes, miraba de reojo, abría la boca, la fruncía cerrada. Cada gesto y cada caricia eran una película en sí. Un dominio absoluto del cuerpo, de cada mínima partícula. El 55 parado frente al Matadero, en la esquina de Lisandro de la Torre, se metió en una nube de olor a cuero quemado y mugre de bosta que nos encendió los ojos. A Víctor le salió una cara de asco tan pero tan particular que me obligó a recordar si había traído los documentos y si había descartado la merca que tenía encima.
El 55 hace un recorrido bastante largo. Las indicaciones eran claras; encontrarse en Uriarte y Cabrera y partir hasta la parada más cercana. Nunca supe bien por qué esa esquina. Por qué de esa manera. Yo vivía en Villa Lugano así que me tocó la del boomerang y, para llegar hasta Palermo a las siete de la mañana, tenía que levantarme a las cinco cuarenta y cinco. Estar arriba del 36 a las seis y que nada raro pasara. De Palermo, un poco dormidos, despiertos y hasta sorprendidos hicimos ese largo viaje hasta San Justo: Palermo, Almagro, Villa Crespo, Caballito, Flores, Floresta, Parque Avellaneda, Mataderos, Lomas del Mirador, San Justo. El papel que tenía el Zapa venía acompañado de un sobre con monedas para que cada uno se pague el pasaje y decía que ocho y media de la mañana, a más tardar ocho y cuarenta, teníamos que estar en la puerta de una casa en “Ruta 3, dos o tres cuadras antes de la Rotonda de San Justo”.
Cuando llegamos a destino, Aníbal estaba en la puerta esperando. El tenía otro papel en la mano. Lo mostró y lo leyó en voz alta:
–“Cumplieron su primera misión en equipo. Bien hecho”. Ja, bien hecho, muchachos. ¿Café?
–Callate, boludo.
La puerta se abrió y apareció el Señor Vicat vestido de fajina con una boina enganchada en el hombro de su camisa color caqui. Un pibe más joven, detrás de él, parado firme, esperaba órdenes.
Obviamente, en cualquier parte del mundo y bajo todo tipo de drogas duras, blandas o semi blandas, cualquier persona, perro, planta, de cualquier religión, raza o creencia se hubiera reído. Y esa era mi excusa si me preguntaban por mi falta de tacto y mi desubicación; había estado de joda la noche anterior y en la sangre tenía más alcohol y merca de la que podía controlar. La excusa del resto nunca la conocí pero lo cierto es que me acompañaron con sus propias carcajadas.
–¡¡Callensé la boca, manga de tagarnas!!
Eso en mi barrio es piñas. Bah, en mi barrio no decimos tagarnas.
–¿Gallo, qué es “tagarnas”?
–¡¡Cállese, carajo!! ¿Qué idioma habla usted? ¿Arabe, turco? ¡Venga para acá, deme 20!
Para cuando pude imaginar el color del billete de 20 pesos estaba haciendo sentadillas con las manos en la nuca contando 1, 2, 3, 4, 5 mientras el resto se reía con la lengua hasta la panza.
–Así que usted es Abdala. ¿Y cómo es su nombre, soldado?
–¡Gallo, señor!
–Ah, tiene buenos pulmones.
–¡¡Sí, señor!!
–9,10,11,12,13,14– yo seguía contando mientras el resto se reía para adentro, salvo Aníbal quien, parado a un lado de Vicat, asentía con la cara engravecida.
–A ver qué tan buenos brazos tiene, soldado Gallo. ¡Treinta flexiones de brazo!
El resto ya no reía.
–Todos, a ver. Flexiones de brazo.
–Pero... estamos en la vereda, maestro.
–¿Cómo dijo?
–Que estamos en la vereda.
–¿Pero usted me vio cara de maricón que me habla así? ¿Usted me vio cara de payaso?
–No, señor, para nada– contestó asustado Aníbal.
–A usted nadie le preguntó nada gusano. Abajo también.
–Pero, Señor...
–“Pero Señor”, nada. Treinta abdominales, gordito. ¡Vamos!
Pasaron dos señoras, una encima del hombro de la otra, tapándose la boca. Yo no podía ver si se tapaban por la gracia o el horror. Siete gorditos de la buena vida haciendo abdominales, flexiones de brazo y sentadillas al borde de la ancha vereda de la Ruta 3.
–Tengan buenos días, señoras.
–Lo mismo digo, Caballero–. Y se iban cuchicheando mientras Vicat se metía en la casa acomodándose el pelo y hablaba susurrándole al Soldado Firme que estaba en el pasillo.
–Era un fin de semana en una quinta, nomás– murmuró Gallo con esfuerzo.
VIII
Lo más cercano que estuve de la colimba fue cuando escuché diez minutos por radio un sorteo. En esa época entrenaba en Deportivo Español. Uno de nuestros compañeros estaba en el vestuario con la radio portátil en una mano y el bolso en la otra. El gordo Palma, nuestro entrenador chileno, le había dicho que guardara todo por si tenía que salir; con la colimba no se jode, había comentado. Pobre pibe, tenía la cara más pálida que había visto jamás en mi vida. Claudio Abel Cañete, se llamaba. Pelado, zurdo, “medio tronco pero con unos pulmones del tamaño del Luna Park”, se presentaba él. Jugaba de 3 y venía de Bahía Blanca. Allá no se juega al fútbol, se juega al básquet, así que no le había quedado otra que venirse a Buenos Aires. Vivía en la pensión del club, debajo de las plateas del estadio. Tenía una rutina bastante digna que se acabaría si cantaban su número por la radio.
Yo tenía 15 años, me acuerdo, pero jugaba con ellos porque les faltaba un diez. No entendía nada. Sabía que la colimba era lo menos pero no entendía a qué se referían con eso. Nos quedamos un rato con él. Escuchando y gastándolo. En los entrenamientos nos burlábamos de sus piernas chuecas. Te las van a enderezar de tanto correr, limpiar y barrer, gritó Palma y todos nos reímos, menos él. Yo no aguanté más de diez minutos su cara de carnero degollado. En esa época no sabía cómo reaccionar así que salí del vestuario y esperé en la mitad de cancha chupando pasto. Cuando estaba ansioso me acostaba en la parte con más yuyos y los arrancaba para meterme los tallitos en la boca.
Nunca supe la mecánica de los sorteos. No entendí jamás por qué los números bajos eran bajos o los altos eran altos. Por qué los bajos eran buena noticia o por qué los altos eran una mala. No conocí jamás un cuartel ni conozco militares. A lo sumo mi primo policía que no veo desde que se convirtió en policía.
Nada me acercaba a lo que estaba sufriendo Claudito.
De lo que no me puedo olvidar es de su cara al salir del vestuario. Arrastraba los auriculares. Caminaba despacito. Miraba el carnet del club y sostenía con dos dedos el bolso donde guardaba sus medias rojas, la remera del club con la 3 en la espalda, los botines Puma y el brazalete de algodón que le había regalado un amigo de Bahía. De esos que usan los tenistas. Siempre jugaba con el brazalete en su mano izquierda. Supongo que en la colimba también lo habrá usado.
Después de eso no lo volví a ver.
Me escribí un par de cartas con la familia. En una de esas la hermana contaba que Claudito jugaba en un club de segunda división en Estados Unidos y que estaba contento y de novio. Mirá cómo son las cosas. Y yo filmando una película.
IX
Nos hicieron entrar en la que después me enteré era la casa de los padres de Trapero. Un pasillo largo, al final, la puerta de entrada y antes una escalera que llevaba a la terraza. En la terraza iba a ser nuestro primer contacto con armas de fuego. Antes nos formaron en línea al lado de Soldado Firme.
Gallo, Zapa y Gerardo no podían contener la risa. Aníbal estaba firme como Soldado y mi cara de culo contagiaba a Víctor que no se tragaba ninguna; tenía cara de “¿esto es así? Pues así será”.
Vicat, con las manos en la espalda, nos contaba todos los planes que había armado y las cosas que sabríamos al final del curso, taller, chiqui–micro–mini–colimba. Ninguno le prestó demasiada atención. Era la típica escena en la que Richard Gere se hace el chongo con su sonrisa de galán y viene un negro con bigote y le baja los humos a los gomazos. Todos nos sentíamos Richard Gere. A mí me daba curiosidad Soldado Firme y le pregunté algo. O no, creo que le hice un comentario, algo así como qué viaba se pegó Vicat en el bocho. Soldado ni me contestó.
–Ah... Gendarme no sos– un Gendarme hubiera sonreído– Y Policía menos.
–...
–Pero Granadero tampoco– aclaré y me miró de reojo. Puso la vista al frente, el mentón arriba y juntó los tacos de sus botas con fuerza. Me hizo acordar a Charles Chaplin. Vicat arqueó las cejas y con su cara de demonio me gritó que era un zarpado, que prestara atención, que así no iba a llegar a ningún lado pero que muy a pesar mío me iba a sacar bueno. 30 abdominales me costó la joda. Aníbal no era tan botón como parecía. O por lo menos no era el único. Soldado tenía media sonrisa dibujada pero su cuerpo era una piedra. Mientras terminaba mis abdominales mandaron subir al resto y Víctor se quedó atándose los cordones de las zapatillas para hacer tiempo hasta que termine.
No quiero imaginar lo que estaba pensando.
En la terraza había de todo y se me hacía agua la boca. Me encantan las armas. Siempre estoy jugando a los jueguitos de guerra, de esos que tirás tiros con el mouse de la computadora. ¡Click o muerte!
Y pensar que antes era Patria o Muerte. Cosas que cambian.
Cuando nos acomodamos, tenía la boca abierta como los nenes frente al chocolate. A los empujones me pusieron en fila. Soldado Firme, esta vez, estaba frente a nosotros. Vicat desapareció por la escalera y dijo ahora vengo, que nadie se mueva.
–Che, ¿cómo te llamás, loco?– preguntó Gallo.
Soldado Firme no contestaba.
–No se hagan los piolas que éste está arreglado con Vicat– murmuré y Soldado bajó la vista.
–Debe ser el colaborador– comentó Aníbal.
–No jodas, boludo...
–¿En serio?
–Vos sos re piola, eh
–Te quitaron el puesto– creo que dijo Sherar y nos aguantamos la risa porque ya estaba de vuelta Vicat con chalecos anti–bala y cascos de guerra.
–A ver, manga de inservibles. Pongansé esto.
–Sí, señor– contestó el chupamedias de Aníbal.
–Aprendan, zapallos– se burló Vicat.
A mí me dieron un FAL. Era más pesado de lo que creía. Nunca en mi vida había sostenido un fusil. A Chupamedias le dieron una Uzi. Todos lo mirábamos envidiándolo. El resto tenía escopetas y al Zapa le tocó una cosa rara; rifle de asalto, creo que se llama, en los jueguitos de guerra dice los nombres pero nunca los memorizo. Tenía mira y todo. Bastante grande. Nos pidieron que buscáramos los respectivos cargadores en una bolsa de arpillera que había a un costado de las macetas que, seguramente, la madre de Trapero regaría todos los días.
–No podemos quedarnos mucho tiempo acá– por fin dijo Soldado Firme. Habló en voz baja pero se hizo escuchar. Los soldaditos murmuraban bromas mientras se peleaban por revolver la bolsa de arpillera. Me dio curiosidad y giré para ver qué le contestaba el Jefe.
Vicat, serio, lo miró. Soldado Firme hizo un gesto como hacia nosotros, acusándonos, pero no se refería a nosotros. Cuando Vicat nos miró, con la vista un poco desviada hacia arriba, yo giré también hacia donde estaban mirando los dos y entendí.
La terraza era en un primer piso. En San Justo las casas son todas bajas. Casi no hay edificios. Es un barrio como Dios manda. Enfrente, en la esquina opuesta y a la clara vista de todos, había un banco. Creo que era un Banco Provincia. Ya me imaginaba yo; el guardia de seguridad ve 7 tipos armados hasta los dientes, en la terraza justo enfrente y empieza a los tiros al grito de ¡nos atacan, nos invaden, ayuda, llamen a alguien, llamen a alguien!
Te la regalo.
Si nos mirabas de cerca, con los cascos enormes y los chalecos mal puestos, éramos la Vergüenza Policial Nacional. Pero de lejos parecíamos un equipo comando, en serio. Siete negros con cascos y chalecos anti–bala. Una locura.
–No pasa nada– tranquilizó Vicat– y si pasa puede estar bueno.
Su tono de voz parecía juguetón. Después d elos saqueos ponían guardia hasta los fines de semana. A Vicat no le preocupó.
Nos pusieron uno detrás del otro. Al frente iba el Zapa. Después Lanza, el pulenta, al único que le quedaban el casco y el chaleco porque medía casi dos metros. Gallo y yo veníamos delante de Sherar y Aníbal terminaba la fila.
–Señor, ¿puedo ir adelante?
–Cállese la boca y quédese donde le digo, gusano.
Con Gallo nos miramos. Uno de los dos hizo ruido con la lengua y los dientes. Pero nada más.
–Chupamedias y boludo– murmuró Sherar.
–A ver, usted, que tiene tantas ganas de participar. Manos a la cabeza. Abajo, arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo, arriba.
Sherar miraba sus zapatillas y nosotros lo mirábamos a Aníbal que sonreía.
–¿Alguno más tiene algo para agregar?
–No, señor.
–No escucho.
–¡No, señor!
–Empiecen a trotar en círculo, entonces.
La terraza no era muy grande pero nos la ingeniamos para circular alrededor de Vicat y Soldado Heroico. Lanza había dicho que ese tipo tenía algo de heroico así que le quedó el apodo. Mis pulsaciones iban por las nubes. Si me revisaba un médico me metía en una ambulancia. Nos hicieron trotar media hora. La mañana comenzaba a calentar las macetas y cuando Vicat se cansó de mirarnos nos acostó a todos boca arriba y nos puso a hacer abdominales. Mandó a Soldado Heroico a buscar agua y cuando terminamos las abdominales bebimos como bestias.
El plan era que aprendiéramos las costumbres policíacas pero nadie había mencionado hacer abdominales para eso. Nos temblaban las rodillas, las manos, la cabeza. Corríamos media hora alrededor de Soldado y Vicat y luego algún ejercicio. Primero sentadillas. Después de las sentadillas fueron flexiones de brazo. Y después, con la punta del dedo derecho teníamos que tocar la punta del pie izquierdo con las piernas abiertas. Me sentía un sapo. Estaba a punto de explotar, en otra órbita que el resto. El hidalgo Zapa mantenía un rostro colorado pero en sus cabales. Sherar y Aníbal no podían más. Gallo mantenía la sonrisa pero Víctor no, o sea, no los modificaba absolutamente nada lo que estaban haciendo. Lo de Lanza era fuera de serie; dos gotas había transpirado. Se hizo el mediodía y nos quitaron las ropas. El sol pegaba duro. El único que tenía fuerzas para hablar era Lanza que no tenía nada para decir. Callado se había sacado la remera para estar más cómodo y sus pectorales trabajados nos llamaron la atención a todos.
X
Almorzamos unos sándwichs de miga; jamón y queso en pan negro. El jugo lo preparó Sherar. La mesa la pusimos entre todos. Vicat, sentado en un sillón, hablaba en voz muy baja con Soldado Heroico quien nos vigilaba sin histeria. Nadie decía una palabra.
–¿Cómo es tu nombre, maestro?– preguntó Aníbal.
Nadie dijo nada. Soldado Heroico le pidió autorización a Vicat para contestar.
–No te importa. Seguí comiendo, gordito– contestó Soldado Heroico después de que Vicat le había hecho un gesto negativo.
Hicimos un sorteo piedra–papel–o–tijera para ver quién lavaba los platos. Perdí yo pero cuando agarré la esponja Soldado Heroico me agarró de la muñeca y pidió que Aníbal los lavara.
–Dejá, que lave el gordito– presionó.
–No, no hay problema, Señor– insistí. Tiré fuerte para soltarme la muñeca y Soldado apretó más. Dolía. No dije nada pero Víctor no parecía muy complacido de la situación.
–Abdala, bien hecho. Acá el único que da las órdenes soy yo. Muy bien hecho.
Gallo me miró un poco sonriente y un poco sorprendido. No había sido mi intención respetar la cadena de mando pero al parecer ya estaba impuesta la regla dónde manda Capitán no manda Marinero y ahí mismo supimos que Soldado Heroico no era más que un soldado. Eso fue lo que pensamos. Hasta lo discutimos después de lavar los platos. Vicat dio un descanso y surgió la charla.
–Al final es un soldadito más.
–No diría eso– alertó Víctor.
–Yo creo que tampoco lo es– agregó Lanza.
–Ya veremos... ya veremos– cerró Gallo.
XI
El celular vibraba debajo de la almohada así que tardé en atender. Era de la productora. El mismo Pablo Trapero me llamaba para preguntarme si en una hora podía pasar a buscarme un coche por mi casa para llevarme a una locación por González Catán. Les había fallado el gordito Aníbal y necesitaban un policía más para la escena. El último que quedaba era yo. Le dije que sí. Cuando apareció el auto en la puerta de mi casa manejaba Soldado Heroico.
–¿Qué hacés, Abdala? ¿Te despertaron?
–No, para nada– mentí.
–Estás mintiendo.
–¿Cómo sabés?
–Por la cara. Tenés todos los ojos hinchados. Y por el aliento.
–Andá.
En esa época vivía con mis viejos. Me había quedado sin un peso partido al medio y la participación en la película me aseguraba sus buenos dividendos que recibiría quién sabe cuando. Apenas terminó mi participación me dijeron que podía esperar sentado. Pero no me sorprendió porque me habían avisado que cuando hubiera plata me pagarían lo que correspondía. Había firmado un contrato bastante claro. No había por qué sospechar. Que me llamaran era otra buena señal. A pesar de que no pagarían inmediatamente, este día sumaba como doble porque la filmación era de madrugada. Pura suerte, que le dicen.
–Qué suerte, ¿no, Abdala?
–¿Por?
–Porque no te sacaste el bigote.
–No. Me gusta.
–Sí, claro– sonrió Heroico.
–En serio, ¿vos nuncas usaste mostacho?
–No. No va conmigo.
La Ricchieri estaba lisita y vacía. No le costó nada levantarlo arriba de los 140. Manejaba muy bien.
–Che, Heroico.
–¿Qué, Abdala?
–¿Lo que dijiste en la Instrucción era cierto?
–¿Qué cosa?
–Dale, vos sabés.
–Algunas cosas las dije porque quería provocarles miedo. Otras para provocarles admiración y otras por puro gusto, para ver qué tanto me creían.
–¿Y eso de que matabas gente?
Heroico no contestó. Tenía la mirada clavada en la curva. Saludamos a la Iglesia de Los Mormones con un chillido de las gomas y con la adrenalina a flor de piel me agarré del cinturón de seguridad y me callé la boca. Si no encontraba otro tema de conversación el viaje sería un clavo. Todavía no llegábamos a Ciudad Evita.
XII
Después de barrer la casa y pasar un trapo por los muebles acomodamos la mesa para que quedara en el medio. Llevamos las sillas a una habitación y nos paramos a un lado. Del otro Soldado Heroico y Vicat vaciaban la bolsa de arpillera arriba de la mesa, con cuidado. Nosotros mirábamos y nada más.
–Hay una escena, según me dijo Pablo, en la que les muestran una serie de armas. Para que compren. Esto es muy común en las comisarías.
–¿La venta de armas? ¿No te asignan un arma?– vaciló Zapa.
–Sí, te asignan un arma... usada, sucia. A veces ni funciona. Muchos ahorran mientras rezan no tener que desenfundar porque en una de esas les explota en las manos. Siempre pasa.
Empezaba la Instrucción. Soldado Heroico le quitaba el cargador a las armas que habíamos estado usando en la terraza. Esos cargadores, no lo había notado antes, tenían una franja, como si fuera una cinta adhesiva aisladora, de color azul. Había otra bolsa de arpillera, atada con varios nudos, que Vicat abrió frente a nosotros y vimos que tenía cargadores con cinta roja.
–Estos cargadores que están acá tienen balas de salva. Cinta azul. ¿Ven? Estos cargadores, en cambio, tienen balas de verdad. No los toquen. Los voy a dejar acá.
Soldado Heroico sacaba uno a uno los cargadores de distintos tamaños mientras Vicat sostenía la bolsa.
–En la escena de la venta de armas van a tener que probarlas. Tienen que parecer entusiasmados pero, a la vez, tienen que saber cómo agarrar los distintos fusiles, escopetas y pistolas. Tengo entendido que van a llevarles de todo. En realidad, voy a llevarles de todo. Acá vamos a maniobrar las armas que ustedes van a probar en la escena. Lo primero es perderles el miedo. Los cargadores van por un lado y las armas por el otro. Zapa, agarrá una.
Zapa nos miró con una cara pálida que inmediatamente transformó en la de un niño de 5 años frente a los autitos chocadores. Sonrisa de oreja a oreja.
–Eso. Lo primero que tienen que probar es el peso. Por lo menos lo que tiene que ver con las pistolas. En las armas largas prueben que la mira no esté desviada. Desgraciadamente eso se corrobora en el polígono de tiro. Hay que apuntar y tirar. Comparar dónde apuntaba la mira y dónde fue el impacto. Desgraciadamente, también, hay que saber tirar. Hoy en día sale cada palurdo de la Vucetich.
Soldado Heroico sonrió.
–Como este especímen. Si no fuera por mí habría muerto hace rato.
Nos quedamos helados aunque ellos sonrieron. El más pálido era yo.
–Tranquilo, Abdala. Acá nadie va a efectuar un solo tiro. Ni siquiera se van a cargar las armas con los cargadores de cinta roja– quiso tranquilizar Vicat.
Soldado Heroico lo miró desconfiado. Era obvio que Vicat mentía. Gallo y Lanza se miraron y me confirmaron que esa tarde sería larga larga larga larga... y miedosa.
XIII
Pasamos Ciudad Evita y tomamos la ruta 21.
–Este camino lo hago para ir a lo de mi abuela... pero en el 86.
–¿Ah, sí? ¿Dónde vive?
–Pasando el 29.
–Ah, para donde vamos ahora.
–¿Ves? Voy en ese, cartel azul. ¿Vos conocés González Catán, no?
–Conozco El Establo.
–Uh, sí. Antro.
–Nah. Está bien. Es un boliche más.
–Che, Heroico, no te vas a ofender porque te haga esas preguntas boludas, ¿no?
–No, todo bien. No es algo de lo que me guste hablar, nada más.
–Pero entonces es cierto.
Esquivamos un Renault 12, sin luces, que venía por el carril rápido y volvimos arriba de los 140.
–Perdón, ¿qué decías?
Soldado Heroico se hacía la estrella.
–¿Cómo llegaste al MOSAD?
–Un largo camino.
–¿Vicat te ayudó?
–Vicat es un gran consejero.
–¿Y nunca te pasó nada?
–¿Cómo?
–¿Alguna vez te pegaron un tiro?
–Alguna vez, sí. Pero estoy en una sola pieza todavía.
–Enterito enterito.
–Exacto.
XIV
Cuando levanté el rifle de asalto que le habían dado a Zapa, en la terraza, me costó acomodarlo en mi hombro. Había que apuntar al techo porque si Vicat veía que alguno apuntaba a otro, lo hacía subir y bajar con las manos en la nuca por el resto de la Instrucción. Aníbal estaba llegando a los cincuenta y no pudo más.
–No puedo más, maestro.
–No soy tu maestro, alumno. Empezá de vuelta. Hasta que no llegues a mil no volvés a la mesa.
–Sí, señor.
–Las armas son caras. En general todo es caro. Hasta la gorra.
–¿Hay que pagarse la gorra también, Señor?
–Sí, la gorra, el cinto, los zapatos; todo. Te lo descuentan del recibo de sueldo.
–Pero entonces, ¿cuánto cobran?– se divirtió Gallo.
–Chauchas. El sueldo es una miseria. No se gana nada. Pero eso no es problema. Según la comisaría que te asignen, tenés tus formas de recolectar algo de guita.
Soldado Heroico empezó a desarmar las pistolas. Sin que nadie me viera le apunté a la cabeza. El movimiento fue sutil. Justo cuando el caño apuntaba a la frente se detuvo. Congeló la mirada mientrsa sostenía un cargador con una mano y el resto del arma con la otra.
–Abdala y la puta que te parió– murmuró.
–Qué pasa, qué pasa, che– se fastidió Vicat.
Me miraba con rabia. Mis mejillas me delataban pero nadie más que Soldado Heroico lo notó. Con un golpe en el caño volví a apuntar al techo. Ya me dolían bastante los brazos como para agregar más flexiones o sentadillas.
XV
Siempre fui fanático de los agentes secretos. Hombres duros, manos hábiles, hermosas mujeres. No es todo tan así pero que existen existen. Las chicas sabrán si son lindos o no, hoy puedo asegurar que son tan pero tan duros y tan pero tan hábiles que no se nota ninguna de las dos cualidades cuando estás con un agente secreto a tu lado. Porque esa es otra cosa que aprenden: a pasar desapercibidos. Nuestra Instrucción, en cambio, era distinta. Entre andar vestido de policía y andar de civil nosotros íbamos a estar emperifollados. Había que llamar la atención. Que la gente nos vea, note la diferencia, infundar la mezcla justa de temor y respeto. Para un agente secreto, mientras más pusilánime parezca, mejor para la misión o las futuras misiones. La Instrucción que nos daba Vicat favorecía la lucha de egos, estimulaba la competencia, la inteligencia pero también la vileza. Había que encontrar la manera de hacer lo menos posible sin que se note. Víctor tenía la pasta de líder que necesitaba el grupo. El Zapa era más bien conciliador. Gallo era el imprevisible, sus ocurrencias eran pura diversión y sorpresa; hasta Vicat lo disfrutaba. Sherar era el más indiferente y el Lanza era lo más ubicado, justo, envidiable y afortunado para el papel. Chupamedias era el bufón inofensivo y, obviamente, yo vendría a ser el agente secreto. Un principiante que los desenmascara a todos sin piedad y con rayos X. Un principiante o un traidor, según el corpus moral con el que lo analices.
Para que una comisaría rinda tiene que juntar cerca de ciento cincuenta mil pesos por mes.
Imagino que habrán oído de los rumores que dicen que los agentes policiales recolectan dinero en distintos prostíbulos, casas de juego, locales con ángeles de la guarda como custodios. Bueno, esos rumores son ciertos. Es la única manera que encontró el sistema para balancear el duro trabajo del policía. Así redondeás un sueldo como la gente. Del total, una gran parte va hacia arriba en la pirámide. La otra gran parte es para el Comisario. Y lo que queda se reparte. Nadie se equivoca al hacer las cuentas. Nadie saca provecho más del que necesita y, por otro lado, cuando alguien está en apuros, es regla de oro ayudar para que no se pase al otro bando.
Contradictorio, eh. Y eso es el principio.
El problema es cuando en tal o cual mes no alcanza; algún almacenero no paga la cuota o las chicas desaparecen. También están los boludos que apuestan la casa, el auto, la mujer y su propio negocio y lo pierden en un Blackjack. Una carta y a la lona. Es un sistema dinámico en constante movimiento en el que la previsibilidad es solo un mal chiste.
Nadie dice nada. ¿Para qué? ¿Si a vos te cuidan la cuadra? Y si no pagás esa atención no pasa nada. Te vas a olvidar de pagar un tiempo. Te mudás o volvés a charlar sobre cuánto debés. Ahí te acomodás o alguien te roba. Porque los robos no son un invento de la policía, tampoco te comas ese mensaje. No seas ingenuo. Acá no pasa nada sin la venia de la gente verdaderamente importante.
Así como está bueno que haya un arresto en medio de un operativo gigantesco hay que permitir que cinco o seis dealers se desarrollen para que luego se pueda hacer el gigantesco arresto. Cuando decimos traficantes también decimos Burocracia Policial y Política. Causa gracia escuchar las frases y situaciones en las que se meten los popes de la Policía según los aires del Gobernador de turno. Nadie le escapa a la coima. Ni el Gobernador. Escribir, pensar, decir esto que suena tan violento es una obviedad. Aunque parezca raro, el yin y el yan también se expresa en las coimas: no hay mal que por bien no venga y si llueve algún día tiene que parar. Nadie reconoce que es imprescindible darle un poco de violencia a la sociedad para que miles de familias no se queden sin trabajo. La sociedad sin delincuentes es un desperdicio de dinero, entonces, que nunca falte un chorro. Con el tiempo se elaboran técnicas más sutiles, no tan obvias, no tan extremas: profundamente contradictorias y mantenidas desde el seno mismo de la familia argentina.
Cuánta paranoia, eh.
La frase “esperen a que lleguen las cámaras para empezar a voltear gente” no es un invento de un guionista comprometido o arriesgado que intenta denunciar el entramado agresivo de un sistema ya desvencijado. “Dejalo que se haga grande así cuando lo volteo suena más”, tampoco es una frase de película. Son datos reales. Es información fidedigna que se consigue de charlar un par de horas off the record con cualquier policía. Mientras mayor sea el rango del policía con el que hablás, más información de la intragable conseguís.
Nosotros estábamos teniendo una Instrucción para hacer una película con uno de los policías más importantes del país y con un agente secreto. Eso, en cualquier barrio, te da cerveza gratis para que cuentes cómo te fue y por qué saliste vivo.
XVI
Cenamos tranquilos y nos acomodamos en las bolsas de dormir. Hablábamos cansados porque después de tanto baile nos obligaron a ver Ronin de Robert De Niro y Jean Reno y la mitad se durmió durante la película. Los despiertos inventábamos teorías de por qué nos habían obligado a verla y de por qué Soldado Heroico había contado lo que contó.
–No vas a sorprender a alguien cuando está en guardia.
–No, claro. El problema es que no podés saber cuándo está con la guardia baja– insistió Lanza.
–Averigüas cosas. Qué le gusta hacer y qué no. Si es religioso, tiene familia, va a misa, reza.
–Pero eso para qué te sirve.
–En el caso de que sea un tipo que está de guardia, musulmán y reza ya tenés bastante información.
–No me digas que esperabas a que rezara...
–Lo que sea necesario hasta que bajara la guardia. No hace falta tanto tiempo para saber cuál es el punto débil de las personas. Es cuestión de hablar un rato con sus gestos, su entorno, sus datos. Observás atentamente y listo. Así se consigue información; con paciencia.
Soldado Heroico se acomodaba en el sillón y nos daba la espalda con total tranquilidad. Por un momento me asusté. No me tranquilizaba dormir con tanto armamento a su disposición.
Nos levantaron a las 6 de la mañana. Nos sirvieron un desayuno de mate cosido con galletitas de agua para que nos pusiéramos pilas para limpiar. Vicat se había levantado antes. Había traído unas facturas y lo tenía a Aníbal cebándole unos mates. Aníbal, Soldado Heroico y el resto tomaba su mate cosido con galletitas; salvo el Ronin, nadie tenía privilegios.
Mientras sobaba la bombilla, Ronin anotaba unas frases en una agenda de cuero. Yo lo miraba desde el piso, estaba sentado dentro de la bolsa de dormir, al lado de Víctor. Nuestro jefe parecía un hombre normal. Tenía gestos suaves al escribir y tomar el mate. No parecía un hombre violento o agresivo. Había logrado ascender con tanta convicción a las más altas esferas del poder policial que uno podía imaginárselo a los gritos para ganar una discusión. Nada más lejano a la realidad.
Tenía muchísimas ideas y era inquieto. Enfundaba tanto temor como respeto y por nada del mundo se confundía ni desubicaba. El timming era otra de sus cualidades.
Timming y convicción... me recordaba...
Nos mostró las anotaciones. Hizo unos planos y dibujos de la casa y nos dio todas las instrucciones. Teníamos que simular un secuestro y el posterior rescate con vida del rehén.
El rehén sería Sherar, el terrorista secuestrador sería Abdala. El líder del equipo de rescate sería Soldado Heroico y el resto sería su equipo. Vicat vería todo a una prudente distancia para tomar nota y hacer comentarios.
–Vamos a empezar por la terraza– me dijo.
Apenas tengas un minuto a solas con un arma de guerra te pido por favor que no imagines cómo suena un tiro. Te pido por favor que no te imagines cómo podés deshacerte de alguien y, más que nada te pido; no estés enojado con nadie cuando tengas un arma cargada. Las consecuencias pueden ser desastrosas.
Me dieron el FAL.
Sherar me pedía cigarrillos y yo se los daba. Vicat me apartó y me dijo que no tenía que tratarlo así, tenía que obligarlo a llorar por los cigarrillos. Yo miraba a mi compañero de teatro, mi futuro compañero de rodaje, con el pelo cortito y los bigotes, la sonrisa forzada, atado con una soga que le empalidecía las manos por la excesiva presión, con la capucha sobre las cejas... no podía pensar en él como un rehén. Tampoco podía maltratarlo pero esas eran las condiciones para ser el terrorista: ejercitar el terror. Que el rehén crea que tenés su vida en tus manos. Que mi amigo Sherar se sienta como el culo.
XVII
Me puse el pañuelo sobre la nariz. Parecía un piquetero. A Sherar le envolví la cabeza con la toalla y lo arrinconé detrás de un tanque de agua, al reparo del sol. Teníamos que esperar que nos ataquen. Cuando Vicat terminó su pequeña lista de instrucciones bajó para encontrarse con el Grupo de Rescate. En la terraza y durante más de una hora, estuvimos Sherar y yo a solas. Sin hablar porque no estaba en el plan hacerlo y esperando a que sucediera algo. Nunca en mi vida había estado tan nervioso. A la espera de que hubiera algún ruido, suponía que tarde o temprano aparecerían por la puerta que daba a la planta baja. A la media hora ya no me quedaban uñas largas que comer. Sherar se había dormido. Estaba arrinconado con la nuca apoyada en una maceta sin plantas, con tierra blanda, que le hacía de almohada. Ya era media mañana y no sabía qué pensar. Las manos me transpiraban, tenía miedo, estaba ansioso y me vino a la mente la conversación con Lanza, la noche anterior. Me contaba que era una gran oportunidad estar en la película. Me contaba de su mujer, que estaba embarazada y también me contaba preocupado sobre su anterior trabajo; debía dejarlo porque no podría disfrutar de su futuro crío.
–¿De qué trabajás?
–Peleo en el Vale Todo. Hago ochocientos persos por pelea. Me encanta pelear.
–¿Sos karateca?
–No, para nada. Hago Capoeira.
–¿Y cuántas veces peleaste ya?
–Varias.
–¿Y nunca te fajaron?
–Nunca. Es una estupidez ese torneo. Además, van gordos camioneros borrachos. Mi entrenador hace Kick Boxing. Sabe mucho más de lo que pelea. Para cuando me ve en problemas porque me están por fajar, me pide que la termine.
Con mi silencio tuvo que aclarar y ubicarme.
–Es una entrada fija de plata, Abdala.
–¿Ella te va a ver?
–Antes sí, ahora no. Se asustó una vez que me bajaron un diente.
–¡Aha! ¡¡Te fajaron!!
–Fue un trámite. Para cuando el diente tocó el piso el gordo estaba en el vestuario pidiendo a gritos un yeso para el brazo.
–¿Qué le hiciste?
–Vale todo...
–Pero...
–Le fracturé el brazo y terminó la pelea cuando su entrenador tiró la toalla.
–¿Eso vale?
Yo que vos no contesto. ¿En un simulacro vale golpear al terrorista? ¿En un simulacro suena algún tiro? ¿No corren riesgo de que me vuelva loco y pierdan al rehén? ¿Por qué se demoran?
Me acuerdo de las ideas locas que me afiebraron la cabeza y todavía me sorprendo. Me fui para donde estaba Sherar. Tirado sobre la maceta me causó gracia. Me arrinconé a su lado para que no me diera el sol y escuché la puerta. Dos golpes. Dos toques.
–¿Quién anda ahí? – grité.
–Habla el jefe del Grupo de Rescate. Queremos saber si el rehén todavía está con vida– contestó Soldado Heroico.
–Sí, claro. Está durmiendo. No hagan ruido.
–¿Está seguro de que está durmiendo?
–Sí, acaban de despertarlo.
Hubo un silencio. El tono de sus preguntas y la jocosidad de las respuestas me tranquilizaron. Era todo más inofensivo de lo que esperaba aunque Sherar se sentó un poco nervioso. Gran actor.
–Muy bien. ¿Cuáles son sus condiciones?
Esta parte era la que más me gustaba de mis instrucciones.
–Quiero un auto, uno chico, con el tanque lleno. Quiero diez mil pesos en billetes de diez y de veinte. Quiero dos botellones de agua y que me despejen el camino hasta el aeropuerto más cercano.
–Tenemos los botellones de agua. Están acá mismo. Voy a abrir la puerta. Por favor; estoy desarmado.
Se abrió la puerta que conducía al resto de la casa. Eso no estaba en los planes.
–Los botellones van adentro del auto. No los suban o se pudre todo. ¡Dije los botellones adentro del auto!
–Tenemos un problema con el baúl del auto que conseguimos y...
–¡Consigan otro, entonces!
–Tengo sed, Abdala – gimió Sherar.
–Callate, vos– grité y le golpeé la cabeza con la palma de la mano– No me nombres.
Me quedé helado. Había reaccionado contra el rehén. Vicat se iba a poner como loco. Sherar me iba a cagar a trompadas y, para colmo, no volvería a filmar nunca más en mi vida; ni un corto para vender pañales para adultos.
–Está bien, está bien... ahí nomás dejalo.
Afirmé el FAL y apunté a la puerta que se abrió lentamente.
–¡Despacito! Despacito
Apareció un escudo, de un metal negro, parecía el kevlar de los chalecos anti bala. Tenía una hendija por la que Soldado Heroico miraba mis movimientos.
–Sí, sí, soy yo, Soldadito Heroico.
La apoyó en el piso y asomó un botellón de cinco litros de agua.
–¡Eso es gigante! ¿Ustedes son boludos?
–Es lo único que pudimos conseguir.
Tenía puestos unos guantes bastante grandes. Los guantes, y no otra cosa, me pusieron nervioso. ¿Por qué tenía guantes? ¿Qué tenía el botellón? ¿Estaba infectado con algo? ¿Me querrían hacer caer con algún tipo de triquiñuela? ¡Principiantes!
–¡Metansé el botellón en el culo! Traigan una botella de mierda o lo hago cagar a él y a ustedes, hijos de puta.
–Tranquilo.
–Tranquila tu hermana, Botón. Si no traen una botellita de mierda, se termina todo acá.
–Bueno, bueno, ya te traemos una botella. Atrás, que estoy volviendo, muchachos.
Sherar se murmuraba encima así que le pedí que se callara o le reventaba el FAL en la cabeza. ¿No te das cuenta de que me quieren hacer pisar el palito, estos pelotudos? Vos qué te vas a dar cuenta, boludo, si no sabés nada. Lo único que tenés es ese corte de pelo y esos bigotes que te salvan porque sos alto Vigilante.
Me sentía poderoso. Estaba a punto de largar una chorrada de balas contra el Banco. Apunté para arriba y se me escapó una carcajada de terror, sobrehumana, exagerada, viril.
–¡Acá están las botellas y unos sanguchitos para que coman algo!
La voz del Zapa era inconfundible.
–Dejala ahí, Botón. Yo me encargo. Cerrá la puerta.
La puerta se cerró. Lo miré a Sherar, me acerqué para levantarle la capucha y exhibir su boca y me fui a buscar una bandejita y el botellón de agua. Estábamos muertos de calor, aburridos y un poco asustados. Los tiros al aire no me ayudaron a relajarme, al contrario. Casi vomito. Vicat nos había dicho que los poli están tanto tiempo pegándole al papelucho del Polígono de Tiro que en el primer tiroteo es más que lógico que vomites o te desmayes de la tensión. Lo cierto es que nunca te sucede en el momento del tiroteo; siempre es cuando terminó todo, cuando la adrenalina te sacude el cuerpo y un frío temblor te recorre las venas.
–¿Tenés hambre, maricotas?
–Tengo sed...
Tomé un trago largo y me sequé la transpiración de la frente. Bajé la mirada para ver los sanguchitos de miga y cuando me estaba por inclinar para agarrarlos me cruzaron un brazo por delante de la garganta y me levantaron en el aire. Traté de empuñar el FAL pero su peso me jugó en contra. Tenía la cara hinchada del apretón en el cuello. Mis pies flotaban. En la desesperación tiré unas patadas hacia atrás y quien me tenía colgado me giró el cuello como para romperlo.
–¡Pará!
Víctor me sacó el FAL de un golpe con su propio rifle de asalto y Gallo me golpeó con la culata de una escopeta en el estómago. Me doblé en dos partes y sólo veía estrellitas. Empecé a toser. Aflojé las piernas. Me incliné sobre los sanguchitos y los vomité. Agua. Agua salada. Me pusieron los brazos por detrás de mi cuerpo y me esposaron.
–¡Reducido!
–¡Rehén liberado!
El mareo que sentía, los espasmos de terror, la temperatura alta. Me di vuelta y era el Lanza quien me llevaba donde había dejado a Sherar. Ahora el rehén era yo. Me pusieron el culo en la almohada y Gallo se paró frente a mí, apuntándome con la escopeta. Dos caños tenía. O seis. El mareo seguía duro. Se escucharon unos aplausos desde la escalera y al abrirse la puerta apareció Vicat. Sonriente. Alegre. Festivo.
–Excelente. No esperaba menos de este grupo. Descansen. Pueden sacarle las esposas.
XVIII
Nos mandaron de vuelta en el 55. También nos dieron monedas para todos. San Justo, Lomas del Mirador, Mataderos, Parque Avellaneda, Floresta, Flores, Caballito, Villa Crespo, Almagro y Palermo. Viajamos callados. Domingo a las seis de la tarde; éramos los únicos ocupantes. Por el Parque Avellaneda subieron dos o tres pibitos que vendrían de un picnic. A la tarde siguiente nos encontrábamos en la productora así que en la parada de Uriarte dijimos chau, chau, hasta mañana y cada uno salió para una dirección distinta.
En lo de Flenner nos metieron en el vestuario y nos pidieron que nos cambiáramos. Yo fui el primero en estar listo pero teníamos que salir juntos. El último fue el Zapa, que se vestía más tranquilo, como rumiando. Justo cuando iba a hablar apareció Vicat. Vestido de gala nos dijo que nos íbamos a presentar frente al director, varios productores y las maquilladoras. Ibamos a marchar. Ida y vuelta. Hacer un saludo reverencial a él y después al público.
Nos salió perfecto. Nadie entendía nada. Nos sacaron como cien fotos. Eramos unos policías hechos y derechos. Erguidos, orgullosos, parcos, temibles.
También nos dijo un montón de otras cosas que no quisiera contar porque no vienen al caso. Explicar que después de esa charla formamos un grupo inquebrantable, que el rodaje fue de lo más estimulante y divertido que pude haber vivido jamás; no justifica nada. La experiencia que tuvimos nos marcó a fuego. A todos. Y a otros que no agregué en el relato y fueron parte de la Instrucción. Situaciones que no quiero traicionar, pero tampoco olvidar. Gente que me recordará como yo los recuerdo hoy; con cierta alegría amarga, la de esa experiencia que cuesta asimilar pero te edifica para toda la vida.
Años después, hablando con Mercedes, me enteré de que corría una versión de los hechos. Decía que los guionistas habían inventado lo de la Instrucción para darle importancia a las actuaciones. Que nadie conocía a un tal Vicat o Ronin. Que nadie conocía a un tal Soldado Heroico. Que tampoco existía la relación con el Comisario Inspector Retirado. Eran patrañas, decía con gesto adusto, coqueto.
–Es cierto. No existió nada de eso. Es parte de una leyenda– decía yo.
Después de eso no nos vimos por un tiempo.
Cuando me preguntan por la cicatriz de mi muñeca cuento la verdad: una vez estuve preso. Fue unas horas, una confusión. Me esposaron y me quedó la marca. En serio, agrego.
Sobre el autor
Lucas Oliveira nació en el año 1978. Se hace llamar Funes. Administra El Globo de Funes (www.lestroispetitscochons.blogspot.com). Publicó Papel (cuentos – 2006) y Poesía para Gerentes (poesía – 2008) ambos por Editorial Funesiana. En Buenos Aires – Escala 1:1 (antología de cuentos – 2007) publicado por Editorial Entropía tiene un texto sobre el barrio de Almagro. Participó como actor de la película El Bonaerense de Pablo Trapero y en una decena de cortos y mediometrajes. Actualmente está filmando Ocio de Fabián Casas dirigido por Alejandro Lingenti y Juan Villegas. Un pequeño papel. Integra El Quinteto de la Muerte y está escribiendo una novela. Viaja bastante y fabula mucho más. Una sola vez, a los 7 años (según su madre), disparó un arma. Un tiro al aire en González Catán. Todavía le dura la culpa.