Hay
una imagen que me atormenta cada mañana: veo, desde
el agua, mientras floto y mis piernas todavía no se han acostumbrado
a la temperatura, balsas que reman hacia todos lados y un barco hundiéndose,
irremediablemente. Todas las mañanas. Es como si despertar para
mí tuviera otros signos. Prescindo de los párpados, de
la conciencia. Es simple: nunca hay remos fuera de la vigilia, mis músculos
no se desesperan en la noche.
Después
se acerca la arena y todo se acaba por unos instantes. El mundo desaparece
y ya no hay barco, balsas, gritos ni dolor. Todo duerme. Algo en mí
permanece despierto, se resiste, pero también cede. No siento
el cuerpo. Soy una planta, un cambio de estación. Nada existe.
He cambiado de frecuencia. Duermo.
Desperté
en una isla. Era mediodía. El sol golpeaba con sus rayos mi carne,
la penetraba en bloque. Había sobrevivido. Estaba sola. Mi barco
se había hundido por algo que no comprendía y todavía
no comprendo.
Comencé
a caminar. Lo hice con timidez, como si esperara que de pronto sobre
ese plano de arena un hombre me ofreciera comida sólo por mostrarme
indecisa. Mis pasos. Avancé sobre la playa. La arena estaba caliente
pero no quemaba. El agua contaminaba mi vista. Estaba en una isla. Agua.
Estaba rodeada de agua en una isla.
En
pocos meses aprendí mucho. Tanto que a veces me pregunto qué
habría ocurrido si hubiera nacido allí. ¿Lo sabría
todo? ¿Me habría adueñado del mundo con las piruetas
de mis pensamientos? Tal vez. Peces, teoremas, ábacos: un collar
de huesos vigorosos acariciando mi ombligo.
Tenía
un coco entre las manos. Intentaba pelarlo como si fuera una mandarina,
sacando la cáscara con la punta de los dedos. No llevaba remera
y abajo un slip ajustado apretaba su miembro. Me quedé mirando
eso. No es que fuera algo nuevo, algo desconocido, pero la silueta que
se marcaba en la prenda, ese trazo, no encontraba en mi memoria una
cuadro semejante con el que aparearse. Volví la mirada a sus
manos y me pareció que ahora sostenían otro fruto. ¿Lo
había sacado del piso durante mi distracción? Imposible:
las manos nunca habían abandonado la zona alta del cuerpo; yo
me habría dado cuenta. Un fruto tropical, una versión
vernácula y blanda de lo que conocemos como coco.
Alcé
la voz. El hombre hizo un giro hacia mí y se quedó en
su lugar. Ni avanzó ni parecía dispuesto a acortar nuestra
distancia. Me acerqué unos metros. Él dejó de mirarme
y se puso a prestar atención a eso que tenía en las manos.
Me arrimé un poco más. “Disculpe”, le dije,
“no soy de aquí.” El hombre levantó la cabeza
cuando terminé de hablar. Después volvió a bajarla.
Presionó la masa esponjosa varias veces y la separó al
medio. Observé las mitades: una era levemente mayor. Me la ofreció.
“¿Qué es esto?”, le pregunté mientras
mis dedos tocaban esa cosa y comenzaban a humedecerse. El hombre elevó
su porción y empezó a comer. Tragaba cáscara, agua
y pulpa de una vez. Yo tenía ganas de bajar los ojos para ver
en qué figura se había transformado lo que había
abajo. ¿Sería un cangrejo, múltiple y amenazante,
o una foca, cuyo movimiento me hace reír? Acabó con su
parte y se adueño de la mía. No opuse resistencia. Después
salió corriendo hacia el mar. No lo detuvieron mis gritos ni
mis pasos torpes y lentos detrás de él.
Casi
media hora lo observé. Nadaba en línea recta un rato y
después se ponía a hacer círculos hasta que se
mareaba y con la espalda contra el agua quedaba en posición de
descanso. Así pasaba la mayoría del tiempo. Luego volvía
a darse vuelta y aplicaba sobre la marea una nueva corriente.
Soplaba
poco viento ese mediodía. El hombre nadaba. Lo hacía preferente
de espalda pero cada tanto rotaba. En el cambio se mostraba titubeante,
como si la sangre no llegara a algunos músculos.
Abandonó
el agua. Se sacudió como un perro y se tiró a tomar sol.
Tenía
pelo en el pecho y distancia entre los hombros. Lo imaginé rozándome
con su cuerpo.
Se
dio vuelta. Tenía la espalda llena de arena. Pude ver cómo
sus ojos me buscaban. Caminé hacia él.
–Hola
–le dije. No iba a permitir que ahora se fuera sin hablarme.–
Veníamos en barco y chocamos con algo. No sé, con la lluvia
de ayer. Yo llegué nadando. Tengo hambre.
–Ayer
no llovió –dijo–. Llovió hace dos noches.
Habló
en español. En un español casi tan armonioso como el mío.
–Bueno, es lo mismo: ayer o anteayer. Pero fue esa lluvia. Y ahora
tengo hambre.
El
hombre sonrió.
–¿Y
por qué no aceptó el coco que le ofrecí?
Qué
manía la de llamar a las cosas por nombres que no le pertenecen.
Es una simplificación inaudita del pensamiento: igualar un coco
con una bola de esponja que puede comerse.
–Porque
no era un coco –respondí– y porque su aspecto me
daba un poco de asco.
–Aquí
todo es blando, señorita –se defendió–, si
se refiere a eso. Va a tener que acostumbrarse. Vamos.
Lo
acompañé por la playa unos minutos y después nos
metimos entre la vegetación, por un camino que no debía
ser demasiado diferente de los otros huecos que se formaban entre las
plantas.
–Por
aquí –me dijo.
Corrió
una última rama y apareció repentinamente un claro circular
de por lo menos cincuenta metros de diámetro. El suelo era de
tierra mezclada con arena, a dos colores, liso. La superficie era predominantemente
marrón. Los pies apenas se sumergían.
–Este
es el campo deportivo y la sala de convenciones –dijo el hombre,
quieto, de perfil a mí–. También puede usarse para
otros menesteres, como fiestas o funerales, pero eso sólo ocurre
cuando los otros lugares que tenemos destinados para esas funciones
están ocupados.
Atravesamos
en línea recta el círculo. Nos metimos entre unas plantas
y aparecimos en un lugar con varias decenas de chozas, carretillas y
personas. Me llamó la atención que emplearan para el transporte
algo que tuviera ruedas.
–¿No
es adverso el terreno para estas cosas? –dije y señalé
una carretilla.
–No
las utilizamos para mover cosas –respondió–. Tienen
otra función.
Nos
detuvimos ante una choza. Acercamos dos troncos que estaban tirados
en el piso y nos sentamos.
–Ahora
vamos a almorzar. ¿Qué prefiere?
Tenía
ganas de comer una hamburguesa, pero dar esa respuesta me parecía
ridículo. Opté por algo más simple:
–Un
pedazo de pan o algo que tenga harina.
Se
sonrió.
–Pan
de salvado –me dijo–. Lo hacemos nosotros.
Acepté.
El hombre se metió en la choza y salió con una baguette.
La partió con las manos. Me ofreció una mitad.
–Me
decía que llegó aquí por un naufragio.
Mordí.
La masa era esponjosa. Le faltaba sabor.
–Sí,
por la lluvia. El velero se dio vuelta y caímos para cualquier
lado. Yo estuve en un bote, después me tiré al agua y
vine nadando.
¿Era
eso lo que había sucedido? Me sonaba inverosímil. ¿Por
qué yo había llegado a la isla y mis compañeros
no? ¿Cómo había sobrevivido a la tormenta en una
balsa cuando mi embarcación, que era mucho más grande
y resistente, no había podido?
El
hombre interrumpió mis razonamientos.
–Eso
es el destino. Algunos se salvan y otros mueren. Y nadie puede explicarlo.
El
pan no tenía gusto a nada.
–¿Cómo
está? –preguntó.
–Muy
bueno, pero le faltaría un poco de sal. Yo como las cosas muy
saladas.
–Ah
–dijo. Entró a la choza. Volvió con una cantimplora
de plástico.
–Coco
con azúcar. Es muy refrescante.
Calculé
que se refería al jugo de ese fruto blandengue que antes tenía
en las manos. Lo rechacé.
–Agua
fresca, si puede ser. O naranja.
El
hombre se levantó nuevamente.
–Y
sal, si no es mucha molestia.
En
las otras chozas la gente se había reunido para comer. Los hombres
iban descalzos, con el torso descubierto. Las mujeres llevaban corpiños
rosas, verdes o celestes y polleras cortas, generalmente de color blanco
o pastel.
Todos
comían sobre troncos. Aparte del pan, contaban con un alimento
similar a nuestra galleta marinera, aunque era de mayor tamaño,
espesor y color más fuerte. Volví a pensar en mi viaje:
¿realmente había sido la tormenta o era otra cosa que
ya no podía recordar?
El
hombre regresó con un salero.
–Quieren
conocerla.
¿Quiénes?
La gente parecía concentrada en sus asuntos. Mi presencia no
había modificado la serenidad de su rutina.
–Ahora
–me dijo–. Puede llevar la sal y el salvado.
–Perfecto
–dije, sin rezongar.
Nos
paramos y fuimos hasta una choza que quedaba cerca.
–Vamos
a ver a mis padres –dijo mientras caminábamos.
El
hombre que me recibió era una réplica del hombre que me
había recogido en la playa. Algunos años más, en
todo caso. Parecían hermanos. La madre tenía otros rasgos
y era vieja.
–Emilio
nos dijo que llegó hoy. Bienvenida. Tuvo suerte que no enfrentó
la lluvia del lunes. Aquí, cuando llueve, la costa se vuelve
temblorosa y parece que todo va a desaparecer.
La
mujer hablaba de manera lenta pero continua. Emilio observaba a su padre,
que se había parado. No pude seguir lo que hacían porque
la mujer tenía sus ojos puestos en los míos.
–Usted
nunca lo vivió, pero no es algo que le recomiende. Todo se va
desintegrando y uno no sabe para dónde correr. Me ha pasado varias
veces. ¿Cómo se sobrevive? Haciendo huecos en la arena.
Es increíble, pero lo que desaparece, a veces, es sólo
lo que está a la vista. No hay lógica que pueda explicarlo.
Uno se esconde y las olas parecen ignorarlo.
La
vieja tenía razón: en ocasiones uno cierra los ojos y
cada minúscula partícula de sufrimiento o temor deja de
existir. Me gustaba esa metáfora: uno puede esconderse un rato,
pero no puede vivir siempre en un agujero.
–El
único recuerdo que queda es la sal sobre la playa. La cabeza
asoma y no hay otros restos.
La
conversación había terminado para ella. Se paró
y se metió en la choza. Su marido la siguió.
–Bueno
–dijo Emilio–, ahora voy a enseñarle una costumbre
nuestra.
–¿Y
esto? –dije, mostrándole el pan y el salero que todavía
tenía en las manos.
–Llévelos:
son parte de la ceremonia.
Regresamos
a la playa. Los senderos que recorrimos eran más espaciosos que
los de antes. Nos sentamos en la arena.
–Tuvo
suerte: mi mamá la aceptó. Nos queda ahora cumplir los
siguientes pasos del rito.
No
entendía de qué hablaba. La voz de Emilio adoptó
una modulación que hasta ese momento no había exhibido.
–Es
muy simple. Hace algunos días vine hasta aquí a nadar.
Como me pareció que iba a llover, traje un salero y un pedazo
de pan. Los dejé y volví al día siguiente. Estaban
intactos: la tormenta no les había hecho nada. Salé el
pan y lo comí. Después esperé que lloviera nuevamente.
Apareció usted. El resto ya lo sabe: el coco que le ofrecí
y rechazó, la caminata por la vía más hostil sin
que usted se quejara, el almuerzo frugal, el pedido de la sal, la aprobación
de mis padres. Queda que compartamos lo que usted trae en las manos.
–Esto
debe ser una broma –protesté–. Le ha agarrado un
brote narrativo.
–Usted
puede elegir.
El
cielo mostraba algunas nubes. Tal vez se acercaba una tormenta.
–Volvamos
–dije–. Creo que va a llover.
El
mar se dirigía, sin que lo pudiera detener, al centro de mi cuerpo.
©Marcelo
Svartman