Primero,
estaba claro, había que atar esas cuerdas portuarias
a algún arbusto, que seguramente se develaría débil
tres horas más tarde.
Pero
de cualquier manera, ese lunes había que tender lazos marineros
entre los buques y alguno de los posibles y sustitutos puntos fijos
que ya no serían amarras. Los posibles postes suplentes tomaban
cuerpo tanto en árboles como en autos abandonados que habían
sido empotrados al suelo con cemento.
Ya
no quedaban amarras libres. Las más firmes, las menos erosionadas
por el roce de las sogas que rozaban, estaban, ese lunes, ocupadas por
las cuerdas más gruesas, más europeas y más transatlánticas.
Todas estas condiciones se veían en la fuerza de los colores,
en el brillo artificial de las fibras sintéticas, en las dos
mil ochocientas cuatro trenzas que las formaban.
Los
postes menos prometedores también estaban ocupados. Se trataba,
en este caso, de veleros nacionales, propiedad de dueños porteños
que, en por lo menos tres casos, habían hecho, ya hacía
un año, un uso desviadamente autodestructivo de las cuerdas de
hilo sisal humedecidas, enmohecidas, oscurecidas, amanecidas una mañana
con un nudo que contenía un cuello.
Los
tres veleros que aquellos tres dueños habían anclado en
sus propios cogotes seguían amarrados a los postes más
débiles.
Esos
tres, sumados a otros trece cuyos propietarios no se habían caracterizado
por aquel tipo de excentricidad, constituían la flota de diez
y seis veleros que representaba a la Argentina en la Regata Internacional
San Isidro 2003.
Los veleros nacionales con dueños suicidas habían sido
bautizados bajo los nombres de las ahora desdichadas viudas argentinas.
“Elena”
tenía velas de colores: habían sido hechas con un género
norteamericano en el que la pareja de felices propietarios había
invertido una suma considerable de pesos en ese entonces convertibles.
El diseño del estampado evocaba una estética entre pop
y barroca de la cual, quizá, el matrimonio no fue nunca consciente.
La
señora Elena miraba desde lejos la primer jornada de la regata.
Sentada en el capó de su automóvil se preguntó
si Brunis, el joven marinero croata al que había casi regalado
el velero, tenía posibilidades de ganar. Movió el dedo
gordo del pie, se subió al auto, cerró las ventanillas
y prendió el aire acondicionado.
Para
cuando hubiera transcurrido sólo la mitad de la regata, la señora
Elena ya habría gastado toda la batería de su automóvil
a fuerza de acondicionarse. Las puertas, por su parte, habiendo sido
forzadas para lograr un extremo hermetismo protector del calor, se habrían
trabado, imposibilitando la salida de la señora Elena. Ni bien
el sol llegara al punto del cenit desde el cual sus rayos pudieran alcanzar
perpendicularmente el techo del auto, la señora Elena empezaría
a sentir un ascenso arrebatado de la temperatura de la cabina de la
cual, a las doce horas treinta minutos, ya no podría salir. Llegadas
las trece horas y quince minutos, no habiendo sido vista ni escuchada
por nadie, el calor ya habría hecho explotar las arterias más
importantes de la señora Elena, cuyo cuerpo también iría
a permanecer en la cabina por algunas horas más.
“Mariel”
era un velero joven, de esos que, de no ser por cargar con el peso de
un dueño muerto entre nudos marineros, prometen un futuro plagado
de premios. Sumamente blanco, sólo lo distinguía una fina
línea ondulada y azul – turqueza que lo recorría,
dándole dos vueltas, atándolo dos veces a sí mismo
con un hilo de pintura para barcos. Tenía una pequeña
recámara con un camastro de una plaza; espacio breve que, en
su momento, había sido una de las razones de la insatisfacción
de la pasada pareja.
La
señorita Mariel era también muy joven. Había recorrido
un extraño y estrepitoso camino de antenombres y denominaciones:
en solamente dos años había pasado de “señorita”
a “señora”, luego a “viuda” y, por último
y debido a su juventud, de nuevo a “señorita”.
Ese lunes, cuando Mariel vio partir a su velero tocayo, se sentó
en el césped a esperar que todas las agitadas personas que habían
ido a seguir de cerca la vanguardia de las velas retornaran, cansadas,
a ese césped en donde ella estaría esperando alguna palabra.
La
señorita Mariel estaba dejando caer, de a poco, su espalda sobre
el pasto cuando, a no más de una cuadra, un cuatriciclo hacía
piruetas veloces sobre un césped que, cien metros más
al sur, era el mismo césped que ya mantenía aireados los
rulos de Mariel.
Una
simple fórmula de distancia sobre tiempo, junto con el conocimiento
de que Mariel y el cuatriciclo estaban unidos por la misma franja verde
de yuyos, hubieran podido evitar el alias que Mariel recibió
en la sección de información general: “víctima
de arrebato juvenil”.
Clara miraba el velero mediano en el cual había logrado, verano
tras verano, un bronceado ya constante. Nunca había estado claro
para ella quién poseía más el nombre que el barco
y ella compartían. Su marido muerto había comprado el
velero el día del casamiento; y, en seguida, lo bautizó
“Clara”; así como, también en seguida, la
rebautizó Clara a ella, que de nacimiento era Andrea.
“Clara”
estaba un poco erosionado y Clara tenía cincuenta y dos. “Clara”,
sin embargo, mantenía el porte de antaño, con sus cortinas
marineras siempre rígidas, con las ventanas sobrias, con la cubierta
apenas mojada. Clara era una digna belleza madura, con discretas y puntillosas
cirugías en algunos puntos de la cara, con brushing diariamente
obligatorio sobre su pelo mechado de un rubio número catorce.
El
musculoso Diego le hacía masajes mientras ella, de a poco, iba
realizando ese que, en aquel momento, se presentaba como el proyecto
del día: mover las dos reposeras fuera de la vista de los veleros
y de la gente, hacia la zona que ella misma, construyendo el plan, había
llamado “yuyos”.
Sólo
por un momento, cuando ya nadie podía verlos, Clara atisbó
a pensar que este Diego no era ni demasiado conocido, ni demasiado cercano,
ni tampoco ni siquiera demasiado recomendado.
Desde
lejos, vio pasar el banderín de “Clara” que cortaba
el espacio con filo de tela.
El
segundo filo de la tarde se manifestó en el cuerpo de una vitorinox
que manejaba el brazo hiperbólico de Diego.
Clara
terminó de desangrarse por completo en el mismo instante en que
“Clara” dejaba tras de sí, en el agua, la huella
de un aceite de máquina derramado.