cuando
todo se puede decir
la forma de censura es el consenso
(Hechos contra el decoro)*
Hay
un gesto común entre los personajes más o menos
públicos que se mueven en espacios institucionales, y que ocupan
ciertos cargos en dichos espacios. Cuando les toca hablar de cierta
relación entre la institución que habitan —la academia
en este caso— y alguna temática de su especialidad, comienzan
abriendo un paraguas cuya superficie está destinada a frenar
posibles tormentas críticas hacia la posible contradicción
entre su decir y su hacer. Tal es el caso de un Panesi o una
Sarlo en su tratamiento de la obra de Walter Benjamin, a la cual intentan
analizar en relación con las formas y ámbitos en que dicha
obra circuló y circula, ya en tiempos alejados de los que fue
producida. Se instalan ambos tratamientos de Benjamin en situaciones
“discursivamente comprometedoras”. Complicadas desde el
inicio, porque comienzan atacando los usos conceptuales que de Benjamin
se ha hecho en el discurso académico, al cual ellos contribuyen
desde hace muchos años en cuanto a su construcción. Entonces,
antes que nada, la autorreferencialidad se impone, debe imponerse, como
un imperativo ético. Oigamos a uno: “Ciertos trabajos de
crítica académica (tales como el mío) presentan
un aspecto vulnerable...”(1); y otra: “No
puedo pretextar inocencia porque también me ocupo de estas cosas.”(2)
Luego de admitir mis culpas, me autoabsuelvo y continúo.
Aquí
van algunas de esas tormentas críticas nombradas más arriba
que intentan traspasar el paraguas, pero no hacia una posible contradicción
entre el decir y hacer de estos dos académicos, puesto
que de hace rato sabemos que decir algo es hacer algo, que
toda teoría es una práctica, sino hacia una posible contradicción
entre el decir y decir, esto es, hacer y hacer.
Ambos
(Sarlo mucho más recurrentemente, Panesi sólo para entrar
en el tema de su análisis) denuncian un abuso académico
de Benjamin. Se trata de la mezcla: ver Benjamin en todas partes o hacerlo
la fuente de todo otro discurso. En un sitio: “...las palabras
flâneur y flânerie se usan como inesperados
sinónimos de prácticamente cualquier movimiento que tenga
lugar en los espacios públicos.”(3) En
otro: “Si repasáramos un índice de trabajos universitarios
sobre Benjamin, podríamos comprobar el abuso retórico
y hasta el compromiso casi imposible entre la obra de Benjamin y cualquier
otro tópico...”(4) Pero aquí sus
caminos se deslindan, porque Panesi va a seguir y a justificar este
agenciamiento de Benjamin desde un territorio diferente, mientras que
Sarlo se propone terminantemente salvar las categorías benjaminianas
de la manipulación banalizante: “Deberíamos depositarlas
en alguna parte y firmar el compromiso de no usarlas por un tiempo para
darles la oportunidad de que se recobren.”(5)
Y esto tiene que ver fundamentalmente con cuestiones epistemológicas
ligadas al concepto de “institución”. El texto de
Panesi, siguiendo a Derrida, se ocupa en parte de dicho concepto, lo
cual lleva a reflexionar acerca de los discursos establecidos firmemente
por las instituciones y sus posibles hibridaciones. Siguiendo esta línea,
encuentra la unión entre Benjamin y la filosofía deconstructiva(6),
en esa marginalización discursiva, por la tendencia de ambos
a moverse siempre en terrenos fronterizos, de los cuales la frontera
por excelencia es la que “separa” a la filosofía
de la literatura: “La deconstrucción, en teoría,
postula una acción institucional que es una política académica:
en lugar de la fijación de límites discursivos (la división
del trabajo en las disciplinas universitarias) tiende a la mezcla de
los géneros, a la borradura de sus límites”(7).
Programa académico altamente tentador para los amantes de
la libertad de expresión dentro de las universidades. La
moda de la teoría literaria lo impuso ya como un clásico
y en nuestra bendita carrera de letras ya quedan pocos que no adhieran
a él, ya que desde nuestro ingreso a ésta no se nos para
de bombardear con sus conceptos ya casi canonizados, quien no los acepte
es poco menos que un fascista. Entonces, todo se puede decir, y de todas
las formas posibles, todo está permitido en este maravilloso
claustro intelectual, todos los discursos y las lenguas devienen híbridas
y nos divertimos todos de lo lindo hablando, charlando, causeriando(8)
más texto escritura palabra frase verso differance...
“¡ALTO!”, grita de lejos un lector de Walter Bemjamin,
“¡es una trampa, un engaño de Belcebú!”.
Acuerdo con este lector y traigo en su ayuda a un interesante (y no
por eso menos divertido) párrafo de una revista de filosofía
y teoría social perdida por nuestra facultad: “...tenemos
también otro tipo de abordaje, más ´literario’,
si se quiere. ¿Cómo opera? Con el método collage.
Se recortan textos de diversas épocas (Cornelio Saavedra, Deán
Funes y San Anselmo; Juan D. Perón, Robespièrre, Alfonsina
Storni y Deleuze; Alfonsín, Lugones y Heidegger, etc, etc.) ¿Qué
efecto produce esta operación? La obnubilación del público,
el efecto ´encantamiento de serpientes’, la seducción
total. En el primer plano queda la capacidad de inventiva, la ocurrencia
novedosa, iconoclasta, irreverente. En el fondo del tarro queda la escasa
comprensión de nuestra historia (y en consecuencia de nuestro
presente).”(9) Y no voy a condenar la hibridación,
la ruptura con los discursos sólidos y autosolidificados. Lo
que me preocupa, sobre todo luego de un par de años conviviendo
con estas teorías a la moda en este blanquecino claustro, es
una pérdida de contacto casi total con el planeta tierra. Todos
los términos y categorías vuelan libremente por los aires
sin pagar peaje a ningún cóndor y en este sentido tengo
que acordar con Sarlo en su rechazo a la “...operación
de canonización simplificadora a la cual se lo somete (hablando
de Benjamin en este caso) en sede académica...”(10);
y este vuelo sin remisión a ningún principio racional
de realidad (que no tendría por qué ser único por
supuesto) no se debe a que hayamos abandonado un concepto unívoco
de la historia —algo que creo deseable por otra parte, y creo
que también Benjamin— ni a que los oprimidos —entre
los que creo contarme, entre los que se contaba Benjamin también—
hayan recobrado la palabra; creo, por el contrario, que es el resultado
de contundentes derrotas que la humanidad ha sufrido contra sí
misma, de los violentos cañonazos que nos ha disparado la realidad,
hasta el punto de expulsar a nuestras mentes del ámbito de comprensión
de aquella. Y repito, la libertad decretada e institucionalizada
de mezclarlo todo en el ámbito del lenguaje, de decir cualquier
cosa acerca de cualquier cosa, es una trampa por el simple hecho de
que no cruza las barreras de la palabra misma. La palabra deja de devenir
acción, deja de ser ella misma acción. Al cientificismo
ahora se le opone el Lingüisteísmo, la trascendencia
última del lenguaje por sobre el ser humano(11).
Hablamos todo el tiempo dionisíacamente, pero vamos, a ver, ¿quiénes
son los que se animan acá, bien adentro de la Facultad de Filosofía
y Letras, a celebrar como se merece a esta sublime deidad de la fertilidad
y se ponen en bolas y acto seguido a fornicar desenfrenadamente haciendo
pasar unas botellas de tinto boca en boca?(12) Perdóneseme
la irreverencia pero esto es un valle de lágrimas, y
entonces bajo las apuestas y digo, sin salir del ámbito del lenguaje,
¿quién levanta hoy, desde adentro, alguna voz antagónica
a una institución académica que ya no se contenta con
fijar los límites dentro de los cuales debe moverse el pensamiento,
sino que, además, se autoatribuye gestos subversivos hacia esos
mismos límites, gestos que evidentemente ya están canonizados
y cuya subversión se ha convertido en un modo de cohersión
que debe ser obedecido, pues sino uno es tildado de reaccionario?
El
problema es que todo queda atrapado en los márgenes de La Academia
“(ese aparato que adjudica legitimidad y prestigio a los saberes
y también dice cuáles son)”(13).
Las mezclas, las hibridaciones, las rupturas, los gestos irreverentes,
todo está fijado por el marco institucional. (Y lo que no lo
está, es cooptado poco a poco por esta máquina paranoica
que es la Universidad, en consonancia con las más poderosas y
gigantescas máquinas paranoicas como son el Estado y la economía
mercantil.)(14) Esto al menos es lo que me sugiere
el texto de Panesi al hablar de “los aliados” de los deconstructores:
“...quienes a partir de ciertos bordes, o incluso desde la exclusión
institucional, practicaron toda suerte de híbridos discursivos:
Mallarmé, Artaud, Joyce, pero también (...) Benjamin que,
además de cumplir con estos requisitos institucionales
de exclusión y marginalidad, practica una doble vigilancia(15):
el cuidado filosófico y el esmero filológico."(16)
¡Esto es fantástico! Resulta ahora que la “exclusión”
y la “marginalidad” institucionales se convierten nada más
y nada menos que en ¡“requisitos institucionales”!
Ya está, el aparato de captura institucional ha llegado al sumum.
Ahora se alimenta de los que otrora expelió de su propio cuerpo;
el organismo académico —permítaseme la escatológica
expresión— se come su propio vómito. A Walter lo
rajaron de todos lados y a Artaud le dieron electroshocks en Rodez ¿para
qué se bancaron semejantes miserias?
Entonces
¿qué hacer ante semejante panorama? Una opción
es la que nos propone la Sarlo: dejar las nociones benjaminianas descansar
un tiempo a ver si se despiertan, como citamos más arriba. Propuesta
radicalmente reaccionaria. Digo ¿solitas van a recobrarse las
categorías, con el simple hecho de olvidarlas un rato? Sarlo
no para de quejarse de la “indiferencia teórica”
de la (su) academia, y tiene razón al decir que “...Benjamin
puede ser puesto a trabajar en otros contextos filosóficos e
históricos, pero no se puede hacer cualquier cosa.”(17)
Pero no podemos olvidar ni por un instante que los textos de este muchacho
nos siguen (y seguirán) reclamando una acción, hacia dentro
y —sobre todo— fuera de ellos. Y esta acción en modo
alguno podrá limitarse a “Subrayar que los conflictos teóricos
son quizás lo más interesante de una empresa crítica...”(18),
sino que debe volver a hacer circular en nuestro nuevo campo de juego
social —sin hacer ninguna ensalada, esto es, operando una crítica
seria, razonable y política—
esa pelota conceptual, muchas veces contradictoria y escurridiza que
nos deja rodando Walter. Leer, por ejemplo, “En el fragmentarismo
de Benjamin” “una crisis de la totalidad”(19)
está bien, pero no me parece que esa crisis se transforme en
Benjamin en “nostalgia de la totalidad”. Creo que
nada hay más alejado de Benjamin que la nostalgia; hay sí
una plena consciencia de la fragmentación social y de la casi
imposibilidad de recuperar una visión del todo social, pero hay
también una lucha incesante, una búsqueda frenética
por recomponer, a través de producción crítica,
literaria, histórica, filosófica, etc. los hilos destejidos
de la realidad que se presenta de golpe. Y la operación de análisis
fragmentario es una estratagema nueva que Benjamin encuentra para la
lucha contra el velo a través del cual se presenta inmediatamente
esa misma realidad despedazada. Hay en el fragmentarismo, al menos,
una aspiración a la totalidad más que una nostalgia
de la totalidad. Podemos oír un comentario sobre Dirección
única: “El método de disociación de
las unidades que se experimentan inmediatamente (...) adquiere un sentido
si no revolucionario, sí al menos explosivo cuando se lo aplica
al presente. (...) Por detrás de la pila de escombros salen a
relucir menos las esencialidades puras(20) que unas
pequeñas partículas materiales que apuntan a las esencialidades...”(21)
La lucha está entablada y por consiguiente hablar de nostalgia
representa quitar el “grito de combate”, el mismo que quita
Panesi cuando —luego de citar la potencia de ese mismo grito—
habla de un “dejo melancólico”, porque dice que “...Benjamin
cree en la desaparición de la crítica derrumbada por la
generalización de la publicidad mercantil.”(22)
Nostalgia y Melancolía son armas de la reacción y en los
textos de Benjamin más bien “resuena el grito de combate”.
Más
bien creo que es Kracauer el que comprende el sentido de esta estratagema
de combate teórico benjaminiana. Comenta al respecto: “A
sus ojos, el mundo está falseado. Tan falseado como
desde siempre lo estuvo desde el punto de vista teológico. Este
es precisamente el motivo por el cual Benjamin no cree que haya que
atender a lo inmediato y sí que haya que derribar la fachada,
desarmar la forma completa.”(23) Aquí
creo que Kracauer ve el velo que hace presentar la realidad social en
forma fragmentada. Se trata del fetichismo, la ideología, a través
de cuyos cristales se presenta lo inmediato en la percepción;
un fetichismo que, a partir de las relaciones mercantiles, continúa
propagándose operando una fetichización constante de todas
las relaciones sociales. Consciente de esto, Benjamin busca un intersticio
de la existencia humana y lo va observando, alejándose de a poco
de su inmediatez para desgajarlo y cargarlo de significado y luego volver
a él y observar cómo en esta nueva visión transformada
se deja ver una luz centelleante que se está entrelazando continuamente
con todo el resto de los pedazos de vida que van como queriendo ser
iluminados uno a uno. “En suma —observa Kracauer—
el mundo le muestra a quien lo enfrenta en forma inmediata una figura
que este debe desmenuzar para acceder a lo que es esencial.”(24)
Una operación dialéktica que, antes que partir de una
“generalización abstracta e indeterminada”, persigue
la totalidad desde abajo, a partir de “la multiplicidad
discontinua”(25). Para poner un caso paradigmático,
el interior burgués del siglo XIX: “El hombre privado,
realista en su oficina, exige del interior que le mantenga en sus ilusiones.
Esta necesidad es tanto más acuciante cuanto que ni piensa extender
sus reflexiones mercantiles a las sociales. Reprime ambas al configurar
su entorno privado. Y así resultan las fantasmagorías
del interior. Para el hombre privado el interior representa
el universo. Reúne en él la lejanía y
el pasado. Su salón es una platea en el teatro del mundo.”(26)
La autoconstrucción fantasmagórica del mundo a través
de la experiencia engalanada de la vida en casa de parte del
burgués decimonónico es la que hace ver a Benjamin la
objetividad de una necesaria y continua fetichización en la relación
del ser humano consigo mismo, en tanto su territorio de vida es la sociedad
mercantil, y de esto último puede derivarse la necesidad del
hombre de colocarse más y más velos por encima de sí:
atrapado como está con sus “reflexiones mercantiles”,
objetivamente, el sujeto no puede funcionar de otra
manera. Y aquí me parece que es cuando adquiere significancia
la idea de “mónada”, como idea que ilumina de un
chispazo la realidad histórica y, por consiguiente, actual, con
un valor gnoseológico y subversivo: “Cuando el pensamiento
se detiene de golpe en una constelación cargada de tensiones,
le imparte un golpe por el cual la constelación se cristaliza
en una mónada. (...) En dicha estructura reconoce el signo (...)
de una chance revolucionaria en la lucha por el pasado oprimido.”(27)
Entonces,
esta idea-fuerza como saber emergente nos exigirá una y otra
vez que nos apropiemos de ella para reinventar a Benjamin,
más que olvidarlo. Y reinventar a Benjamin podría
significar, para comenzar nomás, denunciar la apropiación
sistémica-sistemática de sus incendiarias categorías
reconducidas en función de la manutención de nuestra aniquilante
paz social-universitaria. Y en esta idea se ve todo lo que
atañe por ejemplo a una institución en un tiempo, la Universidad
Estatal como máquina cooptadora y rectificadora (ya
que ahora vivimos en “democracia” y la censura
es un acto políticamente incorrecto) de todo discurso
que en sí mismo no se deje encajar ni catalogar en ningún
manual, envasándolo al vacío para finalmente empaquetarlo
y, con un reluciente y muy fino moño, sacarlo a la venta al mercado
cultural.
Y
la mónada echará a llorar sin dejar de gritar por un instante:
GUERRA
SOCIAL AL SABER ACADÉMICO
©Martín
Yuchak
NOTAS
*
Hechos contra el decoro es un grupo musical español
contemporáneo, del cual puedo proporcionar letras de canciones,
o las grabaciones mismas, en caso de que exista interés.
(1)Jorge
Panesi, “Benjamin y la deconstrucción”, en Sobre
Walter Benjamin, Alianza, p.58.
(2)Beatriz
Sarlo, “Olvidar a Benjamin”, en Siete ensayos sobre
Benjamin, p.79.
(3)Sarlo,
op.cit. p.78.
(4)Panesi,
ibid.
(5)Sarlo,
ibid.
(6)Parándome
incluso antes de cualquier toma de posición política,
antes del hecho mismo de estar o no de acuerdo con esta operación
panesiana, me queda —siguiendo la lectura de su texto— la
sensación de un enorme elitismo de parte de un autor que ni siquiera
se toma la molestia de explicar y aclarar (pa´ los ignorantes
como uno) los conceptos básicos de la deconstrucción tales
como différence, archiescritura, etc., dando
su conocimiento por supuesto.
(7)Panesi,
op.cit. p.61.
(8)Mansilla
lo hacía los Jueves en sus famosas causeries, nosotros,
todos los días.
(9)Néstor
Kohan, “Algunas (pobres) ideas —sobre metodología
en historia de las ideas políticas—”, en revista
Dialéktica, n°11, verano 99/00, p.48.
(10)Sarlo,
op. cit. p.87.
(11)Sinceramente
no sé de dónde sale que “En Benjamin, de Man lee
la impersonalidad y la inhumanidad trascendente del lenguaje.”(Panesi,
op.cit., p.65) Carezco del texto “La tarea del traductor”,
del cual está extraída la cita que antecede a esta afirmación.
Así suelta, la frase de Benjamin no justifica en nada la lectura
que Panesi dice que hace de Man. Hay un fragmentito de Dirección
única que el mismo Panesi cita más atrás:
“¡Silencio del libro, cuyo poder de seducción era
infinito! Su contenido no era tan importante. Pues la lectura coincidía
aún con la época en que tú mismo inventabas en
la cama tus propias historias” (Dirección única,
p.52.) ¿No es acaso “inventar historias” trabajo
humano, un hecho que resaltaría la “humanidad” del
lenguaje y no su “inhumanidad” e “impersonalidad”?
O, yéndonos a la Experiencia y pobreza: si el lenguaje
es en escencia impersonal y trasciende a todo ser humano ¿Por
qué quedarían mudos unos hombres luego de que les caigan
unas simples bombitas en sus trincheras desde unas gigantescas máquinas
voladoras?.
(12)Sería
una hermosa y digna acción situacionista.
(13)Sarlo,
op.cit. p.77.
(14)Máquina
paranoica es una categoría que utilizan Gilles Deleuze y Félix
Guattari en sus análisis sociales, representan El Saber instituído,
El Estado, etc.: “La máquina paranoica o binaria distribuye
a los seres de acuerdo con segmentos bien determinados.” “Produce
síntesis activas por las cuales todo lo presente, todo lo nuevo
debe reducirse a lo Mismo (...) Aquí ya no se trata de extraer
lo diferente de la repetición
sino de someter lo diferente a la supervisión
de un pasado que se repite en cada presente.”
“La máquina de Estado plantea siempre una ley como ideal
o deber ser del mundo con relación al cual la
vida es siempre vivida como imperfección y carencia. (...) Desde
un punto de vista político (...) se trata (...) de separar a
un cuerpo de lo que puede. (...) La máquina paranoica, entonces,
es un sinónimo de las fuerzas reactivas.” (Dardo Scavino,
Nomadología, una lectura de Deleuze, Bs. As., Ediciones
del Fresno, 1981, pp. 38-39 y 44. Las negritas son del autor).
(15)Acerca
del término “vigilancia”, no entiendo a qué
apunta ni por qué se recurre varias veces a él en este
texto, pero no dejaré de confesar que, sea como sea, es una palabra
que me repugna.
(16)Panesi,
ibid. El subrayadísimo es mío.
(17)Sarlo,
op.cit. p.89.
(18)Op.cit.
p.90.
(19)Op.cit.
p.85.
(20)De
las que Benjamin no sentía ninguna nostalgia.
(21)Sigfried
Kracauer, “Zu den Schriften Walter Benjamin”, en Pensamiento
de los confines N°6, 1999, p.179.
(22)Panesi,
op.cit. p.64.
(23)Kracauer,
op.cit. p.178.
(24)Op.cit.
p.177.
(25)Ibid.
(26)Walter
Benjamin, “París, capital del siglo XIX”, en Iluminaciones
II, Madrid, Taurus, 1999, p.182.
(27)Walter
Benjamin, “Tesis de filosofía de la historia”, en
Angelus Novus, Ed. Sur/Edhasa, España, 1971, p.88.