“Del
encuentro de la grandeza y de la muerte nace una objetividad hasta cierto
punto convencional, cuya soberana belleza supera a la del más
desenfrenado subjetivismo porque en ella lo exclusivamente personal,
el dominio de una tradición llevada a su más alta cumbre,
se supera a su vez y, en plena grandeza espiritual, accede a lo mítico
y a lo colectivo”
Thomas
Mann
La
noche que de verdad empieza la historia, musicalmente hablando,
Santamarina fue a trabajar convencido de que Sabrina, seis años
más joven que él, iba a morir antes de que se cumplieran
veinticuatro horas; la idea del accidente era una obsesión que
hubiese querido olvidar, pero reaparecía saludable y fétida,
cargosa, como esas malas visiones que perturban -supuestamente- el sueño
de los peores asesinos.
No
era la primera vez que le venían a la mente cosas así.
Su amor estaba hecho de fantasmas y raras certezas: al cruzar en auto
sobre un puente cualquiera, algo inmanejable los transportaba fatídicamente
al vacío; mientras esperaban juntos la llegada del subterráneo,
un sicótico se les venía encima y empujaba el cuerpo de
Sabrina bajo las ruedas de acero. Dos veces habían subido a un
avión y dos veces había él entrevisto la posibilidad
fáctica de caer desde más de diez mil metros sin paracaídas,
más bien inmóviles, por no decir domidos o atados, drogados,
al río.
A
la semana de vivir juntos, Santamarina la vio tan inclinada en el balcón
del departamento que temió que se suicidara; las acusadoras fotos
flotando en el aire, delante suyo, rumbo a la calle, disolvieron aquella
presunción pero instalaron otra casi peor, del orden de sus sentimientos
no expurgados: los celos. Así, la tendencia de Santamarina a
considerar la desaparición de su compañera como una inminencia
del destino se había hecho habitual.
En
los accidentes posibles el riesgo solamente rozaba el hilo vital de
ella: el ómnibus en que viajaban se salía del camino y
caía en cámara lenta a la laguna o el río, según
las circunstancias; de a poco el agua llenaba todos los huecos asfixiando
a los pasajeros y Sabrina, que no sabía nadar, quedaba a merced
del heroísmo de Santamarina. Si habían tenido una buena
noche real (o una buena mañana) la fantasía de Santamarina
encontraba una barra de acero bajo el asiento y golpeaba las ventanillas
hasta hacer astillas alguno de los vidrios; mientras el agua seguía
entrando y los pasajeros lloraban y se atropellaban, esclavizados por
el pánico, él abría un hueco suficientemente grande
para poder pasar su cuerpo, y el de Sabrina, y entonces subían
airosos, nadando, hacia la superficie.
Santamarina
era conciente de que, a los efectos del rescate virtual, poca importancia
tenía que Sabrina no supiese nadar; del oscuro territorio de
sus elucubraciones bien podría haberla arrastrado hacia la vida
tomándola de la cintura, del cabello o del más frágil
de sus dedos; en caso de histeria podía hasta llegar a pegarle
un cachetazo. Pero, más que en la vida real, era en esa situación
fabulada donde él, que no tenía precisamente un tórax
ancho o espalda de nadador (en verdad apenas si sabía flotar),
encarnaba un Tarzán de la vida en pareja. Expresiones como "agárrate
de mi cuello" o "tranquilízate, yo te voy a salvar"
subían a su inseguro hipotálamo desde la boca del estómago
[el nido del nudo] con un vago acento portorriqueño que no alcanzaba
a desacreditar la potencia de su fantasía.
Si
el improbable, luctuoso asunto (la lectura de noticias policiales estaba
arruinando su vocabulario) se producía después de una
discusión, Santamarina era capaz de perder toda objetividad elucubrando
desenlaces desagradables mientras untaba sus tostadas con mermelada.
El descarrilado vagón de tren, herido de muerte a causa de un
cruce de ramales mal sincronizado, volcaba como un animal de muchas
patas, y ninguna cámara lenta daba tiempo para buscar una salida.
En tanto Santamarina movía su cuerpo como un tramoyista de circo,
de modo de quedar en posición vertical, con las ventanillas bajo
los pies, Sabrina, asustadísima, no respetaba sus indicaciones
y, por supuesto, fenecía en la hecatombe. El aplastamiento de
huesos, los llantos y gritos de espanto, la llevaban a expirar. El melodrama
hacía carne en ella como en una mala telenovela.
La
primer foto apareció publicada en la primera página del
diario donde Santamarina trabajaba, el siete de febrero. “Accidente
en la Ruta 2, moderno ómnibus volcado sobre su costado izquierdo
y en medio de un gran charco de agua y barro”, escribirían
al dorso después, antes de guardarla en el archivo. La foto llegó
a su escritorio en un sobre de papel madera con una notita: "Cosas
que pasan". La firma era un mamarracho indescifrable. Le pareció
discernir una letra P mayúscula, y tal vez una t. En cualquier
caso, la firma de alguien malvado. Y las fotos, las fotos no poseían
la austeridad correcta del reportero gráfico.
Mostraba
entonces la primera un cuerpo tumbado sobre el pasto de la banquina,
a metros del ómnibus hundido en el charco. Había sido
tomada el mismo día, prácticamente a la misma hora. Tres
sombras desparejas, siluetas humanas, acariciaban los bordes del cuerpo
semicubierto por una frazada. La sombra mayor (más larga por
efecto óptico del sol, sólo por eso) ocupaba el sector
izquierdo del encuadre; el triángulo inferior izquierdo de la
frazada quedaba inserto en ella. La sombra menor era apenas un desliz
visual, vago desprendimiento de una figura que casualmente había
estado parada ahí. La impresión más fuerte la producía
la sombra grande del medio, la del fotógrafo. La cabeza hendía
su presencia en el centro mismo de la frazada que cubría el cuerpo;
de ella nacía una gran espalda y el resto deforme, intruso, de
alguien muy gordo.
La
segunda foto mostraba las manos resecas, femeninas, sobresaliendo de
abajo de aquella frazada.
Releyó la notita.
Dio
vuelta la foto del micro.
Volvió
a ponerla hacia arriba.
Quiso
leerla de nuevo.
Una
raya amarilla horizontal, signo del diagramador.
Santamarina
imaginó el curso del lápiz ceroso patinando al borde de
una escuadra, la diagonal necesaria para calcular la proporción...
Le
vinieron ganas de llorar, que contuvo.
Bajó
la vista lentamente, desde atrás.
Y
ahí, en los últimos asientos del micro, volvió
a colgar su atención; era un alivio abstraer la conmoción
que la foto provocaba deslizándose, como el lápiz amarillo,
en los detalles secundarios.
Por
atrás del micro, casi fuera de foco, vio a dos curiosos parados
en la ruta.
Figuras
diminutas.
Sweter
oscuro la primera, las manos en los bolsillos, el peso del cuerpo acaso
recostado en el pie de atrás; cruzada de brazos la segunda...
¿Bermudas o pantalones largos?
La
rueda trasera del micro tumbado, que colgaba en el aire por efecto de
la inclinación del vehículo, que impedía ver a
ese hombre completo.
De
pronto, la vista aguzada por la concentración en el detalle,
Santamarina hizo un descubrimiento: lo que a primer golpe visual le
habían parecido hierros abstractos, que surgían desde
el cuerpo del micro hacia la parte superior de la foto (o sea al cielo)
no lo eran realmente. O al menos no a lo largo de toda la superficie.
Hierros, lo que se diría hierros retorcidos, sólo en la
parte trasera. Pero en el medio sencillamente las puntas de los asientos,
todavía con sus fundas blancas en el lugar donde los pasajeros
habrían recostado sus cabezas, Sabrina entre ellos. El micro
había evidentemente dado algún tumbo sobre la ruta, y
al rodar, había perdido parte del techo. Así los asientos,
milagrosamente enteros, sobresalían de la carcaza estropeada
como las muelas de una calavera a la que le hubiesen arrancado los maxilares
de un culatazo.
—Pará
con eso —dijo Hans—. Tenés que comer también.
Ahora,
hay quien dice que Santamarina y Piaget se conocieron antes que éste
le mandase esas fotos, durante una merienda, el sol de las cinco o seis
o siete de la tarde (fuera cual haya sido la hora, estaba muy lejos
de la de almuerzo y la cena) molestaba en los ojos. Santamarina, Coca,
Nilda y Hans tomaban el té. Hans se había levantado para
correr la cortina y Coca entrelazó entonces la conversación,
con esa habilidad que sólo ella tenía, de modo tal de
lucirse con una frase supuestamente inteligente. Hablaban de blanco
y mantelería. O tal vez de ópera. Según Coca, la
vida era como la parte de abajo de un mantel hilado a mano: uno podía
ver el dibujo más preciso del lado de afuera, pero si se daba
vuelta, digamos levantándolo un poquito, se podía descubrir
la complejísima trama de hilos que en rigor lo constituían;
el arte del buen tejedor, redundó Coca, era el de saber qué
punta tomar para conseguir, sin que nadie se diese cuenta, uno y solo
un efecto en la superficie a la vista.
Como
siempre, Nilda preguntó qué tenía eso que ver con
lo que venían hablando. Ah, dijo Coca, y explicó:
—La
vida aparentemente va por carriles manejables. Vos, yo, Santa, Hans,
Margulis incluso, podemos creer que la dominamos. Elegís las
personas con las que te gusta estar, te casás o te separás.
Pero de pronto un azar, un hilito del mantel, se sale de tu esfera.
Y ahí está. Sonaste. Estás frita. Fuiste, como
se dice ahora, ¿no?
—¿Fuiste
a dónde? —dijo Nilda.
—Uno
se cree que es todo cuestión de libre albedrío y no, nena,
nada de éso.
—Nos
hemos puesto cultos, parece —dijo Hans volviendo a sentarse.
—Coca
dice que Dios maneja nuestros hilos como el tipo que hizo este mantel
los dibujos de la tela —dijo Santamarina.
—Mirá
vos —dijo Hans.
—No
era exactamente eso —dijo Coca pero no pudo completar su explicación
porque en ese momento un hombre inmenso, con un plato de comida en la
mano, pidió permiso para sentarse con ellos.
Era el fotógrafo nuevo.
—¿Siempre
almorzás a esta hora? —preguntó Hans corriendo las
tazas de té con leche y el plato de facturas hacia el centro
de la mesa.
—Ya
almorcé. Esta es la cena. ¿Puedo? —dijo Piaget apropiándose
de una medialuna que sobraba.
—El
secreto de los buenos asados argentinos —dijo Piaget— no
está en la calidad de las vacas sino en sus cortes.
—Lo
cual sienta las bases de una necrofilia interesante —dijo Hans
y la conversación derivó hacia el fraterno espacio de
las historias conocidas: exiliados que llevaban un papel con el dibujo
de las partes de la res a las carnicerías extranjeras, dependientes
que no entendían que era eso que les pedían: "a la
argentina".
—Comer
asado, ah. ¡El rito mortuorio por excelencia! —dijo Piaget
y dejó chorrear un largo trago de vino tinto por la garganta.
—Qué
asqueroso —dijo Nilda Mucci.
—Pero
¿por qué, mi amor? —dijo Hans—. El amigo tiene
razón ¿O hay algo más religioso que la repetición
de un rito? Como en la misa, en el asado se toma vino y se cultiva la
salud.
La
conversación se entramó con la paulatina conciencia de
los seres humanos que se alimentaban con la muerte, las aves europeas
que se comían entre ellas, secretos para extraer el tuétano
de los huesos y además, las excelentes albóndigas de persona
que debieron haberse preparado aquellos jugadores de rugby que sobrevieron
en los Andes. La proyectada invitación a Piaget para que fotografiase
lo que ahí se estaba comiendo -los trozos de tira, el vacío,
los chinchulines y las mollejas- terminó de asquear a Santamarina.
Sin poder dominarse, empezó a ver muertos donde había
alimentos; tanto se le revolvió el estómago que sintió
ganas de levantarse de la mesa para ir a vomitar.
Enfermos
de calor, soportaron el peso de una conversación que se iba volviendo
más y más morbosa. La camaradería laboral, pensó
Santamarina, poco sabe de la inteligencia. Entonces le vino un cansancio.
La cena aún no había sido servida y él ya estaba
cansado. Todavía veía sobre las mesas los platos de loza
con las facturas del té. Santamarina calculó el tiempo
que restaba por delante antes de tener que bajar de nuevo a la redacción:
por lo menos, cuarenta minutos. Y ahí el conflicto que lo tenía
mortificado bajó su pegajosa estirpe sobre él. ¿Y
si lo sacásemos intempestivamente del halo que cerca la escena?
¿Si le impidiésemos seguir golpeando los cubiertos contra
el plato? ¿Si lo levantásemos por el cuello y lo golpeásemos
contra los foquitos de las dicroicas como uno más de los insectos
que mueren achicharrados creyendo ir en busca de una luz suprema? No
podemos. Lo necesitamos. El egoísmo primitivo y obsceno de narrar,
como base de las cofradías. Demos vuelta el planteo: ¿para
qué requiere el señor fotógrafo Piaget al señor
Hans y al joven Santamarina, jefe y subordinado, respectivamente?
¿Para
qué?
—¿Les
gusta Beethoven?—dijo Nilda Mucci.
—¿La
Eroica? —preguntó Santamarina.
—Las
sonatas.
—Mucho
no conozco, yo… -—dijo Santamarina.
—Pero
andá, farolera, ¿qué vas a saber vos algo de las
sonatas de Beethoven? ¿Qué sabés vos, a ver, qué
sabés?
—La
sonata en do menor opus III. Culminación del arte de la sonata,
mi vida.
—Las
únicas sonatas en do menor de Bethoven que conozco son la sonata
para piano número 5 y la Patética…
—Y
también está la 8 para piano, opus 13, mi vida. Pero no.
No hablo de esas.
—¿Che,
no será la 7? Do menor para piano y violín… —intervino
Hans, que había sacado el abono del Colón.
Piaget
se puso a tararear un sonido electrizante:
—Bum
bum, wum wum, schrum schrum…—dijo y todos se quedaron callados.
Siguió
cantando en falsete, sin dejar de masticar.
Y
entonces la fatalidad pareció extenderse sobre todos como una
mancha de sangre en un matadero.
Piaget
dijo:
—Así
empieza, ¿no? Lástima que Lázaro Costa no use más
a Beethoven en sus entierros.
—Si
es por mí, que me entierren a capella — dijo Coca.
—No
te enojés, gordita — dijo Hans.
—¿Bajamos?—
medió Nilda Mucci, un poco culposa por haber abierto un frente
nuevo de discusión.
Piaget
se golpeó la barriga:
—¡Me
muero de hambre!
—Oí
los trinos, mi viejo —dijo Piaget encendiendo el minicomponentes
unas semanas más tarde en la mugrienta casa de Floresta donde
vivía—. Los arabescos y las cadencias. Mirá cómo
se impone lo convencional. Nada de acabar con la retórica, eh.
Simplemente dejarla libre de subjetividad, mi viejo. ¡Basta de
apariencias! ¡El arte odia las apariencias del arte! ¡Dim
dada! Oí la melodía aplastada por el peso del acorde.
Oí. Mirá. Se hace estática, mi viejo. Monótona.
Dos veces re, tres veces re. Una detrás de la otra. ¡Ah,
los acordes! ¡Los acordes son todo! ¡Dim dada! Oí
lo que va a pasar ahora...
Pero
en vez de oír, Santamarina había fijado su atención
en una reproducción en blanco y negro que, enmarcada en un recuadro
plateado del tamaño de una ventana, representaba unas manchas
blancuzcas y grises que asomaban de un anaquel.
—No
tenés mal ojo, eh —dijo Piaget sin dejar de acompañar
la música con sus trinos gangosos.
Le
indicó que se sentara en un sillón y mientras subía
el volumen le confesó su admiración por sus colegas de
los Estados Unidos: seguidores modernos del arte de difuntos, dijo,
que habían conseguido encauzar sus instintos macabros en una
labor útil para la sociedad. Más que eso: la fotografía
para ellos había sido relegada a un plano primitivo, al compás
de las video cámaras, dijo Piaget al compás de Beethoven
y se lamentó de haber nacido en un país subdesarrollado.
Sus
colegas de la otra parte del globo trabajaban para la ley. La justicia
contrataba sus servicios como alguna vez el ejército había
contratado los suyos. Un día Piaget vio por la televisión
cómo esa gente increíble filmaba asesinatos de toda calaña
y encima daba clases prácticas a videastas novatos. "Al
principio pensé que lo que el jurado quería era ver sangre",
decía, en la televisión, un policía. La imagen
de la pantalla enseguida mostraba cuerpos ensangrentados por el piso
de una típica casa yanqui, y hasta había un curioso recorrido
visual que iba a terminar en el refrigerador de la cocina: ahí,
doblado sobre sí mismo como un feto gigante, marrón, la
videocámara mostraba el cuerpo de un mestizo muerto. ¿En
qué año había sido tomada esa imagen? Piaget no
lo sabía ni los presentadores abundaban en detalles. Pero era
probable -las imágenes provenían de un archivo personal-
que esos policías incorruptibles, hermanos de sangre -ja, ja...
Le gustó, le gustó la comparación...De sangre,
ja, ja... De sangre...- hubieran trabajado aquellos cuerpos en la misma
época que él, Piaget, hacía sus planos para el
ejército.
—Pero
ellos encontraron comprensión —lamentó—. En
cambio yo... Yo estaba solo… Vení, sentate, mirá
—dijo y apretó el brazo de Santamarina para que se sentase
en un sillón con acolchado de anclas y barcos frente al televisor.
Sin bajar el volumen de la música Piaget apretó el botón
de rebobinado de la videocasetera y Santamarina estuvo obligado a mirar,
atónito, las torpes, malogradas escenas con que aquellos principiantes
de lo macabro se jactaban de servir a la justicia norteamericana.
Por
supuesto los jurados habían quedado muy impresionados por los
efectos logrados por las máquinas de mirar por ellos. Y la condena
a los asesinos, caída sobre ellos con molicie, había sido
empero entusiasta. La pereza no era contradictoria con el entusiasmo,
y Piaget lo sabía bien porque sus fotos producían sueño
a quien las mirara por mucho tiempo. Sueño después de
la impresión primera, claro. Porque la impresión primera
de la muerta o el muerto así expuesto era casi siempre repugnancia,
él lo sabía bien. Con tal de sacarse de encima la repugnancia
la gente operaba en acto; en el caso de los jurados yanquis, castigando,
venciendo el dolor interno de ver esas escenas con un golpe ejemplar;
en el caso de sus empleadores del ejército...
De
pronto, sin que mediara ningún otro indicio de la maldad, Piaget
recordó cariñosamente el nombre y el estilo de Feced.
¿Augusto o Aníbal? Feced, a secas. El jefe de gendarmes
de Rosario, el responsable de la represión en el sur de la provincia
de Santa Fe. Feced. Muerto de cáncer (¿o de un paro respiratorio?)
durante la democracia ganada a la guerrilla.
A
Santamarina le resultaba extraordinariamente difícil prestar
atención a los gritos de Piaget (había ido levantado la
voz, los carrillos de la cara rojos e inflados), y al mismo tiempo a
la música y las imágenes en el televisor. A diferencia
del Capitán, Feced había sido sistemático y correcto
con Piaget. Y no sólo porque sus apellidos, igual de cortitos,
igual de sonoros, como latigazos verbales los dos, casi mellizos en
un contexto musical, remitieran a las mismas bajas pulsiones humanas.
Feced llevaba registradas todas sus acciones en gruesas carpetas fotográficas
que Piaget, virtuoso como era, solía proveer con copias de tamaño
interesante. Feced utilizaba esas carpetas como registro de lo actuado
(también él confiaba en la posteridad) y de vez en cuando
las sacaba a relucir para hacer más breve la angustia de los
familiares de los terroristas que iban a consultarlo en busca de hijos,
maridos o hermanos. Feced había sido malinterpretado, recordó
Piaget, durante la parafernalia aquella de la Conadep: una mujer contó
que él le había mostrado unos álbumes con fotos
de gente malograda y todos opinaron que la intención del militar
había sido cínica, por no decir monstruosa, que muchos
lo dijeron. Piaget bien sabía cuánto apreciaba aquel hombre
su trabajo. Conocía del orgullo de haber sido un guerrero de
la patria. De su pasión por las cosas prolijas. Alguna vez habían
conversado sobre el punto: Feced creía, como él, Piaget,
que la imagen de los cuerpos torturados tenía que ser guardada
para toda la eternidad como escarmiento futuro, probable, que sirviera
de parate pedagógico, digamos ejemplar (digamos, como las tomas
de esos policías yanquis), para que a nadie se le ocurriese volver
a poner en peligro las instituciones de la democracia. La dureza, la
falta de sensibilidad que algunos pudieran cuestionarle era parte esencial
de toda la figurada representación. Otros llegarían en
el futuro, muchos otros (y las imágenes que hoy veía en
la televisión se lo corroboraban), que emplearían el recurso
de la imagen de difunto para causas públicas. Ya llegaría
el momento. Esto era, dijo Piaget, lo que conversaban con Feced, y a
veces con el Capitán, y con algunos otros hombres del arma, como
Acdel Vilas, en Tucumán, tiempos dichosos en que la sociedad
reinvindicaría sus acciones. Pero para que eso ocurriera las
fotos tenían que ser muy buenas.
El
video terminó de pasar milagrosamente al mismo tiempo que la
música. No sin volver a sentir conmiseración por el artista
que no había llegado a ser, Piaget guardó un largo silencio,
dejó el televisor chirriando con la pantalla lluviosa y le hizo
una seña a Santamarina para que lo siguiera. Subieron entonces
una empinada escalera metálica que iba hacia la azotea. El cielo
estaba claro y la luna, que había estado llena, aún se
recortaba nítidamente entre dos edificios. De todas, esa era
la hora del día que más le gustaba.
Había
una piecita cerrada con un candado.
Piaget
buscó la llave del candado y abrió.
El
cuarto era muy angosto, de modo que su corpachón casi no encontraba
espacio para girar sobre sí mismo.
Pero
así como era de angosto se extendía a lo largo de tres
o cuatro metros hacia adentro, y por lo menos otros tres o cuatro hacia
arriba.
En
ambas paredes, insertas entre los ladrillos aún sin revocar,
las arañas habían hecho sus nidos.
Un
colchón (en rigor, los restos de un colchón minúsculo)
estaba doblado por el medio contra la pared del fondo a la manera de
un sillón turco.
Arriba,
en desorden, papeles y diarios viejos.
El
archivo ocupaba una suerte de entrepiso que a primera vista pasaba inadvertido.
Algún
maniático ocupante de esa casa lo había hecho alguna vez
como depósito de materiales; Piaget lo encontró ideal
como escondrijo.
Un
poco cansado, temblando de frío, Santamarina lo vio estirar el
brazo hacia arriba para palpar la primera de las cajas.
Las
había blancas, de telgopor, y marrones, de cartón.
Más
atrás, los cuadernos y carpetas, pero esto ya salía de
su campo visual.
Pese
a la luz de la luna, ahí arriba todo estaba oscuro.
Húmedo
no: por fuera del cuartito, por fuera y por arriba, Piaget se había
ocupado personalmente de pasar manos y manos de tapagoteras; era una
sustancia gomosa de color rojo, que parecía alquitrán.
Vio
primero una mujer rubia, de pelo tirante hacia atrás, que debió
haber sido hermosa, aunque narigona, mirando hacia arriba, si acaso
sus ojos cerrados pudiesen mirar algo, como un infinito reflejado. Verla
sin aros ni maquillaje ni nada ni joyas excepto la palidez fantasmal
de todo cadáver hizo que Santamarina, al primer golpe de vista
(y sería el primero de una larga serie sin otro ton ni son que
el capricho didáctico que Piaget había planeado propinarle)
no la reconociera.
Además
la imagen tenía una interferencia incómoda, como un vidrio
de ascensor hospitalario, entre el objetivo y el foco de la cámara
(dedujo) a la manera de esos velos o tules que antes, por respeto, se
colocaban cubriendo las caras de los muertos.
—No
fue fácil ésta —dijo Piaget a su espalda. Y su presencia
sudorosa le resultó incómoda y obscena. —Tuve que
coimear a Dios y María Santísima.
La
cosa que interfería la visión era efectivamente un vidrio
de ascensor. Y es que la foto había sido tomada desde afuera,
en algún nosocomio de la ciudad, desde el pasillo, cuando la
cuadrada caja colgante se detuvo entre piso y piso para cargar el solemne
paquete mortuorio que el General en persona (no ya el Capitán)
había mandado a embalsamar.
—¿No
la habían velado en un local de la CGT... —dijo Santamarina
sin saber por qué utilizaba un eufemismo en vez de referirse
lisa y llanamente a los métodos egipcios, acaso orientales, que
él conocía muy bien por su nombre de pila, aunque sin
entusiasmo de voyer.
—Inventos
de los periodistas —dijo Piaget—. O vos te pensás
que iban a hacer semejante porquería en cualquier lado.
A
Santamarina se le disparó la imaginación: el destino de
las vísceras, por ejemplo.
Santamarina
volvió a mirar la foto.
Repentinamente
sereno (la noche sería larga) observó algunos detalles
de aquel rostro que había generado polémicas inolvidables.
La forma de la oreja, el lunar en el cuello (la toma había registrado
su perfil derecho)... ¿era un lunar o una mancha de la copia
fotográfica?... la ceja delgada pero oscura, las bolsas bajo
los ojos. Los pómulos.
La
foto es indecente, pensó Santamarina, no por lo que muestra sino
por estar ahí. No es Piaget el morboso, es lo que sus fotos representan,
se dijo. Se detuvo. Su mente había empezado a funcionar como
un reloj. Sintió frío. Como si una mano violeta hubiera
emasculado su conciencia. Lamentó, eufórica y avergonzadamente
lamentó que Piaget hubiese tenido poco tiempo para hacer más
que una, ésa, robada.
Piaget
recitó:
—"Con
sangre o sin sangre la raza de los oligarcas explotadores del hombre
morirá en este siglo".
—Fallido
pronóstico —dijo Santamarina.
Se
sobresaltó.
Las
palabras habían salido de su boca sin previo aviso. El no tenía
nada en contra de aquella desconocida y sin embargo estaba gozando con
la contemplación de su figura embalsamada.
—Lo
dijo histérica, antes de morirse —dijo Piaget.
Y
la réplica de Piaget lo colocaba impensadamente del otro lado
de la historia, en una zona equívoca que lo obligaba a tomar
partido.
—¿Tenés...
más? —se escuchó decir.
—Nos
vamos entendiendo —dijo Piaget.
Los
pies helados le empezaron a doler.
—Me
voy a enfermar... —dijo Santamarina.
Piaget
rió sarcásticamente.
©Alejandro
Margulis