La
escalera había sido siempre dura,
desde la primera vez que dio con su cabeza sobre el tercer escalón,
una tarde de ángulos filosos que le hizo perder el exacto monto
de sangre que luego iba a buscar, que tres años después
iba a buscar y no iba a tener.
En
el momento en que su frente se encontró con el borde acerado
de mármol, la búsqueda infructuosa de tres años
más adelante se definió por completo. Los sucesivos
tres veces trescientos sesenta y cinco días se aceleraron y
ocurrieron todos juntos justo en el instante justo del choque frontal,
como si algo los hubiera convocado a acontecer en la tarde del 4 de
febrero de 1998.
Algo,
quizá una especie de alucinación ensangrentada de aquel
que, en ese momento, se encontraba dejando su marca sobre una superficie
llana e imperturbable de mármol. Alucinación que no
pudo ser controlada; control que no pudo ser ejercido por unas pestañas
que no podían defender a las pupilas del alto contenido de
sal que la sangre tenía; pupilas que, entonces, ardían.
La
alucinación teatralizada en el cerebro que se estaba cortando
consistía en la leve sospecha de que no habría nada
luego de ese choque. Más que de una alucinación o de
una fantasía, tal vez se tratara de un miedo con imágenes
adosadas, imágenes que lo hacían más vívido,
más aún que el dolor del troquelado diagonal que, desde
esa tarde, pasaba a definir la frente.
Un
miedo con luces de neón, un miedo con ganas de hacerse público
a través de colores y formas y dibujos oscuros. Un miedo a
toda la cantidad de minutos y de días y de horas que el golpe
estaba acarreando; un miedo consciente con ganas de no haber existido
nunca o, por lo menos, de dejarse para más adelante, de retrasarse,
de posponerse, pero no de estar siendo en ese momento, no de estar
existiendo como la fuerza más fuerte que detonaba sobre la
frente que se abría.
Cuando
un monto de sangre perdida es exacto, no se recupera nunca; las transfusiones
no llenan; no se puede llenar el vacío de esa cápsula
de aire que recorrerá, por siempre, las venas, como una burbuja
en un vaso dado vuelta, como una exhalación de aire en una
pileta tapiada.
La
cantidad de la tarde del 4 de febrero de 1998 había sido demasiado
exacta como para intentar reponerla. En el hospital se limitaron a
sanar la herida; procedimiento que no consistía en otra cosa
que en agua oxigenada, aguja e hilo quirúrgico. No se ocuparon
de sonrosar la tez pálida, ni de devolver aunque más
no fuera una gota de color carne a esa cara y a ese pecho. Dijeron
que eso sería imposible; que el monto perdido había
sido exacto; que no podrían calcularlo nunca para reponerlo.
La precisión de los rasgos cuantitativos de esta sangre perdida
era lo que la definía; y lo que definía el tratamiento
médico; y lo que iba a definir al paciente tres años
más tarde cuando, intentando rastrear la causa de una angustia,
se encontrara con un vacío existencial que parecía eterno,
aunque había sido adquirido en el tercer escalón de
una escalera de mármol.