La
habitación es pequeña, sí, pero es ideal para escribir.
Tiene menos de dos metros de lado. El espacio es suficiente para que
se acomoden una cama, un armario, una mesa de luz y un escritorio. Las
puertas del armario tienen vidrios. Ese es un lujo de otra habitación.
El
techo es alto. Del centro de ese cuadrado parte un cable, delgado, que
se acerca a la cabeza de Mara mediante una lamparita. Hay otra lámpara
junto al armario. Ilumina más la que cuelga del techo, pero cada
tanto tiembla y parece que va a quemarse. Para Mara es mejor usar la
débil: es uniforme. Además, por su posición, disimula
sin esfuerzo el polvo que cubre el piso.
Las
paredes son amarillas. Están bastante cuidadas. Sólo dos
manchones en la altura las distraen de su perfección.
En
la pared que se apoya el escritorio hay una gran ventana. Al abrirla
se pueden ver escaleras, vidrios rotos, colchones y ladrillos. Pero
a Mara eso no le interesa: le alcanza con lo que pueda captarse antes
de la que la conciencia empiece a vacilar.
Había llegado allí caminando desde la estación.
Antes la habían rechazado en varios hoteles porque estaban completos
o era demasiado temprano para albergar a otro visitante. No le costó
decidirse.
Le
sorprendió que la puerta de entrada estuviera cerrada. Golpeó
varias veces hasta que alguien se acercó a recibirla. Era un
muchacho. Pesaba, por lo menos, noventa kilos. “Estoy buscando
un cuarto”, le dijo. “Sí, adelante.”
Mara
dio unos pasos y se paró frente al tablero de las llaves. “Mostrame
el más lindo”, dijo, menos como una orden que como un ruego.
“Te muestro lo que hay”, respondió él, seco,
sin mirarla.
“La
habitación es ideal para escribir”, pensó. Dejó
la mochila que traía sobre el escritorio. Se sacó la campera.
Se tiró sobre la cama.
Durmió
veinte minutos. Luego fue al baño. Aunque estaba transpirada
y tenía la boca pastosa, no quiso ponerse desodorante ni lavarse
los dientes. Tampoco cambiarse la ropa: así estaba bien.
En
el baño había una ventana. “¿Ramificada en
tres? ¿Ramificada?” De sus tres divisiones, sólo
la parte de arriba podía abrirse. Mara observó los vidrios.
Los vidrios esmerilados le causaban curiosidad. Iba a tocar uno. Dio
un salto hacia atrás. ¿Qué era eso? Detrás
de la ventana se veía algo negro. Mara se imaginó un murciélago
pero después lo negro tuvo contorno y descubrió una paloma.
Se
sentó en el inodoro. Relucía. Soltó el líquido
que a su organismo ya no le resultaba útil. Sintió placer.
Jugó con una mano sobre el escaso vello que cubría su
vientre. Ahora estaba liviana como una paloma suicida.
En
la calle no hacía frío. “¿Adónde puedo
ir?” Salió hacia la derecha y tomó una avenida que
terminaba en un parque.
El
parque presentaba elevaciones. Tenía decenas de accesos, de piedra,
tierra o carbonilla, que se cruzaban en alguna llanura. “Quiero
ver el centro. Lo necesito.” Divisó unas rejas: un rectángulo
amplio limitado por barrotes. Se introdujo en el sector. Un cartel rezaba:
Pista de patín. No ingresar con zapatillas. Se apoyó sobre
la baranda de la estructura de hierro. Cerró los ojos.
Escuchó
unos sonidos. Caminó en esa dirección. Ascendía.
Apareció una avenida y un territorio extenso con árboles
y alambres.
Entraba
en el zoológico. Como el parque que había atravesado antes,
su diseño parecía responder a un sistema de peldaños,
senderos de adoquín y pasto, en proporción equilibrada,
que no conducía a ninguna parte. “Nada a partir de lo cual
organizar las sucesiones de cambios, los contrastes de textura y color
que ocupan la región.”
Las
primeras jaulas estaban vacías. Tres pumas. Después un
serpentario, unos mandriles, llamas y corderos. Unos lobos marinos.
Ni leones, ni jirafas, ni elefantes. Tampoco el vaho fétido de
los animales. “Como si alguien hubiera rociado a las fieras con
una fragancia limpia y permanente.”
Una
fragancia limpia y permanente. El cansancio. “La impresión
de un continuo que no se altera, ni en profundidad ni en longitud, y
que amenaza con adueñarse de todo lo que por reflejo, pero todavía
como presencia, conforma el mundo.”
¿Dónde?
Podía ser un ave. También una turbina que sonara bajo
la superficie. “¿Una alondra, un cisne, una fuente?”
Unos pájaros se quejaron.
©Marcelo
Svartman